Distancia: 30 m / 49 km. Acumulado: 2738 m / 4406 km

A la mañana siguiente, el primer y nervioso vistazo es hacia el cielo; sé que está previsto mal tiempo pero nunca sabes cuán malo hasta que lo ves. Hoy es cuando nos metemos de lleno en la parte más aislada de todo el sendero y empezamos con la subida a uno de sus puntos más altos en las últimas semanas, Cutthroat Pass. Recuerdo bien el lugar, pasamos allí una gloriosa noche (más bien, unos gloriosos atardecer y amanecer) en 2004. Es un sitio precioso pero muy expuesto, apenas quedan árboles. Por entonces, pensé (y escribí… por ahí andará…) que Cutthroat Pass es un gran lugar para acampar cuando el tiempo es bueno, como nos pasó entonces. Hoy, temo por la lluvia, mezclada con el viento, el frío, probablemente la niebla y quien sabe si incluso nieve, ahí arriba. No muy alagüeño.

El segundo vistazo es a mi funda de vivac. Hoy he dormido bajo el tarp, por supuesto pero, con el frío y la humedad, la funda de vivac me viene genial para un poco de protección adicional. Y, como aún llevo tanta comida (por todo aquello de los planes alternativos que, a estas alturas, no parece que vayan a ser necesarios…), no me cabe toda en la bolsa a prueba de animales y, como suelo hacer en estos casos, lo que no cabe me lo llevo conmigo a dormir… esta práctica está altamente desrecomendada en territorio de osos (todo el PCT lo es) pero aquí, en Washington, se supone que no están muy acostumbrados al contacto con la gente y no es de esperar problemas con ellos. La bolsa a prueba de animales la sujeto a algún tronco pero el resto de comida me la llevo conmigo a dormir; sé que no dormiría bien si la dejo por ahí. Pues bien: hoy, me encuentro con un precioso agujero, de un par de cms. de diámetro, en mi funda de vivac, justo al lado de donde, en el interior, descansaba la bolsa de comida. El agujero se prolonga a través de la dicha bolsa y, más allá, a través de una de las bolsas zip, hasta que el autor llegó por fin a algo comestible. He tenido un ratón almorzando esta noche y, lo que es mejor… ni me he enterado. Qué bien se duerme en el monte.

Afortunadamente, el ratón no se ha dedicado a revolver con toda mi comida. Se ha conformado con lo primero que ha encontrado, una bolsa de frutos secos, que es la única que ha agujereado. Ha comido un poco y ha dejado intacto el resto. Lo peor es el agujero en el Pertex de la funda pero tampoco pasa nada. Me gustan los ratoncillos, son unos animalillos muy graciosos, aunque no me hacen maldita gracia cuando me rondan por la noche.

Ratón travieso en Rainy Pass

El cielo se presenta gris sólido; más o menos, como acabó ayer. No ha llovido mucho por la noche pero hay mucha humedad ambiental y la temperatura fría la saca a relucir. La cosa no pinta nada bien pero hay que seguir adelante. Por lo menos, queda el consuelo de que ya no queda nada; en tres días, estaremos en Canadá. Es, en cierto modo, una pena estar deseando que esto acabe pero hay que estar ahí y enfrentarte a esas montañas en este tipo de tiempo. Es duro y, ahora mismo, yo sólo pienso en llegar.

Nos despedimos de Papa Bear, anunciándole que tiene varios amiguetes más en camino, que no se vaya todavía. Huelga decir que sigo caminando con Smiley. Aunque ni siquiera hemos hablado de ello, el consenso es total. Creo que él también se alegra de tener compañía para lo que viene. Sé que, de nuevo, puede parecer poca cosa, desde el sofá de casa, pero recuerdo las sensaciones y el ambiente intimidaba de verdad.

Según subimos, nos vamos acercando a las nubes. También va bajando la temperatura y cae alguna que otra gota. Recuerdo bastante bien esta zona; sobre todo, las cercanías del collado, qué lugar tan espectacular… hoy, la niebla nos engulle poco antes de llegar y, una vez allí, no tenemos vistas de los mares de montañas escalonados que yo recordaba. Envueltos en la niebla, el frío es tremendo y apenas saco unos segundos para hacerme alguna foto conmemorativa. La piedra esa blanca sigue ahí pero esta vez no me voy a tumbar encima a tomar el sol.

Cutthroat Pass. Se ve la niebla pero no el frío. Yo os lo cuento: mucho

La sección que viene ahora es espectacular, aunque hoy va a ser más fantasmagórica que otra cosa; muy cerca de la cresta, con el sendero colgado de las laderas, sin apenas descender desde el collado… sin árboles, casi sin vegetación…. es decir, que hace un frío de pelotas y el lugar resulta de lo más inhospitalario. Agradecemos cuando, por fin, llegamos al tortuoso descenso que nos baja a Granite Pass, donde ya encontramos árboles, aunque no por mucho tiempo, porque el sendero continúa por otra ladera más, casi sin desnivel hacia el siguiente collado, rodeando la cabecera de uno de estos espectaculares valles en forma de perfecta U. Apenas salimos de la niebla, por debajo, para contemplar la escena, con grandes picos de vertiginosas laderas poniendo el marco y el suelo plano del valle cubierto de bosque y con las típicas praderas alrededor de los meandros del río. No sé por qué pero siempre he asociado esta imagen a buena parte de lo que estas tierras significan para mí: esa promesa de que el mundo natural aún existe, siquiera en pequeños pedazos. Quizá porque, en mi entorno, es esto lo que echo de menos; valles vírgenes. Los picos es algo que no me es extraño, los hay allá donde hay montañas, pero mirar abajo, hacia ese valle, y pensar que ahí no hay nada humano… ni siquiera un sendero. Y que no lo hay durante muchos kilómetros. Ni en este ni el valle contiguo ni en ninguno de la zona. Pensar que, ahí abajo, sin duda, viven, por ejemplo, esos esquivos osos que son otro símbolo más de lo bonita que es la naturaleza, y un símbolo de lo que perdemos cuando la invadimos con nuestras carreteras, nuestra civilización y nuestro progreso… que estarán muy bien y tendrán su aquel pero pierden toda la gracia cuando no dejan espacio para nada más. Eso es Europa y, afortunadamente, en América aún no han llegado a ese punto. Pero están en ello.

Así, obnubilado por esa mi visión favorita, seguimos avanzando por otra ladera más, con el valle este a nuestros pies. Recuerdo toda la zona y todo el recorrido como si me lo hubiera hecho el día anterior y ya es que ni llevo el mapa a mano. Hago de cicerone barato: allí enfrente, anuncio a Smiley, ese collado de allí, es Methow Pass y casi puedes ver cómo el sendero lo traspasa. Desde ahí, por fin, descenso a valle. Será bienvenido.

Fanstasmagóricas Cascades, hoy

El lugar, ya lo decía, es una sucesión de valles glaciales eternamente cubiertos de bosque y flanqueados por grandes picos que hoy apenas vemos. Methow Pass separa dos de estos valles y hacia el segundo, por fin, empezamos a bajar, sintiendo pronto el abrazo del bosque protector. Tenemos que bajar al fondo para luego descender valle abajo durante un buen rato, hasta donde la orografía bloquea la dirección norte. Allí, habrá que empezar a subir de nuevo hacia unas hoy temidas alturas que no sé si será procedente alcanzar… ya veremos cómo vamos yendo.

Bueno, pues alguno de estos valles tan bonitos sí tienen sendero… éste por el que vamos ahora. No tengo mucho problema con eso. Los senderos no me estropean la sensación de lugar vírgen. No son siquiera visibles a no ser que estés caminando por uno. Sé que hay a quien ni la presencia de los senderos le gusta, y me parece bien. Facilitan la progresión. No sería posible (para mí, al menos) un viaje como este sin un sendero. No sé si eso es bueno, malo o 50/50…

Mientras el tiempo sigue cada vez más amenazante, si ello era posible, pero sin terminar de ponerse a llover (probablemente, sería nieve lo que cayera, con el frío gélido que hace), llegamos al punto de inflexión donde hay que tomar un valle lateral y ponerse a subir. Abandonamos al incipiente río Methow para empezar a acompañar a Brush Creek, algo así como el Arroyo de la Maleza… y vive dios que la hay. No lo recordaba pero es que, dos años atrás, estaba seca. Lo malo de que los arbustos cubran el sendero no es, en sí, el tenerlos que atravesar sino que, un día como hoy, están totalmente saturados de agua. En cuestión de segundos, estamos absolutamente calados de cintura para abajo, como si nos hubiéramos metido en una piscina. Algo menos de cintura para arriba, pero también. Esto me resulta muy desagradable y hasta preocupante: hace mucho frío y, en estas condiciones, estar mojado es lo peor que te puede pasar. Y ahora estamos muy mojados.

Nadie dice nada pero creo que ambos pensamos lo mismo: esto no mola. Por el momento, nos limitamos a seguir caminando y a esperar salir cuanto antes de los matorrales.

Y llegamos al punto donde hay que tomar una decisión: estamos en Glacier Pass que, a pesar de su nombre, es un collado muy acogedor, con buen bosque. Glacier Pass comunica el valle del que venimos con otro contiguo (como cualquier collado, vamos…) pero el PCT no baja por ahí sino que empieza a zigzaguear por la ladera de la derecha para volver a alcanzar la cresta. Es pronto aún para parar pero basta un vistazo al mapa (y, a mí, ni eso) para apreciar que empezar a subir ahora puede ser una mala idea.

En mi mente sigue estando acabar con esto cuanto antes y esa parte de mí me dice que adelante, aprovechar el día lo más posible y llegar lo más lejos posible; pero está también esa otra parte que me aconseja quedarme aquí, donde sé que voy a estar abrigado. La situación es especialmente sensible porque estamos muy mojados, hace mucho frío y, una vez empecemos a subir, cambiamos el bosque por una ladera pelada donde estaremos a merced del viento, que también hace. Recuerdo lo que viene ahora y lo comparto con Smiley, a ver qué opina él: si subimos a la cresta, luego nos quedan un par de horas de recorrer laderas peladas en zonas muy expuestas, con muy pocos sitios planos pero lo peor es que los pocos que hay (tendríamos que acampar en alguno) están muy expuestos también.

Esta es una de esas ocasiones en las que deseas que el compañero se “acobarde” también para así no sentirte mal por elegir la opción “fácil” pero con Smiley he dado con un hueso duro: con su habitual cara de circunstancias y como si no tuviera importancia, dice “bueno, seguro que encontramos algo… ¿seguimos?” Caguentó, Smiley, que me llevas por el camino de piedras…

Seguramente, para él, esto no tiene mayor importancia; es un tío aguerrido. Yo no. Por otro lado, una de las razones por las que me agrada tenerle al lado es para que tire de mí en momentos como este. Como este y como los que pueden venir más adelante. Así que me dejo llevar y, cabizbajo, le sigo ladera arriba.

La siguiente cresta es muy alta también y se siente, literalmente, bajar la temperatura según subimos. El viento no es muy fuerte (menos mal) pero, con lo mojados que estamos, la menor brisa nos deja petrificados. Poco antes de llegar arriba, alcanzamos el límite altitudinal de la niebla y hace aún más frío.

Alcanzamos la cresta en un mini-collado sin nombre desde el que recuerdo una grandiosa vista de Azurite Peak, enfrente, con sus pequeños glaciares. Me tengo que quedar con el recuerdo porque hoy no se ve nada de eso. El panorama es aún espectacular, lo suficiente como para que paremos a contemplar durante un segundo, o ninguno, antes de seguir moviéndonos, que es la única forma humana de evitar la hipotermia.

Iba yo haciendo memoria de lo que viene por delante y haciendo, también, la cuenta de la vieja de si nos daría tiempo de llegar a Harts Pass… este punto es el primer sitio resguardado que encontraremos, tras el largo tramo por las alturas; no sólo es un collado un poco más bajo y, por tanto, cubierto de bosque sino que, además, hasta allí llega una pista: hay una zona de acampada y una caseta de Rangers.

El tiempo está cada vez peor, si ello era posible. Da miedo. Veo las laderas por las que recuerdo que circula el sendero y pienso con horror en tener que acampar por ahí. De cuando en cuando, cae alguna ráfaga de agua-nieve y el ambiente es gélido, oscuro, húmedo… como ya he mencionado alguna vez, tiempo de hipotermia; unas de las condiciones más duras posibles.

Comparto mis miedos con Smiley pero esta vez la propuesta es hacia delante: ¿Qué tal si intentamos llegar a Harts Pass? Vamos muy justos de tiempo y, seguramente, llegaríamos de noche pero, le cuento, allí no sólo hay bosque sino también una zona de acampada; y eso significa, entre otras cosas, una letrina.

Recuerdo perfectamente la letrina de la zona de acampada de Harts Pass: el modelo estándar de edificio con tejado a dos aguas, muy grande por dentro y hasta con un porche exterior cubierto. Y la recuerdo hasta ese nivel de detalle porque, de hecho, mi compañera y yo estuvimos refugiados allí en 2004 tras unas cuantas horas bajo la lluvia. Fue un alivio.

Hoy es uno de esos días en los que, con un tarp, pues… si hace falta, se acampa, y no pasa nada, pero es muy duro afrontar este tipo de tiempo con un tarp. Yo creo que es más peso psicológico que físico… si ya lo he hecho otras veces… pero supongo que mi moral y mis energías positivas están muy desgastadas ya. El caso es, le digo a Smiley, yo estoy dispuesto a dormir en el porche de la letrina y, si la cosa está fea de verdad, dentro. Y no te preocupes, ¡hay sitio para los dos!

Smiley se ríe pero creo que no le parece del todo mal. De hecho, pasamos junto a un pequeño sitio plano donde se puede acampar, junto a un par de árboles raquíticos, y el lugar tiene una pinta tan desolada e inhóspita que creo que eso nos anima a acelerar el paso hacia Harts Pass. Siquiera por los árboles.

Durante este tramo que, por lo demás, es espectacular, nos encontramos con los primeros ejemplares de tamarack. Éste es un árbol de la familia de los alerces, las únicas coníferas que pierden las hojas en otoño, y los tamarack son una variedad específica de Norteamérica, especializada en crecer donde ya casi ningún árbol puede crecer. Son, por tanto, típicos de las zonas de tundra del Yukón, el Escudo Canadiense y Terranova pero también se les encuentra más al sur, allí donde las montañas crean su “tundra” particular. El tamarack es un árbol de belleza imposible: relativamente pequeño y aislado del resto de sus congéneres, aquí arriba y en septiembre, está amarillento ya. Su presencia tiene algo de magia y de irreal. Una inusitada nota de color en el gris uniforme en el que se ha transformado el universo visible. En un punto en el que el sendero toca la propia cresta y el viento sopla más, el frío ha congelado la humedad en torno a las ramas de uno de estos árboles. Precioso, la imagen no le hace justicia pero la pego igual:

Tamarack congelado

A mí no me gusta caminar de noche. Nunca lo hago, si lo puedo evitar, me hace sentirme vulnerable. Supongo que es cuestión de costumbre. Sé que Smiley suele apurar (cena y luego avanza un rato más) así que para él es de lo más natural quedarnos a oscuras. Por una parte, celebro descender de la cresta, por fin, y encontrar el abrigo de los árboles pero, por otro, nos dejan sin la poca luz que quedaba. Es, prácticamente, noche cerrada ya cuando vemos una lucecita al frente: no puede venir más que del puesto de Rangers que, si no han cambiado las cosas, debería tener a un Ranger al mando durante el verano y así parece que es.

En Harts Pass no hay agua pero recuerdo un pequeño torrente a un minuto o dos, pista abajo. Es estacional pero, con este tiempo, seguro que lleva algo. Aún así, no apetece acercarse a buscar agua en la oscuridad (y la necesitamos, qué ironía…) y le digo a Smiley: “es nuestra excusa perfecta; llamamos a la puerta del Ranger para preguntar por el agua o si, incluso, nos puede dar algo… y, quién sabe, igual se enrolla y nos hace sitio en la cabaña…” Smiley sonríe con su indiferencia complaciente habitual. Es un tío aguerrido pero creo que no diría que no a tal oferta.

Pasamos cerca de la letrina prometida, que sigue ahí. No parece haber nadie en la zona de acampada, cosa comprensible. Llamamos a la puerta y, tras unos eternos segundos, aparece la sonriente estampa de Beth, la Ranger de guardia este verano en Harts Pass.

Hace dos años, tocamos esta misma puerta en circunstancias no tan feas pero agradecimos, también, traspasar aquel umbral y salir de la lluvia por unos minutos. La excusa, entonces, fue hacer no sé qué pregunta al Ranger de turno, que era un señor mayor muy entrañable. Nos invitó a pasar pero no a quedarnos; no era lo suyo, aquel día. No hacía tan malo, ni era tan tarde. Hoy sí…

Uno esperaría que los Rangers en Harts Pass estén hartos de ver pasar senderistas y de que se les quieran acoplar en cuanto hace un poco de mal tiempo pero no debe ser el caso… de todas formas, y por lo que a thru-hikers respecta, este año aún no han pasado muchos por aquí: somos de la cabeza del paquete (el registro nos lo confirma) pero es que, además, los que han acabado en las últimas dos semanas, han tenido que ir por el desvío a Hozomeen. El PCT estaba cerrado desde un poco más allá y hacia el norte.

Sea como sea, Beth es super-hiper-mega-amable con nosotros. Smiley, además, hace alarde de su habilidad para caer simpático a la gente, con esa narración tan suave y pausada pero densa y emocionante de las vivencias de dos thru-hikers en apuros y Beth no tarda nada en ofrecernos el almacén de los trastos. Oigo rugir el viento fuera y hasta lo siento colarse por las rendijas y no puedo sentirme más aliviado de no tener que salir de aquí más. Y no hará falta recurrir a la letrina.

Yo vine a América, entre otras cosas, para evitar este tipo de tentaciones pero, en momentos como este, a la mierda con el purismo. Soy feliz de estar en un entorno seco y relativamente cálido.

Luego, está Sparky. Supongo que, en un refugio como este (donde hay calor, comida, etc.) habrá muchos ratones y tener un gato es, probablemente, la mejor idea. Sparky es, prácticamente, una cría de gato y es lo más gracioso del mundo: han llegado dos personas más al lugar y, con ellas, lo que para él son un montón de juguetes nuevos.

Las cuerdas y cintas que cuelgan le fascinan y, en una mochila, hay mucho de eso. Será por eso o por lo cantoso del color rojo pero cuando retiro el cubremochila (prácticamente, lo primero que hago) para colgarlo y que se vaya secando, veo, entre divertido y horrorizado, cómo Sparky se lanza uñas en ristre sobre el delicado silnylon… “Sparky, eso no… mira, juega con esto otro…” pero a él le ha gustado el cubremochila.

Sparky

Ha sido un día muy largo y en condiciones muy duras y nos hemos ganado más que nunca (¿cuántas veces he dicho esto ya?) el descanso y, además, en este caso, la paz mental de estar a cubierto.

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