Distancia: 27 m / 43 km. Acumulado: 2549 m / 4102 km

Procuro no pensar demasiado en el incendio. Desde aquí abajo, en el fondo del estrecho valle, no veo nada. Sé que lo que me toca ahora es un largo ascenso para volver a las alturas y cambiar de valle; al otro lado está Waptus, el lugar donde especulé ayer como posible localización del fuego. Ya veremos…

En estas circunstancias, lo ideal sería cruzarme con alguien que venga en sentido contrario y preguntar pero, cuando mencionaba el aura remota de esta zona, incluía la soledad: no he visto a nadie desde ayer por la mañana y me siento como si fuera el único humano en el mundo. Ya, ya sé que no… es sólo una sensación.

La salida de Lemah Creek es vía ladera, con miles de zigzags, para llegar a las alturas otra vez, con increíbles panoramas de los picos de la zona y sus manchas de hielo perpetuo.

Lemah Mountain y compañia

No puedo evitar la tensión durante la travesía de las zonas alpinas porque estoy deseando llegar al comienzo de la siguiente bajada: desde ese punto, tendré vistas del valle y, quizá, si calculé bien, de su incendio.

Así voy, inmerso en mis pensamientos, cuando me encuentro un par de figuras humanas, que es lo último que esperaba encontrar ahora. Obviamente, no tiene nada de raro, son un par de senderistas levantando campamento. Cuando llego a su altura, les comento el tema del humo que vi ayer pero no saben nada; van hacia el norte también y, de hecho, ellos no lo han visto siquiera. Bueno, yo sé que no me lo he imaginado, tengo una foto.

Llego por fin al borde del talud esperado. Veo el lago Waptus, ahí abajo. Veo neblina valle abajo pero nada parecido a la columna de humo sólido de ayer. Es posible que, efectivamente, el incendio esté por allí pero haya remitido durante la noche, debido a la naturaleza pulsante que mencioné en los capítulos de Oregón, a causa de las bajas temperaturas nocturnas; y ha hecho frío, esta noche. El PCT alcanza el fondo del valle en su cabecera pero luego, y ese es mi temor, lo sigue unos cuantos kilómetros, aguas abajo, antes de retomar el ascenso y la dirección norte por un valle lateral. ¿A tiempo de esquivar el peligro? Imposible decirlo, por el momento. Lo que sí puedo decir es que los panoramas, desde aquí arriba, son tan aplastantes como los del valle anterior: más picos vertiginosos, más glaciares.

Waptus Lake. La neblina de la derecha es el humo del incendio

La respuesta a la gran pregunta viene un poco más tarde, durante el descenso: me cruzo con una pareja que sube y les hago un placaje. Me tranquilizan con una sonrisa; hay, efectivamente, un gran incendio en la zona pero no afecta al PCT, está más abajo. De hecho, me comentan, todos los senderos del área están cerrados… ¡salvo el PCT! que es el único que no baja lo suficiente como para acercarse a la zona caliente. Pues menos mal. Sé que puede parecer un poco egoísta pensar en los incendios en estos términos: es decir, que mi preocupación no sea el incendio en sí sino si va a afectar a mi viaje. Debo decir, en mi descargo, que el infierno de Oregón fue tal que es imposible pensar en lo horrible que sería repetir algo así. Y, también, que los incendios forestales en estas tierras tienen un matiz muy diferente a Europa; aquí, hay tanto bosque que no tiene mayor importancia, desde el punto de vista medioambiental, que se queme algún trozo de cuando en cuando y, de hecho, los incendios forestales son parte del ciclo natural de un medio ambiente que aún funciona de forma más o menos natural… cosa que no podemos decir de prácticamente nada de lo que nos queda en Europa.

Ya más tranquilo, me resulta más fácil disfrutar del espectacular entorno. Recuerdo el valle pero no las montañas que lo circunvalan porque, en 2004, ¡no pude verlas! y me maravillo de su verticalidad, sus paredes de roca y sus coronas blancas.

Ya en el valle, paso por la que fue nuestra zona de acampada, en el bosque que, por aquel entonces, nos acogió protector en aquel mar de lágrimas. Recuerdo con cariño aquella batalla perdida contra la humedad infinita, a varios días, a nuestro ritmo de entonces, de todo sitio civilizado. Fue toda una experiencia.

Hoy celebro el encuentro con el río Waptus, cristalino y precioso, apenas maculado por mi refrescar los pies en él. Huelga decir que ya quedaron lejos las polvorientas jornadas de Oregón y el sur de Washington, pero a los pies siempre les sienta bien un bañito. No hay bemoles para que el baño sea integral, de todas formas… el río viene directamente de los glaciares esos de ahí arriba.

El río Waptus

Denso bosque en el fondo del valle. Se aprecia cierta neblina en el ambiente pero nada como lo que vi ayer. No sé si la columna de humo se ha reproducido y está más al este o si, simplemente, ha remitido pero me queda muy poco para empezar a alejarme de aquí. Al rato, llego al cruce donde el PCT toma una vaguada lateral y donde hay un cartel anunciando que el sendero que continua valle abajo está cerrado. “Si quieres salir de aquí”, dice, “sigue el PCT”. Genial, por el PCT voy yo.

La subida a Cathedral Pass me va llevando hacia las alturas otra vez. Estoy ansioso por llegar al anfiteatro de Deep Lake y contemplarlo desde la nueva perspectiva de un día soleado. Recuerdo lo que me impresionó ese lugar hace dos años: en medio del diluvio universal, cruzamos el desagüe de un casi invisible circo, con el lago, oscuro y místico, allí, al fondo, flanqueado por las verticales paredes de unos entonces invisibles picos. La visión era tan evocadora como diabólica, en la situación de entonces. Hoy va a ser diferente.

Antes de eso, tengo un encuentro muy especial: a la vuelta de un recodo, oigo movimiento de matorrales y giro la cabeza justo a tiempo de ver huír a esa cosa peluda que tengo tiempo de identificar: mi segundo oso de este viaje. Este es de color oscuro y no tan grande como la preciosa osa canela con la que me encontré en el norte de California pero me hace igualmente feliz. Tampoco pude disfrutar de su vista mucho tiempo, apenas unos segundos hasta que despareció entre el bosque, pero es lo que hay; yo no le iba a hacer nada malo pero él no lo sabe, y no tiene por qué. Siento haberte asustado, hermano oso. Y me alegro de haberte visto.

Un rato más y llego a Deep Lake. Hoy sí veo el cromo completo y, debo decir, impresionaba más con el telón bajado pero, qué narices, esto es precioso de cualquier forma. En principio, paso de largo, habida cuenta de que, como de costumbre, se me hace tarde, tengo aún varios miles de kms. por recorrer, etc., etc… pero, afortunadamente, dos segundos más allá, rectifico y me doy una imprescindible vuelta para recorrer los cinco minutos de pradera que me separan de la orilla del lago, que tiene el dudoso honor de recibir también a mis recalentados pies. Tentado estoy de acampar aquí: muy buenos sitios cerca de la orilla, absolutamente nadie más… pero eso ya sería un quebranto algo mayor a mis planes, que van algo más allá de esta próxima noche: quiero llegar mañana a Stevens Pass para tomarme un día de descanso, completo esta vez, en Skykomish.

Cathedral Rock; debajo, apenas visible, Deep Lake

Así que digo adiós con lagrimilla caída a Deep Lake y prosigo el ascenso, muchos zigzags más, hasta Cathedral Pass, en la base del espectacular pico del mismo nombre. Vistas grandiosas hacia los glaciares, grandotes ya, del monte Daniel. ¡Tantas montañas por explorar! Mar de montañas por todos los sitios. Dan ganas de mandar todo a paseo y venirse a vivir a Washington. Esto es un paraíso.

Para hoy por la tarde estaba previsto un ligero empeoramiento del tiempo, con algo de lluvia y, desde el paso y hacia el norte, efectivamente, veo juntarse algunas nubes sobre el valle de Cle Elum. Estoy muy alto y hace frío, así que me apresuro en el avance.

Lo que sigue es un largusímo flanqueo de las laderas del mencionado valle, bajo Cathedral Rock y el monte Daniel, hasta que llego a una de las pocas zonas planas de toda esta travesía, junto a la supuesta confluencia de dos arroyos, donde hay un par de buenos sitios para acampar.

Digo “supuesta” porque, a pesar de que tanto la guía menciona como el mapa dibuja los dos arroyos pero ya acampamos aquí en 2004 y yo sólo vi uno (y bien que lo recuerdo, vive dios…), lo mismo que ahora. Dudaría, como dudé en su momento, si es el sitio que se supone que es pero, ahora, conociendo ya el recorrido y habiendo controlado mi progreso, tengo claro que el otro arroyo es una entelequia; es que no hay ni cauce. Bueno, con uno basta.

Pues decía lo de lo bien que lo recordaba de hace dos años porque aquí fue donde comenzó el diluvio universal. Después de mucha lluvia y una aparente mejoría, durante la noche se desató ese infierno que duraría, ininterrumpido, 48 horas de reloj, más lo que siguió después. Tuvimos la poca precaución de plantar la tarptent en una minúscula depresión para tener que moverla a mitad de noche porque el suelo de silnylon no funciona bien como cama de agua. Y, por desgracia, el campamento estaba a la orilla norte del “arroyo” que, de poderse cruzar sin mojarse ni los pies, a la mañana siguiente se había transformado en un torrente rugiente que hubo que atravesar, iniciando un periodo de cuatro días con los pies mojados. Hoy, como voy al revés, si sucede eso, por lo menos me pillará ya cruzado. Aún así, nostálgico como soy, no se me ocurre otra cosa que resbalar en una piedra y caerme en pleno arroyo, para acabar con medio cuerpo mojado, cual barón Ashler cutre.

Esta noche no va a llover tanto pero, por si acaso, esta vez pongo el tarp en el lomito al que tuvimos que trasladarnos. Alguna vez, hasta el hombre evita tropezar en la misma piedra.

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