Una de las cosas que más me ha gustado de caminar por Laponia es volver a sentir el mundo como un lugar poco alterado por nuestra mano. Escasa contaminación, y me refiero no ya a la contaminación “pesada” sino también a esa otra más sutil que provoca el ser humano cuando introduce masivamente algunos animales, elimina otros y, en definitiva, desequilibra el medio natural. En Laponia, daba la impresión de que eso aún no ha sucedido.

Tornetrask y el “techo” bajo

El ejemplo más significativo era el del agua: tanta y toda ella con garantía de pureza. Se puede beber con confianza directamente de cualquier río, lago o arroyo. Nada más natural y olvidado en nuestro entorno “civilizado”, donde hay que irse a lugares muy concretos (y cada vez quedan menos) donde poder hacer una cosa así.

Y hay mucho más: la certeza de que la vegetación es la que es, la que ha sido siempre. Que los árboles ocupan el terreno que la naturaleza les ha asignado y no las migajas que hemos decidido dejarles. Que los pastos están ahí para alimentar a los animales que viven ahí y no han sustituido a otra cosa. Que los lagos (y mira que hay lagos) tienen el tamaño que la geología ha decidido y no el que les da un horroroso muro de hormigón.

Precisamente, las escasas ocasiones en las que Nordkalottleden se cruza con algún lago de montaña represado fueron algunos de los momentos más lúgubres: era en plan “no me lo puedo creer… ¿también aquí???”. Y lo único bueno de esto es que pasó muy pocas veces.

Realidad y Expectativas

Tendía a pensar, quizá inocentemente, en esta parte del mundo como un lugar extraordinariamente remoto y no resultó para tanto. También es cierto que, a unos 35 km por día, es difícil estar mucho tiempo lejos de las cosas humanas pero no puedo decir que Laponia me haya decepcionado en ese sentido. Ni mucho menos, por muy raro que resultara encontrarme con una pista que llegaba hasta la base de alguna presa en medio de las montañas… estos noruegos y sus proyectos hidroeléctricos…

No pasé un solo día sin encontrarme con alguien pero sí bastantes en los que sólo me crucé con alguien una vez. Algunas partes de la ruta fueron muy solitarias. Muchas veces disfruté de esa impresionante sensación de ser el único ser humano en el mundo.

Viajé, intencionadamente, a final de temporada; buscaba evitar los insectos y lo conseguí en buena medida pero aún tuve que soportarlos al principio de ruta. El factor decisivo fue, sin duda, la altitud: en el momento en que subí a las montañas, los insectos pasaron a ser historia. Fueron sólo tres días y medio pero significaron algunos de los momentos más duros de todo el viaje. Quizá, en parte, porque no estaba preparado, mentalmente, para ello: el peso del problema tiene mucho de psicológico.

El otro problema que depende mucho de cómo se lo tome uno es el tiempo atmosférico. En mi caso, su deterioro fue progresivo, de forma que, cuando ya daba por hecho un status quo entre el tiempo y yo, los dioses daban una vuelta de tuerca más y me dejaban preguntándome dónde había ido a parar el verano. Pragmatismo, un hombro sobre el que llorar y buen talante; al mal tiempo, no hay mala cara.

Pues no sé si bañarme…

Sobre caminar en Laponia

En Laponia, el agua es, en cierto modo, tu enemigo. Buscas las zonas altas, que son las más secas. En la tundra, esto significa intentar enlazar las colinas pero, irremediablemente, será necesario atravesar zonas más bajas donde habrá bosque o pantanos. En las zonas del norte, el bosque no es denso y los árboles son pequeños; no es desagradable para caminar mientras haya una ruta que seguir aunque no creo que fuera un gran drama moverse bosque a través; con mapa y brújula, eso sí.

Los fangales son peores; por un lado, positivo, proporcionan un leve respiro respecto a la reclusión del bosque pero, hasta mediados de agosto, estaban infestados de insectos y, en cualquier caso, es un terreno muy desagradable para caminar, por razones obvias. Se trata de cruzarlos por la zona más estrecha posible y enlazar con la siguiente ladera pero el primer par de pasos basta para empapar los pies.

Las cosas cambian al subir a las montañas: ya no hay bosque, el terreno es más fácilmente transitable y, aunque sigue habiendo zonas pantanosas, hay más tierra firme. Y, muy importante, en mi caso: a partir de mediados de agosto, ya no quedaban insectos. No sé decir hasta cuándo duraron.

En las montañas, todo es glorioso: paisajes inmensos, amplios, nunca del todo cerrados por un horizonte de relieves relativamente suaves. Ambiente más luminoso y menos sombrío que en la tundra aunque hacía falta un poco de sol para que todo luciera de verdad. Incontables lagos, ríos, arroyos, charcos… el agua sigue su festival.

En las montañas, todo es glorioso…

Gente

Durante la mayor parte de su recorrido, Nordkalottleden está lo suficientemente alejado de la civilización como para obligar a que casi todo a quien te encuentres esté ahí para más de una jornada. Esto crea ese ambiente especial que tanto me gusta y del que ya he hablado en otras ocasiones: es inmediato identificarte con el resto de senderistas y siempre se recibe un encuentro con interés.

El espectro de procedencias no es muy amplio y tiene una curiosa tendencia alemana: casi diría que los alemanes son mayoría en esta ruta, por encima de cualquiera de los escandinavos. Por lo demás, noruegos, suecos y fineses, por supuesto; y poco más. Fuera de ahí, personalmente, me encontré con un norteamericano, tan rara avis como yo mismo, un checo y algún danés. Al resto (que recuerde, escasos británicos), sólo les “vi” en los registros de los refugios.

Es curioso cómo, según la procedencia, variaba el tipo de persona medio que encontraba a lo largo de Nordkalottleden. En Finlandia, se trataba básicamente de senderistas recreativos, gente urbana en sus vacaciones, de visita casi reverente a la única zona de montaña de un país absolutamente llano y, probablemente, la única zona sin árboles del país del bosque eterno. En Noruega, nada más lejos: este es un país con montañas; de hecho, casi todo el país es montañas. Los noruegos que recorrían Nordkalottleden solían ser gente de la zona que acudían a las montañas a pasar unos días en los que el plan solía incluír un campamento base (sea en un refugio o con su tienda) y pesca en los ríos y lagos.

Suecia venía a ser un término medio: el país tiene montañas pero no mucha gente vive en su proximidad; hay que ir a ellas. Esto creo que tiende a potenciar el elemento senderista/montañero, no tanto el de actividades de caza o pesca, que suele ser más de parte de la gente local. La existencia de rutas de largo recorrido populares (Kungsleden y Padjelantaleden) atrae a un público similar al comentado para Finlandia, aunque sin el matiz de peregrinación casi religiosa que se percibe entre los fineses.

Ritmo

Llegar al punto de inicio de la ruta me llevó una eternidad y preferí no tener amarrada la vuelta, por si eran necesarios planes de contingencia. Todo esto me obligó a completar Nordkalottleden en 3 semanas y media. Exactamente, 24 días.

Solo unos pocos días más habrían significado una importante diferencia pero me tuve que amoldar a lo que había. El resultado: esta vez, más que nunca, si cabe, he sido esclavo de la urgencia y he tenido que promediar más distancia de la que me hubiera gustado. Tomando como base una ruta de 800 kms. (nadie parece saber cuánto es el pico), me saldría a casi 35 kms. por día; demasiado para el tipo de terreno y condiciones.

Valga decir que el concepto de “demasiado” es totalmente subjetivo. Hablo de él desde un punto de vista personal; lo que es demasiado para mí puede no serlo para alguien más o viceversa.

Por otro lado, y dadas las condiciones de frío y humedad, tampoco había mucho más que hacer que caminar. Pararse significaba, prácticamente, irse dentro de la tienda y dentro del saco, salvo contadas excepciones, así que, en parte, la necesidad de cubrir distancias largas jugó a mi favor: me ayudó a llenar los días de la mejor forma posible.

Aún así, creo que 24 son demasiados pocos días para una ruta como esta. Merece la pena dedicarle unos cuantos más y esperar poder disfrutar de mejor tiempo. Mejor tiempo atmosférico y más tiempo cronológico; en esas condiciones, este viaje podría ser una experiencia tan agradable como espectacular.

¿Lo volvería a hacer? ¿Cambiaría algo?

Qué fácil es contestar que sí a la primera pregunta desde la comodidad urbana… no puedo olvidar que, muchas veces, durante la ruta, contesté que no y, aún así, algo hay en estas actividades que nos llama y algo hay en la mente que tiende a olvidar lo malo y recordar lo bueno.

Por supuesto que volvería a Laponia y Nordkalottleden. El lugar y la ruta cumplieron todo lo que esperaba de ellos y sólo el mal tiempo y mis propias urgencias me pusieron dificultades. Es importante reflexionar sobre si cambiaría algo, dado que uno de los handicaps era el escaso conocimiento previo. Ahora ya tengo el conocimiento… ¿y…?

La verdad es que lo único relevante que se me ocurre para hacer la experiencia más agradable es ir algo más despacio. Al final, me sobraron dos días que, estirando las cosas al límite, podrían considerarse tres. Tener un billete de vuelta (a Estocolmo, en este caso) me habría restado flexibilidad pero aportado seguridad y quizá no habría tenido que correr tanto “por si acaso”.