Distancia: 15.5 m / 25 km. Acumulado: 1033 m / 1663 km

Sunrise hace, una vez más y por lo que a mí respecta, honor a su nombre y puedo desayunar mientras contemplo una preciosa salida de sol en el horizonte. El mal tiempo parece totalmente olvidado y el cielo luce azul.

Amanecer en Sunrise

He pasado muy buena noche y, con moral renovada pero la lección de ayer bien presente, retomo el camino. Tras Sunrise, toca subir otra vez, por una ladera boscosa y hacia un collado invisible y de acceso un tanto intrincado. Ni siquiera se trata de seguir un valle hacia su cabecera sino de flanquear laderas hasta coronar un pequeño paso colocado entre la propia ladera, a un lado, y una protuberancia montañosa, al otro. Así, y con la nieve omnipresente, toca nuevamente tarea de orientación delicada. Hoy ya no me quedan apenas huellas, borradas tras la tormenta. Tras el mencionado collado, una bajada en cara sur donde espero que ya no haya nieve y un descenso prolongado donde ya no espero pisar otra cosa que no sea suelo. Se trata, por tanto, de hacer esta subida y ya está.

Con buen tiempo y tranquilidad, todo es fácil. Llego a la cima sin mayor problema y, efectivamente, un grupo que está acampado allí me confirma que esa es la última nieve que voy a pisar. Bajo ya relajado por este balcón sobre el valle del río Merced y, por fin, alcanzo vistas de un viejo conocido: el Half Dome, al que espero subir esta tarde.

Según bajo, no sólo no hay nieve sino que empieza a hacer calor y, horror… ¡hay mosquitos! Será cuestión de altitud pero, poco después de decidir que prefiero asarme que ser acribillado y ponerme el corta viento (en este caso, en su función de corta-mosquitos), los dichos mosquitos desaparecen… bueno, no me voy a quejar de eso; me quito el corta viento y ya está.

Preciosas imágenes de las típicas formaciones yosemíticas, esos bloques de granito gris redondeados que aquí llaman “domes” (cúpulas, o bóvedas, según se mire), auténticas montañas modeladas por los hielos glaciares (creo…) de aspecto delicadamente pulido. Siempre diré que la naturaleza es el mejor ingeniero, arquitecto y albañil. O por lo menos, el de mejor gusto.

Cambio de mundo cuando llego al cruce del JMT con el sendero al Half Dome: el cambio se debe a que esto es una autovía senderista, hay miles de millones de personas. La mayoría, aún subiendo; algunos, ya bajando. La excursión al Half Dome es una de las típicas para los inquilinos del valle de Yosemite y para mí resulta casi gracioso estar subiendo por aquí rodeado de gente tan dispar.

Llego a la base del dome y allí me encuentro otra vez con los cables y la pila de guantes sudados. Esta vez ya no me da el respeto de la ocasión anterior porque ya sé lo que esperar pero no deja de dar cierta impresión. En fin, igual que la otra vez: si el niño ese sube, yo subo…

La vista desde aquí arriba merece la pena. Paradójicamente, estoy a menos altitud de lo que lo estaba sólo hace un par de horas, cuando pasé mi último collado pero el Half Dome es un punto prominente y un balcón excepcional sobre el famoso valle. Por supuesto, me vuelvo a hacer “la foto”. Supongo que se la hace todo el mundo que sube aquí.

El valle de Yosemite desde el Half Dome

Según bajo, las nubes se vuelven a empezar a concentrar. Hoy me importa menos; la idea es bajar ahora mismo al valle de Yosemite y acampar allí pero, tormenta o no, al pasar por Little Yosemite Valley, no puedo evitar recordar lo agradable y acogedor que me pareció aquel lugar y decido quedarme para pasar la noche. Apenas unos pocos kms. me separan del gran valle y los haré mañana por la mañana; no tengo prisa.

Little Yosemite Valley es un valle colgado sobre el “gran” Yosemite Valley, del que le separa un enorme talud salvado por un tortuoso y famoso sendero que, todos los días, recorre un montón de gente. Justo bajo la cara este (la redondeada) del Half Dome y a la orilla del río Merced, hay una zona de acampada en medio del típico bosque de la Sierra Nevada, con enormes abetos y suelo limpio y amplio. Allí acampé hace años, también, y me apetece hacerlo hoy.

Me apetece, también, bañarme en el río, aunque hoy el agua está mucho más fría y las nubes ya se han tragado el sol. Al rato (y, afortunadamente, con el tarp ya montado), se desata otra tormenta gorda; incluso más violenta que la de ayer aunque sin granizo y más corta pero con mucha lluvia. Otra lección que ya me sabía pero convenía recordar: montar campamento en una zona donde no se pueda acumular agua. Me pasé la segunda mitad de la tormenta cada vez más arrinconado mientras el agua inundaba, poco a poco, un trocito más de mi espacio y yo jugaba a construir mini-diques que servían, básicamente, para pasar el rato y retrasar la inundación unos pocos segundos. Menos mal que dejó de llover cuando ya estaba empezando a quedarme sin sitio. Demasiado tiempo sin ver lluvia y hay que volver a recordar un par de cosas.

Campamento entre los enormes abetos de Little Yosemite Valley

Esa noche, mucha gente en Little Yosemite Valley se concentró en torno al fuego de campamento para pasar el rato y, entre otras cosas, secar cosas mojadas (¡no yo, debo decir!). Afortunadamente, para entonces ya lucían las estrellas.

Series Navigation<< Día 58: Toulumne Meadows – SunriseDía 60: Little Yosemite Valley – Yosemite Valley >>