Durante la noche, he oído soplar el viento. Fuerte, ahuyante. ¿Eran mis pesadillas de montañero asustado?

Por la mañana, un primer vistazo afuera parece confirmar que no debieron ser pesadillas: el viento ruge, está nevando y el mundo se ha transformado en una masa gris sin formas. La realidad parece dar la razón a los meteorólogos noruegos.

Vale… y, ahora ¿qué? Cuando ayer hice mis planes, estas eran justamente las condiciones a las que vinculaba la opción de vuelta atrás. Vuelta a Staloluokta y, desde allí, intentar seguir el más sencillo Padjelantaleden pero, cuando decidí venir hasta aquí, tenía la no del todo declarada esperanza de que no fuera necesario. Ahora, debo reconocerme a mí mismo, lo es.

El mal tiempo siempre tiene un final. Me queda una semana entera de viaje y no más de cuatro días de camino. Podría permitirme esperar un poco a que pasara lo peor pero, si cuento como buena la previsión más pesimista, esto podría durar la semana entera o incluso más. No parece buena opción. Tengo que afrontar la realidad: no me atrevo a salir ahí fuera en estas condiciones.

Salgo brevemente para visitar las letrinas, en otro edificio a 200 metros, y da miedo. Hace frío; viento constante y, a ratos, fuerte; nieva, aunque no de forma intensa. La nieve cubre casi todo el suelo visible salvo la zona más baja del valle, alrededor del refugio. El ambiente es de lo más inhóspito; sin duda, el peor tiempo que he encontrado hasta ahora.

El invierno también llega a Staddajakka

Vuelvo al refugio y me encuentro a Anders y Johan ya levantados y preparando el desayuno. ¿Qué van a hacer estos? Les veo como muy vestidos… ¿serán capaces de salir ahí fuera y subir a 1000 metros con la que está cayendo?

– ya habéis visto la que se ha montado… ¿qué vais a hacer?

Anders, con su aplomo habitual y una media sonrisa:

– seguimos adelante

Respuesta que, en cierto modo, esperaba. Pero ¿es que a nadie más que a mí le acojona el mal tiempo en esta región? Reconozco que yo soy muy cobardón y me impresiono fácilmente pero también soy cabezón y no me gusta cambiar mis planes. Y doy fe que, esa mañana, las condiciones eran duras y las perspectivas, malas. Hago acopio de fuerzas:

– voy a ser honesto: yo no me atrevo a salir fuera ahí solo. ¿Os importa que os acompañe? Prometo seguiros sin protestar.

No me gusta meterme en los planes de los demás. No conozco a esta gente y no sé hasta qué punto valoran su independencia en el viaje y eso es algo que he aprendido a respetar pero les veo como única forma de seguir adelante yo mismo. Anders:

– no deberías salir ahí solo. Partimos en media hora.

Tampoco me gusta confiar sin más en quien no conozco pero Anders y Johan parecen gente prudente y que sabe lo que hace y creo que puedo confiar en ellos. Comentan que, si lo vemos muy mal, siempre podemos volver atrás.

No sé si alegrarme o no… por una parte, estoy encantado de que el viaje siga adelante por donde tenía que seguir pero, por otro, sé que va a ser un día muy duro y que, probablemente, vamos a morir todos, atrapados en el invierno ártico pero, qué narices… era demasiado triste volverse atrás sin intentarlo al menos.

Anoche me pasé un rato metiendo puntos clave en el gps: Staddajakka, el collado por el que habría que pasar, el siguiente refugio en Pieskehaure… a manubrio, todo. Johan y Anders tienen un aparato algo más sofisticado y llevan ya cargados mapas de la zona donde la propia traza de Nordkalottleden figura también. En general, les veo mejor preparados que yo para las condiciones presentes, quizá de ahí que se les vea tan confiados. Aún así, me sigue pareciendo que le echan un par de narices.

Tiempo como éste pone a prueba la validez y los límites de un equipo minimalista como el mío. No son las circunstancias adecuadas pero sé que debo poder afrontarlas. Está así contemplado en el catón ultraligero: puede que no pases el mejor día de tu vida, pero debes poder salir adelante. A fin de cuentas, condiciones de éstas pueden surgir en cualquier época del año en la mayoría de las grandes montañas de las latitudes medias. Quizá la diferencia principal es que aquí, en el ártico, no hay un valle al que bajar en busca de tiempo menos extremo.

Casi envidio a Johan y Anders cuando les veo calzarse sus mega-botas y enfundarse sus pantalones impermeables de grado industrial, por poner dos ejemplos de elementos que yo he desechado de mi equipo de tres estaciones. Algo tenían que llevar en esas mochilas tan grandes… Yo me pongo todo lo que tengo salvo la ropa de dormir, que conservo intacta, y la chaqueta aislante, que no espero necesitar durante la marcha y conviene mantener seca.

Con toda esa ropa y la preparación mental al efecto, salgo fuera y el panorama ya no me parece tan apocalíptico como hace un rato; la cosa sigue más o menos igual y yo creo que es más bien un cierto efecto de anestesia mental: tu cuerpo sabe que hay que afrontar lo que caiga y se prepara psicológicamente para ello.

La verdad es que tampoco es tan horrible aquí abajo; yo tengo más miedo a lo que podamos encontrar por ahí arriba y a que la falta de visibilidad complique la orientación, habida cuenta que el sendero, si lo hay, va a ser invisible. Tampoco tengo ni idea de qué tipo y calidad de señales habrá. Creo que Anders y Johan sí conocían algo más qué esperar a este respecto (senderos y señalización) y quizá eso también les daba cierta seguridad que a mí me faltaba.

Hace frío pero no mucho más del habitual y no es eso lo que más me preocupe. La precipitación es suave y en forma de nieve, con lo que la humedad tampoco es el mayor de los problemas. El viento es peor, sopla bastante fuerte, aunque nada dramático que te tire de lado ni nada parecido. La falta de visibilidad es el otro factor que me preocupa, máxime con el suelo cubierto de nieve. Así, empezamos a subir por ese valle que nos lleva a las alturas y nuestra perdición segura.

Gajlavagge no es el más típico valle glacial, aunque glacial sí que es (todo lo es, aquí) pero es algo más estrecho y virado de lo habitual. Lo estudié en el mapa anoche; no mucho de esto se ve ahora sobre el terreno, aunque la niebla, por el momento, deja más o menos libre el suelo y la visibilidad alcanza para ver lo que está inmediatamente delante y, a ratos, apreciar la base de las paredes que flanquean el valle. Sólo la base. Avanzamos en fila, con Anders delante, que para eso es el “jefe”, y yo detrás, calladito y apretando dientes, dispuesto a pasar un día de perros pero a aguantar lo que me caiga con estoicidad.

Anders y Johan

Al menos, me fijo en las tareas de orientación y me figuro cómo sería ir por aquí yo solo. Por el momento, parece sencillo: hay hitos regulares. Yo diría que hay también un buen sendero porque se nota la pequeña traza aquí y allá pero no lo aseguraría porque está todo nevado. Por lo menos, los hitos son inequívocos y aún visibles con relativa claridad y progresamos sin mayor problema.

A poco de salir, nos encontramos con un grupo de tiendas. Imagino que son los alemanes que me crucé ayer por la tarde y no puedo menos que admirarles por el valor de hacer lo que yo no me atrevo. Que no es es que no me atreva, estrictamente hablando (si hay que hacerlo, se hace) pero teniendo un refugio a mano… lo que no sé es si hubieran seguido prefiriendo acampar de saber lo que se venía encima pero yo ya se lo comenté…

Y aquí, nosotros… o yo, al menos, dipuesto para la que está llamada a ser la jornada más épica del viaje ártico.

Tengo frío y, sobre todo, los pies calados y congelados pero sigo adelante, cabeza gacha y ánimo parecido, pero adelante, esperando que esto pase cuanto antes y no muy capaz de disfrutar del momento aunque, ahora, con perspectiva (como suele ser el caso) sí pueda alcanzar a ver lo bonito de esas horas a merced del episodio invernal.

Anders y Johan deciden parar a descansar al abrigo de un buen pedrolo que nos protege de la dirección del temporal. No puedo odiar más esto pero me prometí a mí mismo amoldarme a su viaje y lo hago de todo el buen ánimo que puedo. Entiendo su postura y sé que la discrepancia no es más que el choque de dos formas diferentes de viajar. La mía depende de seguir en movimiento todo el tiempo, especialmente cuando hace tiempo tan malo. Necesito moverme para mantener calor corporal y, cuando las energías flaquean (que no es el caso aún), comer algo muy energético de forma rápida; si puede ser, sin parar de caminar. Una carga ligera permite esto y, como digo, en condiciones adversas como estas, casi obliga. Ellos llevan cargas pesadas que les fuerzan a todo lo contrario, parar de cuando en cuando.

Se ponen cómodos y sacan el hornillo para hacerse algo caliente. Yo aprovecho para comer algo pero, básicamente, me hago un gurruñito para evitar perder calor. A pesar de ello, me quedo congelado y celebro cuando volvemos a la carga. Tardo un buen rato en volver a la vida.

Todo va bastante bien. Está siendo duro pero las condiciones no han empeorado y sigue siendo posible avanzar con cierta solvencia. Con el sendero ya definitavamente oculto por la nieve, seguimos los hitos y sólo ocasionalmente hay que pararse a buscar el siguiente; normalmente, siguen una línea razonable a lo largo del relativamente estrecho pasillo entre montañas. Voy con el ojo puesto en el altímetro para localizar ese punto de inflexión en el que empezaremos a bajar hacia, espero, terrenos más amables, aunque ni eso tengo claro; el viento dominante viene del oeste y el valle por el que caminamos tiene orientación norte-sur. Canaliza el aire de forma que nos viene del sur, es decir, de cara (mala cosa) pero, muy probablemente, nos está protegiendo de una exposición mayor. El caso es que cuando pasemos la zona del collado y descendamos, desembocaremos en la consabida amplia cuenca, el habitual anfiteatro rodeado de montañas donde, me temo, estaremos mucho más expuestos, aunque a una altitud menor.

Sea como sea, tengo claro que me alegro de ir quemando etapas y de alcanzar el largo pasillo del collado a un paso de esos 1000 metros de altitud que hoy son más extremos que nunca.

Buenas noticias: a poco de iniciar el descenso, se hace evidente que, por este lado, y por alguna razón que se me escapa, hay menos nieve. Por debajo de 900 metros, empieza a desaparecer hasta que nos encontramos caminando por terreno despejado. El tiempo sigue, por lo demás, igual, de frío y de ventoso, y la niebla sigue aquí, razón de más para que no me pueda explicar el porqué de la falta de nieve pero no me voy a quejar.

Sin nieve, con niebla

Prosiguiendo el descenso y ya llegando a la amplia explanada de altura, la niebla también empieza a levantarse, de forma que el nivel del suelo queda despejado y la nubosidad “reducida” a un cielo gris oscuro. Por primera vez desde que empezó el día, me creo que vamos a llegar y no vamos a morir todos.

Valga decir que es una forma de hablar… la cosa no está siendo para tanto y soy consciente que esto es casi de risa comparado con lo que hace cierta gente por ahí pero supongo que un entorno como éste intimida bastante y más a alguien solo, como estaba yo. Bueno, y, sobre todo, a alguien innatamente miedica, como yo.

Lo que sí empiezo a hacer es a levantar la cabeza y admirar el paisaje. No es que esté para muchas alegrías porque sigo pasando frío y no estoy muy cómodo pero el lugar es tan espectacular como de costumbre, en este tipo de sitio, y merece el aprecio debido. Otra enorme cuenca, surcada por ríos y llena de pequeños lagos y zonas pantanosas que hay que atravesar (sin tablones) pero, como ya estoy mojado, eso me da bastante igual. Las montañas redonditas que rodean el lugar están coronadas por nieve y la niebla se ha levantado lo suficiente para casi ver las cimas.

Suelo libre, por fin

Hay que cruzar un par de ríos de buen tamaño pero fáciles, no cubre mucho. Una cosa curiosa y que no había notado hasta ahora son los colores otoñales de la vegetación. Aquí no hay mucha vegetación para colorear, es sólo hierba y plantas del tamaño de hierba pero aparecen zonas de tonos rojizos que yo, habitante de las tierras medias, asocio con el otoño. No sé si esa correlación tiene algún sentido en el ártico, supongo que sí pero, en cualquier caso, el toque de color es muy bonito.

Los siguientes ríos tienen puente, mientras Nordkalottleden nos lleva fuera del anfiteatro a través de un amplio pasadizo. Es a la salida de éste cuando aparece en el horizonte, ahí abajo, Pieskehaure, el lago a cuya vera se encuentra el refugio del mismo nombre que significa “casa”. Ya queda poco.

Pieskehaure, al fondo. Lo vamos a conseguir

El resto de la tarde es mucho más tranquila, por mi parte, con el tiempo, si cabe, un poco más calmado y no tan amenazador, aunque sigue haciendo malo pero esto se parece ya mucho más a lo que ya conozco. Pieskehaure es un lago de gran tamaño que, a la luz (o falta de) ambiente, presenta esa imagen un tanto fantasmagórica de un azul extraño que ya recuerdo de días anteriores. Insisto en los colores rojizos de la vegetación que, por momentos, cubren extensiones considerables y dan un toque nuevo y desconocido hasta ahora. El ártico no deja de sorprenderme.

Nuevos colores para la fiesta: verde, azul y ¡rojo!

Último descenso hacia el nivel del lago y, a la vuelta de una arista, aparece, en la distancia, el refugio, esa visión reconfortante en la que llevo soñando desde que salí de Staddajakka esta mañana. En media hora más, estamos subiendo los escalones del porche. ¡A salvo!

Pieskehaure vuelve a ser otro de los refugios suecos “normales”, es decir, con guarda no-propietario, cosa que prefiero, al hilo de lo que comentaba de lo percibido en los refugios de los Sami en Padjelanta. Más aún, el guarda aquí es un señor especialmente amable, simpático y atento y me hace sentir muy bien acogido.

Hay algún inquilino más en Pieskehaure pero no muchos y el ambiente es muy familiar, chimenea encendida incluída. Otra buena noticia es que tienen algo de comida en venta, cosa que me viene genial porque, ya desde anoche, cuando hice balance, había decidido empezar a racionar un poco las provisiones. Nada grave, habría llegado al final pero, con las condiciones presentes, el cuerpo pide más y más comida y toda parece poca. Y es importante dársela, como mejor forma de mantenerse fuerte; no ya físicamente, que también, sino moralmente. Mens sana in corpore sano o, adaptándolo a la situación actual, mente sana en cuerpo bien alimentado. Es difícil conservar el ánimo y tomar buenas decisiones cuando uno se siente débil. La “tienda” en Pieskehaure no es más que una mesita con, literalmente, cuatro cosas que han quedado tras toda la temporada. Es casi testimonial pero me sirve para evitar el racionamiento.

Lo más importante es que ahora ya me siento animado y confiado. Queda aún terreno delicado por delante, mañana mismo, pero ya he visto que esta sección de Nordkalottleden está en buen estado de conservación y es relativamente fácil de seguir, con lo que me veo capaz de continuar sin problemas; al menos, mientras el tiempo no empeore más. Ahora, por el momento, descanso y relax al calor de la chimenea y la vida vuelve a sonreír. ¿Había dejado de hacerlo, acaso?

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