Distancia: 22 m / 35 km. Acumulado: 2274 m / 3660 km

Acudo a la oficina postal con mis tres cajas y procurando no pensar en que la cámara no haya llegado aún… ¡tendría que esperar! pero hay buenas noticias: ¡tengo correo! Es curioso cómo, a veces, las cosas, simplemente, funcionan. In extremis, pero funcionan.

Después de enviar los tres montones de comida, me siento a abrir mi paquete y echar un vistazo a mi nuevo juguetito: cámara, cargador y un montón de cintas. Pongo una, pruebo todos los botones, verifico que todo funciona antes de no tenga remedio. El conjunto pesa más que mi saco y tienda juntos pero todo sea por ese estrellato cinematográfico que me han prometido.

El inicio de mi carrera cinematográfica

Me lo he pasado muy bien en Cascade Locks y no tengo ganas de irme pero tampoco quiero quedarme más. Me gustaría que volviera a ser sábado por la mañana y así poder estar aquí hasta el lunes pero, llegado este, ya no tendría sentido. Al márgen de la casual coincidencia de días de la semana, tengo que volver al “trabajo”. Un poco a regañadientes pero sé que, al final, merece la pena.

La visita a Stevenson de ayer me ha estropeado un poco el momento que viene ahora pero haré como que no ha pasado; a fin de cuentas, fue en coche, que no es lo mismo. Y es que cruzar el Columbia sería un acontecimiento en cualquier caso pero más aún cuando el medio es ese añejo y peculiar puente de nombre Bridge of the Gods. América no se distingue por su historia pero alguna tiene y esta, en concreto, merece la pena contarla:

El Columbia, como todo río y, especialemente, los de su tamaño, ha sido siempre un obstáculo para las comunicaciones terrestres, a la vez que una vía de comunicación, a su vez. Dice la leyenda que, justo aquí, en el estrechamiento del valle pasado Cascade Locks, hubo una vez un gran desprendimiento, procedente de las montañas de la orilla norte. Y cuando digo “gran”, quiero decir “gran”… recordad: todo es grande en América. Sigue la leyenda contando que el desprendimiento llegó casi a bloquear el río, dejando sólo un paso angosto sobre el que quedó formado un puente de fortuna que permitió a los nativos cruzar cómodamente durante el tiempo que duró… hasta que el propio río se lo llevó por delante. El caso es que, a este puente providencial le pusieron de nombre el Puente de los Dioses por lo que consideraron un regalo de su parte.

Mucho tiempo después de estos sucesos, hoy en día, hay un puente en el mismo sitio y se llama igual, sólo que este es metálico, a la usanza de los antiguos puentes que se construían para los trenes y clavadito al famoso puente sobre el Forth en
Edimburgo. Bridge of the Gods marca no sólo el cruce del Columbia y el punto más bajo del PCT; también la frontera entre Oregón y Washington y, emocionalmente, el inicio de algo nuevo, el último gran “algo nuevo” de este viaje.

Bridge of the Gods es bastante antiguo y conserva una tradición que viene de la época en que lo construyeron: ¡cobran por pasar! Es muy poca cantidad, creo que la misma que se cobraba hace no sé cuántas décadas, con lo que se ha convertido en un precio simbólico de lo que supone poder atravesar el gran río. Hoy en día, hay más puentes (aunque no muchos) pero, por entonces, este debía ser el único.

Bridge of the Gods

La otra nota curiosa de Bridge of The Gods es que… bueno, es un poco peculiar; es muy estrecho y no tiene ni acera ni arcén… pero es que no tiene tampoco ¡suelo! Ni asfalto ni hormigón, se camina directamente sobre la estructura metálica. Cuando vas en coche, ni te enteras pero, por muy preparado que estés para ello, da yu-yu caminar al tiempo que ves el agua, ahí abajo, a través del mecano.

El caso es que ha llegado el “histórico” momento de cruzar Bridge of the Gods. Me acerco a la caseta del peaje pero la empleada me dice que pase (a pesar de que los peatones también están en la lista de tarifas… pero me lo ha dicho con una sonrisa y no me voy a quejar).

El puente es super-estrecho, apenas caben justito dos vehículos, cuando se cruzan, y no hay espacio extra para peatones, así que hay que cruzar con el resto de tráfico. La situación es curiosa, a ver si la resumo: llevo en las manos mi nuevo juguete, con la intención de inmortalizar el momento, y la cámara de fotos en el bolsillo, como siempre, con la misma intención. Además, no he tenido la precaución de enganchar los bastones a la mochila (daba pereza… si, total, el puente tampoco es tan largo…) y, claro, van en la mano también… con el matiz de que, si alguno se te cae y acierta a colarse por entre la rejilla, no lo vuelves a ver.

Lo de abajo es el Columbia. Prohibido soltar nada

Así que voy agarrado cual lapa a mis bastones, con la cámara de vídeo en la otra mano y necesitando una tercera para las fotos, mientras camino por un suelo que está hecho en un 80% de aire y de cuando en cuando se me cruza algún camión. Si va a ser por eso que las fotos me quedaron un poco mal encuadradas y, alguna, hasta movida, a pesar de que no faltaba luz.

El PCT se recorre más habitualmente de sur a norte y hay una clara tendencia de las señales a favorecer este sentido… con una salvedad muy gorda: Bridge of the Gods. En la entrada al puente por el lado de Washington está el lugar ideal para sacar la foto; el nombrecito en cuestión y la que probablemente es la señal del PCT más grande de todo el recorrido. Al loro con esa esquina superior derecha:

Bridge of the Gods, Washington side

Pues ya estoy en Washington que, en cierto modo, y haciendo una interpretación muy amplia del concepto, es casi una vuelta a casa, después de meses de recorrer terreno que no conocía… bueno, esto tampoco lo conozco pero lo que viene más al norte sí (de sólo una vez, no os vayáis a pensar…) y me entusiasmó tanto el lugar, en su momento, que, de tanto pensar en él y en cuándo volvería, he desarrollado una cierta familiaridad.

Por el momento, de todas formas, nada ha cambiado con respecto a lo que he estado recorriendo en la última época; las montañas aún no son muy altas y el ambiente es análogo al del otro lado del valle. Es decir, esto sigue sabiendo a rutina, agravado ahora por el hecho de que esta zona está relativamente “cerca” (siempre a escala americana) de la civilización y es habitual cruzarse con pistas y hasta alguna carretera menor. No pasa nada, un poco de paciencia… lo mejor de Washington está, por supuesto, por llegar.

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