Distancia: 6 m / 10 km. Acumulado: 936 m / 1506 km

Hoy, de todas formas, será un día corto. En principio, iba a ser otro día cero; saldríamos mañana por la mañana… pero RT ya no aguanta más y propone que salgamos esta misma tarde. A TG y a mí nos parece bien.

Normalmente, en mi caso, el agujero en el estómago capaz de tragarse todo y seguir pidiendo más me dura, como mucho, un día, tras llegar a civilización; en este caso, ha durado más; 48 horas, para ser más aproximadamente exactos pero… está tocando a su final. El encadenamiento sostenido de desayuno – comida – cena, todas ellas de tamaño imperial, está empezando a colmar y en la última comida ya he llegado al empacho. Aunque yo me hubiera quedado aquí una noche más, quizá, al final, sea una buena idea marchar esta tarde.

Así que, intentando aún digerir esa última comida, embarcamos de nuevo rumbo al PCT. Los Atomic Twins se marcharon esta misma mañana y, mientras, no ha llegado nadie más… ¿dónde está todo el mundo? No tenemos ni idea. Tras posar para la foto conmemorativa que acompañará a nuestro registro en el cuaderno de bitácora del VVR 2006, retomamos las mochilas, cargadas otra vez, y bajamos al embarcadero.

Los piratas del lago Edison vuelven al PCT

Al otro lado del lago, tampoco hay nadie esperando al barco. ¿Dónde está todo el mundo???

Es un sentimiento extraño decir adiós a la isla de descanso y relax pero hay que empezar a caminar otra vez. Y no nos queda más remedio que enchufarnos inmediatamente porque, nada más empezar, tenemos lío: vadear Mono Creek.

Mono es otro de los supuestamente difíciles; no es muy ancho pero es otro de los de aguas blancas, con corriente muy fuerte. Queda por ver hasta dónde cubrirá. Después de la experiencia de Bear Creek, volvemos a la estrategia individual. RT y yo dejamos a TG que vaya primero y observamos bien qué tal le va. TG es muy alto y, aún así, durante un par de pasos, el agua le llega más allá de la ingle. Lo pasa sin mayores problemas pero anoto en la memoria que ese paso puede ser muy difícil para mí y me meto en el agua con intención de intentar evitarlo.

Ese fue mi error. La poza en cuestión está en pleno centro del torrente, donde estamos más expuestos a la corriente. Una vez ahí, analizo el fondo y veo la posibilidad de evitar meter el pie ahí a base de utilizar rocas del fondo que me permitirán no sumergirme más allá del muslo. Apoyo el pie en la primera e, inmediatamente, compruebo que había sido una mala idea. La roca en cuestión no tiene el área suficiente para ofrecerme un paso seguro. Ahora, debería izarme sobre ella, separando el segundo pie de la relativa posición de equilibrio que tengo en el fondo del lecho para intentar avanzarlo, en precario equilibrio, hasta una segunda roca igualmente inestable. Veo que no voy a poder hacerlo. Pienso que quisiera volver atrás, a la posición anterior pero estoy ya en un equilibrio precario y la corriente es muy fuerte. Durante un instante que apenas durará un segundo, no sé qué hacer… hasta que el río decide por mí. En mi posición estática, soy blanco fácil para la corriente y siento cómo está a punto de arrastrarme, así que, casi instintivamente, hago lo que creo que era lo único que podía hacer: seguir adelante. Y hacerlo rápido, esperando que la propia inercia de mi movimiento me mantenga de pie ante la fuerza del agua.

El problema es que, en esas circunstancias, me puedo olvidar de seguir la serie habitual de mantener tres puntos de apoyo (de entre los cuatro, pies y bastones) y mover uno cada vez sólo cuando los otros tres están firmes; ahora, ya, es sálvese quien pueda. Doy, por tanto, el paso previsto pero, claro, el pie libre cae al fondo de la poza y, ahí, con el agua por la cintura y el cuerpo peligrosamente inclinado, mi única alternativa es continuar, no puedo esperar equilibrarme otra vez, así que avanzo el siguiente pie, la corriente me inclina hacia el otro lado y, en ese momento crítico, consigo dar un tercer paso que, por fin, me hace apoyar fuera de la poza. Esos pocos centímetros de profundidad que gano resultan suficientes para vencer la fuerza del agua y consigo equilibrarme por fin. Aún me quedan un par de metros delicados pero ya he pasado lo peor. Estoy mojado hasta casi el pecho pero ¡a salvo!.

Es curioso cómo, a pesar de haber pasado un momento crítico, no he sentido ningún temor, ni siquiera nerviosismo. Durante algunos instantes, vi claramente que estaba a punto de ser arrastrado pero jugué mis cartas con serenidad. No sé si, una vez ahí, hice lo mejor pero sí me llama la atención que lo hice con cabeza fría. Más tarde, durante el viaje, oí alguna historia parecida de parte de algún otro senderista. Supongo que es una reacción natural e instintiva. Uno nunca deja de aprender cómo funciona esta cosa que llamamos humano. Es enriquecedor aprender estas cosas.

Tanto es así que, una vez al otro lado, lo primero que hago es quitarme la mochila y sacar la cámara para inmortalizar el vadeo de RT. Temo un poco por él porque es el más liviano de los tres pero, por otro lado, es también el más experimentado y habrá tomado nota. RT cruza con decisión y ritmo, como siempre lo hace él (este hombre no sabe hacer nada con pausa…) y noto que le cuesta mucho trabajo pero sale de ahí con solvencia. Bienvenidos al PCT.

(En la foto central, el capullo de Rolling Thunder, haciendo fotos mientras yo pasaba esos momentos…)

El resto de la tarde consiste en subir por el valle de Mono Creek, salvando bastante desnivel hasta llegar el punto donde tenemos que cruzar el torrente por segunda vez; en esta ocasión, mucho más aguas arriba, con lo que prevemos un vadeo mucho más fácil pero, dada la hora que es y que lo que vendría después es una serie de zigzags hacia las alturas, decidimos acampar aquí y vadear mañana. La reintroducción al PCT ha sido un tanto traumática y, por hoy, hemos tenido bastante.

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