El West Coast Trail recorre los 75 kms. de costa entre las diminutas comunidades de Port Renfrew y Bamfield en el suroeste de la costa de la isla Vancouver. A pesar de que el clima de la zona es muy templado, la elevadísima pluviometría hace de esta costa un sitio un tanto incómodo donde vivir. De haberse tratado de un lugar similar en el “viejo mundo”, probablemente hubiera sido colonizado y urbanizado hasta la extenuación y los viejos y selváticos bosques serían poco más que un recuerdo, pero esto es Canadá y aquí el hombre blanco llegó bastante más tarde. El carácter montañoso de la isla Vancouver ejerce de barrera para la humedad del océano y provoca unas condiciones mucho más agradables en la costa este de la isla, así como en la costa del continente, y es ahí donde se concentra la mayor parte de la población.

Todo esto ha contribuído a mantener la costa oeste considerablemente deshabitada y carente de infraestructuras y ha posibilitado que aún hoy la veamos, en cierta medida, como era originalmente, a pesar de los esfuerzos en sentido contrario de las compañías madereras.

Historia

Las razones históricas de la existencia del sendero propiamente dicho se remontan a las épocas en las que la navegación marítima era mucho más complicada de lo que lo es hoy día. Este trozo de costa fue bautizado como “el cementerio del pacífico” a causa de los numerosos y trágicos naufragios que aquí sucedieron. Numerosos por la combinación de un tráfico intenso con destino al estrecho de Juan de Fuca y unas condiciones climáticas habitualmente difíciles (en Galicia o Bretaña saben bastante de esto) y trágicos porque, en muchos casos, los náufragos murieron en masa a causa de la inaccesibilidad de la costa que no permitía acciones de salvamento desde tierra porque, simplemente, ¡no había forma de llegar allí!. De ahí la idea del sendero “salvavidas”, como fue bautizado, y de la pareja de faros que aún hoy se encuentran activos.

Con el tiempo, los sistemas de navegación mejoraron y los naufragios disminuyeron hasta el punto de que el sendero cayó en deshuso y fue finalmente abandonado en los años 60. Fue poco después cuando surgió la idea de un aprovechamiento recreativo y así se creó el germen de lo que el West Coast Trail es hoy en día.

Dificultad

Recuerdo haber leído un simpático apunte de alguien que, tras haber recorrido el WCT comentó “no sé si conseguirían salvar a alguien”, en atención a la dificultad del sendero. El terreno es muy irregular, el bosque, extraordinariamente denso y los ríos forman profundísimos cortados que es necesario salvar bajando varias decenas de metros… para, inmediatamente, volverlas a subir. Por otro lado, se han construído numerosas infraestructuras que alivian en buena medida las dificultades: kilómetros de pasarelas de madera que flotan sobre el fangoso terreno mucho mejor que los pies (caminar sobre ellas puede no ser el sueño de un senderista, sobre todo cuando están mojadas y resbaladizas, que es casi siempre, pero son sin duda mejores que lo que queda debajo); puentes para salvar las vaguadas pequeñas: hay tantas que, si no fuera por ellos, el WCT sería unos cuatrocientos kms. más largo en distancia real; interminables series de escaleras para descencer a las profundidades de las gargantas y volver a subir por el otro lado: uno puede llegar a odiarlas pero mejor no imaginar cómo sería un mundo sin ellas en el WCT.

The WET Coast Trail

La expresión no es mía; la he visto por ahí. Atinado juego de palabras para una de las zonas de mayor pluviometría de todo el planeta. Esto, como es de esperar, añade un factor de dificultad a una travesía autónoma, especialmente allí donde no hay más opción que hacerla autónoma. Es fundamental estar preparado para la lluvia, física y psicológicamente. Estar preparado para intentar no mojarse mucho pero, muy importante, estar preparado para mojarse… porque, al final, uno se moja. Preparado para embarrarse, también, y convertirse finalmente en una croqueta humana gracias a la arena playera.

Como de costumbre, parte de la clave está en saber qué esperar, tomarlo con buen ánimo y, si no llueve mucho, considerarlo un premio. Y, si no llueve nada, considerarlo un milagro.

Las escaleras

Tienen cierto status de celebridad. Constituyen, particularmente las series más largas, un acontecimiento a la vez temido y esperado por los que recorren el WCT. Uno no sabe del todo dónde se ha metido hasta que se enfrenta a los más de 200 escalones de Cullite Creek (sí, un edificio de quince pisos). Escalas de inclinaciones variadas pero que al más temeroso de las alturas le van a parecer verticales (¡o más!) y que, en cualquier caso, se suben y bajan con pies y manos. Un fino trabajo de rústica ingeniería, por otro lado, convertir los cedros (por madera no será, desde luego) en el conjunto de escalas y plataformas que ayudan a salvar las pendientes extremas donde un sendero hubiera sido inviable, ya que el primer corrimiento de tierra lo hubiera hecho desaparecer.

Las escaleras se encuentran apoyadas sobre el terreno y sobre estructuras fijas que incorporan una pequeña plataforma y que separan las escaleras en tramos. Las hay de inclinación variada pero las más inclinadas son casi verticales. Hay que subirlas con pies y manos. Mal momento para mantener las manos limpias.

Escaleras en Sandstone creek

Se hace mucha literatura sobre las escaleras del WCT pero tampoco son para tanto. Sí constituyen una de esas particularidades que hacen de este sendero una ruta tan especial y le dan ese tinte a aventurilla a lo Indiana Jones barato pero son fáciles. Quizá alguien con vértigo lo pueda pasar mal.

Infraestructuras particulares

Además de las series de escaleras, hay alguna estrategia más para salvar las profundas gargantas y los grandes ríos: por un lado, los puentes colgantes, como esos de las pelis de tarzán. Da más reparo verlos que cruzarlos, son muy seguros. En Logan creek, el puente más aéreo y espectacular de todos está directamente conectado al primer tramo de escalera que sube por la pared norte, de forma que puedes sentir el movimiento del puente (si estás en él) cuando alguien baja o sube dicho tramo de escalera. Curioso; suena más extremo de lo que en realidad es.

Puente sobre Logan creek

Una tercera opción, tanto para salvar vaguadas profundas como ríos grandes, son los carricoches colgantes. Se usan sobre todo cuando un río es demasiado caudaloso como para vadearlo. Son unos pequeños habitáculos metálicos que cuelgan de un cable, tendido entre ambas orillas. El apaño se termina con un segundo cable fijo que sirve para auto-remolcarse. La cosa funciona así: cuando llegas a uno de estos, te lo encuentras normalmente a mitad de camino, donde habrá llegado por gravedad, por la comba del cable. Hay que tirar del cacharro para traerlo al extremo donde estás. Asegurándolo para que no se mueva, te montas, metes las mochilas (hay sitio para dos y sus bultos) y sueltas. Por gravedad, llegarás hasta la mitad del recorrido. A partir de ahí, hay que tirar del cable fijo para recorrer el resto. Uno se siente a medio camino entre un Indiana Jones cutre y una tarde en el parque de atracciones. Es divertido.

“Carricoche” colgante

Las mareas

En un sendero costero, este es un asunto importante. En numerosas ocasiones, existe la posibilidad de abandonar el sendero propiamente dicho durante ciertos tramos en los que es posible transitar por la plataforma costera durante la marea baja. Esto suele resultar mucho más interesante (y, a veces, también más sencillo, a la hora de caminar) que el bosque pero es imprescindible conocer los horarios de las mareas y los puntos de acceso de vuelta al sendero y planificar con cuidado para no quedarse atrapado por la marea en un mal sitio; idealmente, tampoco en uno bueno.

Los rangers proporcionan una tabla de mareas actualizada en la obligatoria charla previa al inicio del sendero. Es tarea del senderista usarla bien.

Los canales de oleaje

La plataforma costera, que se puede recorrer durante la marea baja, toma, habitualmente, la forma de una auténtica plataforma rocosa, prácticamente plana. En ocasiones, está surcada, perpendicularmente a la línea de costa y al sentido de marcha, por profundas hendiduras. Ignoro qué proceso erosivo las ha causado pero, en definitiva, toman la forma de canales por los que, sucesivamente y con cada embate, entran las olas.

La ola, canalizada, penetra con energía en el canal, retirándose de la misma forma. Esto es lo que hace a estos canales dignos de mención, por el peligro que conllevan: se han convertido en la trampa mortal en la que numerosos senderistas han caído… para no volver.

Es importante tener en cuenta estos canales y conocer su problemática. Lo que en un momento es una inocente hendidura, fácil de cruzar a base de bajar y volver a subir por el otro lado, puede estar lleno de agua a toda velocidad en el instante siguiente. El flujo te arrastra canal arriba, el reflujo te succiona hacia el mar y eres historia. No meterse nunca en los canales de oleaje.

Uno puede pensar: pues se rodea y ya está… bueno, no es tan sencillo; no siempre es posible. Tierra adentro, el canal puede no interrumpirse en ningún momento, hasta llegar al límite de la plataforma y al bosque, donde nos podemos encontrar con un talud que nos impida pasar. La solución, en estos casos, pasa por buscar el punto más estrecho del canal y saltar… lo cual no suena muy bien, especialmente con un mochilón a la espalda. Ante la duda, lo mejor es darse media vuelta y buscar un acceso al bosque. Si el retorno se prolonga más de unas decenas de metros, probablemente merece la pena retroceder hasta el siguiente acceso marcado al sendero del bosque; ir bosque a través en esa selva no es nada aconsejable, salvo que sea sólo por un trozo muy corto o como reto personal.

Canal de oleaje. Este es de los fáciles

Los canales de oleaje (surge channels) están bien documentados tanto en la bibliografía del WCT como en los mapas, con indicaciones de cuáles son pasables, su nivel de dificultad y los puntos de retirada de y vuelta a la plataforma para los que se consideran impasables o no recomendables. Tienen nombre propio y, especialmente uno, Adrenaline Surge, es famoso por la dosis de adrenalina que requiere su travesía. Don’t try this at home.

Las reservas indias

En esta región viven nativos americanos que, a diferencia de sus vecinos de las praderas más al sur, eran (y son) sedentarios, con lo que les ha sido más sencillo conservar sus territorios. A lo largo del WCT se atraviesan varios trozos de terreno considerados como reservas indias que, por lo que sé y a todos los efectos, son propiedad privada. Entiendo que sus dueños viven ahí aunque no sé mucho de su forma de vida actual.

Los “indios” son más correctamente denominados “nativos americanos”, que es la mejor interpretación que puedo encontrar para la expresión usada en inglés, “first nations”, en alusión a su lugar como primeros colonizadores de esta tierra y, al menos en la teoría, se les tiene bastante respeto en Canadá. Ignoro si esto se traduce en un respeto práctico. Durante los escasos contactos con alguna de las culturas o gentes nativas que pudimos tener, sí pudimos percibir un claro sentimiento de identidad que intentan preservar.

Los senderistas del WCT tienen permiso para pasar por las reservas pero no a acampar en ellas, aunque pueden pedir permiso para hacerlo (si encuentran a alguien a quien pedírselo). La mayoría de los terrenos considerados como reserva que atraviesa el WCT son naturaleza pura y dura salvo un par de enclaves en los que hay unas pocas casas. Uno de estos puntos está en la orilla sur de Nitinat Narrows donde los nativos regentan un servicio de transporte fundamental para los senderistas, a través del estrecho y profundo desagüe del lago Nitinat, que sólo se puede cruzar navegando. Allí tienen una pequeña barca con la que hacen, en unos pocos minutos, el viaje de un lado a otro, unas cuantas veces al día, según van apareciendo clientes. También te pueden llevar tierra adentro, a través del lago Nitinat, como forma de salir del sendero en este punto, ya que hay una carretera que comunica con la orilla opuesta del lago, pero ignoro en qué condiciones dan este servicio. Bajo demanda, supongo.

El barquero nativo en Nitinat Narrows. Lleva una camiseta con la leyenda “First Nation”

Por último, y no por ello menos interesante, mientras esperas al siguiente viaje de la barca que cruza Nitinat Narrows, puedes comerte un pedazo de cangrejo gigante tamaño 20x20x20 (no sé cómo se llaman estos bichos, seguro que tienen un nombre en castellano) que los nativos pescan durante el día y tienen allí, y que cuecen al instante. Es en plan “¿quién quiere mega-cangrejo?” “uno, dos… ¡tres! Ok, allá van…” y los despedaza allí mismo, los echa en la olla y unos minutos después te lo comes. Pescado fresco.

La fauna

Hay un par de grandes animales a los que estar atento en la isla Vancouver y, por extensión, en el WCT: osos y pumas.

El tema de los osos es idéntico a las otras zonas donde los hay, con la atenuante de que en la isla sólo los hay de la variedad americana, es decir, no hay grizzlies. La precaución básica a tener en cuenta está en la protección de la comida durante el descanso nocturno y para ello se usan las estrategias habituales. En las zonas más frecuentadas para acampar, hay cajones metálicos.

Los pumas son un caso diferente. Estos animales son muy esquivos y es difícil ver uno. Son hábiles cazadores y se convertirían en un peligro mortal si decidieran cazar personas, cosa que, afortunadamente, no hacen. Como siempre con predadores salvajes, es conveniente ser cautos y no asumir que nunca van a atacar. Es algo extremadamente raro pero puede suceder. La actitud adecuada es similar a la que se toma ante los osos: procurar alertar de nuestra presencia durante el día y proteger la comida durante la noche, evitando dormir junto a ella. Si consigues ver un puma, date por afortunado.

Eso en cuanto a la fauna que, probablemente, no vamos a ver. Ahora, la que sí vamos a ver:

Estrella en su hábitat

Los puntitos pequeños son caracoles (todos)

Estos son sólo dos pequeños ejemplos de la inmensa cantidad de bichejos de la zona intermareal. Un paseo por ella vale por toda una vida de fotos en los libros de la escuela, están todos allí: los de arriba más anémonas, tomates de mar, mejillones, percebes… y otros muchos que no conozco (que ya hace mucho de los libros de la escuela…). Toda una experiencia.

El parque nacional Pacific Rim

El West Coast Trail se encuentra situado íntegramente dentro de los límites del parque nacional Pacific Rim, que protege la costa suroeste de la isla Vancouver, tanto los ecosistemas marinos como los impresionantes bosques, que alojan algunos de los árboles más altos (y antiguos) del planeta. La explotación maderera, también aquí, es un cáncer que se come hectárea tras hectárea de estos bosques vírgenes (vírgenes hasta que llega la primera motosierra), símbolo de la pureza de la naturaleza en este rincón del mundo. Los 75 kms. de costa vírgen que recorre el WCT es otro de los tesoros mejor guardados del parque, así como su fauna, que incluye bichos tan magníficos como osos, pumas y una especie endémica de marmotas.

Concluyendo…

El WCT tiene, en cualquier caso, su parte “difícil” y su parte “fácil”. No sé cuál de las dos expresiones necesita más comillas, pero es universalmente aceptado que la mitad sur es la más complicada. Es allí donde están las escaleras más largas, donde el bosque es más selvático, el terreno más abrupto y donde, por si fuera poco ya, la mayoría de senderistas optan casi siempre por tentar a las mareas y a la integridad de sus huesos haciendo equilibrios sobre resbaladizas rocas de más de dos metros de alto con una mochila a la espalda en el trayecto entre Thraser Cove y Owen Point en lugar de un relajado paseo por la selva. Pero ya que estamos allí…