Para llegar al comienzo de la ruta, tenemos que tomar la carretera que bordea la orilla sur de la bahía de Corner Brook, una de esas minúsculas carreteras de Terranova que se dirige a las pequeñas comunidades dispersas por la costa. No hay transporte público así que decidimos coger un taxi. Podríamos haber hecho dedo y seguro que funcionaba pero casi vale más la seguridad que de saber que llegaremos pronto al inicio que el dinero gastado. Terranova tampoco es un sitio muy caro y las carreteras estas tienen muy poco tráfico.

El inicio nos resulta extraño. Estamos acostumbrados a caminar por senderos establecidos, rutas con un nombre, siguiendo un cierto concepto. Esta vez, si bien el concepto está ahí (en nuestra cabeza, al menos), no hay ruta establecida que seguir, registro que firmar ni banda de música de despedida. Nos bajamos del destartalado taxi y tenemos que empezar a caminar.

Por suerte, y para facilitar la transición y allanar el comienzo, no hay que empezar por sacar la brújula y pelearse con el tuckamore ya que los primeros kms. discurren por un sendero, utilizado para excursiones locales. A nosotros nos servirá para acceder al cañón de Blow-me-down brook y, de ahí, a lo más profundo de las montañas.

Esta zona de las montañas Blow-me-down y, en particular, el citado cañón, constituyen el otro (además de las Tablelands de Gros Morne) gran afloramiento de peridotita, la roca tóxica de las profundidades. Las implicaciones de esto, aparte de lo espectacular del paisaje, son que al no poder crecer la vegetación constituye el sitio perfecto para acceder a las montañas: no hay bosque en valle, no hay tuck en las laderas, sólo roca pelada; basta con buscar la pared menos empinada del cañón y subir por ahí.

A los pocos kms., el sendero se termina y no podemos evitar sentirnos un poco desamparados pero hay que continuar. Un excursionista que nos había adelantado hace un rato nos advierte, en su camino de vuelta, que tengamos cuidado más adelante, que el terreno es inestable… pues lo que nos faltaba, para intranquilizarnos aún más…

Resultó un exagerado. Había que encaramarse por la ladera de entrada al cañón pero buscando las zonas menos empinadas no tenía ningún peligro. Bordeamos la cresta y, poco más adelante, entramos ya en el cañón, todo él de esa roca herrumbrosa y casi desprovisto de vegetación aunque, de alguna forma, un poco de hierba y algunos árboles bonsái se las han arreglado para crecer aquí y allá.

A la vuelta de la esquina, la puerta a las montañas Blow me Down

El cañón es de paredes empinadas pero no verticales. Desde la entrada, intuimos también la ladera del fondo por la que tendemos que subir, de acuerdo a la descripción de la ruta que llevamos.

Descendemos al fondo del cañón y avanzamos por él. Ya no hay sendero ni nada que se le parezca pero es muy fácil caminar por aquí, vamos por el lecho del cauce de Blow-me-down brook, que se ramifica en el fondo plano. Ahora, en verano, sólo algunas ramas llevan agua.

Blow me Down Brook y su cañón

Poco antes del final del cañón, llegamos a la altura de la pared por la que tendremos que subir, a la izquierda. Toda ella es de peridotita y no hay vegetación, en contraste con la pared de enfrente, de una roca color gris oscuro y que sí tiene vegetación, además de ser mucho más vertical. La subida es empinada pero fácil y la vista sobre el cañón es más y más espectacular según subimos.

Blow me Down Brook Canyon

Tras un buen rato, la pendiente se empieza a tumbar y ya nos podemos considerar arriba. Esto empieza a ser mágico. Según terminamos el último trozo de cuesta, se empiezan a revelar las extensas mesetas de las montañas Blow-me-down, una llanura colgada en las alturas (modestas, pero alturas), sorprendentemente plana y aparentemente infinita… lógico, no hay nada más alto. Vemos, al fondo, a nuestras espaldas, el golfo de San Lorenzo.

Pisamos peridotita aún, con el curioso y fuerte contraste de la meseta del otro lado del cañón, que presenta el más típico panorama de vegetación verde y lagos azules. Transición que vivimos bajo nuestros pies según terminamos de subir: cruzamos una pequeña vaguada tras la cual el suelo se convierte en un inmenso manto verde salpicado de infinitos charcos azul oscuro. El propio suelo (donde no es charco) está muy húmedo o incluso anegado y nos hundimos un poco en cada paso. Terreno para unas buenas botas.
Este es un terreno sin apenas referencias visuales así que hay que estar atento a la brújula y al mapa.

La sensación es casi irreal. Nunca habíamos visto nada como esto. La travesía por esta zona es una de esas imágenes que tenemos grabadas muy profundo. Más que imágenes se trata de sensaciones. Es como estar paseando por la superficie de un planeta muy pequeñito y sentir su curvatura, percibir cómo se inclina hacia el horizonte, suavemente, en todas direcciones. Los colores intensos, el verde de la hierba, el azul del agua, repartiéndose el terreno casi al 50%. Es difícil de explicar pero es uno de esos momentos en los que uno no se siente capaz de decir nada, abrumado por algo tan hermoso y tan especial que resulta inabarcable. Nos sentimos muy felices de poder estar caminando por aquí.

Sublime panorama desde lo alto de Blow me Down

Al rato, comenzamos un ligero descenso y cambia un poco el panorama: vemos, enfrente, aún a lo lejos, la profunda muesca del cañón de Simms brook, el suelo comienza a ser más pedregoso y menos húmedo, la peridotita vuelve a aparecer. Nuestra intención era bajar a Simms brook y acampar allí pero se nos ha hecho muy tarde y aún queda mucho camino para eso; no hay problema, acampar en lo alto de la meseta será mucho más bonito. Muy expuesto pero hoy, aún, el tiempo es bueno y tranquilo. Podremos estar a menos de 800 m. pero, por lo que a nosotros respecta, estamos en la cima del mundo. No podríamos haber imaginado un campamento mejor.

Atardecer en las montañas Blow me Down

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