Amanezco envuelto en niebla, cosa que, más o menos, esperaba. Compruebo que los hitos son aún perfectamente visibles así que, por el momento, estoy tranquilo. Camino muy atento al mapa y altímetro para mantenerme localizado, por si acaso, aprovechando las referencias distinguibles. Es un “de lago a lago y tiro por que me toca” en un terreno fantástico, casi amplificada la sensación por la niebla que, en los momentos en que se levanta un poco, me deja ver que, a mi derecha, ladera abajo, sigo teniendo el gran valle que veía ayer. La ruta bordea unos pequeños montes y desciende suavemente a lo largo de la ladera para, al final, llegar al fondo del valle y seguir adelante. En uno de los momentos de niebla más densa, veo algo que se mueve y tardo un poco en identificar que se trata de renos. Es la primera manada que me encuentro y, por tanto, todo un acontecimiento, aunque apenas les distingo.

Niebla en las tierras altas

Según bajo hacia el valle, salgo de la niebla, que queda encima, y tengo ocasión de llenar el espíritu de esas sensaciones tan propias de esta cosa del senderismo: un amplio valle glacial, lleno de lagos dispuestos en hilera en su fondo, con montañas modestas y redonditas a un lado, al norte, y otras más altas y escarpadas al otro, sur. Hacia el norte, sé que, a través de todos esos páramos se llegaría a la parte de alta de Reisadalen, por donde bajaba anteayer; ha sido un pedazo de vuelta para llegar aquí por terreno transitable. Hacia el sur, detrás de esa barrera montañosa, está Finlandia. Tengo que avanzar y rodear las montañas, ahora cubiertas por nubes oscuras agarradas a las cumbres. Son estas percepciones del territorio una de las cosas que más me gusta de esta actividad: alcanzar una imagen a escala humana del lugar por el que transitas, comprender las formas y las fuerzas que lo crearon, jugar con el mapa para relacionar elementos y percibir la gran escala… que aquí, en el ártico, es muy grande; tanto porque los horizontes son amplios como porque todo es naturaleza aquí, hasta donde alcanza la vista y mucho más allá. La introducción al sendero ha sido larga esta vez pero subir a las montañas y encontrarme estos panoramas me ha traído, por fin, esa conexión que tanto necesitaba y ahora soy de lo más feliz.

Recuerdo que Coalbmevaggi siempre me llamó la atención, desde el mapa y antes de salir de casa, como ese lugar remoto al que aspirar a llegar; bueno, uno de ellos. El primero de ellos. Cuando me acerco allí, hasta una pizca de sol se cuela por un hueco y esto ya parece hasta verano pero dura menos que un espejismo. Coalbmejavrit es uno de esos paisajes típicamente lapón, un lago alargado en su valle redondeado, uno de esos que, en los mapas noruegos, representan todo en blanco, como si fuera la luna. Es la primera vez en el viaje que atravieso sitios así y me gusta.

Coalbmevaggi y mi amigo, el hito

Al final de Coalbmevaggi, hay que subir a un pequeño collado para luego bajar aún más, hacia un valle aún más grande, recorrido por Rahpesjohka, uno de estos ríos que en el mapa parecen gigantes. Es un vado potencialmente delicado y veo que el cauce es, efectivamente, gigante pero no parece que vaya a cubrir mucho. Estos ríos se esparcen por el fondo de un valle aún redondeado y el cauce es muy amplio pero, precisamente por eso, no son muy profundos. Al menos, ahora, en medio de agosto. Lo peor es que el tiempo se está cubriendo otra vez y, justo cuando llego a la orilla, empieza a chispear.

Rahpesjohka

El vadeo es largo pero sin problema. La ruta, ahora, sigue este nuevo valle, que va girando hacia el oeste para rodear esas montañas que veía nubladas hace unas horas. Nada ha cambiado en ese sentido o, si cabe, a peor: todo muy espectacular y grandioso pero está empezando a llover de verdad y eso ya no mola tanto. Al principio, no importa, saco el paraguas una vez más y aquí no hay vegetación con la que rozarse… pero la lluvia va arreciando y no puedo esperar a llegar a Somashytta, el refugio situado minutos antes de entrar en Finlandia. Me consta que éste está abierto y, ahora, con la que está cayendo, tengo razón extra para tomarme un descanso allí.

Me cae de todo en la última media hora y llego a Somas bastante calado, a pesar del paraguas. Calado y helado pero con la tranquilidad mental que me da saber que puedo estar a cubierto un rato. Somas es el primer refugio noruego en el que meto la nariz y me gusta mucho lo que veo: es simple y austero pero muy acogedor. Todo de madera, con una habitación común con una mesa, sillas, barra de cocina y armarios con utensilios y, lo más importante, una chimenea, que ahora está apagada porque no hay nadie aquí. Hay literas en habitaciones separadas.

Somas

Dejo todas mis cosas chorreantes en el vestíbulo y me siento a comer algo mientras consulto el libro de registro. Voy recuperando calor corporal y pienso en lo agradable que sería tomar algo caliente. Puedo calentar agua pero no tengo nada con que mancharla… abro un armario para curiosear y me encuentro un tarro de vidrio con pinta de tarro de café soluble. Esa cosa oscura y un tanto pétrea que queda en el fondo parece café y huele a café pero ¿será alguna de estas palabras en noruego de la etiqueta “soluble”? Ni con mi mayor dosis de inocencia la identifico ni el dibujito ayuda a adivinar el tipo de contenido. Bueno… normalmente, el café soluble viene en este tipo de tarro de vidrio. Saco el hornillo y a ver qué pasa.

En esto, llega uno de los alemanes. Sabía que estarían detrás de mí pero no les había visto en todo el día. Él tampoco sabe leer noruego pero opina que sí va a ser soluble y acepta una taza.

Me cuenta que su grupo se va a quedar en Somas esta noche y que él está completamente calado, hasta los huesos, que su ropa impermeable le está fallando hasta el punto que se plantea abandonar el viaje sin llegar a Kilpisjarvi (la vía de escape es, me cuenta, un hidroavión que “aterriza” en Pihtsusjarvi, unas horas más allá). Está muy mojado y se siente vulnerable, muy comprensible en este entorno tan aislado y tan poco hospitalario cuando el tiempo se pone así.

El café debe ser del siglo pasado y supongo que sabe a rayos pero es el mejor café que he tomado en mucho tiempo. Esto es tributo al valor auténtico, intrínseco, de las cosas, ese que sólo puedes apreciar en situaciones como estas: en el sendero, en las montañas… ese café que, en la ciudad, es, a veces, una rutina intrascendente, aquí se convierte en un regalo inesperado y maravilloso. El mejor café del mundo.

Miro afuera y llueve menos pero el tiempo sigue teniendo la misma pinta lúgubre. Me va a costar salir de aquí pero aún es mediodía y tengo que continuar. Será más fácil si me pongo como objetivo un sitio similar: echo un vistazo al mapa; por primera vez, al mapa finlandés, para ver qué opciones tengo y, haciendo cuentas, veo que llego sin problemas a Pihtsusjarvi, donde hay un refugio. Tendré que caminar bastantes horas pero precisamente por eso me cuadra perfecto. Así, con la paz mental que me da saber que no camino hacia la perdición, me despido del colega alemán, me vuelvo a calzar calcetines y zapatillas chorreantes y salgo fuera.

El valle se amplía según paso a ver la espalda de esas montañas que bordeaba esta mañana. El ambiente es espectacular, entre la inmensidad de los páramos y sus lagos y las nubes cubriendo las cumbres. En pocos minutos, llego a un mojón de piedras de forma cilíndrica y 1 metro de altura, coronado por una piedra que, según del lado del que vengas, te indica si entras en “Suomi” o “Norge”. Segunda vez en mi vida que entro en Finlandia y la segunda que lo hago a pie. Cómo mola.

La lluvia vuelve a ponerse seria y camino atrincherado bajo el paraguas. Al pie de la que va a ser mi siguiente subida, paso junto a Kopmajoki, el primer refugio finlandés que me cruzo. Hay humo saliendo de la chimenea y dan ganas de quedarse pero, nuevamente, me ayuda a seguir saber que en Pihtsusjarvi encontraré algo parecido… espero…

Ahora tengo que subir a un collado bastante alto y, según veo en el mapa, expuesto. Todo el relieve es muy suave y redondeado y la comunicación con el valle contiguo es, básicamente, a través de la cresta. Espero que el ambiente no esté muy violento por ahí arriba porque incluso la orientación puede ser delicada, al no haber una hendidura clara por la que pasar. Según inicio el ascenso, cae el diluvio universal pero mi renovada moral no se deja aplastar esta vez y me lo tomo a risa: voy hacia un refugio; si planeara acampar esta noche, no me reiría tanto.

Empiezo a comprobar cómo la parte finlandesa es territorio más transitado: veo un par de figuras emerger de la niebla mientras descienden y cuando me cruzo con ellos me preguntan por Kopmajoki: “allí abajo; tenéis la chimenea encendida esperando”. Según subo, la lluvia empieza a remitir hasta que se para del todo. Parecía imposible hace 20 minutos pero los dioses del tiempo se han tranquilizado.

Termino la subida en medio de una calma tensa, pero calma, al fin y al cabo, con buena visibilidad y sintiéndome el único humano en el mundo, aquí, en las alturas laponas. Ésta será una sensación recurrente a lo largo de todo el viaje: a 900 m., en esta región, el paisaje tiene un punto de desolado y… cómo decirlo… como “vacío”. Por alguna razón, no es lo mismo que la alta montaña de las latitudes medias, que puede estar igual de vacía pero… no causa la misma sensación. A lo mejor es sólo miedo escénico, no sé, pero el caso es que ahora, por el contrario, me siento confiado. Quizá es esa amplitud de paisajes y esa sensación de no ver otra cosa que no sea hierba y agua.

Valga decir que la sensación es en positivo y que estoy disfrutando mucho del momento. La señalización sigue siendo buena; ahora, cambiada a la versión finlandesa, unos palos de sección rectangular y unos 40 cm. de altura con la parte superior pintada de naranja. Aquí arriba, ya no hay apenas traza visible en el suelo y puedo imaginar que costaría encontrar el camino con niebla pero ahora no la hay.

Palitroque en primer plano. Mi collado, al fondo

Al otro lado de la cresta, más paisajes infinitos y más lagos en lontananza. El más grande que asoma ahí abajo debe ser Pihtsusjarvi y hacia allí tengo que ir. Al rato, veo, abajo, en el valle, un grupo de tiendas. Son tipis y, según me acerco, intuyo que son bastante grandes. No parecen las tiendas de un grupo de montañeros. En aquel momento, me parecieron algo muy raro pero, a la vista de todo lo que fui encontrando después, intuyo que era un campamento Sami de tipo semi-permanente. Supongo que los usan para pastoreo de renos y quizá para cazar o pescar por la zona. No parecía haber nadie allí en aquel momento.

El tiempo vuelve a ponerse muy oscuro según sigo las señales colina abajo hacia el lago más grande pero, de momento, no llueve. Tras un resalte, aparece por fin el refugio. Durante la bajada, me planteaba (en broma) si no iba a sentirme cobardón por cobijarme hoy, dado que ya no llovía… por eso, casi me alegro de que el cielo se haya puesto amenazador otra vez, despejando todas las dudas: voy a ser feliz de estar bajo techo.

¡Mi primera noche en un refugio! Me consta que los refugios finlandeses están abiertos y son gratuitos, aunque los hay también en versión cerrada y de pago y, al parecer, lo más habitual es que existan ambas versiones en cada lugar. Todo esto viene muy bien indicado en el mapa que, a diferencia de los mapas noruegos que venía usando hasta aquí, es un mapa recreativo y tiene bien marcados los senderos, los refugios, el kilometraje de aquellos y las plazas de estos. Pihtsusjarvi tiene dos edificios más una letrina. El edificio principal tiene dos partes: una abierta y otra cerrada (el otro edificio, no sé qué es). En la parte abierta hay un montón de gente ya; llego a buena hora para mis estándares (casi puedo decir que hoy acabo “pronto”) pero, aún así, llego el último.

Pihtsusjarvi

Pihtsusjarvi es muy popular porque es uno de los refugios desde los que se hace la subida a Halti, la montaña más alta de Finlandia. Hay otro refugio más alante pero desde éste ya se puede subir y bajar en el día. La ascensión a Halti tiene una larga aproximación de más de 50 kms. y, por lo que voy viendo, parece un viaje típico de verano para los senderistas fineses, casi algo así como una peregrinación a un punto relevante de su país: la montaña más alta del país sin montañas. Todos los que están en el refugio son gente muy joven y son todos finlandeses y la mayoría, si no todos, son del sur del país. Han venido de vacaciones a sus “alpes”.

El refugio es sencillo, aún más que Somas, donde descansé a mediodía. Es similar salvo porque aquí sólo hay un espacio común y las dos filas de literas están a un lado de la misma habitación donde hay una mesa, unas sillas y la chimenea. La chimenea, por cierto, que está encendida y produce un ambiente muy agradable. Afuera, no llueve pero el tiempo está desapacible y hace frío. Hay, también, gas para cocinar y todo está muy limpio y en orden. Me gusta el amplio porche, donde sentarse a cubierto sin encerrarse.

Caben unos 12 para dormir y estamos 9 personas, de grupos diversos. Los finlandeses son todos gente tranquila y agradable y estoy muy a gusto aquí.

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