Distancia: 0 m / 0 km. Acumulado: 1038 m / 1670 km

El Valle de Yosemite es como una pequeña ciudad. Una ciudad donde las casas son tiendas de campaña pero, por lo demás, una ciudad con sus hoteles, centros comerciales y sistema de transporte. Yosemite está lleno de gente y esto suele agobiar a los senderistas que empiezan o terminan sus rutas aquí y es comprensible por qué: no es ya que haya mucha gente; es que es gente de vacaciones y, muchos de ellos, los típicos casos de urbanita “de aventura” en las montañas, con todo lo que ello conlleva.

Mi tiempo en Yosemite fue, sin embargo, una de las estancias en civilización más agradables, relajantes y curativas de todo el viaje. En parte, quizá, porque lo necesitaba mucho, después del machaque físico y la tensión de las últimas semanas, sólo parcialmente enjuagadas en VVR; y, quizá, también, por el acierto en el manejo de la situación: la zona de acampada para senderistas es uno de los sitios más tranquilos de todo el valle, situada al fondo del mismo, lejos del mundanal ruido y al lado de un precioso río donde bañarse o pasar el rato. Además, intenté hacer todas las gestiones a horas “intempestivas”: media mañana, cuando todos los turistas están en sus actividades turísticas y los servicios están menos llenos.

Todd resultó una agradable compañía. Era un tío muy curioso: joven, ex-militar y de un carácter, a primera vista, impulsivo y muy agresivo, bastante cerca del estereotipo de un militar de base: bruto, mal hablado (decía un taco cada tres palabras, aproximadamente…) y, sin embargo, en estos días con él tuve ocasión de conocerle mejor y ver cómo todo esto era parte de una máscara que ocultaba a un tipo sensible, inteligente y culto. Bueno; sobre todo, sensible. Era casi un caso Jekyll/Hyde; tuvimos conversaciones muy interesantes y recuerdo algunas cosas realmente válidas y profundas que llegó a decir, como la forma en que convenció a Dan de seguir adelante en el JMT cuando a éste le empezó a fallar la motivación. Admirador de John Muir, iniciativa suya fue que fuéramos a una representación de teatro sobre la figura del simpático y barbudo naturalista. Fue, ya digo, una buena compañía, y guardo muy buen recuerdo de esos días también en este aspecto.

Recuerdo con especial agrado, de estos días, esas horas muertas pero nunca perdidas en el campamento, pasando el rato charlando con gente afín y de donde siempre salían interacciones interesantes. Eso y el buffet libre de Curry Village, a donde acudíamos en peregrinación a diario; al menos, para desayuno y cena. Si la gente que lleva el lugar notan que esta temporada han perdido dinero… hey, hemos sido nosotros. Eso sí, hay que ser serio con esto: aquí no se tira nada, eso no estaría bien.

Montón de envases inútiles: re-empaquetando las compras

Una de las tareas importantes es en la oficina postal: consigo una caja grandota y la lleno con todas esas cosas extra que traía desde el inicio de la Alta Sierra. De todo ello, sólo me quedo con el piolet y los crampones, que aún puedo necesitar, y el contenedor de comida, que también. Tampoco me deshago de la funda de vivac y el cinturón lumbar pero con estos he decidido quedarme para el resto del viaje. Todo lo demás, se va para Seattle, donde lo recuperaré al terminar.

Entre deberes varios, busco, de nuevo, horas no punta para echar un vistazo a algunas de las atracciones que han hecho famoso a este lugar. Nada comparado a encontrarte cosas de estas mientras caminas por el sendero pero panoramas como el que sigue aún merecen la pena:

El Capitán, a la izquierda; Bridal Veil Falls, a la derecha. Y el Half Dome al fondo

Uno de los episodios simpáticos de estos días tiene a Todd ocupando 3 hectáreas de suelo en el campamento con medio millón de elementos de material, intentando decidir con qué se queda, qué envia a casa y qué envía por delante. Me lo pasé genial haciendo de juez cruel: “Todd, no necesitas esto…” (Todd, no muy convencido) “¿Seguro…?” “A ver, ¿para qué lo quieres?” (pausa; rascado de cabeza…) “Es verdad, ¡a la mierda!”. La otra interacción tipo: “A ver, Rainskirt, tú cuál elegirías entre estos dos…” “Pues… ya sé que te voy a decir lo que no quieres oír pero… ese pesa la mitad y te va servir para lo mismo…” Y así hasta que el compañero consiguió una mochila aceptable y tres cajas enormes que luego repartió por el mundo. Un tipo entrañable, a pesar de su mencionada fachada irreverente.

El último día en Yosemite ya no es tan relajado; esta tarde, tenemos que coger un transporte a Tuolumne Meadows para continuar viaje. La sorpresa (relativa) llega cuando, durante el último rato alrededor de Yosemite Lodge, me empiezo a encontrar caras conocidas: Claudia, Rita, Herman, Mike, Sunny, Tadpole… y, a los que en realidad esperaba ver: Rolling Thunder y Three Gallon, ¡qué alegría! Todos han bajado aquí desde Tuolumne Meadows (por la carretera, no andando) para comprar provisiones y vuelven a subir hoy mismo, con lo que espero un agradable ambiente en Tuolumne, aunque aún no esté abierto.

El bus que pensábamos coger no existe y, finalmente, tenemos que recurrir al auto-stop; mal asunto, con la enorme distancia a recorrer. Cogemos el autobús hasta el famoso Camp 4, el de los escaladores, que está hasta el culo (me alegro de no haber venido aquí) y empezamos desde ahí. El primer voluntario llega enseguida pero sólo nos lleva hasta el cruce con la carretera Tioga. Por ahí, sigue pasando mucho tráfico pero la mayoría se van del parque y pasamos un buen rato hasta que uno de los pocos que suben hacia Toulumne se digna a parar. Qué bruto… un chaval joven, muy entusiasta y muy majo pero un poco acelerado. Lleva una camioneta de estas típicas americanas con una cabina y furgón descubierto y arranca mientras yo aún tengo una pierna fuera y conduce a toda leche. Todd está tan feliz pero yo voy acojonado; el primer rato, al menos.

Todd en nuestro bólido de salida del valle

Después de un buen rato de viaje, me empiezo a dar cuenta de lo lejos que tenemos que ir; no era consciente. El tío este nos deja a la puerta de un camping en el que se va a quedar y ahora nos quedamos un poco tirados, en una carretera casi vacía y a altas horas de la tarde. Pasan pocos coches pero hay suerte y no tarda en parar un grupo de gente local, que son siempre los más propensos a recoger gente; además, son senderistas y nos identifican como tales, no como homeless o algo así.

Ya en Tuolumne, Todd decide emplear el par de horas que quedan hasta el anochecer en ir avanzando. Yo tengo claro que mi descanso incluye el día de hoy y que no voy a partir hasta mañana, así que nos despedimos, por el momento.

Nos habían asegurado que el almacén de Tuolumne estaba abierto ya pero, a la hora que llegamos, desde luego, está cerrado. Menos mal que ya he comprado todas las provisiones en el valle. El camping sigue cerrado y vacío, también, aunque ahora ya sí que está prevista su apertura para unos pocos días después. El ambiente, de todas formas, esta vez, es mucho menos desangelado porque reencuentro al grupo anunciado, y algunos más: algunos que no conozco aún pero eso se arregla enseguida. El resto de la velada es muy divertida, con muchas historias que oír y que contar y muchos mosquitos que no vienen por las historias, precisamente.

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