La ola de optimismo continúa por la mañana, agraciada por un tiempo frío pero brillante y donde hasta el viento se ha calmado. No sé hasta cuándo durará y estoy preparado para lo que sea pero disfruto de la mañana más tranquila de todo el viaje. Daertavaggi es tan bonito como parecía ayer, no lo había soñado.

La ruta sigue valle abajo aunque el desnivel es prácticamente nulo. A la altura a la que se ancha tanto que ya casi no se le puede llamar valle, Nordkalottleden gira a la izquierda, supera un talud y se introduce por un vallecito lateral; este sí, más estrecho pero con un fondo perfectamente plano y unas hierbas largas que me hacen sospechar lo peor: los lagos no acaban en la costa. Hay que atravesar este valle para salir de él por el otro lado y, para ello, tengo que cruzar varias decenas de metros de fangales. O quizá centenas. Llevaba los pies inusualmente limpios y secos y, en esas circunstancias, fastidia especialmente meterlos en la ciénaga pero hoy nada importa; el día es perfecto, el lugar es fantástico y yo estoy aquí, qué importan unos pies mojados y embarrados…

Esperaba mucho de Troms Border; quizá porque esta sección estaba recogida en una guía, había visto las fotos y, sobre todo, había leído los textos de un autor al que, se notaba, se le caía la baba al hablar de estos lugares. Ahora sé por qué; a mí también se me cae. Sé que el cielo mayormente azul y el día en calma están haciendo mucho por mí también: las mismas fotos y comentarios mencionados estaban enmarcados en un entorno así y yo también quería mi parte. Como bien sé, entre buen y no tan buen tiempo, no hay color o, mejor dicho, cuando hace bueno sí que hay color: será la luz o la limpieza del aire o yo qué sé pero es como si a una imagen de montaña tradicional le hubieran pasado el photoshop para saturarle los verdes y azules.

Mundo verde y azul

Y luego está la inmensidad del lugar. ¿Cuántas veces he repetido esto ya? Es que es una sensación muy poderosa, un tanto exclusiva de las regiones poco habitadas y, por ello, inexistente en nuestras latitudes medias donde, por mucha montaña que haya en lontananza, siempre hay cerca pueblos, carreteras, presas o estaciones de esquí. Aquí no. Puedes mirar a lo lejos (y se llega muy lejos) y no ver ni siquiera intuír nada de esto. No ver nadie más ni nada que no sea naturaleza.

Precisamente, según abandono Daertavaggi me encuentro con un chocante y extraño contra-ejemplo: unos kilómetros más allá, junto a uno de los millones de lagos, veo casitas. No es un refugio; no ya porque no deba haber un refugio ahí sino porque no son dos o tres edificios sino una docena o más. ¿Un pueblo? Y ¿qué haría un pueblo ahí? En el mapa, efectivamente, aparece la representación de algún edificio pero no la representación de vía de comunicación alguna para llegar a ellos, aparte de un sendero que se deriva del mío y pasa por ahí. En aquel momento, me quedé con la duda de qué era eso y qué pintaba ahí. Más adelante, vi más ejemplos de ello y hablé con gente que me contó que son asentamientos estacionales que los Sami utilizan en verano para sus labores pastoriles. Estropeaban un poco las sensaciones comentadas pero no voy a discutir los derechos o razones de los Sami para construir estas cosas. Tampoco había tantos y, mientras no hagan carreteras para llegar, supongo que no hay problema. Supongo que ya las harán… o no, quién sabe. Espero que sepan valorar más su tierra por lo que es y, de hecho, intuyo que los Sami pueden ser el tipo de gente que lo haga. Han vivido muy cerca de ella hasta hace bien poco y, probablemente, aún no han terminado de olvidar lo que en nuestro entorno hemos olvidado hace mucho.

Vuelvo a mis fangales donde, a la vista del panorama, pronto me convenzo de que no merece la pena intentar evitar lo inevitable. Hay un momento especialmente entretenido, al cruzar el dudoso istmo entre dos lagos: cuando meto una pierna más allá de la rodilla, ya no estoy seguro si esto es tierra o si aún puede ser considerado parte del lago más cercano y creo que mejor pruebo otra trayectoria.

Lo bueno de los fangales, por encontrarles algo bueno, es que es el terreno que les gusta a las bayas amarillas estas tan ricas (y tan escasas). Hay pocas pero no hay que buscarlas mucho, ese color tan cantoso no puede pasar desapercibido y pasar junto a un grupo de cinco o diez ya sabe a festín. Recogerlas con el agua por los tobillos es casi un precio justo por una cosa tan rica.

Cloudberry

Termino de cruzar fangales para meterme por otro valle lateral; esta vez, más estrecho aún. El día sigue espléndido y creo que estoy pasando los mejores momentos desde que puse el pie en el ártico. Me pregunto si hoy será el primer día en el que no veré a nadie… este parece el tipo de entorno en el que lo último que uno espera es encontrarse a otra persona, parece todo tan aislado… el caso es que, desde la ladera que ahora recorro, ahí abajo veo las inconfundibles formas de una tienda túnel de estas tan típicas de aquí, montada junto al lago. No dejo de estar sobre una ruta marcada… no veo a los ocupantes, de todas formas. Estarán por ahí, disfrutando del buen tiempo.

Donde el valle empieza a dejar de estar encajonado, hay que bajar al fondo, cruzar el río y empezar a subir paredes por el otro lado. La orografía nos dirige hacia el oeste pero Nordkalottleden continua hacia el sur. El río aparece gigantesco en el mapa y, efectivamente, lo es… pero sólo a lo ancho. Precisamente por eso, cubre muy poco. Eso sí, creo que es el río más ancho de toda la ruta (o cerca andará) y tardo varios minutos en vadearlo. Hasta encuentro una marca de pintura en una roca que sobresale en medio del cauce. Un poco exagerado, pero me hace gracia. Las mejores noticias es que esta zona es rocosa y aquí no hay fangales así que salgo del agua con pies mojados pero limpios.

Skaktarjakka, ancho pero fácil

Al otro lado, me encuentro con relieves inusualmente escarpados para subir a las alturas para una corta travesía antes de bajar varios cientos de metros a uno de los valles profundos, donde volveré a encontrar bosque. En la parte alta, me encuentro con un grupo de tres que se dirige al último refugio que pasé ayer para pasar unos días de pesca. Son vecinos de Tromso y, como vienen de la civilización, aprovecho para preguntarles por el pronóstico del tiempo que supongo que se habrán mirado antes de salir. Sí se lo han mirado y las noticias son buenas: al menos, unos pocos días sin mal tiempo que me deberían servir para llegar a Abisko. Qué contento me pongo. Sigue haciendo frío pero, con tiempo tranquilo, es casi hasta agradable para caminar. Así, relajado y confiado, sigo camino hacia el talud de Dividalen (el valle “Dividal”).

Justo antes de llegar a esa vista que espero, se me cruza un reno pequeñito. Le inmortalizo con la silueta recortada contra el cielo azul, qué bucólico todo… por fin, aparece el valle, tapizado de bosque, en fuerte contraste con la ausencia de árboles de todo el resto del entorno. El sendero desciende por la ladera, salvando el desnivel en muy poca distancia pero la subida posterior será diferente, a lo largo de un largo valle lateral. El mapa me confirma que es ese de enfrente y, al fondo, puedo ver las montañas hacia las que tendré que dirigirme en busca de otro paso alto… pero aún queda mucho para eso.

Nordkalottleden, un reno pezqueñín y Dividalen, ahí abajo

Desde ayer, casi sin querer, me he metido en una dinámica de jornadas de refugio en refugio pero no por dormir en ellos sino casi por casualidad, porque ha cuadrado así y también, quizá, por la tranquilidad que me da tener la opción de usarlos si el tiempo se tuerce. Eso sí, el ritmo que llevo hace que las jornadas sean dobles: paso junto a un refugio a mediodía y continuo hacia el siguiente. Así me pasó ayer y así me pasa hoy.

Ahora tengo que bajar a uno de los valles profundos donde, como en la ocasión anterior, el ambiente cambia radicalmente: vegetación densa, ambiente agobiante y terreno poco agradable para caminar, con piso irregular y mucha humedad. Sin duda, estaba más a gusto arriba, en las montañas. Esta vez, por lo menos, es un tramo relativamente corto, sólo unos pocos kms., pero se hace largo.

Dividalen: la selva de abedules

Valle abajo, el sendero continúa hasta el final de una carretera pero yo me alegro de torcer a la izquierda y enfilar el puente colgante sobre el río. Un tramo aguas arriba, había pasado por un vado señalizado como tal y que, según las señales, me ahorraba un par de kilómetros pero no sabía seguro si la traza del sendero tenía continuidad al otro lado y el río era de un tamaño y profundidad bastante respetables así que, sabiendo que había puente, preferí jugar seguro e ir hacia él. Me quedaba aún un buen tramo de un día muy largo y prefería no andar con aventuras. Y quiero salir de la jungla cuanto antes.

A una mañana eufórica sucede una tarde gris, con mi ánimo alineado con ese cielo que ya se está volviendo a cubrir. Es el cielo, el cansancio de un día largo, el ambiente un tanto pesado y pegajoso pero, a la vez, frío… no sé si tiene mucho sentido pero es así como lo recuerdo. El bosque que no se termina de terminar porque, superado un primer talud para salir de Dividalen, el sendero se nivela y avanza por este otro valle lateral que parece que no se acaba nunca. Se me hace tarde pero, como compruebo más tarde, las urgencias están sólo en mi cabeza porque, al final, llego a Vuoma con tiempo de sobra para montar campamento y hasta para haber avanzado algo más, si hubiera querido. Y no quiero, ya basta por hoy.

El valle seguía un poco más, ya cerca de su cabecera y ya a punto de abandonar los árboles, cuando la ruta gira hacia la izquierda para subirse por un lado y ya salir por fin a terreno abierto. Para ese momento, a última hora de la tarde, la temperatura había bajado mucho y el cielo tenía una pinta gris oscura bastante fea, acompañado por una brisa sospechosa pero volver a las alturas y sus inmensos panoramas me sentó anímicamente muy bien. A la vuelta de una pequeña cresta, aparece Vuomahytta, un refugio pequeño en una localización inusualmente elevada, relativamente cerca del siguiente puerto. El ambiente gris oscuro desluce la imagen pero el lugar es espectacular: un valle de altura, colgado encima de las hendiduras más profundas de los que le rodean, flanqueado por picos y con el habitual fondo plano revestido de lagos.

Hay humo saliendo de la chimenea esta vez. No me digas que no es duro decir no a una chimenea encendida… voy a tener que evitar la dinámica esta de acabar el día cerca de un refugio para no someterme a estas tentaciones pero tengo claro que prefiero acampar y el tiempo se mantiene tranquilo, dentro de lo oscuro, así que vuelvo atrás unos metros para plantar la 2C al otro lado de esa arista que me separa del edificio pero no de la vista de esos lagos de abajo. Tengo un pequeño glaciar enfrente y hay un par de manadas de renos pastando por ahí. Me recuerdo a mí mismo que esto es la vida en el sendero y que tengo que procurar no agobiarme por objetivos ambiciosos. Todo llega y, al final, todo acaba en descanso, relax, renos pastando y para adentro, que hace frío.

Vuoma

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