Nuevo capítulo de esa película que ya he visto antes: tras las lluvias vespertinas, noche tranquila, buen y bien ganado descanso (qué bien se duerme en el monte…) y cuando, por fin, saco la cabeza por la puerta a ver qué tal, las tradicionales buenas noticias mañaneras: nubes aisladas y cielo azul en los huecos. Esto es lo que, aquí, llamamos buen tiempo y no puedo estar más contento.

Las luces de la mañana me hacen darme cuenta de lo bonito que era este lugar: ayer ¡no lo parecía tanto! Era la típica estampa de lagos, praderas y montañas pero, ahora, tiene un algo especial que no había captado entonces. No es la primera vez en el viaje que veo cambiar un paisaje de bonito a más-bonito-aún gracias al cambio de luz. Serán las altas latitudes o yo qué sé pero hay algo especial en las luces; algo diferente que no se puede explicar. Es, simplemente, algo.

Nada como una buena noche de descanso y una mañana de buen tiempo para levantar moral. Esto origina uno de esos ratos tan especiales que, por sí solos, justifican todo un viaje: esos catárquicos momentos de paz interior, comunión con el entorno y exaltación del poder del viaje a pie. Algo así como la fase de exaltación de la amistad en las intoxicaciones etílicas pero aquí la intoxicación es de toda esa energía positiva que sientes fluir por el cuerpo. El viaje es la droga más dura. Nordkalottleden, mi Shangri-La de ocasión.

Radujavri en la paz matinal

El escenario y la luz, así es fácil sentirse en el paraíso: terreno amable, valle amplio y luminoso, mundo verde y azul, según remonto la consabida serie de lagos encadenados. Es ahora, en momentos de estos, cuando mola preguntarme a mí mismo si todo esto merece realmente la pena… son los momentos en los que es tan fácil y tan inmediato responder que ¡sí! ¡sí que la merece! y, de todas formas, ¿cuál era la pena?… bueno, sí, que tampoco hace tanto que estaba maldiciendo mi auto-impuesta disciplina de meterme en estos berenjenales, cuando podría estar pasando unas vacaciones de verdad, confortablemente aburridas, como casi todo el mundo… y sabiendo que lo que da sentido a los momentos buenos es su contraste con los no tan buenos y la perspectiva que uno gana al contrastar ambos. Pues éste es uno de los buenos y estoy aquí para disfrutarlo.

Camino, además, con la suficiencia que da saber que, a media mañana, o antes, pasaré por Alesjaurestugorna, esto es, el refugio del lago Alis. Ya lo veo, allí, al fondo. Es curioso que, a pesar de estar ahora sobre Kungsleden, no hay ni rastro de las “hordas” que había oído mencionar sobre este sendero… quizá porque estoy caminando con horario cambiado, al haber salido de Abisko a mediodía, y el caso es que no me he encontrado a nadie desde media tarde de ayer pero todo eso cambia cuando llego a Alesjaure: es un refugio gigantesto, en la escala modesta de los refugios; casi un mini-pueblo. Tiene un montón de edificios, alrededor de una docena, y hay gente pululando por todos lados. A pesar de la hora, algunos están saliendo para empezar su jornada. Bueno, es que yo he madrugado mucho…

El lugar obliga a una parada que, además, me viene muy bien porque, recordemos, mi mochila aún es un monstruo peludo y mis hombros se alegran de que me la quite de encima de cuando en cuando. Es más, en la “plaza central” de Alesjaure me encuentro con el mejor y más inesperado juguete: ¡una báscula! ¿Para qué tienen una báscula en un refugio en medio de las montañas del norte de Suecia? Pues para que yo pese mi mochila, por supuesto. No más listas, hojas excel o especulaciones más o menos interesadas, esto es real: una báscula y mi mochila llena:

Ese edificio que parece más “oficial” que los otros debe ser el equivalente del ayuntamiento y centro comercial y entro más por curiosidad que por necesidad y por comprobar, por fin y sobre el terreno, qué tipo de “tienda” me puedo encontrar en los refugios suecos. Alesjaure está señalado como uno de los importantes y, la verdad, la impresión que me llevo es que espero que esto no sea la norma…

Muy acogedor todo, sí, pero un tanto excesivo, en mi opinión. A la “tienda” le puedo quitar las comillas porque es un auténtico mini-mercado, con sus dobles filas de baldas llenas de cosas ricas. La exposición sobre temas locales en la sala contigua es muy interesante pero, al final, no puedo evitar pensar que no es esto lo que espero del concepto (que sí me gusta) del refugio auto-mantenido y abastecido, donde el viajero sigue siendo único responsable y proveedor de sí mismo. Alesjaure va un poco más allá en una dirección que no me gusta pero, bueno… puedo avanzar que no habrá otro Alesjaure en mi viaje. No va a ser la norma.

Tan “civilizado” el lugar que eso que dice en el cartel del mostrador es cierto: sirven café. Caliente y en taza. No voy a comprar nada para llevar (acabo, como quien dice, de salir de Abisko y mi mochila aún apenas ha empezado a vaciarse) pero sí me doy el capricho de un segundo desayuno con ese café XL y un paquete de galletas que me veo “obligado” a terminar. No hay problema, haré el esfuerzo…

Alesjaure, como digo, se sale un tanto de la idea que me gusta de los refugios básicos y me siento, en cierto modo, aliviado de salir de allí, estimulado también por el subidón del café y la energía de las galletas. El valle se estrecha un poco y ya no tiene lagos, sólo un río, a lo largo del cual Kungsleden/Nordkalottleden, esa pareja bien avenida, ascienden suavemente.

Kungsleden que, por cierto, es otro mundo: sendero impecable, exquisitamente señalizado, amplio y con puentes en todos los ríos y habituales pasarelas sobre las zonas pantanosas. Llevo los pies secos desde que salí de Abisko, casi 24 h., record absoluto desde que empecé el viaje. Es difícil decir si el cambio es para bien o no… es más cómodo, qué duda cabe, pero no es comodidad lo que uno busca al venirse aquí. Se pierde parte del encanto pero el entorno sigue siendo igual de bonito así que me dedicaré a disfrutar del nuevo status quo. De todas formas, tampoco va a durar mucho; sólo un día más.

Tráfico e infraestructuras en Alisvaggi

El entorno que, por cierto, sigue su transición hacia un ambiente más montañoso. La ruta se interna en el corazón de la cordillera escandinava que, aquí, ya cuenta con picos notables y una considerable extensión de montañas. Kungsleden continuará su viaje al sur a lo largo de los valles; Nordkalottleden le acompañará un rato hasta que se desvíe al oeste para buscar la divisoria que marca la frontera entre Suecia y Noruega.

Abandonar Kungsleden supone también decir adiós a la posibilidad de reaprovisionamiento en los refugios, de los que me quedan dos, Tjaktja y Salka, y sólo el segundo tiene provisiones. Esto quiere decir que, a partir de ahí, tengo que ser autosuficiente. Así, el plan que he ido madurando desde Abisko está enfocado a sacar el máximo partido de la situación y, al tiempo, justificar el pequeño lujo de pasar una noche en refugio: hoy llego a Salka, que me viene perfecto como fin de etapa; paso la noche allí, ceno y desayuno de lo que pueda comprar en el lugar, manteniendo intacto lo que llevo. A partir de ahí, será eso todo con lo que podré contar.

La cobertura de refugios en Kungsleden, según veo, es aún más densa que en los tramos de Nordkalottleden que he recorrido hasta ahora. Hoy, voy a pasar por un total de cuatro, contando el pequeño refugio de emergencia en lo alto del collado Tjaktja. Desde Alesjaure, el valle continúa en dirección suroeste; una vez más, el típico valle de fondo amplio. La diferencia, como apuntaba más arriba, es que, ahora, los picos son más altos. Especialmente en el flanco este, un gran macizo con cimas en torno a los 2000 metros que culmina, un poco más al sur, en el pico Kebnekaise, el más alto de Suecia. Toda esta zona está llena de actividad glaciar, masas de hielo aún vivas aunque confinadas a las partes más altas de sus valles.

Desde Alesjaure, el otro cambio es en la escena social: ahora sí que hay gente. Había oído algún comentario un tanto agorero sobre las “masas” en la “autopista” Kungsleden pero supongo que son expresiones que tienen sentido desde el punto de vista de quien no está acostumbrado a caminar por senderos transitados. A mí, por el momento, no me molesta en absoluto; tampoco es para tanto y, además, se trata de mochileros como yo, gente con la que me puedo identificar, salvo quizá porque, como es habitual aquí, llevan unas mochilas monstruosas aunque, probablemente, nadie lleva tanta comida como yo pero así son las reglas no escritas del juego en las montañas escandinavas. A mí, de momento, lo que llevo me ha funcionado; me ha traído hasta aquí.

Kungsleden abandona el valle para superar un talud y subirse a otro lateral que le develve la dirección sur. Justo a su entrada, visible desde la distancia, el segundo de los refugios de hoy: Tjaktja, al que me voy a alegrar de llegar porque, como no podía ser de otra manera, el cielo ha dado por terminada la tregua y ya se está cubriendo otra vez. Hoy, además, parece que quiere ir un poco más allá del típico nublado uniforme y lluvia suave porque las nubes aparecen más gordas y oscuras. Intento llegar allí antes de que empiece a llover pero cuando me faltan no más de 10 minutos decido que casi mejor me pongo la chaqueta.

Tjaktja me devuelve la paz con los refugios: éste es pequeño, sólo dos edificios (uno es el del guarda) más las letrinas y aquí no venden nada. Afuera chispea y hace frío y me sienta muy bien entrar y cumplir en sitio resguardado con ese descanso que ya tocaba. No sólo eso sino que hay gente y tienen encendida la chimenea. Esto sí que es significativo del cambio de papeles: en Nordkalottleden, estas paradas de mediodía eran en un refugio vacío. Tengo ocasión de charlar un poco con la gente, toda una novedad, algo casi inédito en este viaje, salvo por ese par de días en las etapas finlandesas.

Tjaktja toma su nombre del collado que se encuentra un poco más alante y que es un punto significativo: la mayor altura de la ruta Kungsleden, 1100 metros. Está a tiro de piedra, al final de este valle y supongo que puede ser un lugar bastante inhospitalario si el tiempo se pone feo… como ahora. El cielo está muy oscuro y hace un viento gélido aunque la lluvia es intermitente. Muy desapacible. En otras circunstancias, me costaría salir pero hoy voy a dar con mis huesos entre cuatro paredes también así que nada me importa. Casi mejor salir cuanto antes y cruzar el paso mientras la cosa aún no está demasiado violenta.

Tjaktja es un collado más clásico y menos “nórdico” de lo habitual, con un talud final, aunque la aproximación desde el refugio es muy gradual, como de costumbre. Hace malo pero nada que no haya visto antes: cielo negro, viento frío y algo de lluvia aunque ni el viento ni la lluvia van muy allá.

Coronar el paso no tiene más historia. Hay un refugio de emergencia en el mismo collado que viene a ser como una versión pezqueñina de los refugios guardados, muy básico y con una sola sala pero no faltan la chimenea y algo de leña y está limpio y pulcro.

La vista al sur es una de esas postales árticas, actualizada por el hecho, ya mencionado, de que las montañas, en esta zona, son más grandes: un valle glacial perfecto. Recto como una estaca, se dirige al sur hasta donde alcanza la vista; fondo plano por el que serpentea el río de turno y paredes que, en breve, se levantan para alcanzar la verticalidad y así van para arriba. Contemplar esto desde la misma cabecera hace fácil imaginar el pedazo de glaciar que había aquí y comprender la enorme fuerza erosiva de una masa de hielo. Ni una sola curva en un montón de kms. Y lo bueno es que ahora toca bajar ahí y recorrerlo, con lo que es inmediato sentir que uno está caminando a lo largo de un episodio geológico.

Tjaktjavagge, impresionante

Por este lado, también hay un modesto talud y sienta bien dejar atrás el expuesto collado y alcanzar la relativa protección del fondo del valle. Ya se trata sólo de un cómodo paseo sin apenas desnivel hasta Salka, aunque aún quedan un buen montón de kms. pero el hecho de dirigirme hacia la seguridad de un refugio me da el relax y la suficiencia que me han faltado otros días ante condiciones en fase de deterioro como las presentes.

Siguiendo los pasos de los antiguos glaciares en Tjaktjavagge

El gran hecho diferencial es que sigo llevando los pies secos. No es casual: Kungsleden, en general, es un sendero mejor trazado que la media de lo que he recorrido hasta ahora pero la diferencia fundamental es más sutil y la marcan las infraestructuras para sortear el agua. No me refiero ya a los grandes puentes porque, en los ríos grandes, también Nordkalottleden tiene puentes sino más bien a material más discreto que suele estar ausente en Nordkalottleden: puentes pequeños sobre arroyos (que, a veces, se podrían vadear sin mojarse pero otras no) y estructuras de tablas sobre las zonas pantanosas. Había algunas de éstas en Nordkalottleden pero… sólo algunas; quizá en las zonas más transitadas, cuando la ruta se acercaba a algún acceso popular pero lo más habitual era que no las hubiera. Hace falta haber caminado casi dos semanas sin las pasarelas de madera para darse cuenta de lo que significan, ahora que sí están. Esto me lleva a pensar en cómo las infraestructuras pueden llegar a modificar la experiencia: como el resto de Kungsleden sea así, puedo imaginar que alguien que lo recorra entero puede salir de aquí sin saber lo que es caminar por un fangal y marcharse a casa con una idea tan bucólica como poco real de lo que significa viajar por esta región… y, extendiendo la reflexión hacia mi propio ombligo, pues lo mismo, relativo a las infraestructuras que sí he encontrado más o menos regularmente: puentes sobre algunos de los ríos grandes, senderos en las zonas bajas, hitos en las altas… no es una crítica ni me parece necesariamente malo que existan estas cosas que nos facilitan la vida. Es sólo, como digo, una reflexión sobre la diferente impresión que se llevará de este lugar un senderista de Kungsleden con respecto a uno que recorra Nordkalottleden; o éste último con respecto a alguien que prescinda totalmente de rutas marcadas. Interesante..

El “descenso” es muy bonito, en medio de este paisaje aplastante. Pienso en la suerte de que hoy me coincida una noche en refugio porque el marrón meteorológico no es como el de costumbre. No se trata de la habitual cubierta gris homogénea; hoy, el cielo está muy oscuro, las nubes son gruesas y bajas y el ambiente es muy amenazador. Para variar (es un decir), hace bastante frío.

Salka está justo tras un pequeño escalón y no lo veo hasta casi estar allí. Una visión acogedora en medio de lo inhóspito del momento. Es otro refugio grande, versión mini-pueblo, con varios edificios, aunque no tantos como en Alesjaure. La lluvia no es constante pero estar mojado, con la brisa y el frío que hace, no es nada agradable y sienta genial entrar al abrigo de las paredes de madera. Huelga decir que, en los refugios suecos, aparentemente, siempre hay sitio y no hace falta reservar nada, lo que está muy bien para el senderista ocasionalmente acobardado.

Salka

Es mi segunda noche en un refugio y la primera en uno sueco, aunque ya he metido la nariz en otros y parece que son todos similares. En Salka, hay varios edificios destinados a inquilinos (aparte de la casa del guarda, las letrinas y el almacén de madera) y la que ocupo yo tiene un espacio común grandote y varias habitaciones más pequeñas. En las habitaciones, hay literas y nada más. Las literas tienen colchón y manta. La sala común tiene un par de mesas, sillas, chimenea y una barra de cocina a la que sólo le falta el agua corriente para ser como las de casa: tiene un bloque de quemadores de gas, alimentados por bombona, como lo que usábamos en casa en los tiempos pre-vitrocerámicos y armarios con utensilios. También hay varios cubos metálicos para traer agua del arroyo cercano y pilones metálicos portátiles para fregar los cacharros. Sobre la chimenea, perchas para colgar las cosas mojadas.

Personalmente, me sobran comodidades pero lo que sí aprecio es lo pulcro que está todo y el buen estado de uso de todas las cosas. Me gustan más los refugios austeros, algo que ofrezca cobijo pero aún obligue al montañero a ser autosuficiente; aquí, es casi así pero están ese par o tres de elementos que no necesito y me hacen sentirme un poco separado del entorno, lo que no sucede tanto en los refugios básicos; por lo demás, no me gusta nada encontrarme con refugios llenos de porquería o con mobiliario decrépito y aprecio que aquí no sea así. Aprovecho para recordar que la porquería a la que me refiero y que se encuentra muchas veces en refugios no guardados no tiene nada que ver con la naturaleza ni con lo que uno se encuentra al acampar por ahí. La naturaleza es mucho más limpia y pulcra que los guarros que usan a menudo los refugios y la mierda que dejan detrás.

Las construcciones son de madera y todo en ellas es de madera. Es curioso porque aquí, en las montañas, no hay madera disponible pero ¡sí hay piedra! y, sin embargo, supongo, a la hora de construir han seguido el patrón cultural del conjunto de la región, donde lo que más abunda es la madera y todo se construye con ella.

Según tengo entendido, los refugios como éste son abastecidos de bombonas de gas y madera para la chimenea durante la primavera y con vehículos de nieve. Nuevamente, algo que me sobra; especialmente, el gas (que ya llevo yo, de todas formas) pero sí aprecio la leña. El de la chimenea sí que es calor de calidad.

La tienda, en este caso, sí que es pequeña pero está aún bastante bien provista, a pesar de ser final de temporada. Compro algunas cosas para cenar esta noche y desayunar mañana. Ya no espero encontrar más provisiones hasta el final.

El resto de la jornada es todo lo agradable que puede ser estar al calor de la chimenea mientras fuera hace frío y llueve. Puedo cambiar impresiones con los senderistas locales y disfrutar de mi última noche en Kungsleden.

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