Distancia: 26 m / 41 km. Acumulado: 2385 m / 3839 km

The Goat Rocks: con ese nombre, uno pensaría que son unas rocas donde viven cabras; algo así, pero no tan simple: Goat Rocks es la primera gran zona alta-montañosa en Washington, según se viaja hacia el norte. Adams era un monte gigantesco pero aislado. Goat Rocks es todo un macizo y hacia allí me lleva hoy el PCT.

He captado el mensaje y trataré a mi cuádriceps izquierdo con mimo, por muy callado que parezca. Hoy vuelve a un estado más estable pero tengo claro que aún no puedo hacerle trabajar normalmente.

Inicio el día ansioso por llegar a las grandes montañas pero aún me queda una larga travesía por una zona de transición que, afortunadamente, está lo suficientemente lejos de la civilización. Tras la consabida ración de bosque y lagos, comienzo el ascenso, que va a ser largo, pero no pasa nada, para eso estamos aquí.

Goat Rocks es conocido por la necesaria travesía de un pequeño glaciar y un largo tramo de estrecha y aérea cresta; todo ello, en la segunda parte. Antes, el ascenso me deposita en terreno de alta montaña, al pie de escarpados picos, donde el PCT une collados a base de flanquear laderas, por encima del límite del bosque, todo muy bonito. Más adelante, un área de perfiles más amables pero donde continua el ambiente alpino; hay gente acampada aquí y allá, consecuencia lógica de que hoy es viernes y es festivo: labor day, el día del trabajo, la fiesta que da carpetazo oficial al verano en EE.UU. y una popular fecha para subir a las montañas y pasar unos días. Goat Rocks es un sitio perfecto.

Un poco más de subida y llego a la zona más alta, donde ya apenas queda vegetación y es todo roca. Aparece, ahora ya más cerca, la imponente figura de Rainer, ese panetone con nata que ahora sirve de referencia perfecta de progreso.

Goat Lake y Mt. Rainier, al fondo

Al tiempo, alcanzo también la vista del glaciar Packwood y la cresta hacia la que veo dirigirse la traza del PCT. ¿En serio hay que ir por ahí??? Pero ¡si el PCT era un sendero facilito! Durante los kilómetros que siguen, y según avanzo, escudriñaré la orografia de la zona para intentar averiguar por qué han trazado el sendero en el filo de la navaja y no en el valle. Las vistas van a ser espectaculares pero ahora entiendo los malos ratos que históricamente pasa la gente aquí cuando hace mal tiempo. Hoy, se ha levantado un incómodo y frío viento que suena a mal augurio pero, por el momento, el cielo sigue azul.

El glaciar Packwood es muy pequeñito y la parte que hay que atravesar es más un nevero grande; el hielo queda un poco más abajo. No es problema.

La travesía de la cresta es larga, interminable e increíblemente hermosa. Rainier sigue ahí, cada vez un poquito más cerca, y las vistas son de dos tipos: de 180 o de 360 grados, según la orografía del momento. El viento es frío e incómodo y, de alguna forma, la situación me tiene un poco tenso. No sé por qué, no hay razón objetiva… quizá, simplemente, el hecho de que se hace tarde y estoy en una zona tremendamente expuesta y sin apenas nada plano, salvo la propia y exhigua traza del sendero, pero sé que no debería tener problema para llegar a terreno más amable a tiempo de acampar cómodamente. Debe ser, simplemente, el miedo escénico de sentirte tan pequeñito en un entorno tan grande. Aquí, además, quedan ya atrás los campistas de fin de semana y me encuentro solo. A estas alturas, eso no es ninguna novedad, precisamente, pero… yo qué sé, los caminos de la mente son inexcrutables (toma palabro cursi…)

La cresta en Goat Rocks

Sigo adelante, progresando a ritmo moderado gracias a que no puedo evitar pararme cada veinte metros para hacer otra foto más o para filmar otra panorámica espectacular. A todo esto, ¿y las cabras?

Siempre es un placer encontrar animales silvestres en su entorno pero estos son unos bichos especialmente especiales. Yo sólo les he visto en foto, por ahora… suficiente para encariñarte de ellos: a medio camino entre una cabra y el yeti, son una especie de peluches inmaculadamente blancos. Les darías un abrazo si pudieras. Y ahí voy yo, con un ojo en los barrancos a ambos lados del sendero y otro en un posible punto blanco en el horizonte. Goat Rocks: ya veo las rocas; me faltan las goats.

Y, aunque sea de lejos, ahí está. Más tarde, me sentiré un tanto decepcionado cuando, escuchando las historias de los demás, parezca que todo el mundo a visto un rebaño entero a quince metros pero, por el momento, yo estoy absolutamente feliz con mi única cabra blanca peluda a algo así como doscientos. Iba a poner la foto, siquiera a título ilustrativo pero es que no es más que un triste puntito blanco en la pared… casi mejor que hagáis una búsqueda en la red por “white goat” y seguro que sale algo mejor.

Sólo un rato más tarde, el sendero abandona, por fin, la cresta, para caer hacia una ladera y empezar, por fin, el esperado descenso hacia terrenos más amables. Voy pendiente del supuesto desprendimiento, que debe estar por aquí. El PCT baja hasta una gran hoya donde abundan los pequeños reguerillos, recién nacidos en los neveros de las laderas. Empiezan a aparecer algunos tímidos árboles y no puedo evitar pensarlo: qué pasada sería dormir aquí…

pero, no, yo tengo que seguir hasta donde había pensado llegar… una o dos horas más para llegar a un bonito lago en medio del bosque donde la guía me anuncia una estupenda zona para acampar… sin vistas ningunas. Y cuando paso junto al último grupete de abetos, justo antes de acometer un talud que me sacará de la alta montaña, avisto un perfecto hueco entre los árboles donde voy a caber justito pero bien resguardado del viento… y no me lo pienso más, voy para allá.

Yo soy muy disciplinado (léase, burro) con esto de los planes y me gusta cumplir lo que me trazo pero hay momentos en que ni siquiera yo puedo dejar de estar más feliz de mandar a la porra los planes. Este va a ser uno de mis campamentos más hermosos, sin nadie en lontananza, como si estuviera sólo en el mundo y en un entorno espectacular. Bien cerca de las estrellas.

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