La cubierta gris sigue ahí por la mañana y es como si nada hubiera pasado desde ayer por la tarde. Como las nubes filtran la luz, no está muy claro dónde está el sol. No me siento muy entusiasmado pero, qué leches, es un día más en este sitio tan chulo y no tengo ninguna razón objetiva para no estarlo así que ¡arriba ese ánimo!

Paso, por fin, junto al refugio, al que supongo habitado aún a estas horas pero nadie sale a husmear. La ruta es franca por el fondo de este valle, flanqueado por montañas algo más verticales y rocosas que de costumbre. Lo que no varía de la costumbre es la serie de lagos alargados a lo largo del ascenso. Cuento mi progreso por lagos: este es el grande, ahora llegan los dos pequeños… encuentro una tienda plantada junto a uno de ellos pero sin señales de vida. Un poco más allá, esta vez sí, dos personas humanas sacando la cabeza de otra tienda más. Mi camino me lleva a pasar junto a ellos y puedo llegar hasta a saludar. Me sienta bien, esto de encontrar gente. Pienso si no hubiera estado mejor avanzar unos minutos más y acampar en el lugar más lógico, el fondo de valle, en lugar de esa tierra de nadie entre dos cuencas donde he pasado la noche… aquí es más alpino y resguardado pero ¿y ese glaciar que tenía enfrente de la puerta? Conclusión: quisiera acampar en todos los sitios.

Vuomavaggi, mirando atrás

La subida es evidente y gradual. Como de costumbre, lo que de sendero pudiera quedar va desapareciendo según el terreno se hace más rocoso. Al final, arriba, es todo piedra, otro collado largo en el que es difícil decir cuándo has dejado de subir y cuándo has empezado a bajar.

Al otro lado, otro valle profundo, aunque parcialmente anegado por un lago enorme que, en este caso, es de mentira porque está represado. Anda que no tenían lagos aquí como para hacerlos más grandes… obviamente, los embalses, en Noruega, no son para abastecimiento de agua sino para producción de electricidad. Alftavatn es uno de esos pedazo de lagos que ocupan medio mapa con un manchón azul alargado y va a suponer un breve contacto con civilización porque Nordkalottleden recorre un montón de kilómetros de orilla para llegar hasta la propia presa y cruzarla. Ahí es donde acaba lo que mi guía describe sobre Troms Border pero no la echaré de menos; de hecho, apenas la he consultado durante estos días, al estar la ruta perfectamente marcada, tanto en los mapas como en el terreno.

El descenso hasta Alftavtn es por ladera, es decir, bastante rápido. Abajo, llego a Gaskashytta, el refugio de mediodía, y cumplo con lo que ya es casi tradición de parar a comer ahí; la hora me viene bien. Me encuentro con una pareja de alemanes que está a punto de salir, en mi misma dirección y que desaparecen entre los abedules unos minutos después. Ya estamos en el bosque.

Desde aquí, la guía advierte de muchas humedades. Salgo dispuesto a caer derrotado en el barro pero veo que el sendero ha sido trazado intentando evitar los fangales a base de subirse por las laderas, buscando el terreno seco. Un poco más abajo, la orilla del lago es prácticamente impracticable (valga la rezumbancia), en uno de esos interfaces difusos entre agua y tierra firme. Alterno bosque con ladera pelada en una progresión más fácil de lo que esperaba. Alcanzo a los alemanes, que llevan mochilas corporativas (esto es, gigantes) en un descanso y ya no les vuelvo a ver.

El día sigue gris y amenazante pero no termina de llover. Me recuerda mucho a los primeros días en la tundra. De alguna forma, me da confianza ir caminando hacia la civilización aunque sé que no va a ser un encuentro agradable porque tendré que rozarla y continuar cuando ya sean esas horas en las que uno se empieza a sentir vulnerable. Por otro lado, intranquiliza ese comentario final de las páginas de la guía en el que, justo antes de abandonarme, me dice: “el camino que continúa hacia Abisko está en peores condiciones y puede ser difícil de seguir…”. Pues vaya; se podía haber callado…

Me voy acercando al extremo norte (noreste) de Alftavatn y ya diviso la ristra de casitas vacacionales junto a la orilla y las barcas aparcadas. Sigue sin llover. De repente, aparece una mochila tirada en el suelo y, mirando un poco más allá, veo al que debe ser su dueño, agachado en los arbustos. Ya sé lo que está haciendo: eso que le rodea son matas de blueberries.

El sendero pasa a unos metros de él y se los recorre para venir a saludar con las manos manchadas de morado, como debe ser. Es otro alemán (hay más alemanes que noruegos en estos senderos), un chaval joven, viene de Abisko y me dice que el sendero hasta allí no está tan mal. Qué bien, me gusta que me digan lo que quiero oír. También me dice que el pronóstico del tiempo es malo y que para mañana se espera incluso nieve. Pues vaya…

Lo de que el tiempo venía malo ya lo estaba viendo yo; a pesar de lo que me dijeron ayer, tanta nube negra y la temperatura tan baja no podían ser cosa buena… lo que no esperaba es que la cosa fuera tan seria y no me gusta porque aún tengo una zona alta que cruzar antes de llegar a Abisko. La tengo justo delante pero no me va a dar tiempo a pasar hoy. Pues esto no me gusta nada oírlo… casi había preferido que el sendero fuera malo. Dejo al alemán con sus blueberries y sigo adelante.

Delante ya, tengo el final del lago, su presa y la civilización. Por el mapa, sé que hasta la presa llega una carretera que remonta el valle. Tres kms. abajo está Innset, un punto en el mapa que aparenta ser minúsculo. Me consta que allí no hay nada de interés para el senderista salvo un alojamiento del que me acaba de informar el alemán y que no debería usar… Abisko está a menos de dos días de camino.

La civilización esta a la que llego es muy impersonal; empiezo por que el sendero desemboca en una pista a lo largo de la que hay casas vacacionales escondidas entre los árboles pero no se ve a nadie. De muy tarde en tarde, pasa algún coche pero eso no implica ningún contacto humano, sigue sin verse a nadie. Llego, por fin, a la presa y la cosa no está muy animada: aquí tampoco hay nadie. Hay un panel informativo donde aparece una nota del alojamiento en Innset del que me acaban de hablar. Cruzo la presa mirando con ojos desconfiados a ese cielo amenazador, sabiendo, ahora, que no es de broma; y con ojos tristes valle abajo hacia Innset que, desde aquí, queda oculto por el terreno pero 3 kms. no es nada y se adivina el pequeño ensanchamiento del valle donde debe estar. El alemán me contaba que el alojamiento ese no es uno cualquiera: un sitio muy rústico, barato y acogedor, regentado por otro alemán afincado aquí “arriba” que se dedica a paseos en trineo tirado por perros (no en esta época, obviamente) y bla, bla, bla, todo muy bonito… miro el mapa y veo que ahora viene lo típico: vuelta a subir, travesía por las tierras altas, collado y bajada para el otro lado. Aún me quedan unas horas de luz y aún puedo hacer cosas pero una que no voy a poder hacer, me temo, es superar el collado: aún está demasiado lejos.

Va a hacer malo y me va a pillar ahí arriba… ¿por qué no me voy a Innset, donde el alemán de los trineos, y me tomo un respiro en la carrera esta en la que he convertido este viaje? ¿Tanta prisa tengo? Por otro lado, seguir el camino me viene perfecto para cumplir, un día más, uno de los objetivos del dicho viaje: acampar en esos sitios tan bonitos de las montañas árticas. Y, vamos a ver: ¿a qué hemos venido aquí? ¿para qué me he traído esta tienda tan verde fosforito? ¿eh?

Seguiré mirando con ojillos tristes el valle mientras lo voy dejando atrás pero esta vez no voy a ser calzonazos y sigo adelante.

Parece que los renos tienen una extraña habilidad para aparecer en los momentos en los que más necesito compañía. Y ¿qué compañía pueden hacerme los renos? pues… ¡mucha! Están ahí, son muy bonicos y, de alguna forma, evitan que me sienta solo, en momentos en que eso me pese. Yo les hablo; les agradezco la compañía y les pido disculpas por molestar. Estoy en su casa.

Durante la subida, me encuentro con unos cuantos.

Pasado el ascenso inicial a lo largo de un talud en el que el río ha excavado un poco su cauce, llego al terreno que más me gusta: esos valles glaciales de fondo plano y ambiente tan evocador, con amplias vistas a un horizonte de montañas no mucho más altas que el propio suelo del valle. Si hiciera bueno, este sería uno de esos momentos con magia pero el cielo oscuro y el viento frío evidencian lo evidente. Avanzo sabiendo que, cuanto más suba, peor pero, ya que me he puesto, tendré que avanzar algo que sea algo más que testimonial. En el último descanso, en la presa, he echado cuentas: mañana puedo estar en Abisko. Si consigo tal cosa, habré ganado un día sobre el pronóstico más optimista para esta sección y crecerán mis posibilidades de llegar a Kvikkjokk. Con esta motivación adicional, sigo encadenando cubetas glaciales mientras los flancos se hacen más tendidos y el valle se amplía.

Atardecer nublado en Salvasvaggi

En el punto en el que el valle se divide en dos, me encuentro una tienda, cosa que me alegra y me fastidia. Por un lado, me siento acompañado (aunque no llego a ver a nadie); por otro, este parecía un buen sitio para acampar, levemente resguardado por el suave perfil del terreno del flanco por el que espero que venga el viento. Podría quedarme aquí, no será por sitio… pero sería un poco extraño acampar tan cerca de alguien más en un lugar donde hay tan poca gente y no sé si podría sentar mal así que echo un vistazo al reloj: aún me queda tiempo; otro, al mapa: justo un poco más arriba, hay un pequeño circo y ahí puedo estar más o menos a cubierto del viento dominante; y otro, al fantástico entorno que se va abriendo a la vista según subo la pequeña cuesta que me lleva a la siguiente planicie.

Qué pasada de sitio. Una barrera de modestos picos, con sus neveros y restos glaciares, cierra el panorama por el sur, de frente, con una amplia abertura hacia el este y otra no tan amplia, escondida entre la orografía, hacia ese sur que es mi camino y por donde tendré que pasar mañana. Ahora, camino ya buscando ese sitio perfecto que, poco a poco, se va volviendo más caro según el suelo se va haciendo más pedregoso. Hasta aquí, dominaba la hierba; ya no.

El relieve es tan suave que es difícil encontrar parapetos naturales. Me tengo que conformar con un minúsculo escaloncito de menos de medio metro y confiar en que la propia orientación del circo me proteja y pensando que, mañana, lo siguiente es seguir subiendo.

Tareas domésticas en Lairevaggi

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