Distancia: 27 m / 43 km. Acumulado: 2765 m / 4449 km

Una nueva mañana y, una vez más, la misma preocupación: ¿cómo está el tiempo?…

Bueno, pues, esta vez, la situación no puede ser más dantesca: fuera, todo es blanco. Desde el cielo, al suelo. Ha nevado por la noche, sigue nevando. La capa es muy fina pero el tiempo está en momento álgido. Las nubes ya no existen; ya sólo queda una gran nube, dentro de la que estamos metidos.

Ahora me alegro más que nunca del esfuerzo extra de ayer y de haber conseguido llegar hasta aquí. De hecho, algo como esto tenía yo en mente cuando decidí proponérselo a mi compañero de viaje. Parecía claro que iba a ponerse a nevar en cualquier momento. Cuando tus energías, físicas y mentales, están ya tan desgastadas, resulta muy duro hacer frente a condiciones de estas por la noche, ahí fuera. Bueno, resulta duro en cualquier circunstancia pero yo creo que es lógico pensar que cada vez va costando más. Es un alivio estar aquí.

Es más, no puedo evitar pensar que yo no quiero salir de Harts Pass. No sé qué pensará Smiley pero me lo temo… pero yo no me movía.

Gélido ambiente en Harts Pass. Por cierto, esa es la famosa letrina…

Fuera, hace, si cabe, aún más frío que ayer aunque, al menos, el viento parece bastante calmado, pero el ambiente es de lo más inhóspito posible; más allá de los árboles, blanco sin relieves. Lo que en inglés llaman un white-out. Bueno, no tanto, porque no hay tanta nieve en el suelo, pero sí suficiente como para asustar a un cobarde como yo. Es más, Harts Pass es un punto bajo; desde aquí, hay que volver a subir.

En una de estas, aprovecho la ocasión para trasladar mis miedos a mi compañero: “Smiley, que sepas que, más alante, tenemos que subir muy alto y recuerdo un tramo por la misma cresta donde no vamos a ver el sendero ni de coña…” Ya digo que, conociéndole, ya me temía su respuesta: sonríe condescendiente y me asegura que no habrá ningún problema, que por supuesto que salimos… jo, con lo contento que me habría quedado yo aquí…

Como ya he mencionado más atrás, me fío de Smiley. No es el típico montañero echado para alante pero que no tiene ni puta idea, huyo de esos como de la peste… y aunque tengan idea. El monte no es sitio para echarse demasiado para alante, o eso creo yo. Smiley es un tío tranquilo y con aplomo y tiene una experiencia que hace que condiciones como las de hoy sean pan comido para él. Aunque no hacía falta, como me ve poco convencido, me lo recuerda: “yo he subido al Denali… todo irá bien”.

No, si ya… pero yo me acobardaba aquí tan rícamente hasta que pase el marrón… en fin, la aventura es la aventura, qué le vamos a hacer…

A estas alturas, por cierto, ya tengo claro lo que va a ser de mí con respecto tanto a la culminación del PCT como a mi problema fronterizo: Beth nos dice que, efectivamente, el sendero está expedito, aunque aún no han retirado las señales pero, obviamente, los incendios no han sobrevivido al inicio del invierno. Por tanto, la suerte está echada: llegaremos a Manning por el PCT, como estaba escrito, y yo he decidido (si no estaba claro ya) que prefiero evitar tentar a la suerte y la policía fronteriza y que, aún sintiéndolo mucho, volveré caminando desde Manning a Harts Pass.

Digo lo de “sintiéndolo mucho” porque, en mi viaje ideal, la película acababa desandando del todo aquel itinerario que, dos años a, nos llevó de Seattle a Manning vía Vancouver (esa ciudad maravillosa)… para mí, llegar a Manning era la culminación de un sueño y lo que venía después era el tiempo para el relax, la reflexión y el reencuentro, y tenía especial ilusión por coger de nuevo ese autobús que me iba a llevar de las montañas a la costa. Volver caminando por el PCT resuelve el problema con el visado pero elimina esa pequeña parte de mi sueño. De todas formas, y dada la incertidumbre de las últimas semanas, donde uno ya no sabía si siquiera si iba a llegar a Canadá o por dónde, ni mencionar ya el tema de la vuelta… la solución actual me parece de lo más satisfactorio.

El caso es que, sin ninguna intención detrás, se lo comento a Beth, en plan “bueno, pues te veo otra vez en unos días…” e, inmediatamente, se ofrece a sacarme de allí. Más trail-magic.

No es una oferta para rechazar: a Harts Pass llega una larguísima pista por donde el único tráfico que puedo esperar es del de excursionistas… y, en esta época y como no mejore mucho el tiempo, me temo que no va a haber mucho. Más bien, poco o ninguno. A falta de mejor remedio, puedo bajar andando, aunque me llevaría todo el día, o más, e, incluso, si el tiempo ha mejorado, prolongar un poco mi viaje y volver hasta Rainy Pass por el PCT pero me alegra mucho contar con una oferta en firme. Beth tiene un todoterreno aquí y, a pesar de lo largo del viaje, me lo ha ofrecido de la forma más natural, como si no fuera nada.

El puesto de Rangers en Harts Pass

Por fin, salimos ahí fuera con la consciencia de que va a ser un día muy duro; quizá, el día más duro de todo el viaje pero, si todo va bien, hoy dejaremos atrás todas las dificultades y con esa esperanza, sigo a Smiley cuesta arriba.

El tiempo está poco tratable pero, en cierto modo, es casi menos intimidante que ayer. Hoy, está la nieve, con el peligro siempre presente de que se acumule y acabe por ocultar el sendero, lo que, unido a la escasa visibilidad, lo aislado de la zona y la combinación de frío y humedad, puede poner las cosas muy feas. Por otro lado, el blanco uniforme de hoy tiene una apariencia más bucólica que la presencia violenta de ese cielo gris oscuro de días como ayer.

Hoy haremos el grueso de la travesía por Pasayten Wilderness, que tiene su límite sur muy cerca de Harts Pass. Como ya he dicho muchas veces, la que probablemente es la zona más remota de todo el PCT. Mal sitio para perderse; aquí no vale con un “me bajo por donde sea y ya llegaré a algún sitio…” No; aquí no llegas a ningún sitio.

Mis recuerdos de esta zona son un poco más borrosos que los de otras; especialmente, del tramo que viene ahora, quizá porque, en su momento, lo hice bajo la lluvia y no estaba para fijarme. A grandes rasgos, desde Harts Pass tendremos una subida notable, con permanencia en las alturas y una cresta bastante alta que superar; eso será el primer test. Tras esto, un buen descenso a terreno más recogido para luego volver a subir y afrontar la parte que más temo: la espectacular cresta de las Cascades en los límites más septentrionales del estado de Washington. Si todo va bien, esperamos poder pasar y, finalmente, iniciar el descenso final hacia Canadá a tiempo de llegar a acampar fuera de la nieve.

Y vamos para arriba. Hoy manda Smiley y yo me agazapo detrás. La capa de nieve es muy fina pero va creciendo según subimos, aunque el sendero se ve perfectamente, la traza es amplia. A ratos, la nube se hace más densa y nos nieva un rato. Cuando la cosa se pone fea, fijo la vista al suelo y camino deseando que todo esto acabe aunque, por dentro, y en el fondo, sé que estoy viviendo momentos muy especiales y que este día va a ser recordado con mucho cariño en el futuro.

Niebla, nieve y frío saliendo de Harts Pass

Llevo puesta más ropa que la que nunca haya llevado en todo el viaje, durante la actividad; esto incluye los “guantes” de fortuna que, debo decir, van muy bien. En general, voy razonablemente confortable. Lo peor de un día como hoy es que sabes, de antemano, que no te puedes parar: parar significa perder imprescindible calor corporal. Caminar sin parar es muy exigente y necesariamente duro de aceptar cuando empiezas el día, sabiendo lo que te espera.

Me gusta esta: sendero hacia nada…

A base de ascenso suave, el sendero llega a la cresta y prosigue con los consabidos flanqueos. En Windy Pass, por suerte, y a pesar del nombre, no hace mucho viento pero el ambiente es tan desolado como puede llegar a ser. A la salida del collado, encontramos una de estas estampas que te hacen sonreír a pesar de que no tengas muchas ganas:

Sendero cerrado por incendio… cartel congelado por nieve y frío

Sendero cerrado por incendio con cartel cubierto por la nieve, ji, ji… uno piensa en el careto que se le quedaba al thru-hiker al llegar hasta aquí y encontrarse algo así, después de 5 meses y a tan sólo día y medio del final y hasta da por buenos la nieve, el frío y el nubarrón.

Una última subida nos hace superar una alta cresta en un entorno casi mágico, con los tamarack luciendo sus nuevas galas blancas para acompañar al colorido otoñal. Qué árboles tan bonitos.

De hecho, miro al mapa (ahora, según escribo… cuando pasaba por allí, no estaba para mapas) y veo que la cresta que acabamos de cruzar baja desde el pico de nombre Tamarack. Recordando ahora sus laderas, comprendo el nombre. Es difícil de explicar: estos árboles tienen un aura extraña y bella. Una especie de aparición colorista allí donde ya parece que sólo quedan piedra y matorral. Supongo que el entorno gélido y nevado les hace cobrar una presencia aún más poderosa.

Por fin, empezamos a descender. Primera sección superada con éxito y sin mayores dificultades que el cansancio y peso psicológico de saber que aún quedan muchas horas así. Retomamos los flanqueos para, por fin, iniciar el largo descenso hacia Holman Pass. Entramos en el bosque, ahora ya continuo y denso, y la nieve empieza a desaparecer. El tiempo se mantiene estable, dentro de la gravedad, como los accidentados, pero digamos que esta parte del día fue un poco más sencilla, siquiera porque empecé a creerme que lo íbamos a conseguir.

Recuerdo muy bien Holman Pass y el gigantesco árbol caído que flanquea el sendero allí y no puedo, ni quiero, evitar hacerme una repetición de esa foto que siempre me gustó tanto; sólo que hoy voy a salir bastante más abrigado:

Holman Pass

Desde Holman Pass parte el sendero que yo pensaba usar para eludir el incendio, aquel que subía a una cresta de nombre The Devil’s Backbone. Una cresta muy alta y, con ese nombre, ya da miedo; pero más da verla hoy, desde aquí o, mejor dicho, no verla: cubierta por el nubarrón y con la nieve asomando. Me alegro dóblemente de que esté abierto el PCT, tanto por lo obvio como porque celebro no tener que subir ahí. Lo malo es que, por delante, tenemos terreno similar. Y la subida empieza desde ya mismo.

Valga decir que la viabilidad de ese desvío por Devil’s Backbone venía de que, a pesar de que el cierre estaba en Windy Pass, donde la señal nevada esa, más tarde, el servicio forestal había ampliado la zona abierta hasta Holman Pass porque por aquí (por un sendero que viene del este) suben a las montañas habitualmente los cazadores… y acaba de comenzar la temporada de caza. Y, a fin de cuentas, el inciendio aún pillaba lejos, estaba más al norte. Esta es la típica medida que me quema la sangre: se molestan por facilitarles la vida a los cazadores y cerrar sólo las partes de sendero que están directamente amenazadas pero no los 200 km. a la redonda adyacentes… y eso me parece bien. Lo que me parece mal es que esto no lo hagan por los senderistas; más bien, hacen al revés. Está claro quién importa aquí y quién no. A los thru-hikers, nos resultaba crucial poder llegar a Holman Pass, aunque luego el PCT estuviera cerrado más al norte, porque desde Holman Pass podíamos enlazar con Ross Lake, la ruta alternativa para llegar a Canadá, vía el mencionado Devil’s Backbone, que era un sendero mucho más directo y potencialmente atractivo que el desvío que propuso el servicio forestal. Era perfectamente posible llegar a Holman Pass por el PCT pero a nadie le importó… hasta que los cazadores necesitaron subir ahí. Entonces, sí.

En aquel estúpido cierre de Marble Mountain Wilderness, en el norte de California, la temporada de caza estaba aún lejos en el tiempo. Al funcionario de turno no se le movió una ceja a la hora de decidir cerrar todo el área wilderness, PCT incluído, aunque los incendios estaban muy lejos del sendero… en fin… en realidad, estas reflexiones son a título retrospectivo porque, en aquel momento y día, desde Holman Pass, no estaba ya pensando en estas cosas. Sólo podía pensar en dos: en cuánto quedaba para llegar y en lo maravilloso que era todo. Sensaciones deliciosamente contradictorias.

Y, así, iniciamos el largo ascenso que, desde Holman Pass nos llevará hacia lo más remoto de Pasayten Wilderness y hacia uno de los tramos más sublimes de todo el PCT. Aquí, a sólo unas horas de Canadá. Está bien eso de dejar buenos platos para el final.

Subimos a base de flanqueo en ladera y entre el bosque mientras el tiempo parece que se aclara un poco. Entre eso y la menor altitud, ya casi parece un día normal. Una serie de zigzags nos devuelven, por fin, a las alturas, a uno de los sitios más bonitos en los que haya estado nunca. Supongo que estas sensaciones y sus recuerdos asociados están muy influenciadas por factores como las circunstancias de aquel momento, más lo aislado del lugar… quiero decir: el paisaje era precioso, sí, pero tampoco nada que no se pueda encontrar en, por ejemplo, los pirineos… pero la combinación de la belleza inherente a los panoramas con los colores otoñales, la sensación de aislamiento, la nieve, la niebla y hasta el moderado optimismo por una leve mejoría del tiempo hicieron de este tramo, ya digo, algo muy, muy especial. Bonito debe ser cuando, hasta con una triste compacta y las manos congeladas se pueden sacar fotos como esta:

La imagen de las mil palabras

Un pequeño altiplano sobre una cresta redondeada, que contrasta fuertemente con las verticales y rocosas paredes de los picos de alrededor.

Lo que viene ahora es, probablemente, lo mejor: dos preciosos pasos, largos flanqueos y un tramo final por la misma cresta, antes del descenso definitivo que nos llevará a Canadá mañana. Los dos collados a continuación tienen los nombres un tanto confundidos o, quizá, cambiados: Rock Pass y Woody Pass, algo así como “el paso de la roca” y “el paso de la madera”… En Rock Pass hay roca, sí, pero aún queda algún árbol; en Woody Pass no hay ni matorrales, es todo piedra. En el flanqueo entre ambos es donde vimos un oso en 2004. Hoy miro bien pero no está por aquí.

El tiempo nos ha dado una pequeña tregua en forma de nubes menos oscuras, más altas y hasta algún claro pero, por desgracia, la cosa no ha durado mucho: durante el trayecto entre ambos pasos, se vuelve a cubrir totalmente y mis esperanzas de tener un final de jornada tranquilo se desvanecen al mismo tiempo que la luz. Según subimos hacia Woody Pass, incluso, se pone a nevar otra vez y hace mucho frío.

A las puertas de la parte más expuesta y complicada del día, tenemos que afrontar el peor tiempo posible aunque, por suerte, la tormenta no es continua. La nieve cae con fuerza pero, de momento, sus intervalos no son suficientes para ocultar el sendero.

Nieva fuerte…

Tras Woody Pass, hemos vuelto a la vertiente oeste. Recuerdo las gloriosas vistas que, desde aquí, había hacia el mar de montañas que son las Cascades en esta región, con el monte Baker, gigantesco, allí, en el horizonte. Nada de esto está a la vista hoy. Con suerte, conseguimos ver el valle a nuestros pies, en los momentos de mayor “claridad”, y la cresta a nuestra derecha a la que habremos de subir está cubierta por la niebla.

Era este tramo, especialmente, el que me preocupaba y al que me refería cuando advertía a Smiley esta mañana: no es muy largo pero hay que caminar por la misma cresta y, ahí, el sendero no está tan marcado como en las laderas. Justo en el sitio donde vamos a estar más expuestos a los elementos. Mientras completamos el par de zigzags que nos llevan a lo más alto, cruzo dedos congelados para que nos toque un periodo de “calma”.

Y así es, al principio. Al menos, tenemos visibilidad, las nubes están más bien por encima. Smiley sigue caminando tal cual, aunque el sendero, efectivamente, es menos visible y, por supuesto, no hay huellas que seguir. Tenemos que rodear una cumbre y, un poco más allá, esperar ver, abajo, hacia el este, la cubeta perfectamente redonda de Hopkins Lake. Una vez ahí, estaremos salvados.

La bonanza relativa no podía durar y las nubes se vuelven a hacer fuertes a nuestro alrededor, complicando la visibilidad. Al menos, los relieves del suelo aún son apreciables. Vamos, que ya no queda nada.

En lo más alto, a punto de triunfar

A la primera ocasión en que el sendero se acerca a la vertiente este, hecho un vistazo en busca del lago pero, en su lugar, me encuentro un alargado valle; aún no es aquí. La niebla se hace más densa y ya no se ve ni torta. En esto, el camino empieza a descender y sé que esto no puede ser más que el principio de la esperada bajada. La cresta es estrecha y es fácil asomarse a ambas vertientes… no se ve nada pero a mí me interesa la de la derecha, donde, a pesar de la niebla, espero encontrar esa referencia infalible. Grito de alegría; hela aquí:

Hopkins Lake

Qué diferente de la imagen que recuerdo de 2004, cuando todo era sol y buen tiempo. Las malas noticias es que Hopkins Lake era el lugar donde, idealmente, pensábamos acampar, esperando que no hubiera mucha nieve pero es obvio que no va a ser el lugar más acogedor del mundo, esta noche. Y se hace tarde.

Espectacular bajada, que tan bien recuerdo; salimos, siquiera parcialmente, del abrazo de la niebla y podemos ver el valle por el que bajaremos hacia Canadá; uno más de la infinita serie de valles en forma de U sólo que este es el nuestro. Teóricamente, para mañana pero, tal como están las cosas, puede que tegamos que tomarlo hoy mismo.

Llegamos al cruce con el desvío que va hacia el lago y lo tomamos. Aunque no acampemos aquí, al menos, necesitaremos agua. En Hopkins Lake, el ambiente es desolador: todo está cubierto de nieve (aunque la capa es fina), hace mucho frío, hay mucha humedad… recuerdo el lugar donde pasamos la noche hace dos años, ahí mismo, qué bonito fue… hubiera sido genial poder repetir hoy pero, a pesar de la hora y del desgaste de todo el día, Smiley y yo estamos de acuerdo en que merece la pena continuar y buscar terreno libre de nieve. Le anuncio que, tras otro flanqueo más en plena ladera, recuerdo Castle Pass, donde hay una buena zona plana, aunque no hay agua. Nos llevará menos de una hora llegar allí y la menor altitud casi nos garantiza que no habrá nieve.

Hopkins lake, otra vez

Coger agua es de lo más frustrante; con el frío que hace, pararte es lo último que necesitas y tocar agua fría, lo anteúltimo, pero hay que hacerlo. Es, casi, la primera parada que hacemos en todo el día. Nos detuvimos muy brevemente en Holman Pass y eso ha sido todo el “descanso” hoy. No me extraña que estemos hechos polvo pero la motivación es alta: siquiera la motivación por llegar y descansar. Ya queda poco y lo más difícil ha pasado.

Cruzamos el colladito que nos da paso al valle por el que vamos a descender inicialmente, hasta Castle Pass, donde ya tomaremos el valle final, el que nos lleva a Canadá… pero eso será, definitivamente, mañana. Hoy, bastante tenemos con caminar este último rato en busca de un campamento más o menos confortable.

El flanqueo nos lleva en descenso continuado y, en poco tiempo, salimos de la nieve. Hemos dejado atrás también la niebla y ya sólo nos queda batallar con la humedad, el frío y nuestro propio cansancio. En poco tiempo, llegamos a Castle Pass, con poca luz ya pero aliviados de haberlo conseguido. Ya está. Ya se ha acabado.

Bueno, hablo pronto; se ha acabado el caminar y se ha acabado la incertidumbre (la mía; Smiley creo que nunca la tuvo) pero ahora hay que conseguir hacer de este sitio un lugar confortable. Todo está empapado: suelo, vegetación, nosotros… y hace mucho frío; y, según anochece, más.

En estas condiciones, hacer la cena y comérsela es casi un suplicio más que otra cosa pero sabemos que es tarea imprescindible para poder pasar una buena noche. Una vez dentro del saco, ya sí que todo está bien.

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