El nuevo día parte más o menos donde lo dejó el anterior: frío, cielo oscuro, sin resquicios de luz, lluvia ocasional y tiempo básicamente desapacible. El que no parte en el mismo punto (que ayer a estas horas) soy yo mismo. Hoy me siento más fuerte y capaz y sin ningún reparo a salir ahí fuera y seguir caminando. Es más, tengo la clara intención de pasar un día tranquilo y disfrutar lo más posible de este entorno un tanto hostil pero aún precioso y estimulante. Al final, como ya sé de tantas otras veces, es el estado de ánimo propio el que dicta, en buena medida, con qué talante se enfrenta uno a la tarea.

Mi moral se ha visto reforzada, en buena medida, por la influencia positiva del resto de gente a mi alrededor. Con ello, vaya un voto para esa parte social del viaje, incluso (y quizá por eso especialmente importante) en estas regiones tan poco frecuentadas donde uno tiende a verse un tanto desamparado ante las condiciones adversas. Ha sido especialmente de ayuda en estos últimos días, desde que entré en Padjelanta; no esperaba encontrarme con gente, habida cuenta de lo avanzado de la temporada y del mal tiempo pero está claro que no he sido el único al que el invierno temprano ha pillado en plena harina. Todos los locales con los que hablo de ello insisten en que esto no es lo habitual, que este tiempo es más propio de octubre, donde ya sí se considera lo normal, pero es evidente que puede pasar en cualquier parte del año.

Me anima mucho también saber que todos los inquilinos en Pieskehaure van a seguir mi mismo camino, con lo que nunca estaré solo del todo.

Desde aquí, podría llegar a Kvikkjokk en dos jornadas sin esforzarme demasiado pero no me hace falta llegar tan pronto. Hoy es lunes y tengo mi idea puesta en llegar al final el miércoles, con tiempo de sobra para pasarme allí el resto de un día que va a ser de celebración y hacer el viaje de vuelta a Estocolmo en cómodos plazos. Eso significa que me voy a convertir en un senderista “normal” y dejo ya las dobles raciones: el siguiente refugio, Vajmok, está a menos de 20 kms. y no pienso pasar de allí, con lo que volveré a coincidir con toda esta gente esta noche.

Así, me lo tomo con más calma de la habitual y me despido de los que se lo toman con aún más calma que yo; entre ellos, Anders y Johan, a los que agradezco sinceramente el apoyo de ayer y les hago ver que es, básicamente, gracias a ellos que estoy hoy aquí, así como lo importante que eso era para mí. Se lo toman con el pragmatismo habitual; no son gente muy expresiva pero creo que aprecian el reconocimiento.

Posando con la letrina (a una distancia segura) en Pieskehaure

El camino hasta Vajmok no es ningún trámite: hay que subir de forma continua durante un buen rato para llegar nuevamente a la cota 1000 sólo que, esta vez, no se trata de un evidente pasillo, como ayer, sino un terreno algo menos definido. Hacia el final del día, algo inusual y que a mí me había preocupado desde que era un mar de dudas, día y medio ha, en Staloluokta: Nordkalottleden se sube a un pico, en un terreno muy expuesto y más empinado de lo habitual. Esto es así porque, una vez a la altura de la cola del lago Vajmok, no es posible seguir su costa para llegar al refugio, situado en un flanco. El glaciar que excavó esto dejó un acantilado casi vertical en la orilla que habría que recorrer y no queda más remedio que superar el obstáculo por arriba.

El monte es modesto, sólo 1100 metros, pero, al ser un pico, se sale del habitual patrón del valle de altura donde, más que menos, estás algo protegido del mal tiempo. Esta vez, es una zona muy expuesta y más vale que el ambiente no esté muy violento cuando haya que pasar por allí.

Como digo, hoy me siento fuerte. Sé que bastaría un buen cate en forma de marrón atmosférico como los que ya he vivido en tiempos recientes para devolverme el miedo al cuerpo pero hoy salgo confiado en que eso no va a pasar. Hala.

Así, camino tranquilo y despreocupado, disfrutando de lo que ya veo como el tramo final. Hoy va a ser un día corto, mitad de recorrido para mis estándares; voy a caminar sin demasiada demora porque, nuevamente, el tiempo no está para un pic-nic en el parque pero, para variar, llegaré pronto y tendré tarde libre. Eso sí, sigo apoyándome en los refugios; luego, ya iremos viendo pero, por el momento, sigo necesitando saber que puedo recurrir a uno al final del día para no empezar a comerme la cabeza.

Ahora que voy solito, el sendero sigue siendo fácil de seguir. Hay traza en las zonas bajas, aunque sigue habiendo que mojarse los pies en los fangales y en un vadeo de pronóstico reservado pero la orientación, con visibilidad, es inmediata. Ladera arriba, y llegados a las alturas, el mundo es roca y el sendero desaparece pero la señalización sigue siendo buena. Las nubes se aguantan quietas en el cielo. Hace frío, cero graditos, pero eso ya ni molesta. Se da por supuesto.

Esto ya parece hasta buen tiempo. A todo se acostumbra uno…

El collado del día está en una zona muy rocosa que, hoy, con algo de nieve por el suelo, está delicada para andar. Hay que ir con cuidado. Camino por una escena invernal, por lo que a mí respecta (no sé a los de aquí); más o menos, como ayer, sólo que, hoy, la puedo ver. Las nubes rozan y cubren las cumbres de rato en rato pero al menos tengo acceso visual a lo que me rodea.

Un recodo y aparece ya Vajmok, otro lago de nombre “raro” (no sigue el patrón). Las orillas son particularmente escarpadas, excepción hecha de la cola del lago a la que me acerca Nordkalottleden: una preciosa explanada que me pide que me quede y acampe ahí. No es raro en Laponia pasar por sitios que te piden quedarte y ya estoy acostumbrado pero creo que la reciente ración de refugios me tiene un poco culposo por no estar aprovechando las excepcionales condiciones de esta región para montarte tu casa en un lugar sobresaliente en todos los sentidos… salvo el atmosférico, que me ha acompañado en muy poquitos campamentos, o ninguno… ya he hablado, tendido y largo, sobre ello: sobre lo hermoso de acampar en estos lugares especiales (de los que hay tantos… ¡casi todo es especial aquí!) y lo difícil que resulta, a veces, disfrutar de ello cuando lo único que te permites hacer es meterte en el saco cuanto antes porque lluve, hace frío o las dos cosas.

Siempre quedan muy espectaculares estas vistas con montes nevados. Y siempre me ha llamado mucho la atención la perfección de la línea que marca el límite inferior de la nieve en estas primeras nevadas de la temporada: ¿cómo lo hacen para que quede tan perfecta? A veces, es de auténtico tiralíneas.

Vajmok es uno de esos lagos que, si te lo encuentras en el Pirineo, te pasas cinco horas echando baba pero aquí no pasa de ser uno más… hay tantos… si cabe, el ambiente invernal le da un toque que, hasta hace unos días, era algo nuevo y distinto pero ya no tanto. Aún así, un lago de este tamaño a más de 800 metros tiene su aquel hasta en las montañas árticas. Muy bonito y evocador.

Vajmok

Ese monte de la orilla izquierda es lo que me separa del refugio. Yo diría que, técnicamente, se podría hacer una ruta de circunvalación a lo largo de la orilla pero quizá no sea la mejor idea; supongo que, cuando la han trazado por encima será por algo… algún acantilado demasiado vertical que no veo desde aquí, quizá… que no es que me importe subir la montaña en cuestión, al contrario, subir montañas es un placer y ya verás qué vistas… pero eso lo digo ahora, que ya estoy ahí y las condiciones son relativamente benignas. Este tramo me causaba inquietud profunda sobre el papel (el del mapa) cuando me planteaba si venir por aquí o no.

La subida se complica cuando la ladera del monte se transforma en un caos de piedras. Sería sencillo y hasta divertido triscar por aquí con todo seco pero ahora es un campo de minas, a causa de esa capa de nieve que cubre todo y uniformiza los relieves pero, por supuesto, no sostiene tu peso cuando pisas encima. Hay que ir con mucho cuidado para no pegarte una buena hostia de consecuencias potencialmente serias y mis tobillos, rodillas y tibias no están nada tranquilos. No obstante, tengo tiempo de sobra y la paciencia es la mejor receta.

Todo se da por bueno al contemplar ese panorama de Vajmok desde la cumbre: la imagen perfecta del lago de montaña, en un ambiente que da fe que esto es la montaña.

Vajmok y los montes nevados, otro panorama perfecto. Hasta las nubes me gustan

Ahí abajo, pequeñito aún y asentado en la exigua isla verde al borde de las pedreras, el refugio Vajmok. Casita para hoy.

El refugio en Vajmok

No me dejo obnubilar por visiones de chimeneas encendidas y taza de café en mano y, a pesar de los cero grados de media tarde, me fuerzo a seguir teniendo paciencia en las pedreras de bajada para no cagarla ahora. Es cuestión de una hora más y ya estoy llamando a la puerta de la casa de madera.

Vajmok es pequeñito, un sólo edificio para refugiar senderistas, otro para refugiar guarda y perro, el ya habitual para las letrinas y otro chiquitín que no sé para qué es. Me recibe el señor alemán de barba blanca con el que compartí refugio y conversación ayer y que había madrugado más esta mañana. Afirma que se ha estado lavando en el lago, qué campeón. Yo creo que pasaré algún día más sin lavarme, me gusta mi mugre.

Son las cuatro de la tarde, nada más. Podría perfectamente seguir adelante otras 3 ó 4 horas pero, como contaba más arriba, no lo necesito y me apetece cambiar la dinámica por algo más relajado, aunque sólo sea un día. Tarde de descanso.

El tiempo ha mejorado un pelín y eso, unido a que también echo de menos la tienda y sus cosas, me hace plantearme juntar lo mejor de ambos mundos y aprovecharme, de paso, de la ventajosa tarifa para quien acampa junto al refugio: por medio euro de nada, puedes utilizar el refugio como uno más, salvo al ir a domir. No es por tacañería pero los refugios suecos son caros… y nunca un dinero habrá estado mejor gastado que en días como estos de atrás cuando afuera las condiciones daban miedo… pero no es el caso hoy, así que no me lo pienso más y le pregunto al guarda dónde me puedo instalar. Qué bien, me volveré a acurrucar en el saco esta noche.

Casitas de madera y de nylon

El resto del día en Vajmok es muy agradable: poca gente pero la justa para intercambios interesantes. El señor alemán es un enamorado de estas montañas que, según dice, visita cada año; hasta ha sido guarda de refugio y me cuenta muchas cosas muy ilustrativas. Al igual que a Pieskehaure, el de ayer, a Vajmok le quedan dos telediarios y medio en esta temporada: cierra este próximo fin de semana. El guarda nos cuenta que va a volver más cargado de lo que vino, a cuenta de toda la mermelada que ha estado haciendo, de las frutas silvestres que recogía: ¡mermelada de cloudberry!!! eso sí que tiene que estar rico. La comida para la temporada se la traen (no sé si en helicóptero con animales de carga) pero él se tiene que venir andando y traerse sus cosas. Es más de un día de camino.

Anders y Johan aparecen a últimísima hora, cuando ya no les esperábamos; en lugar de la tarde, se han tomado la mañana libre. Me alegro de verles otra vez.

Se acaba el día, cada vez un poco más pronto, en una caída en picado hacia las noches perpetuas de dentro de cuatro meses. El tiempo está frío pero tranquilo y estoy contento de dormir en mi tienda.

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