Cuántas veces habré pensado en este día… y no voy a decir “soñado” porque eso parecería implicar que el proceso ha sido malo. Bueno, un poco malo sí que ha sido, a veces… pero, por muy travieso que haya sido el verano ártico este año, no puedo decir que Laponia y Nordkalottleden hayan sido malos conmigo. Sí, he pasado frío, tensión y algo de miedo pero tampoco puedo olvidar los paisajes, las luces, la libertad, los renos o las frutas silvestres… y la mente, ya sabemos, tiende a recordar las partes buenas. Si no, no volveríamos a hacer estas cosas y… ¡siempre volvemos!

Otro de las aspectos positivos, especialmente en esta última parte del viaje, ha sido la gente; algo que puede ser muy evidente en rutas eminentemente sociales pero no tanto aquí, donde, durante semanas, me he cruzado con números muy limitados de miembros de la gran familia senderista. Quizá por eso, el contacto es más especial y, en algunos momentos selectos, ha resultado clave para levantar esos ánimos no siempre boyantes. Algunos de estos están ahora aquí conmigo; mención especial para Irene y Jarl, a quienes cuento entre los más cercanos. Por edad, podrían ser mis padres pero éste es uno de esos aspectos que tanto me gustan de esta actividad, poder conectar con gente con quien, aparentemente, no tienes nada en común pero con quienes compartes algo importante. Hablas un mismo idioma, lingüísticas aparte.

Echaba yo de menos a algunos más y, mientras termino de recoger y me dispongo a salir, aparecen Uli y Herbert, que habían acampado a poca distancia de aquí. Otros dos con los que conecté muy bien y a los que esperaba reencontrar antes de llegar a Kvikkjokk. Y me alegro mucho que haya sido así, son dos chavales muy majos y también se alegran de verme (si no, ¡no les consideraría unos chavales muy majos!).

Lo que queda por recorrer no tiene mayor historia: un valle amplio, con un río que cada vez es más grande y al que, ocasionalmente, se acerca el sendero que, durante la mayor parte del recorrido desde Njunjes, es ya una pista ancha. Los montes de los flancos ya no son tan altos pero aún están nevados. El bosque cubre todo el fondo del valle y las vistas son limitadas. Éste es el “paseo triunfal” y como tal hay que tomarlo. Es hora de empezar a hacer balance.

Panoramas para la reflexión: Tarradalen, nublado de nuevo

Antes de terminar, otro premio: a la vuelta de un recodo, me encuentro de morros con ¡un alce! Y uno bien grande, además. Sabía que había alces aquí pero no esperaba encontrarme uno. Ya he visto alces en Norteamérica en varias ocasiones y, algunos, tan de cerca como este e incluso más pero no deja de ser todo un pedazo de acontecimiento, ¡qué animal tan bonito! Impresiona el tamaño que tiene, es más grande que muchos caballos. Él también se sorprende de verme a mí y, claro, huye, pero no al galope; los alces son en general bastante tranquilos y no sé hasta qué punto tiene claro que yo soy una amenaza. Supongo que aquí los cazan, como hicieron con el pobre oso de ayer. Tranquilo, hermano alce, que yo no soy de esos… una cachiporra les daba yo, a ver si así se atrevían con alguien de tu tamaño…

Se retira discretamente mientras le despido con disculpas por haber molestado; qué le vamos a hacer…

El tiempo no se termina de sujetar y vuelve a estar muy nublado, aunque sólo caen unas pocas gotas asustadas. Así, llego sin más novedad y en poco tiempo al pequeño embarcadero donde, se supone, viene la barca a recoger senderistas. Tienen montada una tienda tipi que, por lo que he visto a lo largo del viaje, es muy popular entre los Sami; no sé si es algo autóctono o importado (los tipis siempre se han asociado a los indios de Norteamérica). Supongo que es una estructura demasiado simple (aparte de práctica y eficaz) como para ser patrimonio de una sola cultura. Este tipi es para que los senderistas esperen a cubierto.

Ámplio y plácido Tarraatno junto al primer embarcadero

Y aquí es donde empieza la incertidumbre del día: tengo claro que quiero seguir hasta Kvikkjokk pero nadie ha sabido decirme qué me voy a encontar. El mapa marca la continuación del sendero pero no espero que sea de muy buena calidad. Al menos, la orientación no será problema porque llevo el río al lado pero ya sé cómo se las gasta la vegetación en estas zonas bajas y sé también lo poco aconsejable de caminar por aquí sin una traza que seguir si no llevas un machete.

Busco al otro lado del claro y, sí, yo diría que eso parece un caminito. Muy leve y parcialmente reconquistado por el mundo vegetal pero, por el momento, puedo seguirlo. Serán sólo cuatro kilómetros.

El mapa señala apoteosis de zonas pantanosas a todo lo largo del recorrido. De un lado, llevo el río; del otro, un lago y todos sus fangales asociados. Me temo lo peor y prefiero no pensarlo pero, milagrosamente, el trozo de terreno junto a la orilla del río está un pelín (medio metro) más elevado que el terreno de alrededor y está libre de pantanos; el suelo es de verdad, se puede pisar y no te hundes y es por ahí por donde, evidentemente, han hecho pasar el sendero. Es un estrecho pasillo que, a ratos, tiene sólo unos pocos metros y espero que tenga continuidad. El camino, como tal, casi no se ve pero está claro por dónde hay que ir.

Otra cosa que me daba confianza de que por aquí sería posible pasar es que, ya llegando a Kvikkjokk, el mapa señalaba un puente sobre un arroyo… si hay puente, pensaba yo, tiene que haber sendero… no tendría mucho sentido un puente que no comunica nada… y, efectivamente, hay ambas cosas, sendero y puente. Y menos mal, lo de éste último, porque lo que hay que cruzar es el desagüe del lago en el río, un canal tan corto que ni sale en el mapa pero que es ancho y profundo, !habría habido que nadar! Nada complicado porque tiene corriente cero pero no me digas que no sienta mal un baño integral a, literalmente, minutos del final…

Mi simpático pasillo entre río y pantanos sigue su curso, y yo con él, hasta que llego a un punto donde parece que hay algo. Por una abertura entre los árboles, veo el río y la orilla de enfrente; en ella, las casas de Kvikkjokk.

El “algo” consiste en un cartel indicador de letras borradas (no sé a dónde indica) y una nota que, en sueco y en inglés, anuncia los horarios de la barca. También da un número de teléfono (muy útil para el que tenga teléfono…) para llamar al barquero cuando te presentes aquí y, al loro, el método rudimentario pero que casi nunca falla: una pila de tronquitos para ¡hacer fuego! y una mini-caseta para guardar más tronquitos y que se mantengan secos, por si llueve. Esto es, señales de humo. O sea que, si llegas aquí, a las puertas de Kvikkjokk, no hace falta esperar a que llegue la hora del viaje programado; llamas al barquero. Por teléfono o haciendo una hoguera.

Provisión para las señales de humo. Enfrente, Kvikkjokk

No tengo teléfono y no me apetece ponerme ahora a hacer fuego; ni tengo prisa, así que decido esperar a que llegue la hora del viaje al embarcadero río arriba y que me recojan en el viaje de vuelta. No me importa esperar. Tengo mucho que reflexionar, mientras tanto y éste será un rato de relax (esta vez, ya sí, del todo) que me empezará a permitir ver las cosas con perspectiva.

Aprovecho también para darme una vuelta por un pequeño “museo” al aire libre que hay en este lado del río, donde han restaurado lo que eran algunos de los edificios originales del asentamiento de Kvikkjokk y han colocado carteles explicativos. Muy interesante: el origen de este poblamiento fue minero. No sé cómo será esto de turístico hoy día pero, hoy mismo, no hay nadie por aquí más que yo.

Vuelvo al lugar de embarque, dispuesto a esperar lo que queda y, de repente, aparece el señor de la barca. No sé si es que me ha visto, que pasaba por aquí o intuición aborigen pero me hace señas para que me acerque… por ahí mejor… y, por supuesto, no tengo que explicar a dónde necesito ir.

Lleva menos de un minuto cruzar el río. El dineral que me cobra el barquero me hace preguntarme (y responderme) el porqué de la ausencia de un puente en un sitio como éste, donde muchos senderistas terminan o empiezan su viaje. No me acuerdo cuánto fue pero sí recuerdo que me pareció una barbaridad por un viaje de un minuto. Aquí se juntan dos ríos: Tarraatno, el que he estado recorriendo desde ayer por la tarde, y otro que viene de otro valle; unos metros aguas arriba de éste último, se podría haber resuelto la cosa con un puente no tan grande como varios de los que he cruzado estos últimos días… en fin… apoyando las economías locales, supongo…

El embarcadero en Kvikkjokk

¡No importa! estoy en Kvikkjokk y es tiempo de celebración. ¡Fiesta! ¡vacaciones! esto… ¡comida!!! bueno, alguna cervecilla caerá pero no va a ser una fiesta alcohólica. Y ¿qué es Kvikkjokk? No tenía yo muy claro qué iba a encontrar aquí, si iba a ser un pueblo de verdad o sólo un enclave turístico/montañero… pues me alegro de ver que sí es un pueblo. Imagino que las condiciones invernales aquí no van a ser de lo más hospitalario pero, por otra parte, está a “sólo” 300 metros de altitud, es decir, más bajito que otras localidades más grandes del ártico sueco que, por contra, no están en medio de las montañas. Lo uno por lo otro, supongo.

Son muy pocas casas, de todas formas, dispuestas alrededor de la carretera que termina aquí y a las orillas de la junta de los dos ríos, en torno a lo que llaman “el delta de Kvikkjokk”. Yo siempre he asociado el concepto de “delta” a la desembocadura de los ríos en el mar, parece que es extensible hacia la idea de “delta interior”. El lugar está muy arbolado y, en los jardines de las casas, cesped perfecto, todo muy bucólico. Aparte de las casas de la gente que viva aquí, hay un camping y, lo que me interesa ahora, una instancia de lo que en Suecia llaman Fjallstation (donde fjall- significa montaña): un alojamiento que, por lo que creo, varía entre lo básico y lo selecto, según localización, con el denominador común de estar en un entorno de montaña pero accesible; normalmente, por carretera, aunque hay algunas Fjallstation a las que sólo se puede llegar a pie.

La Fjallstation de Kvikkjokk es un hotel básico y no muy caro; al menos, las habitaciones tipo albergue, con literas, que es, por supuesto, donde me meto yo. Al final, estaré yo sólo en una habitación de seis. Estamos a final del todo de la temporada.

¿Ducharme o comer? pues… ni lo uno ni lo otro. Veo que me da tiempo a ir al embarcadero a recibir al resto de compis y pienso que, aparte de ser una cosa simpática, puede ser la última ocasión de despedirme de algunos de ellos, si no se van a quedar esta noche aquí, así que me aguanto las ganas de empezar a celebrar (más que el hambre, que tampoco tengo tanta) y vuelvo al río. Es muy gracioso verles aparecer tras un recodo y saludar desde la barca.

Como antes pero con público

Muchos amiguitos: aparte de Irene y Jarl, por una parte, y Herbert y Uli, por otra, a quienes ya esperaba, aparecen también Anders y Johan, que tienen un vehículo aparcado aquí y se van a llevar a Herbert y Uli, partiendo ya mismo, así que me despido de todos ellos y me alegro doblemente de haber venido a esperarles. Irene y Jarl se quedan a pasar la noche aquí, así que les veré más tarde.

Ahora sí, voy a comer algo. Cuanto antes, para dar tiempo a hacer sitio para la cena, que va a ser la celebración gorda. La cena será en la Fjallstation pero para la comida tengo que ir a un bareto turístico, que es el único sitio donde se puede comer algo. Nuevamente, se nota el final de temporada, no hay ni Blas. Me puedo imaginar todo esto lleno de gente en temporada alta (sea lo que sea lo que significa “lleno” en medio de las montañas del ártico) y la verdad es que ahora queda un poco tristón pero no me importa. Comida de relleno, sólo para matar gusanillo, no vaya a estropear la cena.

Helados en el ártico. El bar de carretera en Kvikkjokk

El resto del día es para hacer los siempre típicos “deberes”: colada, ducha, afeitado… lo más complicado, con mucho, el afeitado; nada como una maquinilla desechable cutre y usada para meter mano a la barba de 13 días.

He ido madurando mi plan para el tiempo que queda y ya lo tengo decidido; hasta el domingo por la tarde, que sale mi vuelo desde Estocolmo, tengo muchas opciones y opto por favorecer el relax en las tierras árticas sobre las vaciones urbanas pero de todo habrá. Hoy, innegociable, me quedo aquí; mañana cojo el bus a Jokkmokk, desde donde podría continuar directamente a Estocolmo o a donde quiera pero creo que prefiero quedarme allí una noche: hay un albergue y será interesante pasar unas últimas horas en un pueblo al norte (¡por pocos metros!) del círculo polar.

El viernes cogeré el tren a Estocolmo, que me dejará allí el sábado por la mañana, con lo que tendré un día para dar unos paseos por la capital, que no es que me interese demasiado pero, ya que estoy… el caso es que necesitaré albergue en Estocolmo para el sábado y ya asumo que, a estas alturas del año y en Suecia, no será problema pero… no veas tú el marrón. Todo lleno por todos los sitios. Llamo a todos los albergues que tengo listados y, cuando ya sólo me quedan dos, en el anteúltimo, encuentro sitio. Menos mal… ya me veía acampando en algún parque…

La cena es sencilla pero muy agradable; no ya por la comida (que no está nada mal) sino por lo bien que sienta y, sobre todo, por la compañía, contando batallitas con Irene y Jarl. Es muy gracioso porque mezclamos sueco (que yo no entiendo), castellano (que Jarl no entiende) e inglés, según la orientación de la coversación. Como siempre, me gusta oírles hablar sueco, aunque no entienda, es algo siempre interesante, y les animo a que no dejen de hacerlo.

Yo tenía idea de tomarlo con calma mañana y coger el autobús de la tarde pero, a última hora, me entero que ese autobús ya ha dejado de funcionar (la temporada avanzada, de nuevo) y sólo queda el de la mañana que, al loro, es a nada menos que las 5.30 h. Habrá que madrugar “un poco” así que mejor ir a dormir. Prueba conseguida.

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