25 de julio de 2005

Amanezco sumergido en la misma nube de anoche. No se ve un carajo pero, afortunadamente, lo que tengo por delante es terreno seguro: un buen montón de kilómetros de pistas en las que es imposible perderse; más adelante, terreno conocido y, más adelante aún, incertidumbre. Quedan muchas horas de margen aún para que la niebla tenga tiempo de desaparecer pero es de esas que parece que nunca lo harán.

El ambiente es muy húmedo, todo está chorreando, ha llovido por la noche pero ahora ya sólo queda niebla. Jacques se ha pirado ya, oí hace un buen rato el característico sonido de sacudir la lona para quitarle agua de encima. Parece que aún no he cogido la dinámica del horario del sendero y me sigo levantando tarde.

No puedo alegrarme más de haber llegado a la pista ayer, cuando aún había visibilidad. Circular por una cresta herbosa en estas condiciones no suena muy alentador. Los franceses parece que se han aplicado a asfaltar todas las pistas que tenían a mano, de modo que el asfalto llega hasta sitios donde uno no esperaría encontrarlo… no puedo evitar sentir que no me gusta. En este caso, la pista/carretera asciende suavemente hasta que por fin alcanza la cresta principal, momento en que cambia de dirección, hacia el este, siguiendo dicho cordal. Hay que traspasar una valla para pasar a territorio español y tomar la pista que baja directa al puerto de Ibañeta. Todo sigue envuelto en niebla y no niego que tiene su encanto.

Así de poco se veía cerca del col de Lindus

En Ibañeta, el ambiente es gélido y desangelado. Mañana de lunes temprano, nada que ver con la avalancha de multitudes caminosantiagueras que me encontré aquí hace sólo unos tres meses. Ahora sólo hay un par de montañeros con mochila esperando a algo indefinido más otro que se está calzando un enorme macuto dispuesto, al parecer, a reanudar la marcha y que no es otro que Jacques, el bigotón de anoche. Parece, dado que le he alcanzado, que camino más deprisa que él, lo cual no me sorprende.

Ya que vamos en la misma dirección, parece lógico caminar juntos aunque yo presiento que, con él, voy a ir más lento, cosa que, de momento, no me gusta nada. Y es una pena porque una de las partes interesantes de caminar solo es poder fácilmente compartir trozos de tu camino con quien te vayas encontrando pero mi ajustado plan, me temo, me hace tener que ir más deprisa que la mayoría. También ayuda, probablemente, que mi mochila ocupa aproximadamente la mitad que la suya. La diferencia en peso será similar, si no mayor. Me comenta sus planes para el día y espera llegar al Chalet Pedro, en pleno Irati, cuando mis propios planes consideraban bueno llegar a Egurgi (aproximadamente, un valle antes). ¿Es muy optimista, el bigotón, o no he calculado bien? La verdad es que no he calculado ni bien ni mal; más bien, no he calculado. Echando un vistazo a mapas y tiempos de la guía, efectivamente, llegar a Chalet Pedro es perfectamente factible y yo, ávido de ganar kilómetros, como siempre, enseguida me pongo objetivos ambiciosos: molaría llegar a Bagargui (otro valle más). Pero, a todo esto, estábamos envueltos en niebla y, si bien, de momento, todo es fácil (pista, camino de Santiago…), no todo lo que queda delante es así.

Subiendo hacia Lepoeder, la niebla sigue siendo densa; el ambiente, lúgubre y no nos cruzamos ni un solo peregrino; quizá es pronto aún para que los que hayan empezado hoy en Saint Jean Pied de Port estén ya por aquí. Igual se han asustado por la niebla… yo estoy asustado, desde luego… bueno, es broma, no creo que los peregrinos tengan mucho de que asustarse, su camino para cruzar los Pirineos es casi una carretera. A mí me asusta lo que venga después. Bueno, y el bigotón, que pretende salirse de la pista pasado Mendittipi para ir por la cresta. Dice que es más corto; mentira podrida, es la misma longitud, con la ventaja de que la pista es casi plana, ligero descenso. Eso no importaría en un día despejado, en el que la cresta ofrecería mejores vistas pero, con este panorama, yo lo tengo claro: me agarro a la pista cual lapa. Dice que él ha ido por ahí otras veces. Pues no haría tan malo, espero. La verdad es que yo me alegro mucho, muchísimo de haber hecho este mismo recorrido hace menos de 3 meses y de saber qué viene a continuación y cómo es el terreno. Lo malo es que eso no va a durar todo el día porque, en aquella ocasión, continué por el GR11 hacia el sur en el punto en el que, esta vez, habrá que girar al norte para volver a terreno francés.

El caso es que el tiempo parece que mejora un poco y, al descender, hasta salimos de la niebla, por primera vez en todo el día. No es que haga bueno pero al menos es un indicio de mejoría.

Abandonada la pista, que baja a Saint Jean Pied de Port, de momento basta con seguir junto a una valla, hasta la base de Urkulu; aquí, pasamos ya a senderito montañero pero esta parte es fácil, sólo hay que bajar al siguiente valle y tomar lo que hoy día es ya una carretera. Menos mal porque la cosa se vuelve a cubrir y la niebla parece más densa que nunca. Pues vaya…

A pocos minutos del col d’Orgambidé hay una fuente y es hora de comer así que hay quorum rápido, paramos a comer. Jacques (que aún no sé cómo se llama pero es que me le encontraré más adelante… y me da palo decir todo el rato lo del “bigotón”… que lo digo sin acritud, es con simpatía) se saca el hornillo y las cazuelas y se empieza a cocinar un plato deshidratado. Yo echo mano de mi comida de día y, para cuando aún no ha calentado el agua, yo ya he terminado, así que aprovecho la circunstancia para anunciarle que pretendo llegar a Bagargui y que tengo que salir inmediatamente. Le veo un poco decepcionado, no sé, a lo mejor es sólo mi percepción, pero la verdad es que prefiero seguir caminando solo y libre. Sigo adelante.

Collado de Organbide, collado fronterizo. La zona es muy hermosa, mezcla de prados, hayedos y roquedo calizo. Del lado francés, vacío gris. De momento, sigue siendo carretera pero ya queda poco y esto ya no lo conozco. Glups. Afortunadamente, una de las conversaciones con Jacques me ha dado una buena pista, la subida al col d’Erozate es a través de un sendero en zig-zag visible desde la ladera de enfrente, por la que voy a circular ahora… espero verlo.

Afortunadamente, según desciendo por la carretera, salgo de la niebla (que es una nube baja; salgo por debajo) y era hora porque, poco después, tras una curva, veo el final del valle y, al otro lado, los zig-zags anunciados, a través de los que el sendero sube y se pierde al volver a entrar en la niebla. Me siento aliviado porque, allí arriba, enfrente, en el desde aquí invisible col d’Erozate, alcanzaré otra carretera de estas que tienen los franceses distribuidas, aparentemente, por todos los sitios y volveré a sentirme seguro durante al menos un rato más. No puedo evitar pensar lo complicado que hubiera sido encontrar ese sendero de subida si no lo veo desde aquí. Bueno, no lo sé; a lo mejor lo hubiera encontrado sin problema… pero me alegro de ver dónde empieza y hacia dónde va.

Al contrario del lado español, aquí los valles son muy profundos y de laderas escarpadas, dando una imagen muy montañera, a pesar de que los montes aún no son muy altos. Es necesario abandonar la carretera (a la que le quedan muy pocos kms., de todas formas) y descender al fondo del valle, cruzar el río sobre un puente y empezar a subir. Hacia el final de la subida, lo esperado, vuelvo a entrar en la niebla. Se siente la humedad y el frío. El sendero nunca ha sido muy ancho pero se empieza a dividir y difuminar; no hay problema, seguir la pequeña vaguada y se llega al collado… poco antes, la senda desaparece del todo pero el collado se adivina delante. Efectivamente, unos pocos metros más y aparece la carretera anunciada. Uff…

Ahora, la HRP toma la carretera hacia abajo, hacia el arroyo de Egurguy, o Egurgi, donde entroncaría con la ruta que ya conozco… siempre me ha gustado llegar a un sitio levemente conocido por un camino nuevo… pero, desde ahí, la HRP sube por una ladera sin sendero en la que Joosten avisa que la orientación es complicada, incluso en condiciones normales… mal asunto para un día como hoy. Después, travesía de cresta, aún sin sendero, para alcanzar el GR10 en la meseta de Occabé, lugar conocido por carecer de referencias visuales y tradicionalmente a evitar en condiciones como las de hoy. He llegado hasta aquí esperando que la cosa mejorara para decidir seguir la ruta “oficial” pero tengo claro que, con esta niebla, no voy a ir por ahí. Puedo bajar a Egurgi y luego desviarme para alcanzar el GR10 via la pista/carretera que usé el pasado mayo pero, puestos a salirnos de la ruta, parece casi más corto tomar la carretera hacia arriba desde el collado Erozate y seguir, seguir, seguir.

La carretera sube en zig-zags y atraviesa una empinada ladera para por fin llegar a una cresta al otro lado de la cual la pendiente es más suave. A casi 1300 m., hace hasta frío, a pesar de que no paro ni para comer. El ambiente es realmente desolador.

Ovejas en las laderas de Erozate

Entronco con otra carretera un pelín más principal (tiene hasta número) y aquí ya hay algún coche. Incluso un ciclista transpirenaico que, mapa en mano, me pregunta si va bien hacia Iratí. Sí, hombre, sí, vas bien; todo para allá. Paso junto a una granja, los granjeros están allí, reuniendo ovejas. Llego al lugar donde el GR10 alcanza la carretera. Recuerdo muy bien todo esto, qué diferente fue cuando pasé por aquí en mayo, en un día espléndido. La granja (otra más) que hay allí mismo vende queso y me tengo que autoconvencer muy fuertemente de que no necesito más comida. En realidad, lo que pasa es que voy muy justo de tiempo y me duele tener que parar hasta para sacarme una piedra de la zapatilla. En parte, está justificado: cuando llegue a Irati, tendré que ver si es viable continuar o no y prefiero no tener dudas en ese momento.

Paso por el lugar donde el GR10 se desvía a la derecha para subir a Occabé pero ya he acordado conmigo mismo que hoy no es el día para un sitio así y sigo por la carretera hacia Irati.

La carretera resulta un poco interminable pero al menos me siento seguro. Hay muy pocos coches. Es como un paseo por el bosque. En el col de Sourzay, sale a terreno abierto y empieza a descender hacia Irati, de nuevo en bosque. Es entonces cuando sucede el milagro: el cielo empieza a aclararse. Gris aún, pero más claro. Y no era un espejismo; poco después, empiezan a surgir claros, ¡cielo azul! No me lo puedo creer. El caso es que, cuando llego al valle del Irati, hace sol y calor. Increíble el giro que ha dado el día.

Siempre me había causado curiosidad este valle: territorio francés pero el río fluye hacia el sur, cruza la “frontera” y, bueno, es el río Irati… fluye hacia el sur a través de Navarra y vierte al Mediterráneo vía Ebro. El Chalet Pedro (restaurante y posible alojamiento) está un poco más al sur y me acuerdo de Jacques. Aquí hay un ambiente muy bucólico, ahora que luce el sol, con muchos turistas por la zona, dado que hay aparcamiento y algunos bares. Paro para descansar un poco (estoy muy cansado ya), comer algo y evaluar situación: ¿puedo llegar a Bagargui? En Bagargui hay gite d’etape y restaurante, ¿me he ganado ya, tan pronto, una noche de homenaje? …??? ¡¡¡Sí!!!

Vuelco climático. Sol sobre el valle del Irati y los restos de la niebla sobre los montes

Albergaba la posibilidad pero, a estas alturas, con la paliza que llevo y todo lo que estoy consiguiendo avanzar, decido conmigo mismo que sí, que me lo merezco, y la perspectiva, junto con el buen tiempo recién llegado, me da alegría y las fuerzas que necesito para seguir.

Hay carretera para llegar a Bagargui (se trata de cambiar de valle una vez y media; subir, bajar y terminar subiendo hasta col Bagargui) pero aquí puedo retomar tranquilamente la HRP porque sigue el GR10 y adivino que va a estar bien marcado. Lo que no esperaba son las cuestas que me hacen subir… por favor, que uno no está ya para estos trotes… pero pienso en la gite y el bareto y sigo y hasta acelero. Clavando fuerte los bastones ya…
Sprint final para llegar antes de las 19.00 h., cosa que consigo por minutos. Ni idea si habrá algo abierto parecido a una recepción pero por si acaso cierra justo a las siete, que parece una hora muy redonda para cerrar cosas, pues ahí el sprint…

El col Bagargui es un mini-complejo turístico con chalecitos desperdigados (de curiosa arquitectura, con tejado a dos aguas muy empinado y, frecuentemente, curvo) y un centro neurálgico compuesto por unos pocos edificios y un par de pistas de tenis. Entre otras cosas, hay un centro ecuestre, una tiendecita (cerrada; dice Joosten que pidas que te la abran pero no me hace falta…), el bar-restaurante y la gite d’etape. Otro sitio que siempre me causó curiosidad, de ver las fotos…

Gite d’etape en col Bagargui. ¿He explicado bien lo del tejado a dos aguas y curvo?

Pues ya estoy aquí. Hecho polvo pero contento. No se ve mucha gente pero hay una especie de recepción comunal (para el complejo) donde me confirman que hay sitio en la gite (no esperaba menos… es lunes…). En el restaurante cierran pronto y me tengo que dar prisa pero consigo, de alguna forma, darme una ducha y lavar parte de mi ya escandalosamente sucia ropa (acompañando a mi escandalosamente sucio yo), tenderla por ahí y llegar a tiempo de cenar. El lugar es muy agradable, todo de madera y muy cálido. La comida está muy buena y me lo como todo. De primero hay sopa y, como me traen un perolo del que yo mismo me sirvo, me lleno el plato 4 ó 5 veces, hasta que se acaba el perolo. Y no, no es por gumias; el segundo plato me lo comeré entero también, pediré postre y chuparé el plato.

Desde col Bagargui, y desde el mismo bar, hay una vista sublime de grandes montañas hacia el este y, particularmente, de un gran montañón, directamente al sur, que impresiona por sus verticales cortados. ¿El Ori? Pues ¡debe ser!. El caso es que, al rato, vuelve la niebla y ya no se ve nada otra vez. Y ¡qué frío!, por cierto… esto da más valor, si cabe, y hace más agradable, estar aquí dentro. Pero, a todo esto, mañana es el día clave: hay que subir el Ori, cosa absolutamente desaconsejada (y presuntamente peligrosa, incluso) sin visibilidad… yo ya contaba con que no habría problema pero ahora parece que no está tan claro… pregunto: ¿qué tiempo para mañana? Supuestamente, ¡bueno! Pues habrá que esperar y confiar en que así sea.

Cara norte del Ori, ese pequeño gran gigante del Pirineo occidental

Finalmente, un último signo sobre cómo en Francia, definitivamente, la acampada está mucho mejor tolerada que en España: según me doy un paseo por la zona para hacer algo la digestión antes de irme a dormir a la gite, ya en penumbra, llega un grupo con mochilas y se instalan por allí mismo, metros más abajo y a la vista desde la misma gite. Nadie les dice nada (tampoco es que haya mucha gente para decirles algo…). Me parece perfecto. Tomo nota. Y, en cierto modo, les envidio un poco… he tardado tres días en acabar en un albergue y con una gran cena y me siento un poco traidor a mi propia filosofía de viaje… por otro lado, estaba tan cansado y tan sucio y he hecho un esfuerzo tal para llegar hasta aquí en tres días (realmente, estoy sorprendido por el rendimiento que estoy consiguiendo) que me ha parecido bien. Tengo claro que no hay dogma en mi filosofía de viaje; procuraré ser independiente y dormir en el monte pero si alguna vez necesito o, simplemente, me apetece otra cosa, sea. Y hoy, definitivamente, me apetecía. Y creo que me lo he ganado.