El miércoles, 5 de septiembre de 2007, a media mañana, con dos días de adelanto sobre el pronóstico, llegaba a la orilla del río Gamajahka (esos nombres lapones…). Al otro lado, inalcanzable por mis propios medios pero a sólo medio minuto en barca, las casitas de Kvikkjokk, ese lugar en el que había estado pensando casi desde que comencé lo que ha sido, probablemente, mi viaje más duro: unos 800 kms. (nadie parece saber seguro cuántos) a través de las mesetas y montañas del norte de Escandinavia.

Las letras borrosas dicen “Nordkalottleden”

No es ya que falten la alfombra roja y la banda de música (siempre faltan…); es que, esta vez, ni un triste cartel hay. Así no hay quien se saque la foto… pero me da igual. He llegado y a las habituales sensaciones enfrentadas de alegría por lo pasado y tristeza porque se ha acabado esta vez se les une la de alivio: se acabó el frío perpetuo, los pies empapados o las miradas inquietas al cielo siempre gris, intentando adivinar lo que faltaba para el siguiente chaparrón o si sería de agua o de nieve y sin saber cuál de las dos opciones iba a ser peor. De alguna forma, sentía cómo mis vacaciones empezaban en ese momento, a la orilla del río Gamajahka, mientras me quitaba la mochila y me ponía la chaqueta para esperar a que apareciera el hombre de la barca.

Detrás quedan 24 días de relax imposible, a través de un entorno fantástico, increiblemente bonito, aislado y puro pero también acosado por un mal tiempo perpetuo que no me ha dado tregua y ha puesto mucha presión, tanto física como psicológica, en este humilde montañero fácilmente impresionable.

La mente, al final, tiende siempre a correr el famoso velo tupido sobre lo negativo y centrarse en lo bueno y, así, el tiempo para la reflexión queda lleno de hermosos recuerdos y una cierta sensación de logro. Un logro modesto, lo sé; nada comparable a esas grandes cosas que hace la gente por ahí pero, a mi escala, esta ruta, estas escasas cuatro semanas, me ha supuesto una dosis de energía vital y una reafirmación del porqué hago estas cosas. El porqué y el cómo. Ha costado pero, como no puede ser de otra forma, la experiencia me ha aportado mucho más de lo que yo he tenido que dar.

Fui a Laponia buscando naturaleza intacta y mucho de eso encontré; paisajes impresionantes, realzados por la certeza de que allí no había otra cosa que naturaleza; luciendo espléndidos en esas escasas horas de sol que me adjudicaron los dioses del tiempo… ¡cómo brillaba todo entonces! verde y azul a partes casi iguales, islas de hierba y roca en el paraíso del agua.

Poca gente o, a veces, no tan poca, según zonas, pero siempre (y recalco esto: siempre) agradables encuentros y conversaciones con gente feliz por estar allí. Siempre con buenas vibraciones y, a menudo, ayudando a levantar mi ánimo cuando más lo necesitaba (y lo necesité tantas veces…). Y la simpática experiencia de aplicar técnicas de “otros planetas” (viajar ligero y todo lo que ello implica) y observar las reacciones, entre la sorpresa y las risas, de quienes me preguntaban si de verdad no llevaba otro calzado que ese…

Acampar frente al paisaje perfecto o sentir el calor, y el olor, de la leña en la chimenea de algún refugio… hacer una cosa era casi sinónimo de echar de menos la otra pero hubo noches para todo.

Valga esta pequeña intro como una pincelada de todo lo que pretendo contar. No necesitaré exagerar.