26 de julio de 2005

Mis cálculos pre-ruta han sido muy chapuceros y de rasgos muy grandes. Ni he contado kms ni nada parecido; simplemente, he partido de que tengo 29 días y de que Joosten cuenta con 42 y he hecho una división simple según la cual tendría que emplear 5 días en llegar a Lescun. Tras 3 días de camino, lo veo posible y hasta probable pero, vista la paliza que llevo, creo que ha resultado un poco optimista lo de los 5 días. Sólo espero que no me resulte así en las próximas secciones. Llegar a Bagargi en 3 días ha sido, creo, demasiado. No lo recomiendo, en absoluto. Y lo peor es que, ahora que sí echo cálculos más precisos, veo que era casi necesario estar aquí en 3 días para poder estar en Lescun en 5.

Pero lo hecho, hecho está y no me voy a quejar ahora. Ahora es momento de fijarse en lo que queda por delante y, muy importante, de empezar a disfrutar de verdad. No es que el camino hasta aquí fuera feo en absoluto sino que a partir de col Bagargi entramos en zonas de montaña serias y los paisajes se empiezan a extremar. Preparados y listos.

El albergue es auto-servido, de lo cual me alegro. No me gusta que me sirvan. Auto-abastecido, también; cada uno se cocina lo suyo. En el desayuno, descubro que aquellos tres que hablaban inglés en la mesa de enfrente anoche en el restaurante estaban también en el albergue y en la HRP. Madrugan más que yo y salen un rato antes.

El día está despejado, aunque ventoso. Un nuevo vistazo a la cara norte del Ori: da mucho respeto. De no ser porque en la guía dice que hay que ir por ahí, no diría yo que esa ladera es para caminar.

La cresta de Organbideska tiene unas vistas preciosas. Joosten recomendaba madrugar para ver el amanecer desde aquí pero… era mucho madrugar. Cuando llego yo, ya es de día hace rato. Abajo, en el valle, Larrau, ese pueblecito que ya conozco de otras andanzas y, en el horizonte, montañas, picos aún sin nombre.

Alrededor, las colinas verdes han crecido pero no han dejado de ser verdes. Aún no estamos en mundos de roca y las cimas son redondeadas y cubiertas de praderas pero ya hay desniveles considerables y algunas laderas aparecen empinadas.

Rosario de puestos de caza en la cresta de Millagaté, no puedo evitar sentir por las pobres aves que tengan la mala suerte de cruzar por aquí en un fin de semana. Cruel mundo, este: las aves no saben de fines de semana.

Empieza lo bueno: el senderito que lleva a la cresta de Zazpigain, por el que comienzo a subir en fuerte pendiente, desaparece de la vista de repente en lo que parece un sumidero de montañeros: llegan allí y desaparecen; caídos al precipicio del otro lado, seguro.

El Ori, modelado cual pegote de plastilina. Esa es la cresta que hay que recorrer. Ya no parece tan difícil

Padezco un poco de miedo escénico, por las cosas que he leído por ahí sobre este tramo y porque es el primer encuentro con terreno difícil. Y no es que sea difícil, ni mucho menos. Es eso, el primer encuentro. Eso y un poco de patio a ambos lados de la estrecha cresta. Llevo justo delante al grupo de extranjeros (que no sé de dónde son…) del albergue y de momento parece que no se caen.

En el destrepe de la muesca hay que usar las manos pero es fácil. Un pequeño ascenso y ya estamos en la cresta que lleva a la cima del Ori. Un buitre me despeina el flequillo cuando pasa sobre el pequeño collado entre las crestas; venía del otro lado y no me había visto, pocas veces había visto uno tan de cerca. Son unos animales espectaculares.

Desde Bagargi, la subida al Ori parecía casi vertical pero está claro que la distancia y las perspectivas engañan. Es un cómodo ascenso por una pequeña senda, sólo razonablemente empinado. Y, por cierto, un ascenso precioso, con espléndidos panoramas.

Un rato más y, por primera vez desde el Cantábrico, por encima de 2000 m. en la cima del Ori. Es una montaña muy prominente, la más alta, con mucho, de toda la zona, y eso significa unas vistas sublimes. El día está claro, además. Hace viento en la cima, un viento fuerte e incómodo y está empezando a llegar gente del otro lado, que es la subida habitual, desde el collado de Larrau, por donde pasa la carretera que une Larrau con el valle de Salazar. Queda mucho por andar hoy, es hora de bajar.

Mucha gente subiendo desde la carretera. Es un buen día para caminar por aquí, muy importante para los altaruteros también porque lo que sigue es un largo recorrido de la misma cresta, con traza de sendero aquí y allá pero básicamente sobre el manto verde de los prados; mal asunto en condiciones de mala visibilidad pero, por la misma razón, un recorrido fantástico en buen tiempo. Desde el Ori vislumbro todo lo que viene a continuación y me ilusiona pensar en lo bonito que va a ser.

El verde cordal que viene a continuación

El agua es un problema potencial en un recorrido por cresta. Aún me queda pero no para todo el día. Desde el collado de Larrau, donde paro a comer y descansar, se ve un abrevadero pero da pereza bajar hasta allí; ya encontraré algo, o eso espero.

Sigue haciendo viento y, por momentos, parece que el tiempo va a empeorar pero se mantiene fresco y soleado, perfecto para caminar.

Esto ya no es montaña suburbana. Los valles a los lados tienen pueblos pero son ya zonas alejadas del gran ruido y hay que mirar muy abajo para encontrarlos, o intuírlos.

Cuando la cresta se vuelve agreste, la ruta se separa de ella para continuar por las laderas. Empiezo a pensar en buscar agua. Justo entonces me encuentro con dos montañeros, a los que pregunto. Son franceses y, como me ven chapurrear, me preguntan si no hablo vasco… “uste dut nire euskara nire frantsesa baino txarragoa dela…” (creo que mi euskara es peor que mi francés…) y se ríen; no está mal, me salió del tirón, creo que quedé muy bien. Me dirigen a un manantial de localización incierta para el que me tendría que desviar y… paso. Ya encontraré algo o pasaré un poco de sed antes de llegar al refugio de Belagua.

En el siguiente tramo, una bonita hoya rodeada de grandes montes, hay un manantial pero está muy seco. Las vacas están haciendo cola (literal) para beber y la que está en el puesto de honor tiene que esperar a que el agua brote, poco a poco, hasta que hace un pequeño charco y, entonces, bebe lo acumulado. Me sentaría mal colarme y echarlas y me da pereza coger agua de un sitio tan precario. Seguiremos buscando.

Col Uthu, Otxogorrigaina a la izquierda y, centro al fondo, el ya lejano Ori

Estando ya en modo búsqueda-de-agua, encuentro curioso cómo, cuando uno se pone a buscar algo, se empiezan a ver cosas que antes no se veían: cada pequeña vaguada es objetivo potencial y, cuando hay algo de humedad en alguna, la remonto, por ver si más arriba el agua corre. Pues, en una de estas, efectivamente, encuentro un pequeño manantial, parecido al de las vacas en cola pero con un hilillo que cae desde unos pocos cms. de altura, con lo que puedo poner directamente la botella. Estoy un rato para llenarla pero me quedo tranquilo, ya tengo mi agua. Uno de los caballos que pastaba por allí se acerca a beber pero ya le digo que estoy yo, que no se impaciente, que acabo enseguida. No hay problema, no parece tener prisa; se espera allí hasta que acabo. Cuando me retiro, se acerca, pega el morro y bebe. Me pareció mucho más civilizado que muchas personas.

Poco después, comienza el descenso hacia la carretera del puerto de la Piedra San Martín. Recuerdo lo escarpado que me pareció este tramo, desde la distancia, cuando lo vi por primera vez, tiempo ha… ahora hay que bajar por aquí pero no tiene ninguna dificultad. Me despido de Zuberoa en el collado desde el que se contempla la garganta de Kakueta, recordando andanzas pasadas, también, por allí abajo.

Macizo de Añelarra. El pico Anie, el más alto al fondo izquierda

Rincón de Belagua y las moles calizas que lo enmarcan

Hoy, al contrario que los demás días, he empezado en un punto “oficial” de inicio de etapa, según la guía, que describe como etapa el recorrido hasta el refugio de Belagua y que Joosten califica de “difícil”; por la longitud, sobre todo. La siguiente etapa “oficial” me llevaría hasta Lescun en lo que sería mi quinto día pero, siempre ambicioso, tropezando las veces que haga falta en la piedra de la prisa, yo ya he estado rumiando mis planes que incluyen llegar a Lescun el quinto día *antes* de que cierre la oficina postal, para poder recoger mi paquete ese mismo día. Problema: contrariamente a la información que yo había consultado antes de partir, Jacques bigotón me comentó que la oficina postal de Lescun sólo abre por la mañana; cosa que confirmé por teléfono desde Bagargi: de 9.00 a 12.00 h. Esto añade un nuevo reto que, a la vez, es un nuevo aliciente: llegar antes de que cierre implica poder recoger mi envío y disponer de la tarde para seguir caminando, no tener que hacer noche en Lescun y poder permitirme llegar desahogadamente a Candanchú dos días después, como es mi plan; esto es: esfuerzo brutal ahora para poder ir tranquilo después: trato hecho.

El camino hasta el cerrado refugio de Belagua se me hace largo al pensar en que no voy a dejarlo ahí sino que aún tendré que seguir, todo lo que pueda. Me ayuda saber que conozco la ruta a partir del refugio, tanto el camino como buenos (y muy bonitos, preciosos) sitios para pasar la noche, así como el hecho de que, pasado el refugio y una vez en el karst de Larra, no hay agua, por mucho que el mapa de Pirineo pinte ahí un arroyo que no existe y el del IGN muestre una fuente que nunca encontré. Ya me acordé, ya… qué sed pasamos.

Repongo fuerzas junto al refugio, lleno todas mis botellas en la fuente y adelante.

El karst es una zona mágica, alucinante, ya me embriagó la otra vez y no es menos ahora. Por primera vez quizá en todo el viaje siento de verdad pasar tan deprisa por un lugar tan especial.

La idea es avanzar todo lo posible para acercarme a Lescun lo suficiente para llegar mañana antes de mediodía. El problema potencial puede ser encontrar un sitio para dormir. Conozco la ruta a través del karst hasta cierto punto; más allá, ni idea, salvo que, cuanto más arriba, más roca y menos suelo. Sería ideal traspasar el punto de inflexión, el collado de Anaye, más allá del cual el terreno vuelve a ser “normal” y será, probablemente (que no lo sé seguro), fácil encontrar alguna praderita pero si voy por ello me arriesgo a no llegar (voy muy justo) y a que se me haga de noche en medio del roquedo calizo… no precisamente el lugar más confortable del mundo para echarse a dormir… voy, según avanzo, anotando mentalmente el último sitio con suelo viable para acampar.

Añiberkandia, el perfil más amable del karst

A todo esto, me afano en seguir los hitos y las señales de pintura. El karst es terreno confuso, todo parece un sendero y nada lo es. Llevo un rato sin ver los pelotos de pintura amarilla que, teóricamente, hay que seguir hasta Anaye pero aún sigo los hitos así que todo debe ir bien…
… hasta que los hitos se interrumpen. Y lo hacen en un lugar que ya me tenía mosca porque tengo a mi derecha un profundo valle que no esperaba encontrar, que no debería estar ahí… ¿dónde narices estoy? ¿Por qué me pasan estas cosas ahora?

Busco el siguiente hito por todos lados, una y otra vez, pero no aparece. Intento identificar mi posición: es muy difícil, el karst es un sitio muy caótico, no hay referencias válidas. Subo a la zona más alta que tengo a mano; no sirve de mucho. Tengo una vaga idea de hacia dónde me he podido desviar y cuál puede ser, en el mapa, el valle ese raro de la derecha pero no es nada concluyente.

Es una situación muy tensa. Veo peligrar el objetivo que me había marcado, ambicioso pero que ya tenía cerca y por el que tanto he trabajado. Tengo que contar hasta 10 y tranquilizarme. Me lo tomo como un ejercicio: una situación extrema pero no grave. Es decir, no muy extrema, en realidad, pero sí desde el punto de vista subjetivo de haberla cagado cuando ya casi lo tenía. No me va a pasar nada; lo peor que me puede pasar es no conseguir llegar a Lescun antes de las 12.00 de mañana y eso no parece muy grave… pero, desde ese punto de vista subjetivo, ¡lo es!. Así que me lo tomo como un ejercicio de autocontrol para resolver situaciones tensas, a ver qué tal sale. Procuro pensar con calma: lo primero es saber dónde estoy… y tengo un GPS. El aparatejo me confirma que me he desviado al sur. Estoy sobre *la otra* ruta que cruza el karst, lo que no figura en el mapa es la ruta que conecta ambas que yo, aparentemente, he seguido por error. Ok, tengo dos opciones: a) volver atrás y buscar la bifurcación donde tomé la rama que no era… y b) apoyarme en mapa+brújula (o, ya que está encendido, en el GPS) para intentar ir directo al collado de Anaye… karst a través.

La opción a) es la más segura y razonable pero me condena a tardar mucho y veo peligrar lo de la oficina postal. Y tiene un peligro: debo desandar exactamente lo que he andado y evitar seguir la supuesta ruta (marcada en el mapa, esta sí) que me llevaría hacia el oeste, a bajar al rincón de Belagua y a la que supuestamente he ido a parar pero que desconozco si está marcada de alguna forma. La opción b) es una mala idea, todos sabemos que es una mala idea y que es lo último que debería hacer… salirme del sendero y meterme en pleno caos calizo…
… tomo la opción b). Me digo a mí mismo que puede salir mal y, seguramente, salga mal pero que es la que me da más posibilidades de cumplir mi objetivo, por pocas que sean… bueno, y que es la que menos me pesa psicológicamente. Sé que no estoy aprobando el ejercicio, lo sé, pero qué le vamos a hacer, es cuestión de carácter. Meto en el GPS las coordenadas del collado de Anaye y le hago navegar hacia allí. Pues allá vamos…

Me dura poco la aventura. Tras pasar la primera pared rocosa, encuentro un hito y luego hay otro, y más. Es una ruta. Parece que pudiera ser que quizá se dirigiera en una dirección similar a la que marca el GPS hacia Anaye y decido que puedo probar fortuna con el colchón de saber que hay unos hitos que me guían. No ignoro el hecho de que los hitos me están llevando en una dirección que cada vez difiere más de la del collado… hasta que ya me tengo que reconocer a mí mismo que esta ruta *no* me va a llevar a Anaye. Pero no todo es malas noticias: empiezo a sospechar, por la dirección que estoy tomando, que puedo perfectamente estar siguiendo los mismos hitos que me han traído aquí, desandando lo andado; me fijo bien y acabo reconociendo algún rasgo que me llamó la atención. Sin haberlo querido, estoy siguiendo la opción a)

En el fondo, me tranquiliza que haya sido así. No sé si llegaré a Lescun a tiempo y no sé dónde voy a dormir en esta noche que ya se echa encima pero, por lo menos, me siento seguro. Se trata ahora de intentar encontrar la bifurcación.

Camino muy deprisa, casi corriendo, algo *nada* recomendable en un terreno calizo pero las prisas pueden. Me parece casi mentira estar haciendo este esfuerzo cuando, hace un rato (y hace un buen rato también; y mucho antes de eso, incluso) estaba ya muy cansado y ya “no podía más” pero ahora las prioridades son otras. Extraña cosa, el cuerpo humano y más extraña aún su mente.

Llego a un sitio que me suena: hay árboles, un paso estrecho… creo recordar que había visto una marca amarilla por aquí, al venir… ¡ahí está!. Miro atrás al último hito, del que vengo; intento ver por dónde continúan las marcas amarillas, si lo hacen… y, efectivamente, descubro el error. Mecaguentó… era una bifurcación pero, mientras el hito que seguí, hacia la derecha, es evidente, grandote y muy visible, la marca de pintura y su hito acompañante (había de ambos en la ruta a Anaye), hacia la izquierda, están un tanto ocultos por la roca y la vegetación. Comprendo el porqué del error.

En parte, es justificable pero, en otra parte, podría, debería, haberlo detectado antes. De hecho, lo hice, pero no hice caso. Ese fue mi mayor error y el menos justificable. Cuando noté que llevaba un rato siguiendo hitos pero sin ver marcas de pintura debería haber pensado que algo iba mal pero, claro, en ese momento y con la prisa que llevaba ¿quién se vuelve atrás a buscar la última marca de pintura por si acaso me he ido por donde no es? Cuestión de carácter, nuevamente. De hecho, lo pensé, pero me obligué a callarme.

Miro el reloj y la luz ambiental: aún tengo un rato para caminar. Mi estado de ánimo ha dado un vuelco: ahora estoy tranquilo y casi hasta contento. Veo que aún es posible acercarme a Lescun lo suficiente, habida cuenta de dónde intuyo que estoy. Aquí no ha pasado nada.

Desde la subida al col d’Anaye, el perfil no tan amable del laberinto calizo

Sigo “fichando” posibles campamentos según avanzo, cada vez más escasos y cada vez más precarios y, en uno de ellos, decido que “basta”. En penumbra, monto el Spinnshelter, sufriendo lo mío para clavar las piquetas, y mira que son finas, y me hago la cena, que me sabe más rica que nunca. Es que, encima, el lugar es precioso: según el altímetro, estoy cerca ya de Anaye y tengo una esplendorosa vista al sol poniente hacia el oeste. El sol se ha puesto ya pero quedan sus luces. Mientras venía, he visto un par de grupos de sarrios, o rebecos, o lo que sean que haya por aquí, y mientras ceno veo otro grupo más, en la distancia, retirándose discretamente con esa agilidad que sólo estos bichos tienen para moverse sobre las rocas como bailarinas, o bailarines. Qué bonito…

Spinnshelter, recién izado; últimas luces del día más largo

Ha sido un día duro, muy largo y han pasado tantas cosas y tantos kilómetros que casi me parece mentira que esta mañana estuviera saliendo de la gite en Bagargi, subiendo el Ori… parece que hace una eternidad de todo aquello. Al final, todo ha acabado bien y ahora es tiempo de descansar. Me lo he ganado más que nunca.