Por una vez, no parece que haya nevado por la noche, deteniendo esa tendencia que parecía imparable de “cada día, un poco peor”. No es mal-venido, aunque sea a día y medio del final. Aún queda una travesía en altura más y, quién sabe, a lo mejor todavía hay tiempo para una comunión en paz con las montañas nor-escandinavas.

El cielo sigue oscuro y no se ha prolongado la mejoría que apuntaba ayer a última hora pero, mientras siga así, y no peor, lo doy por bueno y estoy tranquilo.

Recojo la tienda, milagrosamente seca, y vuelvo al refugio para ese desayuno fundamental. Allí donde el desayuno es más importante que nunca, nada de un café y dos galletas. Y ahora que ya estoy en la dinámica de final de viaje, es fácil calcular: éste y otro más, puedo ponerme las botas sin mirar dos veces.

También puedo continuar tomándomelo con calma, nunca más las urgencias esas tan románticas de saber que aún te quedan 35 ó 40 kms. por delante. Hoy, se trata de salir de la cubeta de Vajmok y, tras escasos 100 metros de desnivel, entrar en uno de estos preciosos pasillos alargados, flanqueados por paredes recién limadas por glaciares y esquivando lagos de altura. Un buen número de kilómetros de esto para, por fin, iniciar el último gran descenso para bajar a Tarradalen: el último valle profundo, donde Nordkalottleden se reúne con su hermanito Padjelantaleden.

Invirtiendo los papeles de ayer, Anders y Johan salen prontito y el señor alemán de barba blanca remolonea. Sigo a aquellos y me despido de éste. Disfruto de la tranquilidad de saber que esto está visto para sentencia, aparcadas ya todas las incertidumbres. Esto siempre supone un cierto grado de alivio pero, especialmente, en esta ruta y, más especialmente aún, en este final de ruta donde llegó a haber momentos en los que dudé seriamente de si sería capaz de completarla tal cual la tenía planeada. Es ahora el momento de empezar a saborear mi modesto logro. Camino sin prisas y disfrutando de cada paso. Disfruto hasta del frío que, sin lluvia ni nieve y con poco viento, ya no es tan frío. ¿Temperatura? cero grados, no salimos de ahí.

Señal de-luxe para viajeros vip

Las orillas de Vajmok están libres de nieve pero por poco y basta con tomar ese valle lateral y subir un poquito para volver a encontrarla. Según enfilo el largo pasadizo, el leve desnivel me hace pisar la nieve más profunda y consistente que había encontrado hasta ahora: según el tramo, ya ni siquiera asoman las rocas y, si aciertas a pisar en el sitio justo, puedes llegar a meter más de media pierna. Aprendo que es mejor no “inventar” nada y seguir las huellas de Johan y Anders para, como mucho, tropezar en sus mismas piedras y no tener que inventar nuevas.

Hay aún nubes muy negras pero, para variar, hay también pequeños claros que dejan ver pedacitos de cielo azul, ¡esto sí que es novedad! Y, según empieza a colarse el sol, la escena cobra una vida nueva: la nieve, perfecta, inmaculada salvo por las huellas de los dos que van delante, como la nata de un pastel de nata; los lagos, que ahora son grises y el profundo silencio y la soledad del lugar…

Es entonces cuando los huecos entre las nubes se van haciendo más grandes. Lo que sigue a continuación será un episodio necesariamente breve pero, quizá por eso, mágico: esas luces oblicuas de la mañana, filtradas por las nubes rotas en una mezcla imposible con los rayos directos crean una atmósfera única, irreal. Como ya me ha sucedido varias veces a lo largo de este viaje: nunca había visto algo así. Es como si al sol le hubieran puesto un cristal oscuro de dimensiones planetarias y toda nuestra luz pasara por él antes de iluminar la nieve, la roca y los lagos. No hay luces y sombras, es muy raro… sólo una especie de uniforme claridad oscura. Las luces árticas, haciendo de las suyas de nuevo.

“Las luces árticas, haciendo de las suyas de nuevo…”

Como digo, el episodio duró poco: el tiempo que tardó la nubosidad en despejar la zona en su camino hacia el este. El sol directo sustituyó a la luz mortecina y dio paso a otro capítulo que me es más familiar pero no por ello menos bienvenido; los ojos me lo dicen bien claro: necesito, a un día del final, sacar por primera vez las gafas oscuras y puedo hasta quitarme alguna capa de ropa. La hasta ahora fatídica barrera del cero centígrado se queda atrás y las montañas del norte de Escandinavia lucen sus mejores galas. Lo considero un regalo. Después de tantos días tan delicados, este es mi regalo. Las montañas han sido buenas conmigo, al final.

Senderista agradecido por los cielos azules, al fin

Poco antes del final de la travesía, hay uno de estos bonitos refugios de emergencia: una versión básica y en pequeño de los refugios guardados. Anders y Johan se han desviado hasta allí para tomarse un descanso y me les encuentro en lo que, hasta hace un rato, era casi una quimera: sentados al sol. Cómo sonríen, qué malandrines…

Anders insiste en que esto es más parecido a las condiciones que te encuentras aquí mismo en pleno invierno, salvo, obviamente, por las temperaturas, que ahora son mucho más suaves. Sé que me lo dice a mí porque sabe que yo no soy de aquí y quiere hacer hincapié en lo inhabitual de que esto esté así a principios de septiembre.

Yo había parado para masticar algo hace un ratito, así que me despido de ellos, por el momento. Aún les volveré a ver.

Tras el refugio, el flanqueo del último lago de la serie, bajo cielos prácticamente azules. Es gracioso notar la protuberancia que causan en la nieve las dos hileras de tablones colocados sobre esos fangales ahora ocultos por la cosa blanca. Parece ser que volvemos a estar en territorio vip, en lo que a senderos se refiere aunque, por el momento, da igual, sigue siendo todo nieve.

Pedrolo sueco coronado por pintura naranja

Ahí enfrente, en el extremo opuesto del lago en curso, se adivina el talud que me sacará de las montañas. Me va a dar pena empezar a bajar y dejar atrás todo este ambiente tan chulo. Sé que no va a haber más de esto en este viaje.

Ahora voy “primer” y la nieve está toda virgen para mí, así que me trago yo los agujeros ocultos, que ya van siendo menos según empiezo a bajar y el terreno de debajo tiene menos roca. Unos últimos vistazos nostálgicos atrás. Adiós a las alturas; a partir de ahora, ya os veré sólo desde abajo.

Y es tiempo de mirar adelante: tras una pequeña bajada inicial, el terreno se nivela y voy llegando al límite de la nieve. Antes de eso, una gran manada de renos que supongo que saben cómo arreglarse para llegar a la hierba sin enfriarse mucho el hocico. Es bonita, la estampa de los renos contra el fondo de nieve; aún no les había visto en tal marco.

Al frente, veo ya la gran depresión de Tarradalen, aunque aún no llega la vista al fondo pero sí alcanzo a ver los bosques que se suben (no mucho) por las laderas.

Todo para abajo en busca de los valles profundos

La nieve empieza a escasear y aparece una evidente traza; Nordkalottleden vuelve a ser un sendero con galones. Los típicos pedrolos con un brochazo de pintura naranja acompañan el progreso. Ahora, ya no necesito agarrarme a ellos como en episodios pasados.

Ya sí, última vista atrás para decir definitivamente adiós a esas montañas que acabo de cruzar. Qué bonitas se ven desde aquí, enmarcando los tonos verdes y rojizos de la vegetación del primer plano que ahora es mi suelo.

Ahora, me da pena marcharme…

Por fin, panoramas abiertos de Tarradalen. Al final de ese valle está Kvikkjokk, la última tierra prometida de este episodio pero aún quedarán muchos kilómetros para llegar allí. Antes, es tiempo de disfrutar de los paisajes otoñales de las altas latitudes.

Nótese el cambio de indumentaria: sin guantes ni cubremochila

Descenso abrupto y, de repente, estoy en el bosque, lo que no es la mejor de las noticias. Como ya sé de días anteriores, el bosque no es el lugar más evocador ni el más sencillo para caminar: mucha vegetación, terreno irregular, nulos panoramas… pero hoy soy capaz de disfrutar de cualquier cosa. Hace bueno y esto es mi paseo final. Bienvenido, de vuelta a los valles profundos.

Enorme puente sobre el también enorme Tarraatno, el río que fluye por Tarradalen. Este no era posible vadearlo, desde luego; habría habido que nadar, y bastante. Al otro lado, el sendero empeora y me tengo que pegar un poco con el caos de abedules enanos, fangales no tan enanos y demás familia para, por fin, desembocar en el sendero principal del valle, que viene de aguas arriba y es Padjelantaleden; el mismo que abandoné en Staloluokta, hace tres días, para darme una buena vuelta por las montañas.

Una vez en Padjelantaleden, la progresión es algo más fluída pero tampoco mucho; se reproduce el guión de terreno extremadamente irregular y poco amigable para el caminante con prisa. Y para el que no tiene prisa. Pero, insisto: hoy no importa. Bueno, un poco… pero sólo un poco.

Paso por el refugio Tarrekaise, donde no pensaba quedarme, y menos me apetece hacerlo cuando veo lo que ha sucedido hoy allí: los guardas residentes (Samis) han cazado un oso. Según me cuentan, pocas veces conceden las autoridades permiso para cazar osos y, por supuesto, sólo entonces los cazan. Hoy, por desgracia (para el oso, básicamente), ha sido un día de esos. La cabeza del pobre oso está colocada por ahí, cual trofeo (aunque sin ostentación). Yo sé que la caza en estas regiones no se parece para nada al esperpento ibérico y que mi visión sobre ello puede pecar de una cierta inocencia urbana… sé todo eso pero no puedo evitar ver la cabeza del pobre oso y pensar que hubiera preferido verla en su sitio. O no verla pero saber que el oso está ahí y alumbra estos bosques y estas montañas con su presencia. En fin… prefiero pasar página y evitar pensar en el animal muerto para satisfacer el no-sé-qué de otros animales que jamás se atreverían a siquiera toserle si no tuvieran ciertas herramientas del demonio.

Njunjes es mi objetivo, sólo 7 kms. más allá. Espero que sea un lugar bonito donde estar a gusto en la que va a ser mi última noche en el sendero. Hoy, es obvio que no necesito la protección de un refugio: el tiempo está tranquilo y, aunque aquí nunca se sabe, estoy en el valle y nada malo puede pasar; llego a plantearme acampar por ahí, en cualquier rincón agradable, pero creo que, quizá por ser la última noche, me va sentar mejor un ambiente algo más social. Me bastará con que Njunjes sea un refugio pequeñito y agradeceré tener alguien con quien compartir el momento. Quién sabe, quizá me reencuentre con gente de la que conocí días atrás en Padjelanta… van a pasar todos por aquí y, si han llevado un ritmo más tranquilo que el mío, quizá coincidamos. Tengo clara una lista de personas a las que me gustaría volver a ver. Y siempre puedo acampar y tener mi rato en la tienda, como hice ayer.

Verde, azul y blanco; más postales desde Tarradalen

Llego un tanto cansado y algo harto del camino irregular. Njunjes aparece, efectivamente, como un sitio muy pequeñito; esta vez, ni siquiera edificio para el guarda, que tiene su rincón en la casita de todos. Aparezco por la puerta y me encuentro con caras conocidas: Irene y Jarl, que eran de los que quería volver a saludar, así que perfecto; me alegro de haber venido hasta aquí.

La guarda de Njunjes es una señora mayor muy pequeñita y muy agradable y aprecio especialmente estar en un refugio que, por pequeño, me resulta más acogedor. De todas formas, tengo claro que prefiero acampar fuera y plantar mi tienda una última vez. Me cuesta un poco encontrar un trozo plano y que no esté enfangado pero siempre hay algo.

Njunjes. El refugio asoma detrás del arbusto

Luego aparece más gente a la que no conocía pero que son muy agradables también y me gusta el ambiente familiar. Las conversaciones incluyen algunas noticias que no esperaba, y es que esta ruta no deja de darme sorpresas… al parecer, no se puede llegar caminando hasta Kvikkjokk…

La cosa es que hay que cruzar un río, este mismo que ahora tenemos al lado que, si ya aquí es grande, a esas alturas de valle, está a medio camino entre Mississippi y Amazonas y no hay puente. Lo que sí hay es un servicio de barca que, al parecer, tiene unos horarios.

Me cuesta hacer que me expliquen las cosas con claridad; parece ser que lo estándar aquí es que los senderistas sean recogidos en un pequeño embarcadero, varios kms. río arriba de Kvikkjokk; y, sin embargo, el mapa marca el sendero hasta el propio Kvikkjokk o, al menos, la orilla de enfrente… ¿por qué hay que coger la barca tan lejos? ¿No puedo ir andando hasta el final? Pues el caso es que parece que, como nadie se lo ha planteado, nadie tiene una respuesta a esto. Pues yo tenía en mi mente caminar hasta Kvikkjokk y, obviamente, si no es posible, pues nada pero, si lo es… es lo que quiero hacer. ¡No quiero llegar en barca!

Finalmente, consigo que la guarda me cuente que ese tramo extra de sendero que nadie hace debe existir, ya que viene en el mapa, pero que probablemente esté en mal estado y moriré seguro si lo intento…

Yo dejo instrucciones a Irene y Jarl, que son de confianza: si, cuando lleguéis al embarcadero, no estoy, es que he seguido adelante; si he sobrevivido (ji, ji…), decidle al barquero que me tiene que recoger enfrente de Kvikkjokk, ¡no os vayáis sin mi!.

Lo que me llama la atención de esto es que es una constatación más de la escasez de información sobre esta ruta. Por mucho que busqué durante la planificación, y algo fui encontrando, en ninguna fuente vi mención alguna a algo que, a primera vista, parece importante: es que, si no coges la dichosa barca, ¡no llegas a Kvikkjokk! Podrás tirar una piedra y darle a alguna casa, si tienes buen brazo, pero no llegas tú, que es de lo que se trata…

Al final, habrá un poco de incertidumbre para ese último día también… ¡no será un trámite del todo!

Tarradalen desde la colina sobre Njunjes. Luces difíciles para la compacta y sin filtros…

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