Distancia: 28 m / 45 km. Acumulado: 2019 m / 3249 km

Hoy ya no puedo seguir pisando de medio lado, como estuve haciendo ayer tarde, así que tanteo el estado de los pies (del izquierdo, sobre todo, que es el que peor está) desde los primeros pasos. No está perfecto pero parece que algo mejor, sí. Las estrías siguen ahí, aún cubiertas por la ligera película de “pegamento” que apliqué anoche.

Sigue haciendo mucho frío. Recojo y acudo al almacén a por ese último desayuno. Y no pienso comerme otro perrito, no ya porque sea la hora del desayuno sino porque ayer me comí 4 ó 5. El menú es tan limitado como siempre y me tengo que apañar con poca variedad pero cantidad no falta. Me gustan mucho los cafés de sabores: guarrerías de estas que les gustan a los americanos y, algunas, a mí también.

Salgo relativamente pronto con un ojo puesto en ese pie. De momento, puedo caminar normal sin sentir mucho dolor. El dolor, de nuevo, es lo de menos, es soportable; importa más lo que significa, esa piel abierta en tan mal sitio pero ahora voy más tranquilo, con la segunda capa de pegamento recién aplicada. Yo no sé si funcionará o no pero, al menos, me hace sentirme más tranquilo.

El día comienza con el cruce de la carretera e, inmediatamente, un ascenso que lleva al PCT hasta unos bonitos lagos, desde donde se aprecia una buena vista de lo recorrido en los dos últimos días: una especie de ondulado manto verde con manchas azules aquí y allá. Eso es Oregón, bosque y lagos.

Epítome oregonio desde Pengra Pass

Tras coronar un collado con buenos panoramas, se acabó la visibilidad por hoy; el resto del día, consiste en caminar por el bosque, que no da tregua. No es el más estimulante de los entornos porque, además, el sendero se cruza aquí y allá con pistas transitables por vehículos; no veo más que uno pero sólo la posibilidad de que estén por ahí chafa bastante toda sensación especial por estar aquí.

Three Sisters Wilderness está cerca ya, a tan sólo unas horas de camino y allí, aunque más al norte, se supone, hay un incendio activo. Esto significa que es hora de empezar a preguntar a todo el que me encuentro de frente. Las informaciones son de dos tipos básicos: inexistentes (de quienes no han pasado por ahí) o confusas (de quienes sí). Habrá que esperar a llegar a la zona y ver por uno mismo, me temo.

El PCT pasa por una extensa zona quemada recientemente; un mundo de troncos pelados aún de pie, en el que la vegetación apenas ha empezado aún a recuperarse. Es uno de los pocos momentos del día en el que hay cierta visibilidad de lo que me rodea y, al principio, es casi hasta bienvenido pero caminar por una zona quemada, sobre todo cuando es tan extensa como esta, tiene un punto de angustioso que no me gusta y estoy deseando llegar de nuevo a bosque vivo. Mientras, al menos, me consuelo, no hay mosquitos… en ese momento, no sabía aún cuan significativo iba a ser esto.

Años después del incendio

A tenor de cómo va el día, fijo definitivamente mi destino en Brahma Lake, donde la guía anuncia buenos lugares para acampar. Y, una vez retomado el bosque y en esta zona llena de pequeñas lagunas, se desata el infierno insectil: hordas salvajes que buscan hasta el último milímetro de piel para hincar ahí el aguijón. Me tengo que cubrir del todo, a pesar del calor, y hasta guardar las manos en las mangas, aunque me resisto, esta vez, a vestir la red en la cabeza. Me digo a mí mismo que ya no queda nada y que mejor me aguanto.

Brahma Lake es otro bonito lago rodeado de bosque, un bucólico y solitario lugar donde pasaría una agradable velada de no ser por los millones de bichos zumbando a mi alrededor. Ni baño en el lago ni nada. De hecho, me tengo que armar de valor para siquiera lavarme los pies, algo especialmente imprescindible, dadas las circunstancias. Es en momentos como estos en los que se echa de menos un sistema de acampada completamente cerrado a prueba de mosquitos.

La nota dramático-graciosa ha venido cuando consultaba la guía para refrescar la memoria, a la hora de escribir estas líneas: en las páginas correspondientes, me he encontrado ¡un mosquito! aplastado y perfectamente plano, como Mortadelo y Filemón cuando les daban un portazo; pero con el cuerpo asombrosamente intacto donde puedo distinguir hasta lo que ha quedado del aguijón.

Preparar la cena y, especialmente, comérmela es todo un ejercicio de frustración. Intento comer tranquilo bajo la red pero siempre quedan huecos. Acabo por comer paseando de un lado a otro; así, en movimiento, mantengo a los mosquitos mínimamente a raya. Y sólo descanso cuando, por fin, me encierro en la funda de vivac que es mi exhiguo pero seguro refugio. Me duermo tranquilo, por fin, mientras oigo los zumbidos fuera. Ahora no me cogéis (mañana por la mañana tendréis otra ración…)

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