Esto también es el gran oeste americano en el aspecto geográfico pero no tanto en el humano. Canadá pertenece, valga la expresión, a otra película. El escenario: abruptas montañas coronadas por glaciares, valles redondeados cubiertos de interminables bosques… como un Ordesa tras otro y otro y otro, pero con ese aura especial de los paisajes americanos, gigantes, masivos y salvajes.

Caminando por la cresta

Canadá es el país de los grandes espacios abiertos por excelencia. Un auténtico paraíso para los amantes de la naturaleza y, por ende, para los viajeros a pie. Un lugar ante el que los habitantes de la atestada Europa quedamos admirados y sobrepasados por su inmensidad y pureza. Resulta un poco deprimente pensar que Canadá no deja de ser un pequeño y, probablemente, devaluado ejemplo de lo que un día fue nuestro mundo pero eso no nos da sino fuerzas para luchar por conservarlo tal cual es.

El Cartón

Quien más, quien menos, todo el mundo ha visto alguna vez alguna de estas películas antiguas ambientadas en un sitio muy bonito con un fondo de montañas nevadas (sólo un poquito nevadas, para que la postal sea perfecta) donde el dicho fondo es un evidente y descarado decorado más o menos cutremente pegado en la imagen. No me voy a meter con el indudable y romántico encanto de tales pelis; la cosa es que, a lo largo de nuestros días en las Rocosas, vinimos a llamar “el cartón”, por simpática analogía con lo que imaginábamos que usaban en aquellas pelis, a tal visión del fondo montañoso paradisiaco y perfecto. Pues bien: en las Rocosas, “el cartón” está por todas partes. Tras cada collado, a la vuelta de cada esquina… en realidad, allí donde el bosque dejara ver lo que tenías delante: ahí estaba “el cartón”.

Ocurrencia del cartón subiendo hacia el paso Mystic, parque Banff

Eso son las Rocosas en Canadá: el panorama montañoso perfecto; tradicionalmente conocido como el “paisaje de postal” o, local y coloquialmente como “el cartón”.

El Parque Nacional Jasper

Jasper es el Parque Nacional más grande, en extensión, de las Rocosas canadienses y el situado más al norte de la serie. Es, también, el más alejado de los grades centros de población y, como consecuencia, el menos accesible y menos masificado. Todo ello le da un cierta aura especial que le convierte en el resultado ideal para nuestra etapa más larga del Great Divide Trail.

Monte Tekarra, en la cordillera Maligne, parque Jasper

El parque Jasper se estructura alrededor del valle de los ríos Sunwapta y Athabasca que, alimentados en buena medida por los glaciares, fluyen con dirección noroeste. Al pie mismo del casquete de hielo Columbia, el Sunwapta comienza a recorrer la cabecera del valle para unirse más abajo al aún modesto Athabasca y, ya juntos, recorrer el ahora amplio valle flanqueado por formidables paredes de oscura roca y cubierto por la ingente masa verde de los bosques.

El Parque Nacional Banff

Es opinión generalizada entre los locales y visitantes que Banff (la ciudad) está “demasiado masificado”. No saben de qué hablan estos canadienses…

Glaciares del pico Ptarmigan y lago Zigadenus, parque Banff

Sí es cierto que Banff, el Parque, representa la parte más accesible y visitada de las Rocosas Canadienses pero eso no le resta un ápice de atractivo. Geográficamente, Banff está al otro lado de una importante barrera física, la divisoria de aguas norte-sur. Los ríos de Banff vierten sus aguas al aquí lejanísimo Atlántico.

Yoho, Kootenay, Kananaskis, Mt. Assiniboine…

La lista es larga. Se trata de zonas protegidas de menor extensión pero no por ello menos interesantes aunque las menciono básicamente por completar el album porque no hemos tenido la ocasión de visitarlas. Yoho y Kootenay forman parte del elenco de parques nacionales de alta graduación de las rocosas canadienses. Kananaskis Country es el territorio inmediatamente al sur, no tan conocido pero no menos impresionante y, probablemente, menos visitado. El magnífico monte Assiniboine es un pico espectacular.

Y, ahora, ¿qué?

Es lo que se pregunta uno cuando se plantea visitar este área. Si tomar decisiones sobre qué visitar y qué dejar de lado (para otra vez) es inherentemente difícil, en Canadá y sus Rocosas es casi doloroso. Es todo tan bonito… es todo tan espectacular y tan grande… la mirada rueda mapa tras mapa siguiendo mágicas líneas que marcan los senderos, entre las montañas, lejos de cualquier cosa humana y uno maldice más que nunca el encorsetamiento autoinfligido que nos limita a un triste mes cuando nos pasaríamos aquí toda una vida aunque, en el fondo, ese es parte del encanto del viaje, su fugacidad y la intensidad con la que se vive cuando es un tesoro tan preciado.

La experiencia del año anterior en EE.UU. ha dejado una huella muy profunda y me hace valorar la experiencia de la vida en el sendero muy por encima de las ansias por abarcar y ahora la idea es ya firme: hacer del viaje a pie algo integral a nuestro tiempo, hacerlo autónomo y ser y sentirnos libres, ahí, en la naturaleza, nuestra amiga. Nada más sencillo: recorramos las Rocosas a lo largo y hagamos algo significativo, pongámosle un principio y un final y vayamos por ello.

The Icefields Parkway

Esa era la idea. Resultó que no sólo no era nueva (no que lo esperáramos…) sino que, además, tenía nombre y forma: el Great Divide Trail.

Planificación global

En cierto punto, se hace necesario poner nuestra visita a las Rocosas de Canadá en su contexto espacio-temporal. Si bien la idea original era pasar cuatro semanas allí y realizar un viaje lineal (hasta donde llegáramos), finalmente decidimos darle un poco más de variedad a nuestra primera incursión canadiense y dejar la ruta rocosa en tres semanas; la cuarta sería para la costa oeste.

Esto complicó la logística y nos obligó a un importante esfuerzo de planificación previa. El objetivo era doble:

  • Maximizar nuestro tiempo en los senderos y minimizar el tiempo dedicado a viajes
  • Conseguir que nuestro tiempo en el sendero fuera relajado; la tensión y las prisas, en todo caso, para los viajes de ida, vuelta e intermedios.
  • Utilizar sólo medios de transporte público o, como mucho, auto-stop para emergencias.

Sometimos al viaje a un proceso de planificación exhaustiva hasta que logramos hacer cuadrar todo de una forma tan “redonda”, valga la paradoja semántica, que aún hoy me sorprende y, debo decir, en cierto modo, enorgullece, valga la inmodestia. Conseguimos, efectivamente, cumplir los tres objetivos citados, todo encajó a la perfección.

Con los vuelos intercontinentales, no hubo mucho que rascar; aquí, un criterio fundamental es el precio, al ser algo muy caro: encontrar la tarifa más económica posible. Calgary tampoco es un aeropuerto de gran tráfico transatlántico, con lo que no hay mucho donde elegir. Salimos un sábado por la mañana para aterrizar en la capital de Alberta a mediodía (cosas de viajar persiguiendo al sol) y partimos de allí a mediodía, también, de otro sábado, cuatro semanas después.

En Norteamérica, las redes de transporte público no son como en Europa; la población del territorio tampoco lo es. A falta de una auténtica red, suelen existir servicios específicos para unir puntos clave; tienen la desventaja obvia de que, si tu plan no coincide con el suyo, hay poca opción y que la oferta de horarios es muy limitada pero, por otro lado, son casi puerta a puerta.

Así, por ejemplo, es relativamente usual que alguien llegue al aeropuerto de Calgary con intención de visitar las Montañas; y el centro neurálgico de las montañas es la localidad de Banff… pues hay varios servicios de transporte público y más o menos colectivo que hacen dicha ruta.

Lake Louise y Jasper town son los otros dos destinos típicos en las montañas(de hecho… ¡no hay ninguno más!) y están todos situados a lo largo de la única carretera así que es también factible llegar a cualquiera de ambos desde Calgary. Por señalar la particularidad de este tipo de servicios, nótese que, si bien es fácil llegar a Banff, Lake Louise o Jasper desde el aeropuerto de Calgary, puede no ser tan sencillo hacerlo desde el centro de Calgary. Un poco paradójico si lo vemos desde el punto de vista europeo pero perfectamente lógico desde el norteamericano.

Nuestro objetivo era llegar a Jasper town cuanto antes y empezar a caminar cuanto antes también. Por desgracia, problemas para la obtención del permiso en el sendero Skyline nos obligaron a esperar hasta el martes para comenzar a caminar; nuestro plan ideal hubiera sido comenzar el lunes. Empezar el domingo hubiera sido técnicamente imposible: con la hora de aterrizaje y los horarios de autobuses de 2002, no nos era posible enlazar con ningún servicio a Jasper el mismo sábado. Aún así, comenzar a caminar el domingo hubiera sido demasiado precipitado; utilizar el domingo para viajar hasta Jasper town (4 horas desde Banff) era una buena y relajada forma de darnos un poco de tiempo para vencer el desfase horario y empezar sin prisas.

Llegar a Banff town es bastante más fácil que a Jasper, son sólo dos horas desde el aeropuerto y hay varios servicios diarios, de compañías varias, así que reservamos previamente alojamiento en el Albergue de la YHA (Youth Hostel Association; o YHI, Youth Hostelling Internacional) en Banff para el sábado. El mini-bus nos llevaba hasta la puerta del albergue. Después de la paliza de avión, dos horas de carretera es pesado pero asumible. A la mañana siguiente, el Jet Lag estaba ya prácticamente olvidado.

The Alpine House, albergue en Banff

Para llegar a Jasper town, el plan era sencillo: the Hostel Shuttle, un servicio de furgo-bus específico para los albergues de las rocosas. Circula todos los días, ida y vuelta, entre Banff y Jasper y va parando en los albergues que hay por el camino.

Esto merece un comentario: entre Banff y Jasper, sólo hay una población: Lake Louise; pero hay un buen número de edificios aislados (aunque a pocos metros de la carretera) que funcionan como albergues. Son una chulada de sitios, casas de madera, super-básicos (según cuál, no tienen ni agua corriente) pero idílicos. Nos contaron que, en su origen, eran prisiones de baja seguridad (no era fácil escaparse, no había dónde ir).

El furgo-bus de los albergues nos viene calcado porque sale por la mañana pronto de Banff y nos deja en Jasper cuatro horas después. Más aún, nos lleva puerta a puerta entre los albergues, cosa importante porque ambos (Banff y Jasper) están fuera del casco urbano de su respectiva localidad.

La reserva para el albergue de Jasper que, idealmente, debiera haber sido para una sola noche, tuvo que ser para dos; tuvimos que buscar algo que hacer para el lunes; nada complicado en un sitio tan espectacular… bastaría con sentarse en cualquier sitio y mirar aunque, algo más haremos.

Albergue en Jasper

Para alcanzar el inicio del sendero Skyline desde Jasper, unos cuantos kms, hicimos uso del autobús que Maligne Tours utiliza para llevar turistas y visitantes varios al lago Maligne.

Tras diez días en el sendero, volvimos a utilizar el furgo-bus de los albergues al final del Glacier Trail; emergimos de las montañas en medio de la nada (esto es: en la carretera pero lejos de cualquier otra cosa) y a 125 kms. de Lake Louise… no hay problema, habíamos arreglado una cita con el furgo-bus para que nos recogiera a su paso en dirección sur y no falló a la cita. Nuevamente, las bondades del transporte a la carta. Llegamos a media tarde a Lake Louise, donde teníamos ya dos noches reservadas en el albergue, con un día de descanso.

De Lake Louise a Banff town, todo andar, durante seis días. En Banff, tarde libre si conseguimos llegar pronto pero el día de descanso esta vez no sería tal: el mayor encaje de bolillos consistió en hacer la transición de las montañas a la costa en un solo día, de forma que, al mismo día siguiente, estuviéramos listos para comenzar el West Coast Trail…

La historia del WCT surgió sobre la marcha y con la planificación ya casi vista para sentencia así que hubo que encajarlo como mejor se pudo. El transporte terrestre entre las montañas y la costa era posible (tren y autobús) pero ambos tardaban alrededor de 12 horas, así que enseguida abandonamos esas opciones por el más rápido pero caro y, sobre todo, complicado avión. Complicado porque, al revés que el bus o tren, fácilmente accesibles, para volar había que acercarse primero a Calgary.

Conseguimos llegar de Banff a Victoria (en la Isla Vancouver) en una sola jornada, estilo Phileas Fogg; tomad nota: bus de Banff al aeropuerto de Calgary; Vuelo a Vancouver; bus del aeropuerto de Vancouver a la terminal de ferry en Tsawwassen; ferry a Swartz Bay; bus a Victoria. Así, todo seguido.

Valga decir que los tres últimos tramos (bus-ferry-bus) iban coordinados bajo un mismo billete.

Llegamos a Victoria ya de noche pero con relax. Todo salió bien.

A la mañana siguiente, madrugón para coger el mini-bus a Port Renfrew, en el extremo sur del West Coast Trail. Siete días después, otro mini-bus desde Bamfield, en el extremo norte, hasta Victoria. Ambos mini-buses son ex-profeso para el West Coast Trail, aunque se pueden considerar un servicio de línea.

Desde Victoria, ya, es sencillo: bus-ferry-bus para volver a Vancouver y volar a casa.