Resumen rápido del día: completar el suave ascenso del glen para desembocar en una parte conocida de las tierras altas y reencontrar antiguos compañeros de ruta (trails, bens and lochs). Disfrutar de las maravillas del viaje a pie escocés: tiempo luminoso e infranqueables (es un decir) fangales para llegar a una inusualmente extensa plantación de coníferas.

Para empezar, bonita y luminosa mañana en Glen Kinglass tras una noche tranquila. Sigue habiendo muchas nubes sospechosas pero el tiempo parece pacífico.

Mañana brillante en Glen Kinglass

Lujosa pista para terminar de recorrer el glen. Uno sólo sabe apreciar el valor de un buen camino cuando éste falta y hay que enfrentarse al páramo, cosa que sucederá enseguida, a la altura de ese hueco que se aprecia tras la loma, al fondo a la derecha.

Glen Kinglass

Vista final de la parte alta de Glen Kinglass, desde una de las paredes por donde saldré de este valle. Llegar hasta donde estoy, sin sendero, ha supuesto pisotear páramo e, inevitablemente, mojarme los pies. Es un charco permanente.

Final de Glen Kinglass

Se aprecia muy bien la forma de U de la cabecera.

El descenso por el otro lado es muy corto, señal de que esto son ya las tierras más bien altas. No tarda en aparecer un buen camino (visible a la derecha). Al fondo, las montañas aledañas a un viejo conocido, Beinn Dorain.

Las tierras altas

Vista atrás, hacia el oeste, junto al cauce de Abhainn Shira. Glen Kinglass está ahí abajo, delante de ese grupo de montañas tras las que está Loch Etive y, más allá, el océano Atlántico.

Abhainn Shira

Reencuentro con otro viejo amigo, el West Highland Way. Fue cuatro años antes cuando pasé por aquí mismo, rumbo al norte en ese camino identificado como “Cañada a Glencoe”. Hoy, mi ruta viene de donde marca la señal flechuda y prosigue hacia el oeste.

Más reencuentros: Loch Tulla, ese lago que nos pareció tan desolado cuando aún no sabíamos cómo eran de verdad las tierras altas escocesas. Al fondo izquierda, la mole oscura de Beinn Dorain, el que fue nuestro compañero durante muchos kms. en aquel viaje sobre el West Highland Way. Ahora, otra vez.

Loch Tulla

Típica ruina escocesa (como las que salen en las pelis) en Achallader, al pie del Ben del mismo nombre, aún con trazas de nieve. El lugar aún funciona como granja. La primavera debe ser el momento de criar a los corderitos porque cada vez que visito Escocia o Irlanda es en esta época y siempre me los encuentro.

Saliendo de Achallader, el verde, la pista y la valla evidencian la presencia de la granja, cerca de la carretera de las Highlands occidentales, que acabo de cruzar. Este amplio valle drena las tierras altas hacia Loch Tulla. La vista es hacia el oeste, mi futuro inmediato, mientras el día se mantiene estable y luminoso.

Hacia el oeste

Gorton Bothy. Como tantos otros, es una propiedad privada en desuso y ahora gestionada por la MBA (Mountain Bothies Association) para su uso como refugio libre. La ladera oscura que se alza a la derecha es Rannoch Moor, el páramo más extenso y desolado de las Highlands, o eso dicen.

Como ayer en Narrachan, dan ganas de quedarse pero, nuevamente, aún quedan unas horas de luz, el tiempo es tan bueno como uno puede esperar en el oeste de Escocia y yo he venido aquí para acampar. Pienso, con razón, que ya habrá tiempo para agradecer la presencia y protección de un bothy y sigo adelante.

Pasado Gorton, se acaba el camino y hay que cruzar un páramo de los buenos: zona plana bien alimentada de humedad por las laderas circundantes y sin un drenaje evidente, se convierte en la típica ciénaga traga-senderistas. El suelo es una especie de esponja mojada en la que hundir los pies a cada paso y, de cuando en cuando, aparece uno de estos canales barro-acuosos donde es imposible pisar: te hundes. En una ocasión, llegué a meterme hasta la ingle en un agujero semi-oculto (más que oculto es que parecía que aguantaría el peso…) Los canales semilíquidos, a veces, se pueden saltar pero en otras ocasiones son demasiado anchos y hay que rodearlos. Me sentía como en un videojuego de los de “intente pasar al otro lado…” y hasta me llegué a quedar medio-empantanado (nunca mejor dicho), sin aparente salida, ni para alante ni para atrás. En estas circunstancias, encontrar un cauce con fondo sólido y visible es motivo suficiente para meterse dentro, sin descalzar ni nada; total, más mojado no voy a estar (veánse los pantalones empapados) y, así, al menos, me quito un poco el barro. Dicho de otra manera, la foto de la derecha no pretende representar la parte del padecimiento sino la del alivio.

Bogs

En las ciénagas, un charco de agua limpia es un alivio

El bosque del fondo es el final de mi agonía pero, a pesar de lo cerca que está, costó mucho llegar hasta allí. Bienvenidos al viaje por las tierras altas, esa experiencia inigualable.

Rannoch Forest, uno de esos extraños bosques plantados en esta zona de Escocia, muy lejos del primigenio y oriundo bosque caledonio, del que apenas quedan manchas aisladas. Al menos, ahora tengo una estupenda pista por la que caminar, que agradezco especialmente tras el infierno fangoso que acabo de dejar atrás.

Rannoch Forest

Rannoch Forest. El bosque plantado no es ese bucólico lugar donde acampar, cuesta encontrar un hueco entre tanta maraña vegetal pero siempre hay algo. No habrá muchas ocasiones de acampar en el bosque en las tierras altas y, dado que el pronóstico del tiempo para mañana es malo, me alegro de estar bajo su protección.

Campamento en Rannoch Forest

This entry is part 2 of 9 in the series Taynault-Inverness
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