Las horas de espera al tren de la tarde tampoco son algo casual ni un mal inevitable; me permiten resolver el problema de siempre: comprar gas, ese equipaje maldito que el avión no admite y que es lo único que no me traigo desde casa, de entre todo lo que necesito para plantarme en el metro cero. Sí, viajo con toda la comida (para la primera etapa), como se hacía hace 50 años.

La posada del mochilero

Estocolmo no me interesa demasiado, es una ciudad más y el centro está lleno de turistas pero, ya que estoy, aprovecho para darme una vuelta. Hace muy bueno y, cuando quiero decir “muy bueno”, quiero decir tiempo perfecto de libro: calor agradable sin agobios, día luminoso. Buen augurio.Por el momento, agradezco el relax de no tener que hacer nada, no tener que tomar ninguna decisión pero me acaba sobrando tiempo hasta que por fin cojo el tren. En el andén, no soy el único con mochila.

El tren que va al norte

Al poco rato de salir de Estocolmo, nos metemos debajo de una nube alta que divide el cielo en dos: la parte azul al sur y la gris al norte. Apenas volveré a ver un cielo como el de la mitad sur en todo el viaje pero, en ese momento, aún no lo sabía.

El viaje en tren no es muy panorámico. A grandes rasgos, se trata de un túnel verde, con la vía flanqueada a ambos lados por bosque. Al principio, todavía hay algo de variedad con poblaciones y cruces con carreteras pero, pasado Uppsala, el tren se mete en el mar verde para no salir más. La nube alta se ha hecho menos alta y el cielo está muy gris. Por lo demás, me quedan muchas horas en las que lo único que tengo que hacer es no hacer nada y, dado el miedo escénico de todo comienzo de viaje (y, especialmente, de éste), me dedico a repantingarme, física y psicológicamente. Estoy de vacaciones; por lo menos, un día más.

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