Típica estampa durante el viaje, salvo quizá por el sol

Nordkalottleden atraviesa regiones y ambientes diferenciados con claridad. Se puede describir de norte a sur:

El extremo septentrional de Nordkalottleden se encuentra en medio de la tundra del norte de Noruega; desde allí, unos primeros 70 km hacia el oeste para cambiar de mundo y subir a las montañas.

Lo de “la tundra” necesita un matiz: teóricamente, en la tundra no hay árboles. Intuyo que la auténtica tundra estaba un pelín más al norte pero, dado que la ruta intentaba buscar las zonas más altas y secas, era tundra lo que encontré durante la mayor parte de esta sección. Insisto en lo sorprendente que para mí resultó encontrar árboles en tan altas latitudes y hasta tan arriba como 500 metros de altitud.

La tundra tiene relieves muy suaves. Desde lo alto de las redondeadas colinas, las vistas son extensas pero un tanto planas, sin elementos destacados en el eje vertical y un inacabable manto de color verde oscuro.

Impersonal y nublada tundra ártica

A los pocos metros de partir, encontré mis primeros fangales. Los evité con cuidado; uno siempre espera que sea algo circunstancial. Sólo unos minutos más tarde, hundía un pie entero por primera vez: los pies secos pasaron a ser una anécdota.

La travesía de las mesetas árticas es una de las secciones más húmedas de todo el Nordkalottleden. El terreno es ondulado y la nieve lo cubre durante muchos meses al año; cuando se va, deja todo encharcado y, en las depresiones mal drenadas, el agua nunca se seca. La ruta intenta, con buen criterio, seguir las líneas de colinas pero, de cuando en cuando, hay que atravesar alguna zona baja y allí no quedaba más remedio que mojarse. La ausencia de árboles y la presencia de una pradera de color verde claro era evidencia de que, ahí, el suelo iba a ser de mentira.

Fangales o ciénagas se pueden describir como algo a mitad de camino entre un lago y tierra firme: la vegetación crece por encima de una superficie de agua de unos diez centímetros de profundidad. Agua estancada y, habitualmente, bastante fangosa. Caminar por este terreno era incómodo y trabajoso.

Los fangales fueron el principal obstáculo físico durante esta primera sección. Por lo demás, la dificultad era escasa, con desniveles suaves y cortos y terreno fácil de recorrer. A veces, por sendero; otras, campo a través. Tampoco había mucha diferencia. En general, la típica media de 4 km/hora era asumible como normal.

Tras las mesetas, el único tramo prolongado de valle de baja altitud: Reisadalen, un profundo y espectacular cañón de paredes verticales por las que caían enormes cascadas. Por lo que a la ruta se refiere, los dos medios días en Reisadalen fueron diferentes a todo lo demás: en las laderas (durante la bajada inicial y la subida para salir de allí), bosque de coníferas; abajo del todo, es la selva, un denso bosque frondoso bastante impenetrable. Afortunadamente, ahí abajo existe un sendero de verdad pero el terreno no es nada sencillo: muy accidentado, con constantes bajadas y subidas. 3 km./hora era más que razonable. Recorrer Reisadalen y los otros (más cortos) tramos de valle de baja altitud durante el viaje era mala noticia durante tiempo lluvioso: la vegetación se llenaba de agua y eso suponía calarse hasta más allá de los huesos.

El resto, es decir, el 90% de la ruta, discurre por montañas. Son montañas de altitud modesta y relieves no muy abruptos; sobre todo, al principio. Más hacia el sur se atraviesan paisajes algo más alpinos.

Subir a las montañas significa, sobre todo, dejar atrás el bosque. Los árboles llegan hasta los 500-600 metros, según latitud, orientación y algún otro factor. A veces, hay sendero y a veces no pero prácticamente da igual, el terreno es muy fácil de navegar; al menos, mientras haya visibilidad. También hay más porcentaje de terreno seco.

La sección tipo consistía en una subida de desnivel moderado, unos 500 metros, una travesía en altura, alrededor de los 1000 metros de altitud, para bajar de nuevo a otro valle de altura. En estos, no solían encontrarse árboles y la vegetación no solía pasar de hierba. Por encima de 900 metros, lo habitual era entrar en un mundo de roca. Normalmente, se trataba de algún tipo de granito (o, al menos, lo parecía), adherente y fácil para caminar mientras estuviera seco; mojado, se ponía delicado o, según circunstancias, incluso peligroso.

El agua: ríos, lagos y fangales

El paraíso del agua o el infierno del agua… qué finas son las líneas, a veces. El agua es elemento omnipresente en Laponia y condiciona fuertemente la forma de viajar por la zona.

Los glaciares han estado cubriendo todo esto hasta anteayer (a escala geológica); supongo que es esa la razón de tanto lago. El hielo excava cubetas que la erosión fluvial y el proceso de colmatado aún no han tenido tiempo de borrar. En Laponia, hay lagos por todos los sitios. Es difícil estar en un sitio desde el que no tengas algún lago a la vista. O casi… Nordkalottleden busca, normalmente, las zonas altas y allí los lagos son de tamaño modesto, con lo que no suelen ser un problema para la progresión, basta con rodearlos. Sólo en un punto de la ruta es necesario cruzar uno, cosa que se resuelve con un par de barcas dispuestas al efecto.

Luego, están los cuasi-lagos… esto es, los infames fangales. Éstos sí se pueden atravesar pero al precio de mojarse y embarrarse. Son, quizá, la razón para usar botas enormes (para los que las usan) y, probablemente, la razón para no usarlas, porque como se te mojen en uno de estos (y se te mojarán), ya no hay quien las seque. Pero esto es parte de otra discusión…

Las zonas pantanosas son un acontecimiento muy poco bienvenido: caminar por ellas es dificultoso, además de que te mojes los pies. Afortunadamente, la ruta intenta evitarlas, en la medida de lo posible. En las zonas más populares, se han colocado tablones de madera en las travesías pantanosas. Si están construidos con traviesas, son un lujo; si no, suelen estar hundidos en el fangal.

He vuelto a casa con la idea de que los ríos no han supuesto un gran problema. Buena parte de esa sensación es que muchos de ellos cuentan con puentes. No tuve que hacer ningún vadeo peligroso aúnque sí alguno delicado donde era necesario prestar atención e ir con cuidado. Por lo general, los vadeos se realizaban en zonas de cauce amplio donde el más gordo de los ríos no solía pasar de la rodilla. Eso sí, esto es en agosto, final de verano; primavera debe ser muy diferente a este respecto.

El agua es insultantemente pura en Laponia. Nadie trata el agua antes de beber. Me pregunto cómo se acabaría sientiendo alguien acostumbrado a tratar toda su agua por sistema, por si acaso… allí nadie lo hace y todo en tu entorno te dice que no es necesario. Entre la pureza y la abundancia, acaba siendo claro que no hace prácticamente falta llevar agua encima. Esto no es ningún tipo de exageración. Al principio, me resistía a caminar sin agua en la botella, aunque fuera poca, hasta que me rendí a la evidencia: era peso inútil.

A ver quién me cuenta cuántos lagos salen aquí…

Terreno

A lo largo de Nordkalottleden tuve que atravesar tres tipos básicos de ambientes diferentes:

Tundra

Mesetas onduladas, al estilo castellano pero con bosque de abedules enanos en lugar de campos de trigo. Y mucha agua: lagos, fangales, ríos… la tundra está habitada, es ahí donde están las poblaciones y las vías de comunicación, pero la densidad es muy escasa. Esto no impide que, de cuando en cuando, la ruta coincida con la inesperada traza de una pista que, supongo, tiene un origen no recreativo, como vía de acceso y desplazamiento para los habitantes del lugar y sus actividades pastoriles. Por lo demás, no suele haber senderos en la tundra y la ruta debe su existencia a la excelente señalización. El terreno suele ser húmedo y poco consistente, casi como un fangal constante, a ratos. Es una bendición subir a alguna colina porque es entonces cuando uno camina por suelo de verdad.

Valles profundos

La mayoría de valles que se recorren son de altura; sólo en contadas ocasiones la ruta desciende lo suficiente como para cambiar de zona climática pero entonces nos encontramos en un ambiente radicalmente distinto: el bosque domina, los árboles son ya mucho más grandes y aparecen coníferas, que cubren las laderas. En el fondo, sin embargo, siguen dominando los abedules pero su disposición es mucho más densa, casi selvática. El ambiente es húmedo y pesado. El sendero está perfectamente marcado en el terreno pero la progresión no es sencilla, a causa de lo irregular del piso, lleno de piedras y, según la zona, muchas subidas y bajadas, constantes; cortas pero empinadas.

Caminar por los valles profundos requería armarse de paciencia. No era el más agradable de los terrenos. Aún resultaba soportable si no llovía pero, si lo hacía, el ambiente se convertía en un cierto infierno: la vegetación se saturaba de agua y, como era muy densa y cubría el camino, acababas calado de la cabeza a los pies, como si te hubieras caído en un río, mucho más mojado de lo que jamás habrías estado a causa directa de la lluvia.

Los tramos más significativos de valles profundos son Reisadalen, Dividalen, Valldajahka/Akkajaure, Tarradalen y, en menor medida, Altevatn, Kilpisjarvi y Tornetrask. Estos dos últimos casos, paliados porque recorrí un buen tramo por carretera.

En los valles profundos: Reisadalen

Montañas

La mayor parte del recorrido discurre por lo que vengo a llamar montañas. Esta denominación es casi un cajón de sastre donde caben realidades diversas pero con varios denominadores comunes: ausencia de árboles, vegetación herbosa, relieves suaves, paisajes extensos y remotos.

No suele haber senderos en las montañas, salvo en los tramos de Kungsleden y Padjelantaleden, y la ruta se encuentra marcada con métodos diversos y calidad variable. Los desniveles no son importantes, salvo quizá cuando hay que atravesar algún valle profundo y tampoco suelen ser abruptos, salvo contadas excepciones. Sigue habiendo mucha agua pero ésta se encuentra algo así como más localizada; más en su sitio y no tan repartida por todo el terreno. En palabras llanas, hay incontables lagos, ríos y arroyos pero no tantos fangales y el terreno suele estar seco. Los fangales aún se encuentran, preferentemente en los aledaños de algunos lagos. A partir de una cierta altitud (800-900 m.) incluso la hierba remite y domina la roca.

El terreno es algo así como universalmente transitable; puedes caminar, literalmente, por donde te dé la gana. La única diferencia es que, si sigues la ruta, habrá hitos u otro tipo de señales para guiarte; la vegetación, desde luego, no es obstáculo alguno. El agua puede serlo pero se suele poder rodear o vadear, según el caso. La orografía no suele ser muy extrema aunque puntualmente se encuentran perfiles alpinos aquí y allá.

Por otra parte, la calidad del terreno que pisas puede variar bastante: desde suelo herboso o pedreras sencillas donde caminar es muy fácil a zonas extremadamente irregulares, con piso irregular o constantes subidas y bajadas que agotan cuerpo y mente. Es difícil anticipar qué tipo de terreno nos espera con sólo consultar el mapa.

Las zonas montañosas me parecieron el campo de juego más agradecido. Los panoramas son extensos y espectaculares y la orientación suele ser inmediata; si hay poca visibilidad, las marcas suelen ser aún fáciles de seguir. Es en las montañas donde más intensa era la sensación de aislamiento y soledad y donde el aire era más limpio, en el sentido más amplio de la expresión, lejos de la opresión de los valles profundos y la impersonalidad lóbrega de la tundra.

Panoramas de Ovre Dividal Nasjonalpark

Senderos y señalización

Nordkalottleden es más bien un conjunto de senderos y rutas unificados en torno a un concepto y hay, literalmente, de todo. En general, la ruta está muy bien señalizada y la orientación no debería ser un problema en condiciones normales.

Nordkalottleden es una ruta; buena parte de su trazado no tiene siquiera sendero. No me atrevería a dar porcentajes pero, por lo general, cuando atraviesa zonas altas en las montañas, no suele haber traza en el terreno o esta es muy tenue y discontinua. En los valles, así como en las laderas que transicionan entre valle y montaña, sí suele haber sendero; especialmente, en las zonas de bosque donde no ya la orientación sino la propia progresión sería dificultosa sin un sendero.

El extremo septentrional, donde Nordkalottleden atraviesa las mesetas árticas, es un tanto diferente: no suele haber sendero físico, a pesar de ser terreno relativamente bajo, pero la señalización es exquisita en esta zona.

Cuando la traza de Nordkalottleden coincide con la de alguno de los otros grandes senderos del ártico sueco, la cosa cambia: Kungsleden y Padjelantaleden son senderos muy populares y transitados y las condiciones son, en general, mucho mejores: amplia e inequívoca traza, puentes en todos los ríos y estructuras de madera sobre prácticamente todas las ciénagas. Aún así, sigue sin faltar la señalización vertical, que es la más abundante a lo largo de todo el camino.

Las señales son variadas según se cambia de zona; y, además, cada país tiene un estilo diferente. En general, suele ser algún soporte vertical con marcas de pintura. En Noruega, utilizan mayormente hitos y pintura roja. En las zonas de bosque, aprovechan los árboles y pintan una franja de pintura en el tronco. Donde no hay árboles, los hitos suelen ser grandes y elaborados, muy visibles. Las marcas de pintura roja intensa les hacen inequívocos. La marca suele ser un punto gordo pero, de cuando en cuando, cuelan alguna T, que es la abreviatura de Turistforening, el ente que se encarga de los senderos y su mantenimiento, entre otras cosas. Según la roca local, los hitos son los típicos montones de piedras o, a veces, una gran piedra plana puesta de pie y apuntalada en la base con otras. Los hitos se suelen intensificar en densidad y tamaño en las zonas altas y expuestas, donde la niebla haría difícil la navegación. Hay zonas donde están considerablemente espaciados y había que fijarse bien, hasta buscar un rato para encontrar el siguiente; intuyo dificultades potenciales en mal tiempo en este tipo de sitios pero, afortunadamente, pasé por ellos con buena visibilidad.

Hito noruego, modalidad megalito

En Finlandia, utilizan palos de sección cuadrada y unos 30-40 cm. de altura, clavados al suelo y con la parte superior pintada de naranja. Coloquialmente, vine a llamarles “palitroques”. De cuando en cuando, alguno presenta una chapita con el símbolo de la ruta (la N tricolor) y su nombre finés: Kalottireiti.

En el tramo finlandés, tanto el sendero como la señalización son excelentes. Se nota que los fineses aprecian la que es su única zona de montaña.

Mis queridos “palitroques” y la versión monocolor del anagrama

En Suecia, hay un poco de todo. Mayormente, hitos a la noruega sólo que la pintura suele ser naranja finés, versión punto gordo. También hay zonas de palitroques con pintura, como en finlandia, pero son las menos. Normalmente, los palitroques son esporádicos y los utilizan para colocar la chapita con el símbolo (la N tricolor) y la leyenda “Nordakalottleden”. Suecia presenta algunas zonas un tanto descuidadas, las de peor señalización de toda la ruta, donde sólo quedan hitos y la pintura está casi borrada, coincidiendo con tramos sin sendero donde la orientación se complicó un poco en condiciones de mala visibilidad pero se me tuvo que juntar todo eso y, aún así, nunca tuve problema para seguir adelante.

Pedrolo sueco coronado por pintura naranja

Obstáculos

Meteorología

Uno asume que el tiempo por ahí arriba va a ser horroroso y casi cuesta creerse lo que se puede ver en las fuentes de información sobre que no es necesariamente así; pero no deja de ser una verdad cómoda y que tranquiliza conciencias, así que llegué a Laponia esperando cielos azules y temperaturas suaves. Bueno, no siempre, claro… pero de forma habitual, al menos. El problema, y la razón por la que el tiempo puede llegar a tener su lugar en el apartado de obstáculos, es que, si es malo, se puede llegar a poner bastante feo.

Primero, la visión catastrofista: me pasé cuatro semanas esperando a que el tiempo mejorara y… nunca lo hizo. Al menos, no de forma duradera. No tuve ni un solo día completo de lo que pudiera llamar buen tiempo. Haciendo memoria, me han salido dos días nada más en los que no llovió nada pero la lluvia, en el fondo, tampoco era lo más importante. De hecho, la lluvia allí rara vez fue fuerte y sostenida durante horas; se trababa más bien de un fino sirimiri que no llegaba a calar demasiado. Era peor el efecto sobre la vegetación, cuando la había, que se cargaba de agua y ahí sí que acababa uno bien mojado… pero vuelvo al tiempo: lo peor era la inestabilidad constante. Una inestabilidad que, de alguna forma, se sentía en el ambiente. Incluso cuando lucía el sol, las pocas veces que lo hizo, todo en el entorno parecía advertir sobre el próximo marrón que, infaliblemente, llegaba.

No me podía relajar. Qué diferente de la experiencia en el PCT, por poner un ejemplo cercano y, a este nivel, tan lejano: allí, el tiempo estable era algo que tomabas por supuesto. Acampar era tumbarte en cualquier lado. Si un día aparecían un par de nubes, sonaba una especie de alerta, por lo inusual. En Nordkalottleden, hubo momentos en los que estuve tentado de pensar que “hoy sí, hoy va a hacer bueno… hoy, de tranqui…” y no había manera; al rato, nubes, brisa, frío y a montar la tienda antes de que empiece a llover otra vez. Nada de cenar fuera, contemplando los renos: al saco a todo correr.

Cuando, hacia la segunda mitad del viaje, ya tomaba este tipo de tiempo como algo normal y empezaba a acostumbrarme hasta el punto de que ya no me molestaba, todo empezó a caer en picado: primero, las temperaturas y, con ellas, la nieve. Cada día (o, mejor dicho, cada noche) nevaba un poco más, a una cota un poco más baja, hasta que, irremediablemente, la cota alcanzó las zonas de caminar y convirtió la última semana en un poco agónica.

Soy consciente de que el mal tiempo es casi tan malo como tu disposición para afrontarlo; esto es, que un buen talante es fundamental para que la cosa no sea para tanto. Creo que, en este viaje, he aprendido un par o tres de lecciones importantes sobre cómo afrontar el tiempo y lo que me eche encima.

Segundo, y para concluir, una necesaria aclaración: no es justo pensar en las tierras del norte como asociadas a mal tiempo perpetuo. Vale que hace más frío que en el sur de Europa, eso está claro; pero frío es una cosa y mal tiempo es otra. En Laponia, concretamente, tampoco llueve tanto (o nieva, en invierno) y los veranos son suaves y muy adecuados, desde el punto de vista de las temperaturas, para el senderismo, montañismo o rutismo. Otra cosa es que haya mala suerte pero, como decía el chino del provervio, “mala suerte, buena suerte… nunca se sabe”.

Bloque gris moviéndose sobre Bovrojavri. El día meteorológico acabó muy mal…

Orientación

Nordkalottleden está, en general, bien marcado y la orientación no debería ser problema pero podría llegar a serlo si se juntan unas cuantas circunstancias: por un lado, buena parte de la ruta no tiene sendero visible o éste es muy tenue e intermitente. Esto, unido a que hay zonas donde la señalización es un poco precaria, podría crear dificultades en situaciones de visibilidad escasa.

Absolutamente imprescindibles mapa y brújula, aunque esto casi sobra decirlo. Yo llevé, también, como de costumbre, un pequeño receptor de GPS, por si las cosas se torcían. No llegué a usarlo aunque, en un par de ocasiones, sí dediqué un rato a introducirle algún punto de paso, previendo que podría hacer falta, a la vista de que tenía que cruzar zonas altas en condiciones de mal tiempo (y, si se da el caso, es mejor tener los puntos de paso ya introducidos que empezar a medir milímetros en la cuadrícula UTM en medio de una tormenta). Supongo que habrá series de coordenadas GPS para Nordkalottleden pero no he intentado siquiera buscarlas.

Sólo perdí de vista las señales (durante un rato prolongado) en una ocasión y no sé si es porque no estaban o porque yo las perdí. Sucedió en terreno sueco, a las orillas de Kabtajaure: venía del lado noruego y, hasta la línea fronteriza, la cosa iba bien pero el propio mojón fronterizo junto al que pasaba la ruta fue lo último que vi en un buen rato. Encima, hacía muy malo pero, afortunadamente, había visibilidad y la ruta no tenía pérdida, había que bordear el lago. Más adelante, antes de separarme de él, volví a avistar hitos pero eran bastante precarios: pequeños, algunos estaban caídos y la pintura era casi invisible, también en los que quedaban de pie, con lo que eran difíciles de encontrar, al ofrecer poco contraste con el entorno. Esto sucedió a última hora de la tarde y, a la mañana siguiente, me encontré con tiempo aún peor, con nieve y niebla. Cuando el suelo se empezó a cubrir de nieve, me empecé a preocupar porque los hitos (a los que ahora me agarraba cual lapa) seguían siendo precarios y, encima, tenía que subir a zonas altas a continuación. Afortunadamente, dejó de nevar, la niebla se levantó un poco y la escasa capa de nieve se derritió en poco tiempo (a pesar del frío que hacía). Unas horas después, volví a noruega y la situación mejoró. Bronca para los suecos aquí.

Encontré más zonas con hitos en mal estado o lo suficientemente lejos unos de otros como para suponer un problema en condiciones como las descritas aunque, por suerte, no me volvieron a tocar. Son pocas las zonas así pero conviene recordar que las hay. No es un paseo por el parque.

Ríos

Muchos ríos que cruzar. Un buen número de ellos contaban con un puente. La presencia o no de puentes dependía de dos factores principales: lo transitado del sendero y el tamaño del río.

En las zonas más populares, prácticamente todos los ríos tenían puente. Esto aplica, básicamente, allí donde Nordkalottleden coincidía con Kungsleden o Padjelantaleden. En otras zonas, sólo los había en algunos ríos. A veces, simplemente, no había.

Puente o no puente, la estrategia cambia del todo: donde lo hay, se instala en el lugar más estrecho posible, para hacerlo más corto. Donde no lo hay, se vadea por el sitio más ancho posible, para hacerlo más fácil y seguro. En estos casos, normalmente, era posible encontrar un tramo de río de cauce amplio, donde el agua se reparte más y cubre menos. Idealmente, será, además, un lugar llano donde el agua no llevará una gran corriente. En estas circunstancias, casi nunca tuve que cruzar con el agua más allá de la rodilla salvo por quizá ese par de pasos claves en los que tenía que prestar mucha atención pero nada realmente arriesgado. Es fácil imaginar cómo sí podría ser difícil, peligroso y hasta imposible vadear en algunos ríos si hubieran llevado más agua, situación típica de la primavera y principio de verano.

Varios minutos y mucha paciencia para cruzar Valldajahka, uno de los anchos

Fangales

La presencia de una praderita con hierba alta de color verde claro era augurio de pies mojados y un rato de progreso penoso. Las zonas pantanosas se encontraban en pequeñas depresiones con escaso drenaje; habitualmente, junto a las orillas de lagos o ríos, pero no exclusivamente: cualquier sitio era bueno para poner un poco de agua estancada.

Eran incontables los fangales de unos pocos metros de anchura y, en estos, solía tratar de evitar hundir los pies a base de intentar pisar en terreno más o menos firme: alguna piedra que sobresaliera, ese montón de hierba que parecía que aguantaría mi peso… al final, era casi mejor tener los pies empapados ya y olvidarte del esfuerzo y tiempo extra; aceptar la derrota y vivir con ella… pero es difícil cuando, por alguna circunstancia (no muy usual) llegas a un tramo de estos con los pies secos y entonces empieza la serie de saltos, rodeos… era casi como un juego con final anunciado. Tenía su punto tragicómico.

Los fangales tamaño XL eran los de progresión más penosa pero en estos la cosa estaba más clara: había que mojarse, así que podía olvidarme de hacer el canelo y cruzar por donde me diera la santa gana. Es incómodo caminar cuando hundes los pies en cada paso en esa masa barro-acuosa pero no solía durar más de unos minutos.

Insectos

Sólo fueron un problema durante las primeras cuatro jornadas pero resultaron insufribles. Nada especial en los mosquitos lapones que no haya visto ya en otros sitios y la táctica fue la misma que en otras ocasiones: ropa a prueba de aguijones y repelente en las zonas expuestas de cuello y cara; nunca cerca de las mucosas. En esta ocasión, no llevaba red.

Sí había un factor diferente del que aún no estoy del todo seguro: había algo más que mosquitos; según la zona o, quizá, la hora u otras circunstancias, se encontraban también enjambres de pequeñas moscas. Las había de varios tipos y, al menos, uno de ellos ¡picaba! Quizá todos, no lo sé… era difícil discernir cuáles picaban y cuáles no cuando tenías docenas de cada clase posadas encima al mismo tiempo. Salí de allí con la idea, no sé si del todo correcta, que estas moscas eran relativamente lentas en picar (se tomaban su tiempo, una vez posadas) y no muy hábiles en la huída, era muy fácil matar seis de un sólo manotazo sin tener que ser muy rápido. Pero, por otro lado, creo que eran suyos esos picotazos que tanto escocían.

Ninguno de estos podía atravesar mis pantalones. Yo creo que las moscas no podían con la camiseta tampoco pero los mosquitos sí, así que tocaba añadir el corta-viento. Durante el resto del viaje, no hubiera importado (poco tiempo caminé en camiseta) pero, justo durante estos 3 ó 4 días, la temperatura fue “alta” (alrededor de 15 grados) y el ambiente húmedo y pesado. Sudé a toneladas y resultó muy incómodo.

El repelente funcionó bien y, a pesar de aplicarlo sólo en puntos clave y superficies reducidas, significaba una gran diferencia. No me gusta echarme repelente pero, en esta ocasión, lo usé con gusto. Es sorprendente cuánto podía mejorar la situación. Ya podía despreocuparme del cuello y la parte de atrás de la cara, cerca de la base de las orejas, zonas todas ellas preferidas por todo el mundo para atacar.

Uno de los obvios problemas que traen los insectos es durante las horas en campamento. Mis dos primeras noches fueron un quiero y no puedo (disfrutar del lugar), mientras cenaba con la comida en la mano y dando paseos; pararse significaba ser acribillado.

Los insectos eran especialmente abundantes en las áreas de tundra; sobre todo, en las zonas pantanosas y, en menor medida, en las boscosas. Todo mejoraba radicalmente al subir a las colinas: 50 ó 100 metros de desnivel y un poco de brisa marcaban la diferencia, podía no quedar ni uno. Muchos, también, en los bosques de Reisadalen (el primero de los valles profundos en la ruta y el único que hay que recorrer durante una larga distancia). Salir de Reisadalen y enfilar las montañas significó el final de la tortura.

Los puntitos blancos son moscas de algún tipo

Flora y fauna

Esto no va a ser un tratado sobre un tema del que no sé mucho pero sí me gustaría comentar algo sobre las cosas que más me han llamado la atención, siempre desde el punto de vista del observador inocente.

Suecia y Finlandia son, básicamente, un gran bosque casi ininterrumpido. Hacia el norte, la tónica se mantiene pero los árboles van siendo de tamaño más modesto. Las coníferas van dando paso a los abedules, uno de los árboles árticos por excelencia. Más allá del círculo polar, nada de desolación ártica, qué va… árboles, árboles y más árboles aunque, eso sí, más pequeños cada vez. En Escandinavia, los insomnes no cuentan ovejas, cuentan árboles.

Laponia no es un sitio especialmente florido pero sí que hay flores. Dejé de hacerles fotos cuando vi que no eran nada inusual. También hay frutas silvestres que, históricamente, tenían mucha importancia para los Sami porque eran una de sus escasas fuentes de vitaminas de esas que hay en las frutas. Una vez más, no me fallaron las blueberries, que parece que están en todos los sitios por los que voy a caminar. Y si mencionaba yo que Laponia me recordaba mucho a las tierras altas de Terranova, juraría que allí también había estas bayas amarillas tan ricas y de sabor inclasificable que, según me han dicho, en inglés se llaman cloudberry; en Suecia las llaman hjortron o mylta. La única parte buena de atravesar fangales es que allí solía haber cloudberries; parece que les gustan los terrenos anegados.

Puedo decir sin miedo a exagerar que en mi vida había visto tantas setas juntas. La gente local me confirmó que, efectivamente, las hay comestibles y, entonces, decía yo, “pues casi puedes irte de viaje sin llevar comida…”. Y me respondieron que no es tan sencillo: al parecer, la presencia de setas es una cosa aleatoria y lo mismo hay muchas que no hay ninguna. Bueno, pues 2007 ha sido año de muchas. Era un espectáculo ver dos docenas de setas grandotas, todas juntas, o esas tan grandes como una paellera. Setas de colores y formas que no había visto nunca… había setas en los bosques pero también en las montañas, desafiando a las condiciones climáticas. Laponia me ha sorprendido una vez más.

Una de las más espectaculares

La fauna local tiene un nombre básico: renos. Les haces cientos de fotos la primera vez que les ves, a medio km. de distancia y con el cutre-zoom de la compacta para que sean poco más que un puntito… al tercer día, ya no les haces ni caso.

Bueno, tampoco es eso, siempre era un placer encontrar renos, son muy bonitos y, si todo cuadra, les puedes llegar a ver tranquilamente desde muy cerca. Lo que quiero decir es que había tantos que dejan de ser el gran acontecimiento que eran al principio.

Los renos son a Laponia casi lo que las vacas a nuestro entorno; un poco más asilvestrados pero la mayoría son objeto de pastoreo. Según me contaron, sólo en algunas zonas de Noruega quedan renos salvajes del todo.

Durante el verano, los renos campan por la tundra y por las montañas. Suelen ir en grupos: a veces, grandes, de 15 ó 20; otras, de sólo 3 ó 4 pero me da que el grupo grande se mantiene en proximidad. Desde la visión del profano, me recuerdan mucho al rol de los sarrios pirenaicos o los rebecos cantábricos: una especie de ciervo pequeño, quizá algo más grande que aquellos, muy ágil y rápido. Son tímidos pero no suelen correr al galope hasta desaparecer; más bien, echan un vistazo, se lo piensan, deciden que no eres bicho seguro y corren al trote hasta que se paran para re-evaluar la situación. Tienen depredadores al acecho así que su precaución está justificada.

Renos

Entre los mencionados depredadores están el zorro, que no sé si es capaz de atacar renos; el lobo, que no tengo muy claro si queda alguno pero es autóctono de la zona; el oso, que no sé si habita las zonas altas o se esconde en los valles profundos; y este bicho tan curioso de nombre inglés wolverine que en el diccionario he encontrado traducido como glotón. Es como una comadreja grande y, según me han dicho, muy fiero. No he visto ninguno de todos estos.

El animal más grande con el que me he cruzado ha sido el alce que vi el último día de viaje. Fue en el fondo de un valle profundo, con vegetación densa. Intuyo que los alces viven en ese entorno. He visto alces antes, bastantes, pero creo que nunca uno tan grande como este.

Y me preguntaba yo, hacia mitad de viaje, si no habría ratones en Laponia.. si ratones hay en casi todos los sitios… y más o menos por esas fechas empezaron a aparecer estos ratoncitos tan simpáticos y peludos, de color marrón claro con franja oscura (lemming, en inglés, o fjallaular, en sueco). El caso es que estaban por todos los sitios y era fácil verles correr a por su madriguera en cuanto notaban aproximarse al bicho grande de dos patas.