Amanece aún más nublado de lo que anocheció. Ayer fue un día relativamente bueno en cuanto a tiempo, apenas llovió nada, pero sigo esperando a poder relajarme bajo cielos azules. Hoy no parece que vaya a ser ese día.

El plan para hoy tiene dos partes bien diferenciadas: primero, completar el descenso de Reisadalen hasta llegar a Saraelv, donde no sé muy bien qué voy a encontrar pero el mapa señala una carretera (que acaba ahí) y algún edificio. Después, subir por uno de los flancos del valle para alcanzar las tierras altas. Según avanzo por la jungla de Reisadalen, pienso en que mejor llego cuanto antes a Saraelv porque, como empiece a llover mientras aún estoy aquí abajo, va a ser una experiencia húmeda: no ya por la lluvia sino por la vegetación, que es muy densa, cubre el sendero y hay que frotarse contra ella sin remedio. Como se moje, me puedo ir preparando.

La jungla ártica

A todo esto, el cañón Reisadalen es un sitio espectacular: paredes verticales y cascadas que caen desde lo alto; algunas de ellas, enormes, muy altas. A lo largo de los kilómetros, voy viendo cómo el río Reisaelva va creciendo. Me acuerdo de mi siempre escasa literatura cuando llego a la altura de un refugio que está en la orilla de enfrente, y del párrafo donde decía que se puede cruzar en la barca al efecto pero también hay un posible vado río arriba… el Reisaelva es un pedazo de río a estas alturas y no me imagino cómo vadearlo sin nadar. La barca está aparcada al otro lado y veo gente por allí; supongo que alguien la traería hasta esta orilla si alguien más quiere acceder al refugio desde mi lado pero no es mi caso. Mientras empieza a chispear y hace frío, sigo adelante.

Mollisfossen

Un poco más allá, me cruzo con un grupo de unos cuantos adultos y varios niños. Yo estoy ya semi-preocupado por la lluvia inminente y cómo se va a poner todo de agua pero ellos aparecen tan felices, mientras se toman un descanso. Si es que soy un montañero calzonazos… hablar un rato con ellos me ayuda a levantar un poco ese ánimo.

Era inevitable: se pone a llover y, efectivamente, la vegetación me deja calado hasta las partes más íntimas. Como si me hubiera caído al río. Así de incómodo, el sendero desemboca por fin en una pista ancha que no sale en mi mapa pero debe significar que Saraelv está cerca. Cuando las señales me hacen abandonar la pista y volverme a meter en la jungla empapada, casi me niego (¡si la pista sigue adelante!) pero supongo que por algo será. Un rato más allá, desemboco en un claro donde hay varios vehículos y algunos trabajadores. Ahora sí que sí.

Me dirijo a uno de ellos que me provee de información de primera mano extremadamente útil: no hay nada en Saraelv, sólo una o dos granjas pero, aparentemente, una ofrece alojamiento. No hay transporte público ni teléfono. De hecho, me cuenta, ellos están ahí trabajando para construír un pequeño punto de acogida para senderistas, dado que es el lugar donde termina la carretera y el empieza el sendero de Reisadalen; algún panel informativo y un techo para guarecerse cuando llueva, como ahora. Cuando le pregunto por el tiempo, me dice que se va a poner peor por la tarde. Esto no me gusta: ahora, toca subir a las montañas, a esa zona que, en los mapas, aparece como un blanco como si no hubiera ido por ahí ni el dr. Livingstone. Ni sendero, ni nada. El hombre este, muy atento y bien informado, me cuenta que esa sección, hasta la frontera con Finlandia, fue señalizada recientemente; que no hay sendero como tal pero debería ser fácil de seguir. ¿Con niebla también? ¿Cómo de malo puede llegar a ser el tiempo ahí arriba? ¿Moriré seguro si lo intento? Me dice que, efectivamente, puede llegar a ponerse bastante feo en las alturas y que la niebla es más que probable. Ya me lo figuraba yo, visto lo visto hasta ahora.

Ante este panorama y con mi moral bastante por los suelos (¿cuántas veces he dicho esto ya?), y a pesar de que es sólo mediodía, me planteo tomarme el resto del día libre y esperar que pase el marrón. Montañero calzonazos, de nuevo. Me recomiendan ir a Suppen, 15 kms. valle abajo donde, según me dicen, hay un albergue y que, si les llamo, vienen a buscarme y luego me vuelven a traer. Eso suena bien, pero ¡no tengo teléfono! y el hombre este, todo amabilidad, se ofrece a llamarles según saca su teléfono del bolsillo… espera, espera, que aún me queda un poco de dignidad… me planteo tomarme un descanso aquí y luego decidir si sigo o no. Llevo varias horas caminando sin apenas parar y estoy cansado, mojado y hambriento. Creo que, si decido ahora, no iba a ser una buena decisión.

Mientras pasa todo esto, dos senderistas emergen de la jungla por donde yo había venido unos minutos antes. Pasan de largo y les veo dudar al otro lado de la pequeña explanada, buscando las señales de por dónde continuar. Esperad, chavales, que yo me lo sé (lo acababa de preguntar). Me despido de los obreros y me acerco: son dos chicos jóvenes, alemanes y, para mi sorpresa, me cuentan que llevan unos días caminando desde Kautokeino y que van a Kilpisjarvi. Y ¿dónde os habéis metido hasta ahora? Yo pensaba que estaba sólo yo haciendo esto… bueno, es tan sencillo como que han llevado un horario diferente, más relajado. Camino con ellos el tramo que nos queda hasta Saraelv que, efectivamente, son dos casas al final de una carretera y, mientras, les cuento todo lo que me han dicho sobre lo que viene después.

Cuando llegamos a la altura de las casas, está lloviendo bastante fuerte y creo que todos estamos en el estado ese de necesidad de escapar de la lluvia, siquiera por un rato. Incluso yo, que llevo paraguas. No hay más remedio que aguantarse si se está en el monte pero, aquí, con esas casitas tan estupendas… el caso es que en la puerta de entrada a una finca, está clavado el ya conocido cartel de madera con el logo de Nordkalottleden así que esto debe ser algún tipo de alojamiento. Estamos de acuerdo en entrar a preguntar si nos prestan un tejadín bajo el que sentarnos un rato. Aparece una señora mayor que no habla inglés pero uno de los alemanes chapurrea un poco de noruego y la señora, muy amable, nos dirige a una de las casitas de huéspedes, tipo albergue, que tiene en la finca.

Qué bien me vino poderme sentar en un sitio seco. Era básicamente mi moral la que lo necesitaba. La lluvia continua puede dejarte bastante planchado y hacerte sentir vulnerable; sobre todo, cuando afrontas seguir en las montañas, sin llegar a un sitio cubierto al final del día. También me ayuda mucho hablar con los chavales estos, muy jóvenes pero entusiastas y con mucho aplomo. Yo les comento lo que me han contado del alojamiento y del tiempo malo, maloso que viene y ellos no dudan que van a continuar, subir a las montañas y acampar por ahí. Es entonces, y ayudado también por el descanso, el relajo y algo de comida, cuando tomo esa buena decisión que estaba esperando: yo también voy a continuar. Calzonazos pero con dignidad.

La lluvia ha remitido y los alemanes salen mientras yo aún termino de rehacer la mochila. Les sigo un rato después con mucho mejor ánimo que antes. Y, además, no llueve.

Saraelv está en un punto donde el valle Reisadalen se hace un poco más ancho. Supongo que era el último sitio hábil donde instalar una granja. Hay algunos campos de cultivo o, quizá mejor dicho, prados vallados. No sé si aquí se puede cultivar algo más que hierba. El lugar, de todas formas, es sorprendentemente frondoso, dadas las circunstancias. Curiosamente, Saraelv cumple una doble efemérides: es el lugar más septentrional y, a la vez, el de menor altitud de todo Nordkalottleden. Nunca imaginé tanta vegetación a casi 70º norte. Al parecer, la corriente del golfo suaviza mucho las temperaturas en la costa noruega, incluso aquí “arriba”, y supongo que la protección que ofrece el valle y la escasa altitud (90 metros) hacen el resto.

Pinos, abedules, de dónde vengo y a dónde voy

Así como el valle es más ancho, las paredes son menos verticales y la subida es relativamente cómoda, por un buen sendero. Se repite la secuencia de zonas climáticas de la bajada pero a la inversa: primero, desaparecen los pinos y sólo quedan abedules pequeñitos. Más arriba, van desapareciendo estos también.

¡Anda! hay una persona ahí alante… y no es uno de los alemanes. En una parada que hace, le alcanzo y resulta que también es alemán y también está recorriendo el tramo entre Kautokeino y Kilpisjarvi. Y me dice que hay más gente. Y yo que pensaba que esta sección era la más marginal de todo Nordkalottleden… el caso es que, un rato después, alcanzamos a un grupo de nada menos que ¡cinco! mochileros: un checo y cuatro (cómo no) alemanes (ríete tú de los gallegos…) ¡Tantos días solo por ahí y esto ahora parece una romería! sobra decir que me sienta muy bien poder compartir un rato con otros senderistas y, de hecho, en restrospectiva, creo que estos encuentros marcaron un cierto punto de inflexión en mi viaje: hasta entonces, caminaba yo un tanto amedrentado y no muy seguro de mí mismo. Necesitaba un poco de “feedback”. Aquí, subiendo hacia las montañas y con tiempo amenazante, me encuentro con gente con la que compartir glorias y miserias y esto siempre ayuda a poner en perspectiva la situación propia. Es algo que me había faltado hasta ahora.

Hay vida senderista en Nordkalottleden

El caso es que, según llegamos a las zonas altas, las nubes se van poniendo negras oscuras y empieza a llover otra vez, y bastante fuerte, pero como que ya no me importa. Llevo gente alrededor, les veo tan felices y eso me da confianza. Parece mentira, pienso para mí mismo, que, después de tantos años, un detalle como este siga siendo tan importante. Pocas veces durante todo el viaje me volveré a sentir tan vulnerable y desamparado como me he sentido en muchos momentos desde el inicio y hasta aquí. Nadie ha hecho nada por mí salvo estar ahí pero qué diferencia ha marcado. Qué tonta es la mente, a veces.

A todo esto… por fin, en las montañas. Esto ya se va empezando a parecer a lo que imaginaba: terreno ondulado, orografía suave salvo por el ocasional cortado creado por algún glaciar o, menos habitual, por la erosión fluvial; vistas amplias y extensas en un mundo sin barreras; vegetación que no pasa de los cinco centímetros; y, por esta tarde, cielos muy oscuros y revueltos, con algún claro ocasional pero, por el momento, no mucho viento, con lo que la situación no se percibe muy amenazante. Las nubes se mantienen bien por encima de las cimas por lo que la niebla no parece inminente pero tomo buena nota de que, efectivamente, la señalización es excelente: hitos de piedra bien grandotes; algunos, con marcas de pintura roja. Tiene toda la pinta que han sido colocados de forma que se puedan seguir en condiciones de mala visibilidad que, intuyo, son más que habituales aquí arriba.

En los mapas de esta zona, la representación se limita a las rayas marrones de las curvas de nivel y las rayas azules de los cursos de agua (más los manchones azules de los cuerpos de agua, que también hay muchos). Los mapas topográficos noruegos usan color para representar vegetación pero todo este tramo aparece blanco. Yo esperaba encontrarme aquí en un mundo de roca pero me alegro de ver que, nada de eso, todo está cubierto de vegetación aunque es sólo hierba y alguna seta. Esperaba un paisaje desolado y lunar, que también tiene su aquel pero, para tramos tan largos, casi prefiero algo más alfombrado. Parece que sólo usan los colores para representar la vegetación que se levanta del suelo.

La ruta sigue perfectamente marcada aunque no hay camino pero el terreno es universalmente transitable. No es del todo inmediato mapear el terreno a su representación en el papel porque los relieves son muy suaves y no tengo una traza que seguir en el mapa. La ruta termina de subir a las alturas y comienza a rodear un pico. Hacia el oeste, fantasmagóricas imágenes de montañas algo más grandes, medio ocultas por las nubes negras que, de cuando en cuando, dejan entrar luz por algún agujerito. Abajo, un valle de altura de esos tan amplios que no parece un valle salvo porque está flanqueado por montañas. Habrá muchos más de estos.

De cuando en cuando, las nubes se hacen fuertes y sólidas y cae un chaparrón fuerte. No puedo evitar pensar que, de estar solo aquí arriba y con este panorama, estaría acojonado pero mantengo contacto visual con el grupo de antes y eso, aunque físicamente no sirva de nada, me reconforta tanto que camino tan contento. Insisto, qué cosas tiene la cabeza…

La ruta supera un hombro, termina de rodear la montaña y se abren panoramas más amplios. Ahora ya puedo identificar mejor dónde estoy y, rápidamente, identificar hasta dónde voy: ese par de lagos de allí abajo en una leve depresión que ayudará a protegerme del viento.

Cerro Ciknavarri y sus dos pequeños lagos

El tiempo es de lo más sombrío pero este es mi primer campamento en las montañas y estoy entusiasmado: es un lugar espectacular, como esos que veía en las fotos y en los que soñaba acampar. El aislamiento y la soledad, amplificados por lo oscuro del cielo, me tendrían amedrentado en circunstancias normales pero veo al grupo de cinco acampar unos cientos de metros más atrás y, de nuevo, siento cómo eso me reconforta. No muy aventurero, lo sé, pero me hace sentir mejor y, quizá por primera vez en todo el viaje, estoy muy contento de estar aquí.

Mi casa en las montañas

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