En Yellowstone, la planificación de rutas senderistas de largo recorrido está restringida a la disponibilidad de espacio en las zonas de acampada delimitadas dado que está totalmente prohibida la acampada o pernocta fuera de ellas. Como es habitual, es una restricción que lamentamos, por una parte, pero aceptamos de buen grado, por otro. En general, y sin conocer la problemática del lugar, parece una normativa bastante razonable ya que permite, aún, disfrutar de este lugar al tiempo que, esperamos, lo preserva tal como es. Ese es el espíritu que debería guíar siempre la gestión de tráfico humano en estos lugares, espíritu tan obvio y tan malentendido y (¿malintencionadamente?) malinterpretado en tantas ocasiones. Demasiados “mal-” para cosa buena.

En su momento, decidimos que planificar ya desde casa y tiempo antes lo que iba a ser nuestra estancia en Yellowstone era demasiado arriesgado, más aún que dejarlo para el momento de nuestra llegada, con lo que nos limitamos a esbozar nuestra lista de intenciones e ideas, esperando poder llevarlas a cabo. Esto implicó un buen grado de tensión desde el momento en que cruzamos la puerta oeste del parque y nos detuvimos en la oficina de los Rangers hasta que, un buen rato y buen número de cábalas después, salimos de allí con nuestro reluciente permiso en la mano.

Finalmente, y dadas las dificultades logísticas, abandonamos nuestra intención de una larga ruta unidireccional y la cambiamos por una circular, pero también larga, en la zona que más nos había entusiasmado desde un principio, el cuadrante suroeste del parque. Esto era así atendiendo a que afrontábamos una ruta que aunaba prácticamente todos los atractivos singulares de Yellowstone. Contamos con la entusiasta colaboración de los Rangers, un peculiar cuerpo a medio camino entre policía, guardabosques, guías e intérpretes de naturaleza y, lo que es de agradecer, y siempre bajo nuestra limitada experiencia particular, siempre atentos y dispuestos a ayudar, con buen talante y comprensión. Concretamente, en el caso que nos ocupa, la persona que nos asistió en el diseño de nuestra ruta se implicó hasta el punto de pasarlo casi peor que nosotros a medida que descartábamos opciones por estar las zonas de acampada ya reservadas y nos ayudó mucho a la hora de sugerir alternativas. Al final, y ya con nuestra ruta diseñada y las reservas hechas, estaba casi tan feliz como nosotros y nos despidió con la cordialidad de un colega que acaba de servir de ayuda.

La historia, en breve, fue algo así: llegamos, por fin (dos días, con sus noches, de viaje ininterrumpido) a la puerta oeste de Yellowstone… somos conscientes de que venimos sin nada, sólo con una vaga idea de lo que queremos hacer. A los pocos metros, nos cruzamos con una casa de madera señalizada como puesto de rangers y no nos queda más remedio que admitir que ha llegado el temido momento de afrontar la obtención de un permiso para esa ruta perfecta que, por el momento, sólo es un deseo. Aparcamos y vamos para dentro.

Los rangers son, habitualmente, unos individuos joviales y amables, lo cual es de agradecer. Empezamos por poner ideas sobre la mesa delante del que nos atiende: ruta en el cuadrante sur-oeste… ¿lineal? tenéis que contratar un transporte que os devuelva al sitio de partida (nada obvio… desechamos esto, preferimos ser autónomos). Intentamos conjugar nuestra idea de un viaje largo, autónomo, con los atractivos que hacen de Yellowstone algo especial: actividad termal, fauna… adicionalmente, intentamos evitar las zonas quemadas en el 88. El cuadrante sur-oeste ofrece todo esto y más: uno de mayores lagos del parque, el de evocador nombre Shoshone y las espectaculares cascadas del río Bechler.

Tuvimos que dar muchas vueltas para encontrar un plan que cuadrara. Cuando ya parecía todo hecho, resultaba que la última noche era imposible porque la zona de acampada prevista estaba ocupada… así, tuvimos que dar bastantes “vueltas” (cambiar de sentido de marcha, empezar un día antes o después…) para encontrar, por fin, una combinación con luz verde, cosa que ¡conseguimos!. Al final, el plan quedó en una marcha lineo-circular, basada en una circunvalación del lago Shoshone y un recorrido lineal a lo largo del río Bechler.

El señor ranger, un anciano y canoso ranger que nos atendió en el proceso, se implicó tanto en el complejo proceso que acabó casi tan contento y aliviado como nosotros y nos dedicó un efusivo apretón de manos. Sólo le faltó darnos un abrazo (de oso). Era muy majo y nos cayó bien.

Ya tranquilos y con el permiso en la impresora, nos hizo sentarnos delante de una tele y nos pasó un vídeo qué-debo-y-qué-no-debo-hacer-cuando-camino-por-Yellowstone. La habitual dosis de moralina adoctrinante (es igual que el que nos mandaron a casa desde el Gran Cañón) mezclada con un par o tres de datos interesantes y bastante información útil, casi nada que no supiéramos ya, en realidad.

Contentos y aliviados, retomamos viaje para ahora enfrentarnos a la tarea de buscar sitio en algún camping… a ser posible, en el más cercano a la zona de nuestro interés, que esto es muy grande. Pasado mañana (tuvo que ser así), empezamos ruta.