24 de julio de 2005

A pesar de los malos augurios climáticos, el día se levanta despejado en medio del pinar. Una serie más de colinas y laberinto de pistas y caminos, a vueltas con el penoso estado de la señalización del GR11 en esta zona, para por fin subir a la línea de montes que me separan del Baztán. No he conseguido madrugar y tengo que soportar calor ya desde por la mañana. Al poco de salir, me encuentro con otro caminante que sigue el GR11 y tiene la intención de terminarlo, pero con menos urgencias que yo en la HRP. En cierto modo, envidio su despreocupado plan de bajar a Elizondo y decidir sobre la marcha si se queda ahí sólo para comer o también para dormir… yo tengo que bajar a Arizkun (con lo que, alcanzada la cresta, nos despedimos) y necesariamente volver a subir, salir del Baztán y bajar a Alduides. Eso, como mínimo; y, luego, ya veremos.

El Larrun en la distancia

Estamos sólo en el día 2 y ya empiezo a notar cansancio acumulado; ya no es como ayer, cuando fui capaz de caminar y caminar casi sin parar ni para comer. Hoy ya no parece posible. Me parece justo. Aprovecho Arizkun para mi primer contacto telefónico y, ya que estoy y que el único teléfono público está en el único bar y que es un sitio muy agradable con mesitas bajo la sombra de los árboles a salvo del calor sofocante y… que no me justifico más, que me comí no uno sino dos bocadillos y, como no tengo que conducir, bebo (cerveza… cervezas…). Empiezo a pensar que mi pronóstico de llegar a Lescun en 5 días ha sido quizá un poco optimista y, dado que mi comida no va a durar más de esos 5 días, no está mal ir aprovechando ocasiones como esta.

No quiero volver a salir al sol pero no hay más remedio. Sé que voy a sudar mucho y, efectivamente, sudo mucho. Afortunadamente, la confusa salida de Arizkun resulta sencilla, aunque pregunto a los lugareños antes de partir, por si acaso. Se trata ahora de cruzar una cresta más, esta ya de más porte que la anterior, para cruzar del Baztán a Alduides. Curiosa distribución fronteriza aquí: dos valles paralelos en dirección N-S, uno es de España y el otro de Francia.

Caballos en las faldas de Burga

La bajada hacia Alduides es facilona, por pista, y aprovecho que ya tengo cierta tranquilidad psicológica de tener gran parte del trayecto del día cubierto para dejarme caer y “descansar” un poco. El calor sigue siendo fuerte pero ya va avanzando la tarde y lo peor casi ha pasado.

En Alduides city, hay otro bar con pinta acogedora pero se hace tarde y ya sería mucha indulgencia, se supone que hemos venido aquí a sufrir, ¿no?… el hotelito de pinta cutre (y, por ello, especialmente acogedor) sería un fin de etapa perfecto (sobre todo teniendo en cuenta que, por fin, empiezan a aparecer nubes gordas y negras por el oeste), con tarde de relax en este bonito pueblillo y cena final de celebración de fin de jornada pero, y he aquí el compromiso de este viaje, miraré para otro lado. Una pareja de extranjeros (no recuerdo ya si holandeses o ingleses), también en la HRP, están holgazaneando por aquí y les tengo sana envidia aunque no sé yo, porque buscan un camping… en Alduides sólo hay hotelito cutre.

Alduides

Segunda comida del día, esta vez directa de la mochila, y vuelta a subir. En esta ocasión ya no se trata de cruzar otra cresta y volver a bajar sino de llegar a dicha cresta, otra más de estas de orientación N-S que separan los valles de la zona y recorrerla (sur, hacia arriba) hasta llegar al incipiente cordal principal pirenaico, si es que ya se le puede llamar así. Según subo, se hace más evidente el cambio de tiempo. Ya no hace tanto calor, y eso es bienvenido, pero el marrón que se acerca se adivina gordo. Las nubes se han comido ya el cordal que crucé por la tarde, entre Baztán y Alduides, y vienen hacia este otro en cuya misma cresta estoy ahora, caminando por prados de hierba sin un sendero claro que seguir. Mal asunto si la niebla me envuelve. Según el mapa, un poco más adelante se alcanza una pista y el resto del camino se hace sobre ella, con lo que me concentro en llegar ahí antes de que lo hagan las nubes.

La pista resulta una mini-carretera por la que resulta muy cómodo caminar. En el col d’Hauzay hay una fuente (con grifo y todo; recordando que aún estamos en civilización) y un señor bigotón con pinta de francés bigotón está lavando ropa. Yo tenía intención de llegar un poco más allá en la media hora que me queda de tiempo prudencial antes de que no me quede más remedio que acampar pero, según el señor bigotón, ya no hay agua más allá así que decido quedarme. Voy viendo que el tema de la acampada no es tan problemático en Francia como suele serlo en España; el señor este ha plantado su tienda en el pinar, a pocos metros de la mini-carretera, y yo planto el Spinnshelter un poco más arriba. Jacques (sí, como el de “busco a…”), que así se llama el bigotón (aunque esto es algo que no sabré hasta unas cuantas semanas después), está nada menos que en su ¡tercera! edición de la HRP (esto sí me lo cuenta aquí) y es todo un ultra-pesado: tienda túnel de 2-3 plazas, cacerolas de las de la abuela (y varias), palangana para lavar la ropa y hasta ¡radio!, allí me está escuchando una emisora cutre con pop ochentero y chanson française… me abruma un poco con las historias de lo que nos espera por delante, él ya se lo sabe. Nos volveremos a ver.

Mi casa para la noche 2. Iba a llover

A todo esto, las nubes han llegado y se han comido también estos montes. Ahora me rodea una niebla de pronóstico reservado y ya no veo la tienda del bigotón. Al menos, no hace viento y el pinar parece un sitio seguro y agradable. Algún que otro coche perdido me recuerda que alguien va dentro que esa noche se sentará a una mesa y dormirá en una cama, el mundo urbano (rural, pero urbano) está a unos minutos de coche. Extraña sensación.