Tras las experiencias de años anteriores, para este 2004 buscábamos algo que se ajustara a tres premisas básicas:

  1. Una ruta continua, ininterrumpida y que nos mantuviera en el sendero por tanto tiempo como pudiéramos disponer. Queríamos llevar lo más lejos posible la experiencia que significa vivir en el sendero.
  2. Una ruta que nos permitiera ser libres de planificaciones estrictas y restricciones de paso o pernocta; huír de reservas con meses de antelación y poder ajustar nuestra ruta sobre la marcha.
  3. Un sendero estable por el que caminar, donde pudiéramos despreocuparnos de elegir el camino y la orientación no fuera un factor crucial pero que, a la vez, nos mantuviera apartados de la civilización por periodos extendidos

Con todo esto, nuestras miradas fueron rápidamente hacia Norteamérica, una vez más y, en esta ocasión, a sus senderos de largo recorrido. En Norteamérica, nos enfrentamos a una realidad social similar a la nuestra y esto simplifica mucho la logística del viaje. Somos conscientes de que eso limita la experiencia cultural, que el propio choque cultural y los problemas logísticos que ello pueda acarrear son también parte del viaje y, tomados como tal, pueden convertirse en una parte muy importante y enriquecedora pero, sencillamente, no esta vez. Queremos que nuestra experiencia sea con y en la naturaleza y preferimos dejar la parte humano-cultural para otras ocasiones. Es por esto que, deliberadamente, preferimos mantenernos en terreno conocido en lo que a lo social respecta, sin barreras linguísticas importantes, sabiendo qué podemos esperar en las contadas ocasiones en que pisemos civilización. Para nosotros es importante también ser autónomos y construir nuestro propio camino, ser los responsables únicos de nuestros aciertos y errores y no depender de ningún elemento externo. Esto no es siempre posible o compatible con todo lo demás.

América aporta el hecho de que todo esto es factible sin renunciar a un contacto íntimo con la naturaleza. Sus espacios naturales son tan grandes que puedes caminar por ellos durante días sin tocar la civilización y, lo que es más importante: sin que la civilización te toque, sin que pueda siquiera hacerlo, porque estará demasiado lejos. Esto es muy importante y da toda una dimensión diferente al viaje en la naturaleza. Ya no hay posibilidad de retirada y huída a una cama caliente si el tiempo se pone feo, ya no hay techo ni mesa puesta al final de cada jornada; eres tú y el mundo y esa traza en el terreno que vas siguiendo es casi tu única conexión (junto con lo que lleves a tu espalda) con algo que no sea estrictamente natural. De repente, tus decisiones y tus actos cobran un sentido diferente y te das cuenta, más que nunca, que eres un invitado allí. El darte cuenta de que resultas aceptado como invitado y que tu paso será un hecho insignificante más en la historia del lugar es una de las sensaciones más bellas, puras y extremas que haya tenido ocasión de sentir.

La búsqueda del lugar “perfecto” tampoco fue sencilla. Barajamos muchas opciones pero a todas parecía fallarle algo. Necesitábamos también, dado nuestro limitado tiempo, que el acceso fuera lo más sencillo posible y no se comiera una parte significativa de nuestras vacaciones y, dado que pensábamos exprimir al máximo nuestro tiempo en el sendero (como siempre hacemos, en realidad), era importante que el regreso fuera sencillo, para no correr riesgos de perder vuelos transoceánicos.

El este no terminaba de atraernos. Ya en 2003 le dedicamos atención y nos costó encontrar ese equilibrio naturaleza pura y accesibilidad senderista. El oeste era nuestra baza. Para bien o para mal, habíamos jugado ya una de las mejores cartas de la baraja, la Sierra Nevada de California, allá por 2001, y no nos apetecía repetir, a pesar de que parecía el lugar ideal. Nos quedaban las Rocosas… y las Cascades.

Dura pugna. En las rocosas hay territorios sublimes. A lo largo de Montana, Idaho o Wyoming se encuentran algunos de los paisajes de montaña más hermosos y, sin duda, los más remotos de EE.UU., en Colorado están las montañas más altas… pero aún queda la logística del sendero y eso se ve ampliamente facilitado si en lugar de construirse uno mismo su propia ruta, a través de diversas zonas con diferentes status de protección y disponibilidad de senderos; a veces, sin una buena conexión entre unas y otras, la ruta es ya un ente con identidad propia. Es por ello que nuestros ojos recorrieron las líneas que, en los mapas, representaban los grandes senderos, buscando la combinación perfecta: clásicos como Pacific Crest Trail, Continental Divide Trail, Colorado Trail… o alternativos como el Pacific Northwest Trail. Hasta que, de repente, surgió: el Pacific Crest Trail (PCT) recorre, en su extremo norte, la región más remota de las Cascades septentrionales, con etapas de más de 100 kms. ininterrumpidos sin contacto civilizado pero con un acceso intercontinental relativamente sencillo dado que Seattle, la megalópolis del noroeste, está relativamente cerca. Es sencillo volar hasta allí desde Europa y, una vez ahí, el acceso a las montañas no debería suponer gran problema. Seattle y las Cascades son, además, cuna del senderismo de largo recorrido (entre otras muchas actividades en naturaleza) y es algo muy respetado, practicado y valorado, con lo que intuíamos que el ambiente nos iba a agradar. Por si fuera poco, las tres primeras etapas del PCT cubren, aproximadamente, una distancia similar a la que estamos dispuestos a recorrer y nos llevaría a lo largo de lo más profundo de las Cascades en lo que está considerado como uno de los puntos culminantes de todo el sendero. Parecía perfecto.

Los problemas surgieron casi antes de empezar. En noviembre de 2003, un periodo prolongado de lluvias inusualmente fuertes provocó inundaciones y riadas sin precedentes en las Cascades septentrionales. Laderas enteras se vinieron abajo, arrastrando todo lo que había a su paso. La naturaleza aún es poderosa en el noroeste. El PCT resultó gravemente afectado, con varios puentes (algunos, realmente grandes) sobre ríos importantes desaparecidos sin dejar rastro y varios kms. de sendero literalmente borrados del mapa a causa de los corrimientos de tierra. Las autoridades estimaban varios años para reconstruírlo todo y lo peor es que la zona afectada era absolutamente central a nuestros, por entonces, ya perfilados planes. ¡No podíamos prescindir de ella!.

Tanto era así que, momentáneamente, el PCT quedó descartado en favor de las ideas que habían quedado en la reserva… hasta que la voluntad propia y los flujos de información internética rescataron al PCT y las Cascades de las profundidades y la luz volvió a brillar sobre el plan. Aún no sabíamos muy bien cómo, pero iríamos a las Cascades.