Distancia: 0 m / 0 km. Acumulado: 2687 m / 4325 km

Por la mañana, la cosa sigue igual, o peor: llueve intenso, aunque no de continuo. En el fondo, esto es lo mejor: ¡aún nos queda un incendio que apagar! y hoy no nos vamos a mojar.

El desayuno es, al igual que lo fue la cena, barra libre y eso significa un pedazo de paraíso para el thru-hiker, aunque yo procuro no cebarme (valga el doble sentido) demasiado con los Courtney, no les quiero arruinar, bastante tienen ya con haber perdido parte de la temporada. Es sólo comida, pero me da cosa. Son una gente muy amable y se está muy a gusto aquí. Es lo que siempre había oído pero, desde que lo visité, en similares circunstancias, en 2004, para mí, el Shangri-La senderista del norte de Washington estaba en la zona del embarcadero, y allí he querido ir siempre. Y allí voy ahora, en cuanto aparezca Alton con el bus amarillo, aunque ahora me alegro de haber tenido la ocasión de quedarme aquí esta noche. Tendré lo mejor de los dos mundos.

Al márgen de la situación actual, con el tema del incendio, la evacuación y tal, Stehekin es un sitio de lo más peculiar y lleno de cosas peculiares. Una de ellas es la que tienen los Courtney a la entrada: un pequeño barracón con material de montaña y senderismo. Es muy curioso: debieron tener algún acuerdo puntual con Golite porque la mayoría de lo que tienen es de esa marca y, casi todo, muy antiguo; es decir, modelos de hace unos años. Muchos, ya descatalogados. El caso es que se me ocurre que, aunque sólo sea por los pocos días que quedan, podía cometer una pequeña traicioncita a mi filosofía, así, sin decírselo a nadie y sin que cuente para los anales. He pasado frío estos días y, si la cosa sigue así (y, de momento, no parece tener intención de cambiar), puedo pasar bastante más en lo que queda.

Por las pintas del lugar, han querido montar un mini-almacén de lo ultra-ligero-pero-no-demasiado, a pesar de lo cual, parece, no han tenido demasiado éxito, habida cuenta de la antigüedad de los modelos. Lo bueno, en este caso, es que los tienen muy rebajados, los precios son de risa. No tienen un pantanlón impermeable como el que buscaba en Leavenworth pero sí hay uno de esos finos de nylon que formó parte del catálogo inaugural de Golite (las cosas aquellas del Ray-way) y decido quedarme con uno, más por consumismo tonto (está casi regalado) que porque piense necesitarlo pero, imagino, si me mojo mucho, tener otro pantalón ayudará a conservar temperatura corporal, aunque tampoco sea impermeable. Y de la pieza de la que sí me alegro quedarme es otro de aquellos modelos pretéritos pero aún muy actual: una chaqueta aislante, similar a la que ya llevo pero más gorda. Pesa más que mi saco de dormir pero, con esto, sé que no voy a pasar frío por las noches. Esta sí que la voy a usar.

Stehekin está raro. Alton no nos puede asegurar que tengamos alojamiento en el hotel (parece que nadie lo sabe… ni los del hotel) o comida en el restaurante pero es que el rancho cierra ahora hasta dentro de unos días y tampoco nos podemos quedar aquí… aunque yo estoy seguro que, si lo pedimos con tacto, seguro que nos dejan quedarnos… y siempre podemos pinchar el tarp en cualquier esquina… lo único que sí es seguro es que la tiendilla junto al embarcadero está abierta y la panadería, cerrada hasta el martes.

Ya decía que la panadería merecía su capítulo aparte: un edificio aislado, en medio del bosque, junto a la carretera (que, a esas alturas, ya se puede llamar carretera porque ya tiene asfalto y todo), todo de madera (eso no es novedad). Qué coño pinta una panadería en medio del valle de Stehekin es algo que nadie se explica pero lo cierto es que existe y que, para los thru-hikers, es otro trozo de paraíso. Valga decir que lo de “panadería” lo saco de la traducción directa del inglés “bakery” pero que en el lugar no se limitan a hacer pan: hacen bollos de todo tipo, pasteles, pizza… en fin, todo lo que se hace a base de harina y se mete en horno.

Tan singular es el lugar que el bus, por supuesto, tiene una parada allí, con tiempo para comprar caprichos. La verdad es que eso no es ninguna cosa rara; el bus, en realidad, para donde le pidas a Alton que te pare. No hay un gran horario que cumplir.

Hoy, por desgracia, no habrá tal parada. La Bakery también ha sido afectada por el desajuste local y ahora está cerrada. En cualquier caso, Smiley y yo salimos, por fin, hacia el lago. Qué ganas de llegar allí; y a ver qué nos encontramos…

El embarcadero está casi al final (viniendo desde valle arriba, al comienzo) del alargado y larguísimo lago Chelan. Allí llegan, en verano, hasta 3 barcos al día y allí se disponen, casi en fila, casi todos los servicios del lugar: el hotel-tienda-restaurante, la oficina postal y la de los Rangers. También hay una ducha pública y una “lavandería” que consiste en un pequeño barracón con una máquina para lavar y otra para secar (lo habitual en sitios minúsculos como este, en este caso). También hay una pequeña zona de acampada, gratuíta, pero esa sí que nos han advertido que está cerrada, a causa del ya extinto incendio que, al parecer, ardía justo encima y ha dejado la ladera un tanto inestable. Ah, y un teléfono… esto no es tan obvio como pueda parecer: ¡no hay cable telefónico hasta Stehekin! y el único teléfono del lugar es vía satélite. Por lo demás, es una tronco-cabina de teléfono de lo más rústico. Si el satélite supiera desde donde le están llegando las ondas…

Pasamos primero por la felizmente reabierta oficina postal, donde tenemos ocasión de sumergirnos en la pila de cajas para buscar las nuestras. Todo en orden, ahí aparecen. La tienda en Stehekin es demasiado exigua para un reaprovisionamiento en condiciones, el correo es fundamental aquí.

Lo siguiente es inmediato: preguntar en el hotel si nos alojan o qué… parece ser que hoy se marcha un buen grupo de bomberos y no sabemos si eso es bueno o es malo… por un lado, dejan sitio; por otro, dejan el lugar tan desangelado que parece que ni los que lo llevan tienen claro si va a seguir abierto… pero nos dicen que sí, que podemos quedarnos. No tenemos ni que poner carilla desamparada. Compartiré con Smiley. Por el momento, no hay más senderistas por aquí.

Metidos ya de lleno en la bola de civilización, que supone lo de siempre: comer, desinfección, comer, colada, comer… con la diferencia de que, esta vez, el marco es más inmejorable, si cabe, que nunca.

En Stehekin también han pintado un cartel de agradecimiento a los bomberos aunque, aquí, habrán tenido que buscar bien para encontrar al niño que pinte el helicóptero ese… aunque, pensándolo mejor, quizá lo haya dibujado un adulto que no sepa dibujar… o sea, como yo; no sé si a mí me hubiera salido tan “bien”…

Al loro con los helicópteros de abajo a la derecha…

El día transcurre tranquilo, entre chaparrón y chaparrón. La llegada del catamarán (el más rápido y sideral de los tres barcos del horario de verano) es una especie de acontecimiento local y todo el mundo deja lo que está haciendo para pararse a ver. Bueno, por lo menos, los thru-hikers, que no tenemos gran cosa que hacer… qué gracia, esto es como en los tiempos antiguos, aquellos en los que la gente del pueblo salía a ver llegar el tren, el autobús o lo que fuera.

Uno de los barcos de línea de Stehekin

El catamarán trae un grupo de turistas que se reparten por el muelle, la tienda y el edificio de los Rangers, tampoco hay mucho más. Con los turistas aquí, ahora sí que somos fauna local.

En el viaje de mediodía, Alton nos trae más compis: Flow Easy, Puff Puff y Snappy, a los que llevo cruzándome ya unas semanas, así como Mama & Chia que, más o menos, lo mismo. Ya vamos haciendo ambientillo. Más aún cuando, en la ronda de tarde, aparecen aún más: Giddy-up, a quien hacía muchísimo que no veía (norte de California) y unos cuantos más que no conocía, aunque ya iré teniendo ocasión. El porche, sus sillas, sus mesas y unas cervezas, por ejemplo, hacen una perfecta ocasión.

El porche en Stehekin. Heaven on earth

Y ha llegado la hora de que nos contesten de una vez: ¿nos dais de cenar o no? Pues la respuesta es de lo más curioso: primero, cenan los bomberos y, cuando acaben *y si sobra algo*, nos lo sirven. Pero nos lo dicen con sonrisa y no nos cabe duda de que “algo” sobrará. Y, así, a una hora casi castellana, por lo tarde, el pelotón thru-hiker se reparte por las mesas del agradable comedor para cumplir lo que casi es un ritual. Y, como no podía ser de otra forma, no hay escasez ninguna en la barra del buffet; nada especialmente exquisito pero todo exquisitamente delicioso cuando eres un thru-hiker y comer va más allá del placer: es una obligación.

Así, fue pasando ese día tan especial de reflexión-celebración que había de ser la estancia en Stehekin. Los dioses del sendero se aunaron para apagar ese incendio justo a tiempo y la jugada de la huída a Leavenworth me salió perfecta; pude disfrutar de Stehekin y de una maravillosa compañía. Es casi la imagen perfecta que tenía fabricada en mi mente desde mucho antes de salir de casa, siquiera, y que se ha hecho algo así como realidad. Era así de fácil; sólo había que caminar 4000 y pico kms. para llegar aquí y dar sentido a todo esto.

Siento, en parte, el extraño impass que reina en Stehekin en estos días pero eso no ha conseguido estropear un momento perfecto. Aún quedan bomberos por aquí y apenas hay turistas o excursionistas, sólo unos pocos thru-hikers que están aquí porque no tenían mucha más opción y porque nadie quería perderse esto, porque Stehekin es ese lugar especial para, más o menos, todos nosotros.

Recuerdo, ahora, ese día de descanso que pasamos, entonces como hoy, hace dos años en este mismo lugar. Me recuerdo a mí mismo hojeando las páginas del registro del PCT en la oficina postal, ese mismo registro que acabo de firmar yo mismo. Recuerdo las emocionadas palabras contenidas allí, de parte de los thru-hikers de años anteriores, y cómo aquello fue parte importante del germen de mi sueño de viajar en el PCT… ¡yo tenía que hacer esto! Y tenía que llegar a Stehekin con casi cinco meses a las espaldas y a sólo unos pocos días de Canadá. Y entonces sería yo quien escribiría algunas emocionadas palabras en el dicho registro.

A estas alturas, ya no me acuerdo de lo que escribí. Cuando, algún día, vuelva allí, buscaré las páginas de 2006 y veré. A lo mejor me pilló en mal momento y es un “fistro”… pero seguro que es sentido.

El muelle de Stehekin y el omnipresente bus amarillo

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