Por la mañana, el tiempo es mejor; bastante despejado y en calma, un buen augurio. Mis conexiones siguen sin ser muy fluídas y tengo que esperar hasta el final de la mañana para coger el primer autobús de los dos que necesito para llegar a Kautokeino, mi punto de partida. Aprovecho para no madrugar y hacer como que sigo de vacaciones aunque toda esta peregrinación hacia el punto de inicio de Nordkalottleden me tiene un tanto tenso y sé que lo que necesito es empezar a caminar para poder relajarme.

En el fondo, lo que pesa es el miedo escénico. Arrastro la losa de todo principio pero, en este caso, amplificada por lo poco que sé de lo que tengo por delante. La incertidumbre me mata.

El único cruce de caminos en Karesuando

Comienzo el día cruzando el puente que salva el río que separa Suecia de Finlandia. Me gusta esto de cruzar fronteras a pie. Es la primera vez que piso Finlandia y entro en el país caminando, qué buen rollo. Al otro lado, Karesuvanto, que es la versión finesa del nombre sueco. Se supone que el pueblo está repartido a ambos lados de la frontera pero cuando llego al cruce con la carretera del lado finlandés, me encuentro dos o tres edificios nada más. Pensaba que el pueblo propiamente dicho estaría detrás de los árboles pero detrás de los árboles sólo hay más árboles. Karesuvanto es, básicamente, una gasolinera, un bar y una tienda de souvenirs. En mi inocencia, pregunto dónde está la parada del autobús… noto cara de extrañeza a mi interlocutor cuando me responde que para ahí mismo. Claro, si es que no hay más…

Karesuvanto. Prácticamente, esto es todo

El autobús que tengo que coger viene de Kilpisjarvi, el lugar donde acabaré la primera etapa, si todo va bien. Esa primera etapa que es la que más miedo me da porque así como de las demás tengo algo más de idea, de ésta sé bien poco. Tentado estoy de coger el autobús en el sentido contrario, plantarme en Kilpisjarvi, empezar a caminar desde ahí y quitarme el marrón pero no lo pienso en serio. Ni de coña. Soy cobarde pero no tanto. El plan es completar Nordkalottleden y de aquí no salgo sin por lo menos intentarlo.

Llega por fin el autobús, con malas noticias: la línea que tengo que coger para la última parte del viaje dejó de funcionar ¡ayer! o, más precisamente, ayer domingo hizo su último viaje de la temporada. Aparentemente, al ser una línea transfronteriza, no tiene la regularidad de las demás y sólo funciona en temporada alta. Pues vaya… no he hecho más que llegar y ya me están empezando a cerrar los servicios…

Me bajo en Palojoensuu que, a pesar de que en el mapa figura como localidad, por lo que a mí respecta es sólo un cruce. Si hay casas, deben estar en otro sitio. Ahora me queda otra larga espera al siguiente autobús que, existir, existe, pero ya no llega a Kautokeino; se queda en Enontekio, sin cruzar la frontera. Al final, esto será lo mejor que podía pasar porque, en lugar de dejar pasar el tiempo, me hice un cartelito y a esperar a que pasara alguien. Estaba harto de esperar autobuses pero es que aquí, además, no había nada salvo la carretera. Habría sido una espera muy árida.

No pasaban muchos vehículos pero esperé como 20 minutos para que parara un señor muy simpático que iba a Enontekio y me llevó hasta allí. El hombre este no hablaba nada de inglés y la conversación fue muy graciosa.

Enontekio era un punto más gordo en el mapa y aunque creo que donde yo me paré eran todavía las afueras, ya se veía alguna casa. Esta vez, mi cruce no tenía ese aura de estar en medio de la nada. Me faltaban unos 80 km. todavía sin nada en medio salvo el paso fronterizo entre Finlandia y Noruega. Esto era bueno y malo: por un lado, podía contar con que cada vehículo que pasara iba a Kautokeino (o más allá, pero no más “acá”; no había nada más). Por otro, me preguntaba si habría alguien conduciendo en esa carretera. Contaba con el tráfico turista pero no contaba con que estos me recogieran. Confiaba más en el tráfico local pero no sabía si iba a haber algo de ese.

Tardé sólo 10 minutos. Mi cartel surtió efecto: el primer coche que pasaba. Una vecina de Kautokeino de vuelta a casa, perfecto. Esta vez, la señora sí que hablaba inglés; pude hacerle muchas preguntas y me contó muchas cosas interesantes. Risten (así se llamaba) era Sami, como la mayoría de la gente que vive en la zona, según me contó, y tuve ocasión de aprender un montón de cosas sobre lo que significa vivir tan al norte: dos meses de oscuridad en invierno, la aurora boreal como compañía habitual y el pastoreo de renos aún como sustento básico.

A nivel de paisaje, más de lo mismo: llanuras onduladas con redondeadas colinas que se levantan no más de 50 ó 100 m. sobre el resto del entorno. Bosque ininterrumpido de abedules y la única novedad de que los árboles, eso sí, van siendo cada vez más pequeños. No tenía ni idea que había bosques como estos tan al norte.

Imaginaba Kautokeino como un sitio aislado, desolado y minúsculo, en medio de la tundra ártica. Es divertido esto de imaginar los sitios antes de ir allí; en realidad, es parte del viaje. Sé que son sólo las imágenes que la mente hace pero, aún así, me sorprendió que Kautokeino es un pueblo bastante grande y con una pinta de lo más “normal” (sea lo que sea lo que significa “normal”)… vamos, que tiene cosas como una gasolinera, un supermercado y una pinta pulcra y bucólica pero urbana. El plan era pasar la noche aquí y empezar a caminar mañana porque, en el autobús, habría llegado casi de noche pero me he plantado aquí a media tarde y como aún quedan muchas horas de luz decido empezar ya mismo. Me paso por la oficina de turismo para preguntar cómo llegar al comienzo de la ruta y para ver si me pueden contar algo, verificar que Nordkalottleden existe entre Kautokeino y Kilpiasjarvi y que es posible caminar sobre él… me dicen que sí y que la ruta será muy húmeda hasta Saraelv; mejor después. Me tranquiliza ver que parece que se lo conocen… la falta de información sobre este tramo es tan grande que yo ya llegaba a dudar de si no era más que una entelequia.

Kautokeino

El cielo ha vuelto a ponerse gris pero no hace viento ni frío y, de momento, no amenaza lluvia. El inicio es sombrío, tanto por lo oscuro del ambiente como por mi escaso ánimo. El entorno no colabora demasiado: normalmente, en las rutas de montaña, te metes desde el principio en un entorno más o menos especial pero aquí los primeros días van a ser a través de este infinito manto verde oscuro. No es que sea feo y, muy al contrario, sigue siendo muy interesante y toda una experiencia estar caminando aquí, tan al norte, pero no percibo el encanto especial de tantas otras veces, esa sensación de entrar en un mundo diferente, el mundo del sendero, donde todo fluye solo y hasta las relaciones humanas, cuando las hay, son mucho más agradables. A lo mejor es mi paranoia personal pero tengo la impresión de ir a caminar por un sitio por donde no va nadie más.

Salgo de Kautokeino colina arriba para llegar al lugar donde empieza, o termina, Nordkalottleden. Al menos, hay un panel con información. El panel es muy rústico y la información, muy escasa pero, al menos, sirve como punto de partida emocional. Mientras saco alguna foto, los insectos me empiezan a dar la murga. Mal asunto: estaba empezando lo más tarde posible en la temporada para intentar evitarles y veo que aún me los voy a tener que tragar durante algún tiempo. Cuánto, aún no sé. Hay mosquitos pero también moscas de varios tipos y aquí parece que pica todo el mundo. Con la camiseta no me sirve para pararles y me tengo que poner el corta-viento.

Escasamente glamouroso inicio del gran viaje

Nada más empezar, los primeros barrizales, que evito cuidadosamente. Sienta muy mal empaparse los pies nada más salir pero la cosa dura muy poco. Es cuestión de minutos llegar a fangales de los buenos, de los de 10 ó 15 cm. de profundidad. Veo que han colocado ramas de abedul para pisar encima pero, por mucho cuidado que pongo, no hay nada que hacer: pies mojados. En el fondo, pienso, es casi mejor así: ya no me importa dónde pisar. Soy libre.

Me alegra y tranquiliza ver que el sendero es fácil de seguir y la señalización, muy buena, casi excesiva. La ruta alterna el mini-bosque de abedules (“mini” por el reducido tamaño de los árboles, no más de 2 m.) y zonas abiertas que, normalmente, contienen un fangal. El sendero es visible en el suelo y está marcado con pintura roja en los árboles. Todo va bien, en ese sentido.

La parte mala es, sobre todo, los insectos y todo lo que traen detrás. He pensado evitar usar el repelente nada más empezar, para ver qué tal va sin él, y acabo parándome a ponérmelo a toda prisa mientras me siento acribillado. Estoy acribillado ya. Los fangales son lo peor: es donde más insectos hay y no se puede pasar deprisa porque el suelo es de mentira y te hundes a cada paso, es como una pequeña tortura. Además, y curiosamente, el otro gran problema que me está causando malestar es el “calor” y lo entrecomillo porque no es que la temperatura sea alta (unos 15ºC) pero estoy empapado en sudor. Se lo achaco a la humedad ambiental y al hecho de que, por culpa de los mosquitos, tengo que llevar puesto el corta-viento. Entre una cosa y otra, la tarde se me está haciendo un pequeño infierno. Estoy muy incómodo.

Los únicos momentos de calma se dan en lo alto de las colinas. Allí, hay muchos menos insectos y, si hace un poco de viento, casi ninguno. Llego a la cima de Goaskinvarri, a 528 m., un poco más alta que las demás, donde tampoco quedan árboles y puedo descansar un poco. Abajo, a lo lejos, veo una carretera y unas casas. Recuerdo vagamente, de entre la poca información que había encontrado sobre este tramo, que la ruta de hoy discurría más o menos paralela a una carretera y que, tras unos 20 kms., bajaba hasta ella y allí había algún tipo de refugio o alojamiento. Debía ser allí abajo. Pensé que tenía tiempo más que suficiente para llegar allí y, de repente, me encontré mejor. El día había sido frustrante, estaba empapado en sudor, me sentía muy incómodo y sólo pensar en montar la tienda para huir de los insectos me pisoteaba la moral. En realidad, salvo los insectos, no había nada objetivamente duro en lo que había hecho pero mi fuerza mental estaba muy baja y pensar en pasar la noche a cubierto me hizo recuperar ánimo. Era un tema netamente psicológico pero no por ello menos importante.

Me dirigí hacia allí con mejor humor. Yo pensaba que era un refugio pero en realidad se trataba de un mini-pueblo junto al enorme lago Stuorajavri y al que se accedía por una pista desde la carretera cuaternaria que venía de Kautokeino, carretera que moría pocos kms. después. Esto es, un lugar bastante remoto y de nombre más irrecordable que impronunciable: Cunovuohppi, según el mapa; Conovouhppi, según un cartel. Ni entre ellos se ponen de acuerdo.

Una de las familias que viven allí tiene unas casitas dedicadas a alojar huéspedes. El lugar es de lo más rústico: cutre, viejo y hasta decrépito, es decir, perfecto. La familia que lo lleva vive en una casa más grande pero no mucho menos cutre, vieja y decrépita y son samis, lo que no es nada que no esperara; casi todo el mundo es sami en esta región. Nada que ver con el estereotipo alto y rubio, los sami son más bien morenos y bajitos.

Me atiende la abuela, una señora muy mayor y muy pequeñita, con arrugas en las arrugas y que no habla nada de inglés, así que me alegro cuando llega el que debe ser su hijo, que tampoco es que hable mucho pero algo nos entendemos.

Cunovuohppi es un lugar, como otros muchos en Laponia, apartado de la civilización, aunque la carretera está a poca distancia y tienen luz y teléfono pero es absolutamente rural, en el sentido que esto tiene en el ártico. El señor este que me atiende tiene una pinta como si acabara de venir de cazar osos polares y, seguramente, vendrá de pescar o algo parecido. Supongo que se dedicarán al pastoreo de renos, aparte de a alojar senderistas sudados. Me gusta esto: nada que ver con el concepto hiper-aséptico del alojamiento que tenemos en el primer mundo, según el que todo tiene que estar de punta en blanco para parecer respetable. Aquí, nada está sucio ni roto (que eso tampoco es) pero todo es irregular, viejo, apañado, básico y con un aspecto que haría salir corriendo a cualquier neo-pijo urbano. Es decir, es auténtico.

Ya digo que Cunovuohppi es más bien rústico

Afuera, sigue sin llover pero, estando junto al lago, hay mucha humedad ambiental y hace frío, un tiempo más desapacible que malo y me alegro de poder estar a cubierto esta noche. Ya habrá tiempo para acampar, hoy ha sido un día pesado y no muy agradable y creo que me vendrá bien una introducción gradual a la vida en el sendero.

Series Navigation<< Día 0: LaponiaDía 2: Aitevarri >>