Distancia: 0 m / 0 km. Acumulado: 2815 m / 4531 km

Ya he acabado. ¿Qué hago, entonces, escribiendo aún más? Pues porque mi viaje, conceptualmente, acaba en Seattle y porque, además, lo que pasó hasta llegar allí tiene su punto y me apetece contarlo. Es parte de la magia del PCT.

Me levanto en otra mañana fría y despejada. Aún estoy a tiempo de continuar caminando pero la decisión está tomada. La pista que sube a Harts Pass es muy larga: casi 30 kms. hasta que llega al valle, se convierte en asfalto y enlaza con la carretera de Rainy Pass. Insisto a Beth si de verdad no le importa llevarme pero su respuesta y su forma de responder me dejan claro que no le importa. Para ella, que se ha pasado aquí varios meses, las visitas que hace de cuando en cuando a la civilización son su forma de coger “vacaciones” y se toma este viaje como tal.

Beth es muy simpática y tengo tiempo de que me cuente muchas cosas interesantes sobre la zona, su trabajo aquí… tras los 30 kms. de curvas y precipicios, llegamos a Mazama Village, un minúsculo pueblito donde se accede a la que llaman la carretera de las Cascades Septentrionales, que cruza las montañas en Rainy Pass. Esta carretera es la única de la zona que comunica ambas vertientes pero sólo está abierta en los meses de verano; aproximadamente, la mitad del año, o poco más. El resto del tiempo, está bloqueada por la nieve. Nieva mucho en las Cascades Septentrionales.

Aquí, estamos en la vertiente este; yo necesito ir al otro lado, vía Rainy Pass. Beth para en la tiendita de Mazama para comprar algún capricho y yo me sumo a la fiesta, con ese primer café que siempre es el que mejor sabe. Asumo que, a partir de aquí, tendré que hacer auto-stop hasta Seattle pero Beth me dice que me sube hasta Rainy Pass. No necesita ir allí pero lo justifica con tomar no sé qué foto desde no sé qué sitio que le gusta y ya tiene identificado… en fin, sé que lo hace por llevarme allí, lo que agradezco.

De vuelta a Rainy Pass; ya me siento como en casa. Me despido de Beth, que me regala un pin del PCT. Ya tengo identificación para que, durante los próximos días, el mundo sepa con quien se está cruzando.

Gracias, Beth

Compruebo la zona de aparcamiento, por si acaso Papa Bear sigue allí, aunque no lo espero… ha pasado ya una semana desde que nos encontramos aquí. Efectivamente, ya no está. Vuelvo a la carretera y saco mi exclusiva bandana PCT 2006 con su leyenda “hiker to trail / hiker to town” expuesta del lado de “… to town”, por supuesto. Mucho más significativo que extender el pulgar.

Cuando llevo sólo unos minutos, emerge de la rama sur del sendero nada más y nada menos que el personaje más curioso y único de toda la quinta de 2006 (y eso que estoy hablando de thru-hikers, que no suelen ser gente muy normal…): Herman.

Ya he hablado de Herman en alguna otra ocasión; es belga, aunque eso no signifique nada especial. Personajes como este no se fabrican en ningún sitio concreto. Herman es el autor de impagables frases como aquella “tengo que respirar, de todas formas…” cuando razonaba el porqué de usar para dormir un colchón de aire que infla a pulmón cada noche. En fin, es sólo un ejemplo. Herman es el prototipo de personaje afable, excéntrico y pragmático a la vez. Crea reacciones diversas en la gente que le conoce pero a mí siempre me ha caído bien. Me río mucho con él y esta vez no va a ser menos.

Está encantado de verme. Casi me da las gracias por estar ahí. Me cuenta que lleva unos días caminando solo y que temía llegar a Canadá sin haberse encontrado con nadie más y que, especialmente, echaba de menos volver a ver a toda la gente con la que había compartido partes del viaje. Pues mira, ahí no da ninguna nota discordante… le entiendo porque yo sentía lo mismo, es comprensible. Lo que pasa es que Herman es de una vehemencia de lo menos ortodoxa y, como de costumbre, me parece de lo más divertido y entrañable.

Lo mejor viene cuando me acuerdo de la cámara… Herman, ¿te gustaría decir algo para Shooter, el documental, blah, blah…? No me cabía duda que la espontaneidad y gracia natural de Herman me iban a ofrecer los mejores minutos de metraje. Shooter, de nuevo… debes aprovechar esto. Quiero ver a Herman en ese corte final.

No necesito casi ni intervenir; Herman es de lo más locuaz, hasta en inglés. Con una pregunta inicial general, ya casi no tuve que hablar más, Herman cogió carrerilla y soltó un auténtico discurso de 20 minutos en el que repasó la experiencia de recorrer el PCT mejor que si se lo hubiera ensayado. Un auténtico monstruo, Herman. Me cae bien, siempre me ha caído bien.

A todo esto, ocupado con mi labor fílmica, he dejado el auto-stop… pero no importa. Mientras hablábamos, un coche toma el desvío hacia la zona de aparcamiento y, al rato, vuelve a salir. En esta ocasión, se baja una señora que nos pregunta si somos thru-hikers y si necesitamos que nos lleve a algún lado… pues este de aquí, no pero yo… ¡sí!

Resulta ser Caroline y, según dice, fue una de las primeras mujeres en recorrer el PCT completo, allá por los años 70, nada menos… así que no hace falta explicarle nada de por qué necesito ir a donde sea.

Desde aquí, la carretera baja hacia los valles de la vertiente occidental para, finalmente, llegar casi hasta la costa y desembocar en la autovía que une Seattle con Vancouver. Esto está realmente lejos de mi destino y cuento con tener que hacer auto-stop varias veces y con necesitar el día entero, muy probablemente, para llegar a Seattle… pues no. Caroline va hasta allí. Y, por supuesto, me lleva. “Tengo que hacer un recado por el camino, no te importa…” Qué me va a importar, compañera.

A veces, las cosas, simplemente, salen bien. Me despido de Herman y monto en el coche que me lleva al final de mi viaje.

Caroline es una persona con muchas historias que contar. Tras toda una vida en Seattle, ha decidido dejar la gran ciudad y trasladarse a un pueblo al norte de las Cascades y ahora, justamente, está visitando Seattle para resolver asuntos sobre la casa que aún tiene allí y que intenta vender. Me cuenta que se pasó por el aparcamiento en Rainy Pass para dejar algún regalito para los thru-hikers que pasaran; vamos, que es de la casa.

Intuía que llegar a Seattle podía ser complicado pero nunca me preocupé por ello… ya se resolvería, llegado el momento. El caso es que, de verdad, merece la pena no preocuparse por las cosas antes de tiempo porque, luego, tantas veces, van y se resuelven solas, como es el caso esta vez. Caroline me lleva hasta su casa, desde donde llamo a Loren y Becky para ver cómo puedo llegar hasta donde ellos viven desde aquí: “Loren, me dicen que estoy en blah, blah…” “Pues podrías venirte en bus pero… no merece la pena, voy a buscarte”

Ya digo; las cosas, que se resuelven solas.

El resto del día es, de forma efectiva, la historia del auténtico final de mi viaje y el reencuentro con dos viejos conocidos a los que, a pesar de lo breve de nuestra relación, creo que puedo llamar amigos: a Loren y Becky les conocimos en el propio PCT, hace dos años, y tuvimos la ocasión de compartir su casa de Seattle cuando acabamos aquel viaje. Mantuvimos contacto desde entonces y esta es la primera vez que nos reencontramos físicamente. Ellos han sido quienes han velado por mi bienestar durante el viaje desde este lado del mundo y quienes han ido recibiendo mis envíos de material sobrante. Ahora, pasaré unos días en su compañía, antes de volver a casa, que van a ser de lo más especial.

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