Distancia: 19 m / 31 km. Acumulado: 1291 m / 2078 km

Hoy empiezo por bajar a uno de los profundos valles del norte de California. Un descenso que me llevará por debajo de los 1400 metros, algo tan inédito, desde hace tanto tiempo, que parece casi inimaginable. Allí, el PCT cruza una carretera entre montañas y, cerca, el pequeño pueblo de Sierra City.

Técnicamente, no necesito ir a Sierra City; tengo provisiones para llegar a Belden pero, de alguna forma, me apetece ir; está cerca y tengo curiosidad por conocer el lugar. Quizá no muy en sintonía con mi planteamiento general para el viaje pero, no sé… serán las referencias positivas sobre el lugar o sobre ese nombre que siempre me gustó pero el caso es que me acercaré hasta allí, me daré algún capricho y saldré a media tarde.

El descenso a tierras más bajas trae novedades en el ambiente: mucho calor, un primer encuentro con las mini-moscas y la aparición de ¡robles! que sustituyen, aquí “abajo” a las omnipresentes coníferas. Lo de los robles está bien pero parece ser que son precisamente ellos los que alojan a las mini-moscas estas, que son, en cierto modo, peor que los mosquitos; no pican y uno podría pensar que, si no pican, no hay problema… pero si la expresión “moscas cojoneras” se hizo para alguien, fue para estas: moscas de tamaño cabeza de alfiler, o poco más, que revolotean eternamente a tu alrededor, intentando colarse en las mucosas, boca, nariz y ojos. Los ojos parece que les atraen especialmente. Caminas con una permanente constelación de estos bichos alrededor de la cara. Habrá más.

Alcanzo la carretera y camino hasta el pueblo, a donde llego a tiempo del mayor placer de este humilde senderista: un desayuno tamaño XL. Sólo por esto ya habría merecido la pena venir hasta aquí pero, ya que estoy, me paso por la célebre tienda y echo el rato en el porche.

Desayuno rico en un sitio bonito

Sierra City es poco más que un par de filas de casas a lo largo de la carretera que recorre el valle y tiene más pinta de pueblo del oeste que ningún otro que haya visto hasta ahora. A estas altitudes, y de cara a sitios similares en las semanas que siguen, hay que enfrentarse a un nuevo problema, ya presente en el sur de California pero al que entonces no hice mucho caso: el Poison Oak.

Esta es una planta tóxica; algo así como la ortiga pero en hijoputa… porque no se me ocurre otro calificativo para una planta cuya toxicidad no sirve para protegerse de contacto ya que el agente tóxico tiene un efecto retardado, no inmediato, lo cual lo hace, si cabe, más grave, porque puedes estar frotándote en esa cosa sin darte cuenta de nada.

El agente tóxico es un aceite, el urushoil (que no sé si tiene equivalente en castellano) y tiene simpáticas características como transmitirse a todo lo que toca: puedes mancharte con él el pantalón y no te enteras y no pasa nada… hasta que cualquier parte de tu piel toca el pantalón. Y, no, no se cae ni se evapora ni nada. Sólo se elimina lavando con jabón, como con cualquier otro aceite. El efecto del urushoil es una irritación y enrojecimiento de la piel que puede ser muy localizado o generalizado. No duele pero la zona tiene una pinta horrible y tarda bastantes días en curar.

Menciono esto aquí porque, ya digo, a partir de aquí, y en estas zonas bajas (en general, por debajo de 1500 metros), el Poison Oak está presente en abundancia. La planta es un arbusto; en general, no suele encontrársele en tamaños grandes pero puede suceder. El nombre le viene del supuesto parecido de sus hojas con las del roble (oak) pero hasta en eso es capulla la planta esta porque no siempre es el caso; se presenta en formas diversas, para complicar más su reconocimiento.

Se hace mucha literatura sobre esto en el PCT y, parte de ella, un poco catastrofista. Lo fundamental es aprender a reconocer la planta y evitar el contacto pero, debo decir, es difícil aprender a reconocer una planta hasta que la ves en su entorno, por muchas fotos que hayas visto. Yo aún no sé. En el almacén de Sierra City, pregunto por alguno de los posibles remedios que alivian el enrojecimiento de la piel y, supuestamente, aceleran la curación, en caso de contacto, y pregunto por ayuda para reconocer la cosa. Me dicen que sí tienen dos de los remedios típicos pero me indican que, realmente, no merece la pena cargar con ello:

– ¿Puedes reconocer el arbusto Manzanita?
– Sí (y así es; es un arbusto muy bonito y muy abundante en todo el sur de California)
– Pues, si tienes problemas con el Poison Oak, te haces una infusión con hojas de Manzanita y te la aplicas en la piel afectada. Es lo mejor.

Pues le agradezco la sinceridad a la dueña del almacén, que es la que me cuenta esto. Me gusta mucho más esa idea, poder utilizar cosas del entorno para arreglar un eventual problema. Problema que, por encima de todo, espero no tener. También me explican, más o menos, cómo reconocer y dónde esperar encontrar el Poison Oak aunque sé que no aprenderé hasta que lo vea en directo.

Me permito un lapsus temporal para ilustrar la pinta de esta cosa; una vez que aprendí a reconocerla:

Poison Oak

Paso un rato viendo pasar la vida desde el acogedor porche del almacén. Allí se juntan locales y turistas y, a veces, algún thru-hiker. La gente me pregunta y se interesa; me gusta ser la estrella, es lo que siempre quise ser, joi, joi… Me cuentan que ayer había aquí hasta 20 thru-hikers. Hago cuentas de los que espero que estén delante de mí y no me salen del todo, pero creo que tengo identificados a bastantes de ellos; mayormente, lo que va quedando de la Dirty Dozen.

Uno de los personajes que me da conversación es John, un empleado forestal jubilado que vive en Sierra City. Me cuenta historias de osos, de incendios… y acaba ofreciéndome quedarme en su casa, si quiero. Me dice que lo hace habitualmente: sentarse en el porche del almacén y recolectar thru-hikers. Qué majo. Cuando le anuncio que no me quedo en el lugar esta noche, me dice que, por lo menos, necesitaré un viaje hasta el sendero… y, hombre, aunque está cerca, eso no me viene mal; sobre todo, con el calor que hace a estas horas. John, otro entrañable personaje de los que uno se encuentra al viajar en el PCT.

John posa para la posteridad en el porche del almacén en Sierra City

Una de las cosas que tiene bajar a estos valles profundos es que, después, hay que subir, y subir mucho. Con un ojo, o los dos, puestos en el suelo en busca del poison oak, voy recorriendo los trescientos y pico zigzags con los que el PCT salva el desnivel entre el fondo del valle y la cresta que lo delimita por el norte, hasta la base de esos prominentes picos que llaman Sierra Buttes, verticales moles graníticas que se elevan sobre todo lo que les rodea, visibles desde mucha distancia y que constituyen un emplazamiento singular para la torre de vigilancia de incendios más famosa de todo el PCT: en una aérea arista, localización de arduo acceso pero, sin duda, inmejorables vistas, que es de lo que se trata. Aquí, en el norte de California, el verano es seco y caluroso y los incendios son el pan suyo de cada temporada estival. Sin el dramatismo con que los vivimos en Europa, ya que allí hay tanto bosque que el hecho de que se les queme un trozo no es tan grave e, incluso, se considera parte del ciclo natural pero, dado que la industria maderera es aún parte del sustento local, vigilan y apagan los que pueden.

La primera parte de la subida es, por fortuna, bajo la sombra de los árboles. Según avanzo, me cruzo con una pareja que baja y me dicen, con cierto tono de compasión, que debo estar loco para estar subiendo ahora, con el calor que hace… ellos vienen bastante afectados, y lo entiendo, pero yo lo llevo bastante bien, quizá gracias al rato de relax y buenos alimentos en el pueblo esta mañana e, incluso cuando salgo del bosque y paso a las peladas laderas, el calor se me hace llevadero. Camino tranquilo y contento.

Los zigzags del PCT

Alcanzada la cresta, el PCT bordea una hermosa cuenca con numerosos lagos que, como la guía menciona, acertadamente, son de “ver y no tocar”: el sendero sigue una ruta donde priman las vistas sobre el abastecimiento de agua, sea para beber o para meterse en ella, y hay que planificar bien las necesidades hídricas. Acampar en la cresta es una bonita experiencia pero hay que llegar con las botellas llenas.

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