El PCT es muy sencillo de recorrer: bien trazado, sin muchos cruces, no tiene mucha pérdida ni grandes cuestas. Las dificultades empiezan cuando se considera el relativo aislamiento de las zonas por las que pasa, las grandes distancias entre puntos sucesivos desde donde sea posible acceder a la civilización y la escasez de vías de escape, junto con su longitud, en caso de planes de contingencia. Es habitual afrontar un mínimo de 100 kms cada vez que uno se mete en una sección, especialmente según se va viajando hacia el norte.

Durante estos tramos, es necesario ser autosuficiente, lo cual implica llevar comida para unos cuantos días… si conseguimos mantener un ritmo adecuado; si no, los días se empiezan a sumar y todo se complica.

Es aquí donde las filosofías ultraligeras empiezan a cobrar más sentido que nunca. Senderistas tradicionales suelen pasar más de un mal rato en el PCT, particularmente si pretenden recorrerlo entero. Con un peso considerable, es muy difícil mantener el ritmo necesario y el problema que esto trae es que, como se tarda más en llegar al siguiente punto de reaprovisionamiento, se necesita llevar más comida y esto se convierte en un círculo vicioso en el que el peso se empieza a multiplicar: más peso implica una mochila más grande, que también pesa más, a su vez, y que necesita un armazón más robusto, que también pesa más… con tanto peso, ya no me atrevo a caminar con zapatillas, llevo botas y, claro, necesito un calzado adicional para descansar los pies en campamento…

Son sólo ejemplos, típicos aunque no siempre presentes, cada persona es un mundo. El mensaje es que mantener una carga ligera es fundamental para aspirar a completar el PCT y, sobre todo (que a fin de cuentas es lo que importa) para disfrutar por el camino.

En el aspecto técnico, esto implica no sólo sentarse a hacer números con los pesos del material sino aprender a salir adelante con menos: es importante tener en cuenta que no basta un equipo que sólo funcione bien cuando las condiciones son benignas. Cuando las cosas se tuerzan, tiene que seguir funcionando: no habrá alternativa y pueden pasar días hasta que la haya. Las botas no son adecuadas; las tiendas tradicionales, tampoco, así como no lo son las mochilas grandes, de materiales pesados o llenas de gadgets. Es más importante que nunca conseguir un equipamiento integrado y versátil.

Las Cascades de Washington ponen a prueba especialmente estos aspectos, con secciones largas, civilización escasa y probabilidades crecientes de mal tiempo, tanto porque avanza la época como por la propia climatología del lugar.

El terreno y circunstancias más técnicos, sin duda, se dan en la Sierra Nevada: en junio de un año normal, aún habrá mucha nieve. Será nieve primaveral, bastante húmeda, dura por la mañana y blanda a partir de mediodía. No es de esperar riesgo de avalanchas y el PCT no cruza por terreno demasiado empinado con lo que no es nada del otro jueves desde el punto de vista montañero pero el problema es que habrá que negociar esto con medios un tanto precarios. Hacerse con equipo invernal adecuado sería posible pero, en la práctica, casi nadie lo hace: cruzar la Sierra Nevada con las limitaciones que impone un thru-hike forma parte de la épica del PCT. Además, muchos senderistas no practican montañismo invernal y no tienen mucha idea al respecto. Puede sonar un poco raro que alguien capaz de caminar durante meses acampando cada noche y a quien, por tanto, se le supone cierta formación y capacidad, no se haya puesto nunca unos crampones pero en América no lo es; el senderismo, entendido de esta forma, da tanto juego que se convierte en todo un mundo en sí mismo; mundo del que mucha gente no siente la necesidad de salir.

Es común portar un piolet (ligero, de aluminio) pero casi nadie lleva crampones y, de hecho, lo habitual es que nadie cambie de calzado, casi todo el mundo continua con las zapatillas. Casi nadie cambia de tienda, de saco o de ropa. En estas circunstancias, se trata de ascender un collado por día (de los de 3000 y pico metros), hacerlo cuando la nieve ya no está petrificada pero antes de que se ablande demasiado y descender lo suficiente como para acampar en seco.

En toda esta sección, y hacia el norte (hasta, más o menos, el final de julio), el otro gran problema son los insectos. Puede parecer un problema menor pero no lo es. En un año intenso en chupa-sangres, pedirás la eutanasia al primer senderista que te encuentres por el camino. La eutanasia no te dará pero, al menos, algo de consuelo sí: estará como tú. Los insectos pueden llegar a ser un calvario insufrible del que no hay escapatoria.