Cuando salimos de la tienda, comprobamos que todo sigue siendo tan bonito como nos pareció ayer. La única novedad es que se está empezando a nublar. Los colores ya no son tan intensos pero, sobre todo, es un mal augurio.

Partimos y, según avanzamos, la peridotita va ganando terreno y cada vez hay menos vegetación. No sabemos si el manto verde se debía a la presencia de alguna otra roca o a simple adaptación masiva pero aquí vuelve a estar todo pelado.

El pequeño arroyo junto al que habíamos pasado la noche (y que nos sirvió de agua corriente) ha ido excavando y ha formado un pequeño cañón, antes de precipitarse por las paredes casi verticales que le llevarán a Simms brook. Nosotros intentaremos bajar por un sitio más fácil. Antes, hay que cruzar este obstáculo que, pensamos ahora, quizá hubiera sido más fácil evitar a base de cruzarlo cuando la vaguada era de 2 m. de profundidad pero la ruta de Mr. Pelley, que tenemos marcada sobre el mapa, nos lleva por aquí, queremos pensar que por algo será…

Ominous Gulch

Una última subidita a la siguiente sección de meseta antes de afrontar el descenso a Simms brook. El cañón de Simms brook es similar al que utilizamos ayer para entrar en el macizo, una profunda muesca de paredes muy verticales y fondo plano, esa forma de U que denota su origen glaciar. Llegados al borde, nos volvemos a encontrar con la curiosa visión de la diversidad geológica: mientras nuestro lado del monte es de peridotita, herrumbroso y pelado, las paredes del otro lado del cañón son de roca oscura y la meseta correspondiente está poblada por cubierta vegetal. Es como si el gigante que fabricó esto hubiera pintado cada ladera de un color.

Simms Brook Canyon

Simms brook viene del corazón del macizo, a nuestra derecha (norte) y se dirige al sur, hacia el valle Serpentine, que aún no vemos porque, hacia nuestra izquierda, el cañón se estrecha y se torna en garganta, justo antes de su final. El valle Serpentine separa las montañas Blow-me-down del macizo de las Lewis Hills. Nuestro objetivo final es cruzar el valle y alcanzar las dichas Lewis Hills (que, a pesar del nombre, son las montañas más altas de Terranova) para allí repetir la jugada: entrar por un cañón, ascender a las mesetas, atravesarlas hacia el sur y bajar por el otro lado. Fin de aventura. Pero aún falta mucho para eso.

De momento, tenemos que bajar al fondo del cañón. Pelley nos da alguna pista de por dónde bajar pero, al final, se trata de asomarse y ver por dónde puede ser más sencillo. Todo es bastante empinado. Padecemos de un poco de prisa (este tramo lo teníamos que haber hecho ayer) y eso nos lleva a cometer un error: no dedicarle el suficiente tiempo a estudiar bien la ruta de bajada. Consecuencia (típica, en estas situaciones): acabamos bajando por un sitio no óptimo y con cierto riesgo. La roca está muy descompuesta y, en el momento en que se pone vertical, tenemos que pasar por un punto muy delicado pero ya da mucha pereza (que no, vamos…) retroceder para buscar un camino mejor.

Descendiendo hacia Simms Brook Canyon

Afortunadamente, tras un par de pasos tensos donde esperas que el terreno no ceda (cosa que acabaría con desastre), la pendiente se suaviza. Terminamos el descenso en una colada de grava que hace de amortiguador perfecto y donde podemos dar pasos de 7 leguas, como el gato con botas.

La imagen del cañón de Simms brook es espectacular; especialmente, aguas arriba. Llegados abajo, torcemos a izquierda y avanzamos por el fondo del cañón, hacia el estrechamiento. El progreso es relativamente sencillo. Lo difícil está por llegar pero, por desgracia (o por suerte, quién sabe…) aún no somos conscientes.

Aguas arriba en Simms Brook Canyon

Avanzamos por la estrecha garganta hasta que esta emerge en el amplio valle Serpentine. Uno esperaría ver el río (Serpentine) ahí abajo pero todo lo que vemos es el bosque, que comienza unos metros más adelante y tapa todo lo demás. Bueno, menos la silueta de las Lewis Hills, visibles al fondo, muy lejos aún.

Cauce de Simms Brook, emergiendo en el valle Serpentine

La descripción de Pelley sólo esboza, a grandes rasgos, la ruta hacia el río. Básicamente, hay que abandonar el cauce de Simms brook, meterse en el bosque y progresar en una línea más o menos recta.

Ninguna mención especial más. Sólo cuando entramos en el bosque empezamos a darnos cuenta del lío en el que nos estamos metiendo. Ese bosque abigarrado, denso, caótico y casi apocalíptico que hasta ahora habíamos evitado… la progresión empieza a ser penosa, por lo lento y por lo difícil. El bosque en Terranova es, generalmente, de árboles no muy altos, con ramas a todo lo largo del tronco, hasta abajo, y meterse ahí es como estar permanentemente atrapado en una telaraña. No hay fotos de las próximas ene horas, estábamos demasiado ocupados avanzando a medio metro por minuto.

Vamos avanzando (es un decir) esperando que, en cualquier momento, la cosa mejore, que se tratara sólo de un trozo malo (y que por eso no mereció mención en la descripción de Pelley), a la vez que preguntándonos si no será que hemos ido por un sitio equivocado… pero tampoco parece que a uno u otro lado la cosa sea diferente. Seguimos con cuidado el rumbo de la brújula. Dentro del bosque, no tenemos referencia visual alguna y hay que confiar en los instrumentos.

De momento, el terreno es llano. Pronto sabremos la bendición que esto supone, a pesar de todas las demás dificultades. Nuestra próxima referencia es una pareja de colinas, entre las cuales deberíamos pasar (si hemos acertado con la dirección) para afrontar el descenso final hacia el Serpentine. Llegamos a un claro (¡por fin!) y la alegría es doble: durante unos metros, al menos, podremos caminar sin engancharnos en nada y, además, dos pequeñas colinas aparecen delante, al otro lado del claro: bingo, vamos bien.

A través del claro, incluso, seguimos lo que parece una leve traza, lo que nos hace pensar que quizá había alguna especie de senderito para llegar hasta aquí (quizá usado por los animales) y nos lamentamos por no haberlo encontrado antes pero nos alegramos pensando en que ahora ya bastará con seguirlo y todo será más fácil…

Al fondo del claro y al pie de las colinas, tenemos que volver a entrar en el bosque y la traza desaparece. Mal asunto. Avanzamos un poco más pero esto está tan enmarañado que parece imposible moverse a través de tanta rama, por mucha moral que le echemos, y decidimos ser más cautos esta vez y volver atrás a buscar el sendero perdido. Volvemos al claro y peinamos la zona en busca de algo que parezca un camino pero, definitivamente, no hay nada. Muy mal asunto. Estudiando el mapa, parece claro que estamos entre las dos colinas, sus perfiles coinciden perfectamente. No hay error posible y las instrucciones son claras: pasar entre las dos y descender al valle. Lo que no mencionan las instrucciones es que haga falta un machete.

Se nos hace tarde y hay que hacer algo. Después de lo que ya hemos pasado, uno diría que adelante y todo se andará pero, de verdad, lo que tenemos delante es tan denso y está tan cerrado que parece imposible pasar por ahí. Rosa rompe el bloqueo y dice que adelante. Tengo que aceptar que es la única opción.

El avance, por llamarlo de alguna forma, es más penoso que nunca, especialmente cuando llegamos a una zona de empinado descenso. Las ramas se entrecruzan en todas direcciones. Cada paso es seguido, inevitablemente, por un rato de contorsiones y forcejeos hasta que el cuerpo consigue ponerse a la altura de su pie. Y vuelta a empezar. Es desesperante pero, efectivamente, no nos queda otra. Intentamos aprovechar el mínimo hueco creado por el cauce del agua que baja por aquí cuando llueve (ahora no hay) pero sólo ayuda de las rodillas para abajo.

La cosa mejora un poco cuando terminamos el descenso. El bosque sigue siendo un caos pero al menos podemos pisar en plano, no estamos en una pared resbaladiza. El mapa señala un claro en el bosque, un poco más adelante y, además de servirnos de confirmación de que llevamos la línea correcta (seguimos sin referencias visuales), esperamos que nos dé un poco de alivio. Al rato, llegamos al claro. Sé que no es momento, pero no puedo evitar estar pelín orgulloso del éxito de la tarea de orientación.

El claro tiene los metros contados; está totalmente rodeado de bosque, nos sentimos casi como enjaulados por él. Al otro lado, unos 200 m., hay que volver a meterse en el infierno de ramas pero, por el momento, afrontamos unos minutos de tregua. Se trata de una espléndida praderita de hierba larga (se nota que hace tiempo que no la siegan…) y, nada más posar el pie, comprendemos el porqué de su existencia: es un fangal.

No se ve el agua, está debajo de las hierbas, pero posar el pie implica hundir la bota. Afortunadamente, no más allá del tobillo. Da un poco de grima caminar así pero pronto vemos la ventaja sobre la situación anterior así que no nos vamos a quejar y nos dedicamos a “disfrutar” del paseo, intentando pisar donde parece que el racimo herboso está más gordo, a ver si aguanta el peso.

Ciénagas en el valle Serpentine. Al fondo, las Lewis Hills, máximas alturas de la cordillera Long Range y de Terranova

Entiendo que no es casualidad lo del agua en el claro; suponemos que, precisamente, ahí no hay árboles porque se ha acumulado el agua, una leve depresión sin drenaje, y hay demasiada humedad para ellos. Pues bienvenido sea.

Llegamos al final del claro y suspiramos hondo antes de volver a entrar en la tela de araña tridimensional. Al menos, ahora el terreno es llano y, será por eso o porque nos hemos acostumbrado ya, este tramo nos resulta mucho más llevadero. Aún hay que saltar por encima de troncos y zacadze ramaz deg la bodca de cuando en cuando pero casi se puede decir que andamos.

Esperamos llegar al río Serpentine en cualquier momento pero seguimos a ciegas, los árboles no nos dejan ver ni el bosque ni nada de nada. De repente, ahí está; y qué mala pinta tiene…

Yo no sé si por las fotos que había visto o por mi propia imagen mental que me había creado del lugar pero imaginaba el valle del Serpentine como un lugar amplio, abierto… en el mapa se le ve ancho, desde luego… pero todo esto era desde casa, cuando aún no sabía cómo es esa parte que en el mapa aparece pintada de verde. El bosque crea una atmósfera cerrada, enclaustrada, casi claustrofóbica. Esperábamos llegar al río y encontrarnos un cauce amplio (sabemos que el Serpentine es un río grande) pero con su franja de orilla abierta, herbosa, pedregosa o lo que sea, pero nos hemos encontrado con que el maldito bosque sigue cumpliendo su misión de carcelero: llega hasta el mismo borde del agua, en ambas orillas, sin tregua. Nos hemos dado cuenta de que estamos llegando al río cuando quedaban dos metros.

El río Serpentine. Bucólica imagen pero ¡había que cruzarlo!

Además, Pelley advierte que, en circunstancias normales, es seguro vadear el río cuando no está crecido y, en ese caso, barras pedregosas deberían ser visibles en la parte interior de los meandros… pues no vemos nada de eso. Muy al contrario, el Serpentine se presenta como una masa compacta de agua, moviéndose (aparentemente) despacio y en bloque, sin fisuras y sin orillas, con el agua llegando hasta el mismo borde de los árboles. Desde el último tronco, un pequeño talud de medio metro y debajo ya está el agua. Es ancho y parece profundo.

El caso es que, si los pronósticos se cumplen y mañana viene mal tiempo, deberíamos cruzarlo hoy… esa era la idea. Se nos hace tarde pero tampoco es cuestión de acampar a este lado (no hay dónde… no tenemos hamaca…). Al otro lado no tiene mejor pinta pero, por lo menos, habremos cruzado el río y un problema menos (en caso de que llegara a llover). Pero da miedo meterse ahí.

Una vez más, la premura de tiempo ayuda a tomar la decisión. Pruebo sin mochila y, a pesar de que hace fresco y el agua está fría (y de lo poco que me gustan los remojones repentinos en agua fría), de nuevo la urgencia ayuda a meterse sin rechistar. Bueno, rechistando, pero sin parar.

El río gana profundidad enseguida pero la corriente no parece muy fuerte. De hecho, no lo es. Menos mal, porque me va cubriendo: piernas, cintura, barriga… pecho… al siguiente paso, empiezo a emerger. El veredicto es que, técnicamente, es posible vadear por aquí, aunque, con las mochilas puestas, habrá que tener cuidado. A la vuelta, pruebo por otro sitio y el agua apenas me alcanza el pecho, con lo que está claro ya, será por ahí. No sé qué haremos o a dónde iremos cuando lleguemos al otro lado pero, al menos, tendremos un problema menos.

Pelley mencionaba que, si el río estaba crecido, una opción era remontarlo durante varios kms., hasta el lugar donde el río surge del lago Serpentine, donde a veces es posible encontrar barcas de pescadores. Hay una pista de tierra que llega hasta el lago y parece ser que es un sitio popular para pescar. Aparentemente, uno puede vocear a algún pescador para que acuda con su barca en ayuda. Hidro-stop. No me cabe duda, con lo amable que es la gente aquí, que se enrollarían. Lo que no nos seduce, desde luego, es tragarnos más bosque (mucho más) pero menciono esto no porque lo consideráramos una opción (estábamos ya preparando el vadeo) sino porque parece ser que también a veces los pescadores recorren el río… ¡de ahí debía venir el ruido que acabábamos de empezar a oír!

Nos sonaba tan marciano como una orquesta de violines. El ruido de un motor, aquí, en medio de la nada, en lo que a civilización respecta… obviamente, el río funciona de autovía en medio del bosque impenetrable este.

Mientras me vuelvo a vestir, aparece la barca y les echamos el lazo. “Esto… no es que nos haga falta… si ya lo hacemos nosotros solos, pero… ¿os costaría mucho llevarnos al otro lado?…”

La barca iba llena, 6 personas, y aunque parecía que habían dicho que sí, parecía también que se estaban pirando río abajo… pero no, se acercaron a un punto accesible de la orilla, se bajaron 4, que se quedaron allí a esperar, y los otros dos volvieron a por nosotros. No esperábamos menos de la hospitalidad ternuense.

Son Ray Humber y su padre, el sr. Humber. Nos montan y nos llevan al otro lado sequitos. Aprovechamos para comentar nuestros planes y pedir consejo, dado que es ya bastante tarde y ni estamos muy bien de moral ni vemos claro qué hacer a continuación: se supone que deberíamos acampar pero no vemos dónde… nos comentan que, cerca de allí, río arriba, hay una zona despejada (más o menos; al menos, no hay árboles) junto a una casita de madera que es de un familiar suyo y nos indican que acampemos allí. Pues gracias. Ya nos sentimos más tranquilos y vemos las cosas de otro color. No así el tiempo que, mirando hacia el oeste, se ve negro, negro… y también les preguntamos por eso. Nos confirman que viene mal tiempo. Preguntamos qué nos podemos encontrar en las Lewis Hills con mal tiempo; ¿tendremos visibilidad?: “mapa y brújula”, es la respuesta, acompañada de un gesto de circunstancias. Nos informan de que, mañana, ellos se vuelven a la civilización y que, si queremos, nos pueden sacar de allí. Están pasando el fin de semana (era fin de semana…) con unos amigos (los que se han bajado de la barca) en una casita de madera que tienen (aún más) río arriba y tienen un vehículo esperando al final de la pista, junto al lago. Y, de repente, me acuerdo: ¡yo te conozco! Mejor dicho, conozco tu web… y así era: Ray Humber se dedica, entre otras cosas, a ejercer de guía local y su web, Newfound Adventures, fue mi mejor fuente de información junto con la de C. Pelley. Qué pequeño es Terranova. Mejor dicho, qué poca gente hay en Terranova.

Les agradecemos todo, tanto la ayuda como la oferta, que aún no hemos decidido si aceptar. Nos indican que, si queremos escapar, nos acerquemos mañana a su casa antes de media tarde. De momento, nos concentramos en lo inmediato: montar campamento y descansar, que buena falta nos hace. Mañana será otro día y, según lo veamos, proseguiremos camino o pediremos sopitas.

Nos despedimos, mientras ellos vuelven para recoger a los pasajeros. Con susto, nos volvemos a enfrentar al bosque este, pero ya con algo más de moral; al menos, tenemos un objetivo inmediato. Vamos siguiendo una especie de sendita que, por momentos, pierde el derecho a ser llamada así pero que no llega al nivel de infierno que nos temíamos. Vamos muy cerca de la orilla del río y, a ratos, en lugar de con árboles, luchamos con plantas herbosas que nos cubren más allá de la cabeza pero que, al menos, tienen tallos blandos. Por fin, llegamos a una especie de claro junto a una laguna. Hemos perdido de vista el río, que no debe estar lejos. Un poco más adelante está la casa que nos habían anunciado y, delante de ésta, hay un trozo donde las hierbas no pasan del medio metro, así que, aplastándolas un poco, digamos que nos queda un trozo plano.

Oímos un chapoteo en la laguna y miramos para allá: hay una nariz, seguida de un trozo de cabeza, que avanza en el agua… ¡castores!!! ¡nunca habíamos visto castores! Aquí deben ser bichos de lo más habitual pero para nosotros son algo totalmente exótico y nuevo. Esto sí que es un subidón de moral: tenemos un sitio bonito donde pasar la noche y podemos hacer la cena mientras vemos nadar a los castores. Así sí que mola.

Campamento en el valle Serpentine, junto a la laguna de los castores

Esa noche tuvimos un animal grandote (¿oso, alce…?) rondando por allí y haciendo sus cosas al otro lado de la laguna. Daba mucho respeto, por no decir miedo, pensar que pudiera ser un oso, ya que dormíamos con toda nuestra comida en la tienda y sabemos, de hecho, que en el valle Serpentine los osos son abundantes pero, por otro lado, confiamos en el otro hecho conocido, que los osos en Terranova no están acostumbrados al ser humano y tienen fuentes naturales de comida abundantes. Pero estuve un rato sin dormir. Probablemente, era un alce. A toro pasado (o alce pasado…), es hermoso pensar que uno está pasando la noche entre animales tan bonitos y tan espléndidos, siendo un invitado en su casa.

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