Distancia: 27 m / 44 km. Acumulado: 1505 m / 2422 km

Hoy será uno de los días más duros de todo mi viaje. Y digo esto con la perspectiva de varios meses. La causa principal: enfermedad.

Tomamos la salud como algo que damos por hecho. En el sendero, y si cuidas bien un par de aspectos, la salud es algo que, casi, viene solo; al menos, desde el punto de vista de la enfermedad. Puedes tener problemas de tipo traumático pero yo creo, sin ser tener conocimientos médicos, que tu cuerpo, acostumbrado a una actividad intensa, está mucho más “en marcha”, mucho más preparado para combatir la enfermedad. Lo malo es que, cuando, por la razón que sea, la enfermedad llega, te encuentras mucho más desamparado que en la vida urbana; seguir adelante puede convertirse en un auténtico calvario cuando tu cuerpo no responde.

Yo no sé qué me pasó pero sí recuerdo bien los síntomas: algo así como gripe leve; dolor de cabeza, de garganta y sensación general de abatimiento, falta de fuerzas y dolor generalizado. Esto coincide, además, con el día más caluroso, aplastante y tórrido de todo el viaje, en el que mi termómetro llegó a los 120º F (49º C). Obviamente, esto fue un yuyu que le dio al termómetro (le pasa a veces… yo creo que se asustó, y no me extraña) y no me creo los 49º pero sí los 43º C en que se estabilizó un rato más tarde. Mucho calor.

Al levantarme, aún no noto nada pero, tras un rato de andar, empiezo a sentirme mal. No le doy importancia, supongo que ya pasará. Llego a uno de los depósitos de agua con mis reservas casi agotadas y tomo un par de litros. Allí estaba ya Trout; será la última vez que le vea, aunque podré seguir su progreso a través de los registros.

El talud de Hat Creek Rim y una última vista de Lassen

El PCT termina por bajarse del talud por el que discurría para atravesar, por fin, el gran valle que hasta ahora estaba a sus pies. A estas alturas, es tan amplio que ya no se percibe como un valle; es, más bien, una zona sin montañas. Al mismo tiempo, el día avanza y el calor, también. Y, como colofón, yo me voy sintiendo cada vez peor, hasta el punto de que empiezo a ver claro que esto no va a ser algo pasajero. En estas circunstancias, es cada vez más difícil caminar; sólo consigo sentirme aceptablemente si paro y me siento o, mejor, me tumbo, cosa que hago una vez… pero caminar es ya una tortura. En estas condiciones, veo que sólo puedo seguir si me marco algún objetivo y consigo motivarme para ir por él y lo bueno (o lo malo, según se vea) es que tengo uno irrenunciable: el agua. He cogido lo justo en el depósito (como debe ser; hay que procurar dejar algo para los que vengan detrás) y, desde ahí, aún quedan 20 kms. hasta llegar a un arroyo. Deshidratación es lo que me faltaba… no me queda más remedio que seguir como sea, llegar a ese arroyo y, una vez ahí, ya veré.

De hecho, empecinado como soy, espero mantener mi plan para el día, que consistía en llegar a Burney Falls. La distancia es enorme y va a ser muy difícil si me sigo sintiendo así de mal pero, por otro lado, allí hay una carretera, un camping donde pasar la noche (ese era el plan, en cualquier caso) y, si todo sigue así mañana, o peor, puedo usar la carretera y acercarne a Burney, un pequeño pueblo donde podría ver a un médico e, incluso, llamar a los Heitman para que recojan mis restos.

Habría alternativas más sencillas porque, a lo largo del día, el PCT cruza varias carreteras; podría huír en cualquiera de ellas pero ¿y si, al final, no es nada y mañana estoy mejor? De momento, y aunque me siento basura, puedo seguir caminando y, mientras así sea, decido seguir, llegar como sea hasta Barney Falls, descansar y decidir qué hacer al día siguiente.

Y aquí es donde empieza de verdad mi infierno. Intento exponer la situación: el PCT está en una de estas zonas de transición entre macizos, atravesando un terreno llano, muy seco, con piso polvoriento y, por momentos, arenoso y bajo el sol más inclemente de todo el viaje; por debajo de 1000 metros de altitud, lo cual acentúa el calor. Lo único bueno es que es un calor seco que, de estar bien físicamente, llevaría bastante bien, o eso creo, pero no es el caso, obviamente. En esta situación, lo que más impresiona es que, a pesar de todo, el bosque sigue presente, y menos mal… es un bosque muy abierto, con los árboles bastante distanciados y, como consecuencia, con el sol tan alto en el cielo, hay más luz que sombra pero, aún así, no quiero ni imaginarme cómo sería esto sin los árboles.

Casi como una dehesa extremeña

Valga un comentario adicional sobre el terreno: aunque, una vez allí, no es algo que se perciba, llevo varios días caminando por coladas de lava relativamente recientes. En directo, todo lo que se ve es bosque, arbustos, terreno polvoriento y, sí, rocas inequívocamente volcánicas: muy oscuras, angulosas y de formas extrañas. Es un vistazo a la cartografía lo que revela de qué está hecho todo lo que estoy pisando desde el parque Lassen: el mapa muestra una rara representación del suelo, con líneas quebradas y aparentemente anárquicas, con la palabra LAVA escrita por todos los sitios. En inglés, es la misma palabra que en castellano. Aquí y allá, las curvas de nivel forman un cono perfecto; algunos, del tamaño de una casa; otros, del de una montaña. Todo ello muy curioso e interesante cuando te encuentras bien pero perfectamente prescindible cuando te arrastras por el sendero. Arrastrase por un campo de lava no es ni una miga más llevadero que hacerlo por sustrato geológico más mundano.

Y es literal: me arrastro, aunque mantengo un ritmo aceptable, favorecido por el terreno casi llano, pero avanzar se convierte en una agonía que soporto sólo a base de decirme a mí mismo que tengo que llegar al arroyo y que ya descansaré allí.

Hasta las agonías más agónicas tienen su final o, al menos, su paréntesis. Alcanzo el arroyo. Llego no sólo griposo sino también muy sediento, así que el alivio es doble: podré beber y me tomaré un buen rato para descansar, así como comer. Mi esperanza y lo que me ha hecho encontrar la motivación para poder llegar hasta aquí era que todo este proceso me sirviera para, quizá, sentirme mejor.

En el arroyo, me encuentro con Mike, que acaba de llegar. No estoy para mucha interacción social, pero Mike me cae muy bien y es agradable charlar con él.

Mi cuerpo me pide descanso y, aunque sólo sea un rato, se lo doy. Siento que necesito tumbarme, es como si es todo lo que quisiera hacer en esta vida, ahora mismo, y el caso es que, tumbado, me siento bien. Hasta me duermo un rato y, por mí, me quedaba aquí y no me movía más pero aparece de nuevo la parte más testaruda de mí y me fuerzo a levantarme. Una vez de pie, compruebo que no me siento nada mejor pero tiro de voluntad y retomo el camino. Me faltan 20 kms. para llegar a Burney Falls y voy a intentarlo.

Recién pasado el arroyo, hay que pasar por una presa, una piscifactoría y sus correspondientes carreteras. Entre tan inhospitalario ambiente, me encuentro con esa facción reunida de la Dirty Dozen: hasta siete de ellos, descansando a la sombra. La cosa merece un comentario: Go-Big sigue movilizando a su familia (o su familia movilizándose detrás de él) y ahora están esperando a su hermana y otra amiga que vienen con una autocaravana para llevarles al camping de Burney Falls; mañana, harán este trozo que no hacen hoy. Para mí, lo más sencillo sería quedarme aquí con ellos y seguir su mismo plan. Es especialmente doloroso decidir seguir adelante pero creo que había tenido que reunir tanta energía para tomar esa decisión que ahora no me permito volverme atrás. Les cuento lo mal que me encuentro y que voy a hacer lo posible por llegar a Burney Falls. Me dicen que tienen un sitio reservado en el camping. Espero verles allí.

El resto del día es poco más que una prolongación de la agonía y de la capacidad de llevarla. El terreno cambia un poco, para mejor: el bosque es más denso y da más sombra; ya no pone “lava” en el mapa y eso se nota, siquiera sutilmente, en el ambiente. Camino a base de fijarme metas cortas e ir comprobando el progreso: ahora, hasta esa pista; luego, hasta ese claro… y así, poco a poco, y sin sentirme ni mejor ni peor, acabo llegando al camping de Burney Falls.

El nombre le viene de unas cascadas muy bonitas que hay aquí mismo. Es el típico camping americano, con servicios muy básicos. En este caso, hay una pequeña tienda donde, entre otras cosas, reciben y guardan los paquetes que enviamos los senderistas. No era mi intención inicial mandar una aquí pero tuve que hacer algo con todas aquellas sobras que había acumulado.

A la misma puerta de la tienda, me encuentro con toda la tropa. También está Mike. Yo sólo siento alivio por haber llegado; y una nota levemente positiva: cuando entro a la tienda para recoger mi caja, veo lo que hay allí y mi cuerpo me dice que tiene ganas de tomarse esto, eso y aquello… eso es buena señal. El caso es que mi cuerpo, el pobre, se merece todos los caprichos y le doy algunos, y me sienta bien. De alguna forma, me siento un poco mejor.

En estos campings americanos, los sitios son gigantescos y cabemos todos: hasta un total de 9 de la Dirty Dozen y otro par de senderistas (no thru-hikers) que han caído por ahí, más la familia/amigos de Go-Big. Estos, por cierto, son, como decía antes, su hermana y una amiga, Sheri y Cathy, y están haciendo de algo así como groupies, siguiendo al sujeto en esta parte del viaje y dándole soporte; a él y a los que viajan con él. Entre otros, y al menos por esta noche, a mí. En ocasiones como esta, sacan la barbacoa y el hornillo y nos hacen una cena comunitaria buenísima. Yo no puedo tomar mucho porque ya he comido de las cosas de la tienda que sentí que me iban a caer bien pero algo pico.

Al final, me voy a dormir tan pronto como puedo. Es todo lo que siento que necesito en este mundo ahora mismo: tumbarme y dormir. De hecho, la sensación, cuando me meto en el saco, es de alivio y tranquilidad. Una vez ahí, me encuentro bien o, por lo menos, no me encuentro mal. Tal como ha ido el día, con eso me basta. Me duermo con la esperanza de sentirme mejor mañana.

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