Llegado el Día D, salimos del albergue camino del hotel de Rocky Harbour que regenta el tema del barco; como Western Brook pond está un buen trecho hacia el norte, proveen también un minibús para llevar a la gente hasta allí.

En el minibús, como en el barco, la mayoría de clientes son turistas, con lo que es fácil distinguir a los senderistas, basta con mirar la mochila. ¿Habrá alguien más que empiece la travesía al mismo tiempo que nosotros? Por el momento, en el bus, no.

Tras el corto y espectacular viaje, junto a la costa del golfo de San Lorenzo, hay que bajarse y recorrer un par de kms. tierra adentro hasta el embarcadero. Al fondo, la silueta de las montañas Long Range, en cuya pared frontal se intuye la estrecha muesca que significa la entrada a Western Brook pond.

La puerta a Western Brook Pond

En un lugar como este más que nunca se tiene constancia de estar caminando por el antiguo fondo del mar; hecho evidente porque la franja de tierra que ahora separa el lago de la actual línea de costa emergió para convertir el fiordo en lago. Cosas del peso del hielo… la tierra se levantó al fundirse aquel.

En el embarcadero, nos encontramos con otra pareja con mochilas grandes e inmediatamente les identificamos: estuvieron ayer en la entrevista con los rangers, justo después que nosotros. Por las pintas y la edad, deben ser padre e hijo.

El embarcadero. Al fondo, la entrada a Western Brook Pond

Por el momento, nos dejamos llevar y nos dedicamos a disfrutar del viaje, que es espectacular. Además, para nosotros, resulta muy emocionante, como comienzo de nuestro viaje. El barco se dirige a ese hueco abierto en medio de las paredes y, una vez dentro, nos encontramos rodeados por paisajes y panoramas que nos recuerdan mucho aquellos fiordos de Nueva Zelanda, cuánto tiempo hace ya… aparte de las paredes verticales, impresionan las aguas oscuras e inmóviles. Algo nos cuentan por la megafonía sobre cómo Western Brook pond es una cuenca cerrada, sin desagües y que sólo recibe agua de lo que le cae desde las mesetas. Curioso.

El fiordo se va retorciendo y enseguida perdemos de vista la salida. Al cabo de un buen rato, avistamos el final y nos dirigimos hacia el diminuto embarcadero que hay en el mismo fondo, donde acaba el agua. Allí nos vamos a bajar y seremos cuatro.

Hasta ahora, no habíamos contactado con los que iban a ser nuestros compañeros de desembarco pero, cuando nos bajamos (el barco amarra sólo para ello), no nos queda más remedio que vernos los caretos. Es más, la situación nos une, inevitablemente. Nada más bajar, el barco zarpa y nos quedamos allí, diciendo adiós con la mano y pensando que, a partir de ese momento, estamos solos y la responsabilidad de salir de allí es sólo nuestra. Glups

Ahí se va nuestra última conexión con la civilización

Es el padre el que rompe el hielo y se presenta: Loren, de Maine y su hijo Michael, también de Maine, y no se anda con rodeos: nos dice que se sentirían más tranquilos si camináramos juntos, si no nos importa. Es curioso, nunca habíamos caminado con otras personas y, además, siempre hemos valorado mucho nuestra independencia y libertad para elegir nuestro camino, nuestro ritmo… pero, dadas las circunstancias, en parte nos alegra contar con compañía, será un apoyo moral, al menos. Dado que nuestro plan es muy relajado, dudamos mucho que alguien pueda ir más lento y un rapido chequeo por encima nos dice que nuestros planes son prácticamente calcados así que no hay problema, caminaremos juntos… y empezamos ¡ya!.

En lo que a caminar se refiere, el grueso de la jornada consiste en la ascensión a las tierras altas. Para ello, hay que recorrer el fondo del valle glacial del Western Brook, a través de densa vegetación y aprovechando los restos de una antigua senda de cazadores para, finalmente, llegar al final del valle y ascender por una de las paredes frontales.

Según las referencias que tenemos, la senda no es muy clara pero esperamos que no haya problema para seguirla. Aquí abajo, la orientación no es problema (imposible perderse, estamos encerrados entre paredes verticales) pero el bosque es muy denso y tememos que si perdemos el camino vamos a pasar un mal rato.

Western Brook Gulch, un claro en el bosque

El ambiente aquí abajo es oscuro y opresivo, tanto por el calor húmedo como por la claustrofóbica sensación que crean las altas paredes, la estrechez del valle y la vegetación tan cerrada. No es que haga mucho calor pero sí hay mucha humedad, resulta lévemente incómodo. Comprobamos, eso sí, con alivio que no hay apenas insectos, a pesar de que las condiciones parecen ideales para ellos. Esperamos que sea ya demasiado tarde en la temporada y no nos den mucho la lata en los días que vienen a continuación.

Los rangers nos han advertido de un desprendimiento de rocas a mitad de camino. Cuando llegamos allí, vemos cómo, efectivamente, parte de la pared izquierda se ha desplomado y grandes bloques cubren el fondo, por donde va el sendero. Tenemos dos opciones: evitar las rocas, metiéndonos en el bosque por la ladera de la derecha; o subirnos a ellas y pasar recto. Intentamos lo primero pero no duramos ni dos metros: el bosque es mayormente impenetrable y, además, en plena ladera empinada es muy complicado moverse. Vamos a las rocas.

Empieza fácil pero los bloques se van haciendo cada vez más grandes y acabamos atascados sin saber muy bien dónde agarrarnos para pasar los pedrolos más grandes, de más de 3 m. de altura. Acabamos convencidos de habernos equivocado. El único consuelo es que, si hubiéramos elegido el bosque, habríamos, probablemente, acabado con la misma sensación.

Es curioso el efecto que esto tiene sobre el recién estrenado grupo. Al parecer, y según nos confiesa Loren a continuación, comenzaban el viaje con reservas (y se alegraron por ello de encontrar compañía) debido, sobre todo, a que Michael, el chaval (muy jovencito; no tendrá ni 15 años) no estaba del todo convencido de que quisiera embarcarse en aquello… pero llegados a terreno difícil de verdad (el desprendimiento), resulta que él es, con diferencia, el que mejor y más ágilmente se mueve (a ver…) y eso parece que le da la confianza que le faltaba. A partir de ahí, se le nota más contento.

Pasado el desprendimiento, nuestra preocupación es volver a encontrar la senda pero aparece enseguida. A ratos, caminamos por el cauce seco del arroyo, esto es, por el mismo fondo del valle, sin tener muy claro si esto es parte de la senda o si ésta discurre paralela entre la maraña vegetal pero el cauce es amplio y de fondo plano así que es perfecto. Según nos acercamos al final del valle, avistamos la pequeña cascada que baja de las alturas. “Keep to the right of the waterfall” fue el aviso del ranger que nos entrevistó, alertándonos de que era importante encontrar la senda en ese punto, era la única forma de subir por la empinada pared. Empinada y cubierta de enmarañada vegetación, imposible pasar sin un camino. Vamos atentos al lugar donde abandonar el cauce seco para empezar a subir y, por suerte, lo encontramos sin problema.

El sendero era bastante pobre y muy empinado pero no habría nada que hacer sin él. Subimos sin prisa y se nos hace largo pero, por fin, emergemos por encima de la cascada, la pendiente se suaviza y una emocionada mirada atrás confirma que ya estamos a punto de llegar al punto desde donde podremos contemplar la vista más famosa de Gros Morne. Y, por supuesto, sacarnos la más famosa foto:

Western Brook Pond

Nos pasamos un buen rato admirando el lugar, auténticamente espectacular, contentos por haber llegado hasta aquí sin mayores problemas y confiados en que todo va a ir bien: moral alta. El tiempo, por el momento, acompaña. Un vistazo al reloj nos saca del trance: se hace tarde y ahora debemos enfrentarnos a lo desconocido, por fin, a esas mesetas donde deberemos encontrar nuestro camino sorteando lagos, tuckamore y quién sabe qué.

Reemprendemos la marcha, terminando el ascenso, ahora ya en pendiente suave, hacia un pequeño collado a nuestra derecha. La reclusión del profundo valle a dado paso a un ambiente radicalmente diferente, luminoso y amplio, cálido pero sin tanta humedad y el cambio es bienvenido. Al llegar al mencionado collado, damos por concluída la subida y tenemos delante, por fin, las montañas Long Range:

Primera vista de las tierras altas

Y lo que vemos nos gusta: una enorme extensión verde, salpicada de las manchas azules de multitud de lagos y charcos varios, pequeños trozos de bosque y algún nevero de blanco brillante. Aún no vemos Little Island pond, el lago junto al que pensamos acampar pero no parece que el terreno ofrezca ninguna dificultad. Los lagos, aunque suponen un cierto obstáculo, colaboran en la tarea de orientación, sirviendo de referencia, aunque es una referencia a tomar con cuidado pero, por el momento, los mapas del IGN canadiense parecen muy precisos. Por el momento, pisamos mayormente hierba; no hay sendero pero la progresión es sencilla.

El ambiente es precioso, casi irreal, con las luces del atardecer dando ese toque especial al verde y azul dominantes y recordándonos que mejor no demorarse. Caminamos extasiados, o como se diga… es uno de esos momentos de sensaciones intensas difíciles de describir. El lugar es muy bello pero, además, se percibe ese aura de pureza de un sitio inalterado.

Sin más dificultad, llegamos a Little Island pond y localizamos la zona de acampada, identificada por las plataformas de madera para las tiendas, como objeto raro en medio de donde uno no espera encontrar tal artefacto. Hemos ido descendiendo y la vegetación ha aumentado en tamaño y densidad pero, por el momento, no hemos tenido problemas para avanzar. Little Island pond es ya un lago en toda regla, bastante grande (para nuestros estándares, al menos), precioso, en su enclave. Inmejorable lugar para nuestra primera noche en las montañas Long Range que, por el momento, son buenas con nostros y nos muestran su cara más amable.

Campamento junto a Little Island Pond

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