Llegados casi al ecuador temporal (que no longitudinal) de la ruta, podemos dar por terminadas las dificultades; al menos, las orográficas. El tiempo, de momento, sigue portándose como un campeón y, salvo las nieblas, es espléndido. Ahora nos queda ponernos las pilas y empezar a recorrer las distancias que nos hemos ahorrado en los tres primeros días pero por terreno mucho más amable.

El bosque sigue estando ahí pero el terreno a su través va a ser, en general, menos escarpado. La costa tendrá acantilados pero también largas zonas bajas donde aparecerán las esperadas playas de arena fina.

Hoy salimos pronto y aprovechamos la marea baja para salir de la cala por delante del acantilado que la cierra por el norte. Cruzar el río en su desembocadura se reduce a saltar por encima de las piedras, el río no ha tenido la potencia suficiente para horadar un auténtico cauce sobre la barra acumulada. Supongo que este es un proceso de pulso constante entre mar y río. Encontraremos sitios donde el río lleva la balanza más inclinada de su lado y cruzar no será tan sencillo.

Caminamos por la plataforma, primero, y por la arena compactada de la zona intermareal, después, a través de un escenario fantástico: acantilado a un lado, el mar al otro y toda la riqueza vegetal y faunística a la que da lugar la frontera entre dos mundos.

La plataforma, semi-inundada entre Walbran y Vancouver point. Al fondo, entre la niebla, el mar

Una de las visiones más espectaculares la dan los característicos “sea stacks”, peñascos aislados cuya base es cubierta por la marea alta y frecuentemente colonizados por algún que otro árbol. Se asemejan a trozos del mundo sólido que algún gigante juguetón arrancó y colocó un poco más allá, a las puertas del mundo líquido. Resultan particularmente atractivos observados desde la distancia, a través de la neblina que crean las olas al romper, en su serie interminable.

Sea stack

Observando esta escena nos quedamos un rato, dejamos caer las mochilas y nos dedicamos a juguetear entre los charcos que deja atrás la marea, llenos de bichos curiosos. En esto, nos alcanza el grupo de Toronto. Hoy les dejaremos de ver porque ellos se van a tomar un día más y pararán en Carmanah, que ya está cerca, mientras nosotros seguiremos hasta Cribs. Aprovechamos la reunión para hacernos esa foto de recuerdo.

Shiny happy people on the West Coast Trail

Tras doblar la esquina del último acantilado, aparece la larguísima playa de la bahía de Carmanah. La escena es totalmente atípica al estereotipo de un sitio como Canadá: mar azul, playa dorada, bosque verde. Uno pensaría que es algún lugar tropical pero basta fijarse un poco para ver que esos árboles son algo así como pinos grandes (mayormente, abetos y cedros, en realidad)

Carmanah

En este lugar hay, sin embargo, dos auténticas excentricidades; al menos, lo son para un sitio tan aislado y en el que uno no esperaría encontrar un faro; y mucho menos un bar.

Lo del faro es menos raro. Esta es costa de naufragios y el faro está ahí por algo. Lo particular es que los faros suelen situarse en lugares accesibles o que, por inaccesibles que fueran, han sido hechos accesibles de alguna forma. Aquí, el único acceso al faro de Carmanah es el mar, aparte del propio WCT (bueno, y helicóptero también). El faro en sí mismo constituye una imagen extraña y fuera de lugar en un sitio donde no hay edificios en muchos kms. a la redonda pero no deja de ser bonito, con sus brillantes colores rojo y blanco. Está habitado y mantenido por una familia que vive allí permanentemente.

Lo del bar es más curioso: un auténtico chiringito de playa en medio de la nada. La historia es la de Monique, una señora francesa que, de alguna forma, llegó aquí, le gustó el lugar y le gustó también un (mal llamado, ya sé) indio con el que se casó y aquí vive. Durante los meses de verano, monta el chiringito para sacarles unas pelillas a los senderistas del WCT, que son sus únicos clientes, aparte de algún pescador que aparque el bote en la playa y se acerque a por una cerveza.

Es curioso el lapsus geográfico y más aún si lo comparamos con la situación en las montañas, que es nuestro terreno de juego habitual: allí (en las montañas, me refiero), un sitio es aislado y ya está y no hay manera de romper ese aislamiento salvo por medios muy agresivos como un helicóptero; aquí, es diferente: a pie y por tierra estamos realmente aislados, no sólo por distancia, que también, sino porque no hay vías de comunicación y nos separa de la civilización el impenetrable bosque; pero queda un vínculo pendiente y ese es el mar. Por mar y en un barquito llegaríamos a civilización enseguida. El mar funciona como esa vía de comunicación perfecta… mientras el tiempo lo permita. Por mar se abastece el bar.

El caso es que el chiringo es, obviamente, conocido y esperado por los senderistas del WCT. Nosotros hemos dimensionado nuestra comida para ser autónomos pero contamos con una parada en Chez Monique para darnos un pequeño homenaje de mitad de ruta. El lugar está situado al final del todo de la bahía, cerca ya del pie del acantilado donde se eleva el faro y se hace hasta largo recorrer la inmensa playa con el chiringo a la vista todo el rato, con el hambre que tenemos ya a estas horas.

La señora Monique resulta bastante lejos de la imagen que teníamos de ella, cultivada por la bibliografía, de señora entrañable; nos parece bastante bruja, en realidad. A lo mejor simplemente tenía un mal día. La hamburguesa está muy buena. La cerveza, también. La fruta fresca es un lujo oriental, en estas circunstancias.

Reemprendida la marcha, se acaba la bahía y hay que salir de la playa para escalar el acantilado hasta Carmanah point, donde está el faro. Esto sí que es chocante: una cosa es verlo de lejos y otra llegar aquí y ver una valla impoluta, un césped recién cortado, un tendedero con ropa colgada…

Pulcritud colorista repentina en medio de la nada: el faro de Carmanah

Desde Carmanah point, se puede tomar la plataforma con marea baja pero no es el caso ahora, por la tarde. Nos tenemos que conformar con el bosque.

A diferencia de la reclusión de los primeros días, en estas largas playas, la acampada ya no es problema en cuanto a sitio. El condicionante básico es la disponibilidad de agua. Es por eso que aún se mantiene el modelo de zonas de acampada oficiosas donde la gente se concentra, allí donde hay algún río o arroyo. No sería difícil acarrear el agua un rato y buscarse un sitio aislado con toda la playa para uno pero, de alguna manera, la inercia del sendero pesa y parece natural acampar en aquellos sitios que la guía comenta y donde habías planeado hacerlo. Tampoco es que estemos codo con codo, muy al contrario, ahora el espacio es abundante.

En nuestro caso, hoy llegamos a Cribs creek. Esta es una playa en toda regla: arena fina y dorada; enorme, larguísima y muy ancha también. Aunque hoy sí que hemos hecho una distancia respetable, volvemos a llegar pronto y tenemos tiempo de bañarnos en el mar, recorrer la playa y buscar restos de naufragios. El tiempo sigue siendo espléndido y hasta le encontramos, por fin, uso a la lona que compré en Port Renfrew pero no para la lluvia, como estaba previsto, sino para hacer de parasol. Tarde-noche playera en toda regla.

Playas de arena fina en Canadá: acampando en Cribs

Como de costumbre, la gente se ha ido construyendo rudimentarias infraestructuras a base de los troncos de la deriva: tendedero, mesa, asientos… con imaginación, tiempo y un par de troncos se llega lejos.

El trozo de costa en el que estamos está mirando ligeramente al sur y hoy no vemos el sol ponerse sobre el mar. Es lo único que nos falta para otra velada perfecta.

Luces de atardecer en Cribs

This entry is part 5 of 9 in the series West Coast Trail
Series Navigation<< Día 3: Walbran CreekDía 5: Tsusiat Falls >>