La mañana trae una novedad: ¡nieve!. No en Salka pero sí en los picos de alrededor. No me extraña lo más mínimo y, en el fondo, lo esperaba: ayer hacía demasiado frío como para que todo quedara en agua. Calculo a ojo que la cota de nieve ha podido quedar en unos 1300 metros o poco menos con lo que, por el momento, no me pilla. La capa, en todo caso, es bastante anecdótica y me preocupa mucho más el estado del tiempo.

Nublado denso y nieve recién caída en las montañas junto a Salka

No llueve pero, por supuesto, no hace bueno ni nada que se le parezca y vuelvo a mi cuenta de la vieja para espantar demonios: ¿me caerá algún refugio cerca esta próxima noche? Es interesante esto de que los refugios estén, a grandes ragos, situados a una jornada de camino estándar uno de otro porque, así, paso por uno a mediodía y llego a las inmediaciones de otro al final del día. Cantos de sirena que no tengo problema en escuchar cuando el tiempo está tan amenazante. Hoy me separo de Kungsleden y del valle éste tan franco y me tengo que subir por las paredes para retomar la franja fronteriza con Noruega. Está por ver qué tipo de sendero encuentro ahí.

Para cuando salgo, el cielo ha dejado de estar gris oscuro uniforme y, por difícil que pareciera, las nubes comienzan a abrirse. No hace viento ni tanto frío como ayer y la cosa tiene relativa buena pinta. Hay hasta ratitos de sol. Voy controlando el progreso para no pasarme de largo el desvío. Es curioso que, desde Abisko, cada vez que había un poste con señales (habitualmente, en el entorno de los refugios), siempre salía Nordkalottleden, con su simbolito de la N tricolor, y apenas aparecía Kungsleden; era como si el “el gran sendero” fuera Nordkalottleden y no el otro. Cuando llego a lo que debe ser el cruce, retorno a la realidad: ni siquiera hay una señal, el sendero que tengo que tomar es casi invisible y menos mal que he ido atento porque, si no, ahora no estaría seguro de si es por aquí. Bueno, también ayuda que el puente que señala el mapa sobre el cauce principal del valle es visible ahí abajo así que no hay pérdida: esta tracita borrosa es Nordkalottleden. De vuelta al barro.

Se trata, por tanto, de abandonar el valle principal y subir por una vaguada lateral. La traza es tan borrosa que, al rato, me despreocupo de intentar seguirla, no merece la pena. Tampoco hay muchos hitos pero la ruta es evidente y la sucesión de lagos sirve de referencia inequívoca. Vuelvo a cambiar la gente por los renos; ya no hay nadie por aquí.

Abandonar Kungsleden supone una auténtica vuelta a la realidad: ya casi no hay sendero y, desde luego, no hay tablones sobre las zonas húmedas aunque, al ser un valle relativamente estrecho y caminando por ladera, no hay muchas de éstas pero ya tengo los pies mojados. La subida por el valle Cuhcavaggi me llevará de vuelta a la habitual travesía por zonas altas y, poco antes, donde ya el valle se empieza a tumbar y ensanchar, hay que cruzar el río que baja por él. Uno podría pensar que va a ser un vadeo fácil pero, por alguna razón, los pocos hitos que hay indican pasar por una zona bastante profunda y, en contra de lo habitual, tengo que dar marcha atrás y buscar un sitio mejor. Definitivamente, Nordkalottleden es otra cosa.

Cuhcavaggi y, al fondo, Kebnekaise y sus glaciares

Nada más cruzar, me encuentro con otro senderista, un sueco aguerrido que viene cuesta abajo y me cuenta que va a bajar hacia Kungsleden pero no por donde yo he subido sino por otro valle, monte a través… supongo que no habrá mucha diferencia en estas montañas universalmente transitables pero yo me sigo sintiendo más seguro al abrigo relativo de una ruta marcada, aunque esté muy poco marcada.

Un último talud y desemboco ya en los páramos cimeros. El tiempo ha ido mejorando y ahora hay muchos claros, aunque también sigue habiendo muchas nubes, muy gruesas y, algunas, agarradas a los picos pero, en general, y hacia el oeste, que es lo que más me preocupa, tiene relativa buena pinta. Hace sol aunque, una vez aquí arriba, bastante frío también pero doy la situación por excelente, tal como estaba la cosa ayer y esta mañana. Estar aquí arriba con mal tiempo no habría molado nada.

Me dispongo, así, a otra de esas orgásmicas experiencias que significa cruzar las tierras altas bajo la luz del sol. Vuelve esa imagen de mundo verde y azul intensos, soledad absoluta, panoramas extensos y montañas hasta donde alcanza la vista. No es un paisaje muy alpino pero es igualmente grandioso.

De vuelta a las alturas

El sendero sigue siendo borroso pero los hitos, en cambio, han mejorado mucho. ¿Será porque ahora hay mucha más piedra por el suelo? Supongo que sí, en parte, pero también porque aquí arriba la ruta ya no es tan evidente, los relieves son muy suaves y la cartografía 1:100.000 se queda un poco corta para representar lo intrincado del terreno; así, supongo que los que construyen hitos se han esmerado un poco más. Menos mal que, al menos, hace “bueno”.

El refugio “de mediodía” queda esta vez apartado, a unos 2 kms. de mi ruta, por lo que no lo voy a visitar. Llego al correspondiente desvío en el momento justo: tengo hambre, es hora de comer, hace sol, el entorno es precioso y la pequeña hoya en la que estoy me protege del viento, ¡puedo estar hasta en camiseta! Paso un muy buen rato de relax y conexión con el mundo, tranquilizado también por el hecho de que Nordkalottleden no se asilvestra más. Justo aquí, está la primera señal vertical que veo desde esta mañana; marca la dirección a Hukejaure (el refugio que no voy a ver) y, por el otro lado, a la frontera noruega, que es mi dirección; y puedo ver cómo una evidente línea de pelotos de pintura naranja retoman la señalización que tanto había escaseado en las últimas horas. Me van a llevar de la mano, otra vez.

Una señal en un mundo sin senderos

Esta travesía es otro de esos ratos memorables que me recuerdan por qué estoy aquí: todo brilla, no hay nadie ni nada a la vista que no sea naturaleza y montañas, me siento como el único ser humano en el mundo. Es una sensación un poco pesuda pero, por encima de todo, es una sensación única y valiosa, te llena el espíritu y, al mismo tiempo, te coloca como único responsable de tu futuro inmediato. Uno de esos momentos destinados a dejar los mejores recuerdos, cuando sientes muy dentro la belleza del mundo. En la mencionada señal, también aparece mi planeado destino de hoy, el refugio Gautelis, sólo 16 kms. más. No tengo aún claro que vaya a pasar la noche allí pero la distancia es coherente con mis planes, necesidades y posibilidades. Gautelis es también el nombre del gran lago en cuyo extremo oeste el mapa muestra, horror, una presa y una pista que llega hasta allí. Cuando hay una presa, siempre hay una pista. No me va a gustar pero aún queda mucho para llegar al lugar.

Continuo por el mundo de ensueño de los páramos de las montañas árticas, siguiendo mis fieles hitos que, ahora sí, son abundantes e inequívocos, con esa pintura naranja que no es una visión muy acorde con la estética del lugar pero me alegro mucho de que estén ahí porque el terreno sigue siendo poco claro, sin ninguna gran referencia que seguir, y no hay sendero.

Típica estampa durante el viaje, salvo quizá por el sol

En esto, empiezo a descender hacia el extremo este de Gautelis (el lago), según noto que la línea dibujada en el mapa no corresponde con la ruta por la que me están llevando las señales. Alguien ha metido la pata o ha habido re-enrutado pero no hay duda que estoy en buen camino; particularmente, cuando avisto el inconfundible mega-hito fronterizo, allí donde cambio Suecia por Noruega.

Ya no hace sol y ha bajado mucho la temperatura. Vuelve a soplar la brisa y el ambiente vuelve a la tónica más bien inhóspita típica del final de las tardes. En estas condiciones, acompleja un poco más estar por aquí pero ya tengo esas referencias orográficas que seguir, en forma de esos grandes lagos entre los que tengo que pasar. El interfaz entre los hitos suecos y los noruegos no está muy logrado y me hacen buscar un poco pero acabo encontrado las señales que, ahora, cambian el naranja por el tradicionalmente noruego rojo oscuro.

El final del día se hace largo y creo que es más porque el tiempo se vuelve a estropear y ya no es todo tan bonito. Es, también, la excusa perfecta para justificar una segunda noche consecutiva entre paredes: llego a Gautelis (el refugio) bastante tarde ya y, aunque podría haber acampado, la casita de madera es una visión demasiado acogedora bajo el cielo ahora gris y el viento frío. No me lo pienso más y voy para adentro.

Va a ser mi primera noche en un refugio noruego. No me hace falta la llave porque ya está abierto, hay gente dentro; un trío de alemanes que parece que ya no esperaban que apareciera nadie más (lógico… a estas horas y en estos sitios…). Chimenea ya encendida, eso está muy bien. Gautelis es calcado a otros refugios noruegos en los que he husmeado, por curiosidad o por descansar un rato a cubierto: una sala común y habitaciones con literas. Es considerablemente más pequeño que los refugios suecos de Kungsleden pero igual de acogedor, o más, si cabe porque, a menos espacio, más cunde el calor de la chimenea. El lugar es muy bonito, a la orilla del lago que, aunque sea represado, sigue siendo espectacular. Se nota algo “raro” en el ambiente porque no es normal un lago tan grande en una zona tan alta; la ladera de enfrente es escarpada y rocosa, sin apenas vegetación.

Los alemanes están haciendo otra ruta; aquí cerca confluye Nordkalottleden con ramificaciones a refugios cercanos aunque no se puede hablar de senderos porque no los hay. Un poco más allá, la pista mencionada, que acaba bajando a un profundo valle que ya lleva directo hasta el mar. Les pregunto por el tema de la nieve temprana y me confirman que ni es lo habitual ni debiera durar; es más, me aseguran que se derrite seguro. Bien, eso es lo que quiero oír; aún me quedan muchas montañas por cruzar.

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