Mar de nubes sobre Nuria, hito en el Pic d’eyne

Si hay algo que he echado de menos (o de más, según se mire) con respecto a viajes anteriores ha sido la falta de desconexión con la civilización. Hablo mucho y muy extensamente, a lo largo de este espacio web, sobre lo que ha significado para mí, como senderista y como persona, el haber tenido la ocasión de crecer como senderista en Norteamérica, donde es común estar a días de camino de la traza humana más cercana

, donde no hay más refugios que el que tú lleves a tu espalda y donde sabes que cuando te encuentras a alguien en el sendero, es alguien con quien te puedes identificar porque llevará también a su espalda su refugio, su comida y habrá llegado allí necesariamente tras varios días de camino, igual que tú.

Los Pirineos pueden parecer muy salvajes y agrestes (lo son) pero la civilización nunca está lejos. No voy a juzgar aquí si esto es bueno o malo porque, en el fondo, no es ni lo uno ni lo otro y, como casi todo en esta vida, tiene su cara positiva y su lado oscuro pero sí constato un hecho: la experiencia pirenaica me ha resultado, por esto, menos intensa, en muchos sentidos, que las de años anteriores.

Y no quiero necesariamente decir “más fácil” sino “menos intensa”. A veces, precisamente, lo difícil era pasar por delante de un refugio y decir no a sus viandas y su calor; pasar junto a un pueblo y no pararse en el bar para tomarse un bocadillo y una cerveza. Cuando estas cosas, simplemente, no existen, se convierten en una especie de sueño dorado, una promesa para el final de la ruta y un símbolo de que, al final, a pesar de todo, la civilización tiene sus cosas buenas. Cuando, en cambio, no dejan nunca de estar alrededor, ponen difícil (psicológicamente, al menos) renunciar a ellas y adulteran, en cierto modo, el valor de su ausencia.

Los Pirineos, por todo esto, y por fin, están llenos de gente, y gente de lo más variopinto. Esto tampoco es malo en sí mismo pero conlleva una gran pérdida: esa sensación de complicidad que te hacía sentir cercanía y casi una inmediata simpatía por cualquiera con quien te cruzaras en medio de algún valle perdido de las Cascades o las Rocosas. En los Pirineos, viajas con la certeza de que la mayoría de la gente que te cruzas al cabo del día pasará esa noche en una cama, después de una cena a la mesa y puede que una sesión de televisión. Insisto, no juzgo si esto está bien o mal pero sé que no puedo identificarme con la mayoría de la gente que me cruzo. En mi caso, además, y al llevar una carga ligera, no era probablemente identificado como alguien que pasa su tiempo íntegramente en el monte ya que no cumplía el estereotipo de elementos-de-acampada-colgando-de-la-mochila, incluso mi aislante viajaba dentro.

He planeado y realizado una ruta lo más autónoma posible, dentro de unos límites, y me ha resultado raro y a veces frustrante pasar ante la civilización y sus comodidades y mirar para otro lado. En ocasiones, he cedido a la tentación, sobre todo en momentos difíciles y si bien eso me daba la tranquilidad psicológica de saber que en caso de problemas la civilización estaba ahí cerca sé que a causa de eso he perdido esa parte épica (a mi pequeña y modesta escala) de saberte sólo ante la naturaleza, sólo con tus medios y 100% responsable de tu futuro inmediato.

Sabía que iba a ser así pero no ha dejado de ser una sensación fuerte, una sensación de pérdida.

Dicho esto, los Pirineos me han entusiasmado como lo que son, unas montañas espléndidas, hermosas, agrestes y con unos paisajes sobrecogedores. La experiencia de la Alta Ruta ha sido enriquecedora, dura, intensa y es, a partir de ahora, un capítulo con título propio en mi vida, un capítulo con muchas cosas que recordar. Poco a poco iré contando por qué.

El tiempo (atmosférico)

Como es inevitable a lo largo de todo un mes, ha hecho prácticamente de todo. El patrón general tipo era de mañanas frías, días razonablemente calurosos y, especialmente en la vertiente norte, nubosidad vespertina que, en altura, acababa conviertiéndose en una molesta niebla que desaparecía durante la noche.

Hubo, de media, un periodo de mal tiempo por cada semana, a excepción de la cuarta, donde todo se puso algo patas arriba y fue diferente. Los periodos de mal tiempo duraron escasamente dos días con lo que la situación nunca llegó a ser seria. Las tormentas, habituales en montaña, siguieron patrones muy variopintos: a veces, respondieron al estereotipo de desarrollo por la tarde, descarga fuerte y vuelta a salir el sol pero en otras ocasiones sucedieron por la noche, a mediodía… en ocasiones, el ambiente tormentoso duró todo el día, o la noche, y en otras degeneró en un periodo sostenido de mal tiempo.

La cuarta semana, donde el enemigo a batir, en lo que a tiempo atmosférico se refiere era, a priori, el calor, la climatología estuvo muy revuelta, hizo menos calor diurno que durante las semanas anteriores, hubo mucho viento y tiempo, en general, revuelto y constantemente tormentoso, con un mar de nubes permanentemente anclado en la vertiente sur que a diario, a partir de mediodía, empezaba a ascender cubriendo las crestas de una molesta niebla. Inesperado, por mi parte, al menos. El último día de sendero supe que estaba prevista nieve por encima de 2000 m. y me alegré de no estar ya en esas cotas.

Los senderos

La Alta Ruta toma todo tipo de sendas y terrenos. A diferencia de las otras dos rutas transpirenaicas, no hay una señalización consistente pero casi siempre hay alguna señalización; eso sí, de lo más variopinto: desde marcas de pintura de colores y formas variados (rayas, puntos, flechas… rojo, blanco, verde, amarillo, azul y combinaciones…) hasta los ubicuos hitos. Los problemas de orientación eran diferentes según el lugar: en zonas bajas, la cuestión estaba en encontrar el camino correcto en el laberinto de pistas y senderos (especialmente, en el extremo occidental); en altura, los senderos llegaban a desaparecer y la ruta se convertía, en el mejor de los casos, en una línea de hitos a seguir.

En general, me ha sorprendido la escasa calidad de los senderos en el pirineo leridano, algo no necesariamente malo (simplemente, el reto es algo mayor) pero que no esperaba. Fue un alivio llegar a Andorra y encontrar unos caminos claros y fáciles de seguir comparables a los del parque nacional francés o a la media del pirineo aragonés.

Las dificultades potenciales y reales

El terreno marca, no hay duda, la dificultad de los diferentes tramos pero como es habitual en estos casos, soy de la opinión que el tiempo atmosférico es el factor principal. Quizá es tan psicológico como físico pero, al menos para mí, cuando hace bueno, todo parece fácil. Con buen tiempo, el terreno complicado orográficamente (sin senderos, a través de pedreras, neveros o pendientes extremas) puede llevar más tiempo y esfuerzo pero se pasa sin mayores sobresaltos. Todo es fácil cuando ves a dónde tienes que ir, incluso aunque no haya un camino que te guíe, cuando el suelo no es una pista de patinaje, aunque tengas que saltar sobre piedras mucho más grandes que tú mismo. En la Alta Ruta hay de todo esto pero tengo claro en mi memoria de todo lo vivido que cuando más difícil me han parecido las cosas ha sido cuando el tiempo se ha torcido.

Dicho esto, hay muchos tipos de mal tiempo y todo es diferente, también, según el terreno en que a uno le pille. Lo que en el valle es una lluvia suave y plácida que da lugar a un agradable paseo por el bosque húmedo por una pista amplia (por ejemplo), en altura puede significar una tensa lucha por llegar a ese collado antes de que la niebla se lo trague y los escasos hitos que marcan la ruta te dejen tirado a merced de un viento helado. La falta de visibilidad, especialmente si va unida a lluvia, viento y frío, ha sido, en general, lo que más inquietud me ha causado aunque, a la postre, tales situaciones (que se han dado, a veces) nunca han tenido consecuencias. Ya digo que es, probablemente, algo tan psicológico como físico pero el peligro potencial está ahí.

Con buen tiempo (y sin amenaza aparente de empeoramiento), el terreno más agreste (Gourges Blancs, Literola, Mulleres…) resultó sencillo y divertido. El mal tiempo convirtió en un pequeño infierno muchos otros tramos que sobre el papel eran mucho más sencillos. El hecho de que la Alta Ruta no siga un camino marcado de tal forma que puedas confiar en él para guiarte añade ese punto de incertidumbre que, en malas condiciones, cobra su dimensión.

Conclusiones

Cuando uno termina una empresa de este tipo y calibre, la sensación suele ser buena, agradable, de logro y, en general, positiva. Se tiende a olvidar las partes malas, que siempre las hay, pero suelen quedar enterradas y ocultas por dicho clima de sensación positiva y hay que indagar un poco en la mente para desenterrarlas… lo cual suele ser un ejercicio muy útil.

La disciplina del viaje

Si algo cambiaría, si pudiera o hubiera podido, es el ritmo de marcha. No me importa caminar de sol a sol y, de hecho, es lo que me gusta hacer, como costumbre, pero sí eché de menos una mayor flexibilidad, lamenté la disciplina que me obligaba a seguir adelante cuando, de haber sido libre, hubiera parado para disfrutar de una tarde relajada en algún lugar bonito o para darme un baño en medio de algún mediodía caluroso. Alguna vez sentí que no me podía permitir hacer algo que me apetecía y era una pena.

Tampoco lamento haber hecho las cosas como las he hecho. No había otra opción o, mejor dicho, la opción era no llegar al final. Creo que sigo prefiriendo haber optado por llegar al final, aún a pesar de todo lo que he dejado por el camino. Pero me hubiera gustado tener más tiempo. Maldito tiempo y maldito ritmo vertiginoso y auto-impuesto que salpica también experiencias y periodos tan especiales.

Desencuentros con la civilización

No puedo dejar de comparar los Pirineos con experiencias inmediatamente anteriores, aunque soy consciente de lo odioso de las comparaciones pero no puedo obviar mis referentes, los viajes inolvidables que me han llevado a donde estoy y, entre otras cosas, a recorrer la HRP. En Norteamérica, el momento de dar el primer paso y dejar atrás la civilización resultaba abrumador y la sensación de abandono e incertidumbre era importante; pero, a medida que se sucedían los kilómetros y los días y conseguías sintonía con el sendero, con las montañas, con el entorno, las sensaciones eran muy intensas, de conexión y de paz. No echaba de menos la civilización, casi ni la recordaba, sólo existía el momento, la naturaleza y sus cosas, era como si no hubiera nada más. Estas sensaciones son imposibles en los Pirineos. Las he echado de menos.

Viajar solo

Viajar en solitario por un periodo de esta longitud era una experiencia nueva pero, como ya esperaba, se trataba simplemente de recoger experiencias anteriores (más cortas) y repetir, repetir, repetir. Como es de esperar, hay momentos y momentos. Ocasiones eufóricas en las que estar solo cobra toda su dimensión y da, si cabe, más sentido a la experiencia; y momentos bajos en los que uno se pregunta si todo esto tiene sentido. Es lo normal y esperado y no pasa nada porque ya nos pilla preparados para estas situaciones. Ha sido, quizá, de nuevo, la constante cercanía y presencia de la civilización la que ha matizado el ambiente: como el colchón psicológico (y físico) de saber que si las cosas se tuercen la retirada está al alcance de la mano y la ayuda, cerca; y como la distorsión continua de la sensación de soledad, transformándola de la hermosa y romántica idea de la desconexión con el mundo artificial como camino hacia esa sintonía con el mundo natural, al que podemos llegar a percibir como algo presente y auténtico, y convirtiéndola en algo así como la espantosa soledad urbana en la que uno está solo en medio de la masa. Más o menos… y resultaba, en según qué momentos, especialmente duro estar solo… sin estarlo de verdad. No sé si me explico. En el fondo, lo que más sensación (negativa) de soledad me ha causado ha sido la constante presencia de gente… con la que sentía que no me podía identificar. La rutina de cruzar una carretera casi a diario y no poder pasar más de 24 h. sin escuchar el horroroso ruido de un motor. El pasar por delante de un establecimiento hostelero donde en cuestión de unas pocas horas se desplegarían manteles, vajilla y cubiertos mientras yo iba a hacer como que estaba en la naturaleza, montando mi campamento unos cientos de metros verticales más allá. A veces, sentía como si fuera una pantomima. Sé que no lo era en el sentido de que era mi opción y la mejor para mí (y, probablemente, la única posible) pero no puedo evitar pensar cómo me pesa el hecho de que ni siquiera en nuestras áreas naturales más agrestes me pueda sentir emocionalmente lejos de la jungla de asfalto. Sin querer, he vuelto a hablar de desencuentros con la civilización… debe ser un tema importante…

Por otra parte, me parece obvio que viajar solo es la forma más práctica de afrontar una ruta como esta. Se necesita mucha sintonía con un compañero para salir adelante en un grupo de dos, no digo ya en un grupo mayor, que considero poco práctico y hasta poco viable.

La banda sonora

La música es compañera fiel en el sendero. Está en mi cabeza y a veces hasta coincide su ritmo con el de mis pasos; o lo hago coincidir. Los grandes éxitos de la HRP:

  • Talk about the passion (R.E.M.)

Casi demasiado obvia elección para el via crucis en el que me metí en la primera sección pero, lo prometo, salía sola. Remitió después. Sonó tantas veces que llegué a ser capaz de reproducir nota por nota y a tiempo real los arpegios, octavas incluídas.

  • Letter never sent (R.E.M.)

Ese ritmo alegre y cantarín era perfecto para los momentos optimistas, para caminar con soltura aunque fuera por una pedrera.

  • 7 chinese brothers (R.E.M.)

Pieza conceptualmente hermana de la anterior.

  • Nothing (Lifestyle of a tortured artist for sale) (The Dandy Warhols)

La más reconfortante y ubicua pieza del desamparo senderil. Camina conmigo desde 2002, nunca me abandona.