Distancia: 25 m / 41 km. Acumulado: 2453 m / 3948 km

Puse el tarp y hasta cayeron unas gotas pero, a lo largo de la mañana, se fue despejando. Salí pronto para llegar aún temprano a la carretera en Chinook Pass, a las puertas del parque nacional del Monte Rainier que, ahora sí, está a tiro de piedra. Tan cerca que las vistas ya no son tan espectaculares. Habrá que alejarse un poco hacia el norte para poder volver a apreciar la magnitud de esos glaciares.

Entre el cielo y el suelo camino de Chinook Pass

Subida a una cresta más, otro paseo por las alturas, muy bonito en cuanto a vistas pero un poco emponzoñado por lo que creo que acabaría convirténdose en el día más polvoriento de todo el viaje. Uno casi desearía que lloviera un poco para asentar el polvo pero, no, está perfectamente despejado y estable.

Un día muy seco, también, en cuanto a agua de la de beber. No es que no haya agua en estas montañas; es que, como en otras ocasiones, el sendero se mantiene en las alturas, cerca de la cresta, y ahí dependes del ocasional manantial. Si lo hay, bien; si no, tienes que caminar cargando un montón mientras ves los ríos y arroyos correr por los valles anejos. En fin… c’est la vie, c’est la randonée

Es un día de estos en que no puedes decir que nada vaya objetivamente mal ni que el paisaje sea feo (al contrario; es muy bonito) pero que, de alguna forma, sabe a rutina y sólo quieres llegar al final y descansar. Quizá es que, después de meses y tantos kilómetros se agota un poco la capacidad de sorpresa y ya hasta el senderismo es rutina (no, no como la de la vida urbana; aún hay clases…)

Atravesando Norse Peak Wilderness. Ya digo que era bonito

Una de esas clases está en la poderosa presencia de la cara norte de Rainier. Esto ya sí que son palabras mayores: es la misma enorme mole de siempre, presidiendo todo lo que le rodea pero, en este caso, la práctica totalidad de la superficie visible está cubierta de hielo. Y no, no se trata de nieve, ni reciente ni antigua; son todo glaciares. Impresionante montaña, de verdad.

Hoy, ese esperado final viene con un cierto lujo oriental, ya que he pensado parar en Government Meadows, donde hay un hermoso refugio libre. Una gran cabaña de madera, de las de troncos gordos, al borde de un precioso prado. Al llegar, me encuentro con una pareja de alemanes que están haciendo una sección. En nuestra conversación, y dado que vienen del norte, les pregunto si el sendero que han recorrido es muy polvoriento… me anima mucho cuando ponen cara de extrañeza, en plan “¿polvoriento? no, ¿por qué lo preguntas?”. Pues por lo que os espera mañana, colegas… ya les aviso que se lo tomen con filosofía.

Junto a la cabaña, hay un bonito arroyo (agua rica) y bosque acogedor donde se podría acampar cómodamente pero me doy el capricho de dormir dentro. Un día es un día.

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