El medio físico

Las grandes cadenas montañosas suelen servir de barrera climática; en Colorado, esta división no está nada clara: unas montañas muy grandes pero también muy alejadas de esos generadores de clima que son los océanos. En las Rocosas, no hay una fuente de humedad dominante y unas montañas que la bloqueen: más bien, las propias montañas son las generadoras de los fenómenos atmosféricos. No hay, por tanto, una evidente variación climática entre este y oeste. La diferencia entre vertientes está en el aspecto orográfico: hacia el este, las montañas dan paso, casi de golpe, a unas llanuras que se extenderán por cientos, casi miles de kilómetros, cruzando el Mississippi y hasta encontrarse con los Apalaches. Hacia el oeste, sin embargo, la orografía es mucho más tortuosa, acribillada por montañas que, ocasionalmente, se reúnen en alguna gran sub-cordillera, configurando ese manchón marrón que percibimos ante una vista de pájaro de la hoja del atlas correspondiente a Norteamérica.

La divisoria continental resulta marcadamente excéntrica, situándose a tiro de piedra de las llanuras orientales, en un costado de la gran alieneación montañosa pero es que es ahí donde las Rocosas se levantaron más alto; y es por ahí por donde mayormente viaja el Colorado Trail.

En el límite del bosque; en el corazón de los Sawatch

Las montañas son muy grandes pero, a la vista, no lo parecen tanto como los números pudieran indicar: en la gran escala de las cosas, podemos considerar la base de las Rocosas en las planicies a levante que se encuentran ya a mil quinientos metros… mile high, como dicen allí. Y esos grandiosos picos de más de cuatromil se apoyan en algún gran valle en la cota 3000.

Entre tanta montaña, de todas formas, tiene que haber de todo: relieves suaves y paredones alpinos; el bosque, su límite y las praderas de altura; valles marcadamente fluviales y algún resto de erosión glaciar. Picos imponentes, mares de montañas y la certitud de que, más allá, siempre hay más. Lo digo siempre: en América, todo es muy grande. Las Rocosas son muy grandes.

El sendero

El Colorado Trail (CT) es un sendero de muy buena calidad. Se nota que los voluntarios de la Colorado Trail Foundation están en ello con mucha ilusión y cuidan de que a su sendero no le falte de nada. En la práctica, esto se traduce en una traza clara, evidente y sostenida a lo largo de la mayor parte de la ruta; señalización adecuada e inequívoca en los cruces; puentes en casi todos los cursos de agua; y prestancia en la limpieza de obstáculos (los árboles caídos son moneda común… y suele tratarse de áboles muy grandes)

Colorado & Continental Divide: senderos hermanos

Nos presentamos ante la disyuntiva de siempre: la comodidad frente a la pureza de la experiencia. El Colorado Trail es un sendero de pocos sobresaltos y que acostumbra al senderista a no contar con ellos, allanando la experiencia y haciéndola más previsible que aquellas rutas donde no sabes muy bien qué te vas a encontrar, cómo de profundo será el próximo río o cuántos cientos de troncos caídos tendrás que escalar o rodear. Y ¿qué es mejor? Pues, como de costumbre, no hay mejor ni peor. Todo depende de lo que el senderista busque o espere.

Al final, de alguna forma, el usuario se adapta a las condiciones y define su nivel de reto: ante un sendero como el CT, resulta inmediato planificar kilometrajes diarios que serían improbables en otras rutas y colocar ahí la dificultad. Es decir, si el sendero es fácil… caminamos más. La cosa es no “acomodarse”.

Trazado

El Colorado Trail atraviesa muchas zonas altas, expuestas y, en las condiciones (in)adecuadas, intimidantes. No es difícil, en estas montañas en las que te plantas en los 3000 metros sin darte cuenta. Y, aún así, el corazón de las cordilleras más escarpadas sigue siendo un sitio remoto y relativamente poco accesible, hasta el punto de que ni siquiera los senderos llegan allí o, mejor dicho, no hay ninguna ruta que tenga continuidad. En alguno de estos casos, el CT toma un recorrido menos comprometido: bonito, casi bucólico pero… se deja cosas importantes por el camino.

Yo solía hablar (conmigo mismo) de que el CT era valiente o cobarde. Cuando el sendero era valiente, te podías encontrar caminando por una cresta durante kilómetros o pasarte varios días sin bajar de los 3300 metros… cuando era “cobarde” (es un decir…), evitaba los grandes mogollones de montañas y se metía en el bosque infinito. Normalmente, cuando el sendero era cobarde, yo me sentía valiente y… viceversa. No siempre nos poníamos de acuerdo. Bueno, alguna vez, sí pero… bastaba la acumulación diaria de nubes para crear discordia.

El CT, en su versión “valiente” en Ten Mile Range

Si algo eché de menos de parte del CT fue atravesar la cordillera Sawatch: una ingente y espléndida masa infinita de montañas enormes, eso son los Sawatch, que el CT sólo rodea, evitando meterse para adentro y explorar parajes de esos que te tumban de espaldas y dan sentido a un viaje.

Afortunadamente (y sin saberlo del todo, aunque algo imaginaba), tomé un par de rutas alternativas que me llevaron a alguno de esos sitios, algunos de los paisajes más impresionantes que haya visto nunca, y lamenté que no hubiera más senderos que me ayudaran a seguir cruzando crestas cuando no me quedó más remedio que tomar un valle, aguas abajo, para reencontrarme con un CT que se pasa días y días abrazando laderas boscosas, ajeno a todas las maravillas que hay al otro lado. Hope Pass y Elkhead Pass, no olvidéis esos nombres; son la puerta senderil a los Sawatch y la forma de dar sentido a un viaje en la sección central del CT.

Condiciones

Ya lo he dicho más veces: fui a Colorado buscando (entre otras cosas) tiempo estable y predecible, cerca del de aquel verano en el PCT y en el polo opuesto de aquel otro en el ártico; y lo encontré… a medias. Las Rocosas son muy grandes y su influencia en el tiempo atmosférico es imponente: literalmente, se sacan el mal tiempo de la manga.

Nubes amenazantes en Cataract Ridge: el pan nuestro de cada tarde

El tiempo resultó predecible, sí, pero no necesariamente bueno; regular en su irregularidad. El patrón típico se desglosaba así: el amanecer era tan despejado y estable que parecía imposible que la cosa cambiara pero, hacia media mañana, invariablemente, empezaban a surgir nubes como por arte de magia. De la nada. Al principio, blancas, algodonosas y aisladas pero, en pocas horas, se multiplicaban y engordaban, de forma que ya no eran tan blancas. Por arte de más magia y de la misma nada que las de antes. A primera hora de la tarde, el cielo solía ya estar completamente cubierto y, poco después, empezaban a sonar los primeros truenos. Caían las primeras gotas y, cuando más feo pintaba, hacia media tarde, la espiral degenerativa se detenía, se empezaba a percibir calma en el ambiente y, un rato después, las nubes comenzaban a verse más finas. Normalmente, antes de anochecer aparecían claros y, para cuando salían las estrellas, el cielo estaba despejado de nuevo.

Lógicamente, había incontables variaciones sobre este escenario tipo pero lo que no fallaba era la cita diaria con la inestabilidad vespertina. Tan increíble resultaba pensar en los cielos negro-oscuros de la tarde desde la luminosidad y calma chicha de la mañana como pensar en que, todas esas nubes, una vez ahí, no eran un pedazo de borrasca y se diluirían unas horas después. Y, por increíble que pareciera todo ello, así era cada día. Y, sí, era reconfortante saber que el mal tiempo no iba a durar pero, al mismo tiempo, era intranquilizante saber que la calma, tampoco. No era esto lo que yo echaba de menos.

Al final, como de costumbre, se trata de adaptarse al medio: aprender a convivir con las condiciones esperables y a tomarlas como parte del trato. Es entonces cuando ya no parece que el nubarrón importe tanto y cuando uno empieza a disfrutar de todo ello pero, eso sí: no me atreví a prescindir del toldo ni una sola noche. Nada de vivacs bajo las estrellas: en Colorado, nunca se sabe.

La mayoría de los días, la tormenta no se llegaba a desatar y todo quedaba en los truenos y algunas gotas; a veces, la nubosidad se prolongaba durante parte de la noche y llegaba a llover. En otras ocasiones, se generaban tormentas localizadas que, con suerte, podías presenciar desde la distancia, cruzando dedos para que no se movieran hacia tu posición. A la postre, los dos grandes episodios tormentosos del viaje me sucedieron de noche, como consecuencia de la deriva de la tormenta. No sé si de noche da más miedo o menos…

Típico cielo de media tarde. Así, todos los días

Hubo, también, dos periodos de mal tiempo prolongado (un par de días cada uno) durante el viaje y aún me quedará la duda de si se trataba de frentes nubosos que barrían el continente o más bien borrascas autogeneradas que se hicieron más fuertes que de costumbre. En ambas ocasiones, eché de menos el proceso habitual de aproximación de un frente y, en cambio, era notorio que, el día antes de cada borrasca, había más nubes de lo normal y una cierta sensación de inestabilidad extrema, como si la atmósfera estuviera nerviosa. Yo quería pensar que, un día más, no pasaría de ahí y, a la mañana siguiente, estaría despejado otra vez… pero, en ese par de ocasiones, esto no sucedió.

El otro factor que, de la mano del tiempo atmosférico, influye mucho en las condiciones en las montañas de Colorado es la exposición. Esto no es nada nuevo y es habitual en cualquier sendero en las montañas pero con el matiz de que, en Colorado, la altitud te deja muy vendido a los elementos. Cuando hace malo, la cosa se pone realmente fea y, de repente, el verano se transforma en invierno, un invierno de dos días que coloca al senderista en más de un aprieto.

El CT se pasa incontables horas metido en el bosque pero incluso entonces está por encima de los 3000 metros. Un pasito más allá y te encuentras en un mundo de praderas barridas por el viento que tienen la particularidad de estar cerca de los 4000. Eso sí, qué bonito era caminar por ahí cuando hacía bueno… Me costó animarme a acampar en la zona alpina. Yo me decía a mí mismo una y otra vez que por qué no… si es lo más normal del mundo… cuando el mundo es como el de los Pirineos, por ejemplo, y sin ir más lejos… y, sin embargo, algo había en el ambiente que imponía respeto. Quizá lo acogedor del bosque y su abundancia, el llevar un sistema de acampada minimalista, el hecho de que, cada vez que encontraba a alguien acampado, estaba en el bosque; o que el mal tiempo siempre se presentaba al atardecer… era inmediato pensar en “hoy tengo que acampar en un sitio así…” cuando pasaba por algún enclave idílico en las alturas bajo los cielos azules y el ambiente tranquilo de la mañana… “hoy sí, de hoy no pasa…” opinión que cambiaba rápidamente ante el panorama sombrío del siguiente atardecer. Ya no había narices.

Campamento en las alturas. Luego hubo tormenta nocturna

Fauna

Problemas con la fauna

No, no se trata de una pelea con un oso de 300 kg que me quería robar los emparedados; la cosa tiene bastante menos glamur…

En esta ocasión, no hubo mucho problema con el gran “depredador” por excelencia que es el mosquito, aunque algún que otro campamento consiguieron amargarme. El asunto al que aludo atañe a otro viejo conocido que, en Colorado, dio mucho la murga. Como decía el gato Jinks:

– Mardito Roedore…

Tan tímidos durante el día y cuánto dan por saco por la noche… en una ocasión, tuve la sensación de que me acababa de pasar “algo” por encima de la cabeza pero pensé que lo habría soñado; a la mañana siguiente, al despertar, echo mano del tubo chupóptero para echar un trago de agua y noto un “tacto” raro en la boquilla:

parece que no había soñado nada. supongo que ésta es una de las consecuencias de utilizar un sistema de acampada no hermético aunque no estoy tan seguro… estos malandrines atraviesan lo que les pongas delante y el caso es que parecen más motivados por la curiosidad que por la obvia razón de buscar comida: ¡nunca tocaron mi comida! y, sin embargo, parecían tener cierta fijación con un par de elementos: uno es la válvula del tubo de la botella. Ya he mostrado como quedó la primera. En Leadville, había una tienda de montaña y pude comprar otra. Duró unos pocos días:

En Salida también había tiendas de montaña pero ya pasé de acumular válvulas mordisqueadas y acepté la derrota. Tenía su punto entrañable compartir mis válvulas con los ratones de las rocosas.

La otra cosa que les gusta son las líneas de tensión del toldo pero no cualesquiera; estos ratones son muy selectos y, además, afines a sus primos de las montañas Cascades porque, allí, en 2004 nos pasó exactamente lo mismo: una cuerda dyneema sin tensión es su oscuro objeto de deseo y la dejan tal que así:

Cuerda mordisqueada; a la izquierda, la misma cuerda, sin mordisquear

Dentro de lo que cabe, menos mal que prefieren las que no están en uso. Lo otro no tendría ninguna maldita gracia. Insisto en que, además, les gustan estas cuerdas blancas de dyneema; tenía otras de nylon que nunca tocaron.

Los ratoncillos son unos animalillos muy simpáticos y muy bonitos pero debo reconocer que no me mola que me ronden por la noche; no pasa nada si sucede alguna noche suelta pero, en este viaje, pasó tantas veces que llegó un momento que me volví un poco paranoico y hasta me costaba dormir. Ya oía ratones por todos los sitios. Cualquier ruidito nocturno era interpretado como mickey mouse haciendo de las suyas alrededor de mi cara.

El caso es que el hecho de estar paranoico ¡no quiere decir que no vengan a por mí! Recuerdo cómo, la anteúltima noche, según me estoy metiendo en el saco y empiezo a mirar de reojo a todo lo que se mueve, voilá! ahí aparece el ratón de turno. Pero, colega… ¡si aún no me he terminado de acostar! ni de moverme y hacer ruido… le pegué una voz que creo que me oyeron tanto en Durango como en Denver y le eché una bronca tal que el pobre ratón salió despavorido y (creo) no volvió en toda la noche.

El tema de los ratones no es nada nuevo ni nada que no espere pero parece que en Colorado están los ratones más sociables de la tierra media. Eso sí, de día no veía ni uno…

El ladrón sin identificar

Sólo en una ocasión apareció una bolsa de comida agujereada y, visto cómo estaban las cosas, tenía un sospechoso claro… hasta que me acordé de esos pajarillos tan salados que me solían acompañar a lo largo de los días y a los que vi pulular por campamento la tarde anterior; y recordé que alguien me había contado que son tan “sociables” porque están especializados en el pillaje a pequeña escala. Como los gorriones urbanos, que revolotean a ver qué cae.

Yo preguntaba por ellos porque me caían muy simpáticos: aparecían de repente dos o tres, se posaban en ramas bajas junto al camino y me miraban. Si avanzaba, me seguían un rato. Me gustaba esto: me hacían compañía y, a veces, me vino muy bien. Eran como unos amiguillos que aparecen de repente en algún momento bajo. La gente local me los identificó como “scrub jay” aunque lo que he visto a posteriori en la red bajo ese nombre no se parece nada a aquellos pajarillos grises y blancos.

¿alguien me identifica a éste?

Yo creo que fueron estos los que me agujerearon una bolsa de cereales.

Alguien hizo de las suyas con mis cereales

Lamento mi descuido y su relativo éxito (no deberíamos dejar que pasara) pero no me importó más allá. De hecho, me terminé los cereales.

Más fauna

Pika

Los pika son los ratoncillos más graciosos del mundo. Viven en las pedreras de la zona alpina y hacen un ruidillo característico que, de repente, un día, mi cerebro identificó: suena igual que el típico patito de goma para jugar en la bañera. Ese que, al apretar, hace un sonido… pues eso es justo lo que hacen los pika. Desde que identifiqué esto, ya no paraba de oír patitos de goma por las pedreras.

Los pika son relativamente atrevidos; se saben a salvo cuando están cerca de sus madrigueras en las pedreras y les gusta otear el horizonte desde lo alto de algún pedrolo protuberante. No se esconden: su gritito es inconfundible y nunca falta. Te miran y, si tu camino te lleva muy cerca, se esconden en su agujero. Tienen unas características orejas grandes y perfectamente redondas, como la caricatura perfecta de un ratón. Cuando acampé en zonas altas, en un par de ocasiones, lo hice cerca de pedreras y pude disfrutar desde posición estática del ir y venir de los pika. Son muy graciosos: había uno que tenía la madriguera muy cerca de mi campamento y yo le veía salir de vacío y volver con alguna ramita o manojo de hierba. Así, una y otra vez. Por curiosidad, cuando no estaba, me asomé a la zona en la que desaparecía y vi, junto a su agujero, un montón enorme de ramitas y manojos de hierba acumulados (sonrisa).

Para más empatía humano-pika, estos se van a dormir por la noche. Tras mis recientes encuentros nocturnos con sus primos del bosque, les advertí: “pika, me caéis muy bien pero… como no me dejéis dormir esta noche, la vamos a tener…”. No hubiera hecho falta. Al oscurecer, se dejaron de oír sus llamadas. Empezaron a sonar de nuevo al amanecer; nos levantamos, más o menos, a la vez.

Pequeño pika

Marmota

Como los pika pero en grande. Viven en los mismos sitios y, de hecho, suelen estar mezclados. Las marmotas son el peluche perfecto y, como a los pika, también les gusta encaramarse en su roca grande y verificar el horizonte cercano. Me da la impresión que aprovechaban el mini-talud creado al trazar el propio sendero en las laderas para construír ahí sus entradas que, así, quedaban en posición algo más vertical porque había muchísimos agujeros gordos en tal posición.

Las marmotas hacen un ruidillo parecido al de los pika pero no igual; me llevó un tiempo asegurarme de cuál era cuál. Ahora ya les tengo identificados. Acercarme a una pedrera implicaba, inmediatamente, empezar a escuchar pikas y marmotas. Era como si me saludaran al pasar. Yo sé que no era eso pero me daba igual; yo les saludaba de vuelta.

Elk (ciervo grande)

A pesar de lo que dicen algunos diccionarios por ahí, un elk no es un alce; el alce es otra cosa muy distinta. Los elk son de apariencia exacta a la de un ciervo normal y corriente pero de tamaño XL. Un ciervo muy grandullón. Es relativamente común verles en Colorado pero es especialmente espectacular oírles: un grito agudo que uno no asociaría a un bicho tan grande y con el que parece evidente que se comunican, a la luz del jaleo que montaban.

Debo decir aquí que nunca estoy completamente seguro de quién es el que grita pero en un caso, al menos, pude ver a varios elk en la zona de donde venía el barullo. En otra ocasión, no vi nada pero, fueran elk o no, fue absolutamente espectacular: mientras el día acababa y contemplaba yo los últimos tonos rojos en las nubes, un individuo lanzó su voz; le siguió otro y luego muchos más. Convirtieron de repente, y por un breve rato, el silencio de la alta montaña en un jaleo impresionante por lo impropio e inesperado. Acabado su “diálogo”, todo volvió al silencio. Esto sí que es naturaleza de verdad.

Deer (ciervo pequeño)

Éste es lo que en Europa llamaríamos “ciervo”, el de Bamby. Como los elk, se retiraban discretamente cuando notaban presencias y lo curioso es que tenían dos formas de correr: o un típico trote acompasando las dos patas de cada lado o a base de saltos que daban con las cuatro patas a la vez. Es increíble lo ágiles que son y lo rápido que se mueven por el bosque. Mochila aparte, uno se siente lento y torpe cuando les ve.

Oso

Sé que estaban ahí; estuvieron ahí todo el tiempo pero los osos en Colorado no son tan expresivos como sus primos de la Sierra Nevada o las Cascades. No vi ninguno, ni siquiera sus huellas, aunque es cierto que, a diferencia de mi paso por los casos citados, no hubo mucha nieve o barro donde dejar una huella clara.

Castor

Éste es uno de esos animales que sólo has visto en los libros y en los documentales de la tele y es por eso que resulta especialmente fascinante saber que, en América, están en directo. En Colorado son muy abundantes y es inmediato ver sus presas y estanques. Su sitio favorito es la zona de pendiente escasa de algún valle de altura donde el río forma meandros y los árboles dejan libre una ancha franja en torno al cauce. Al principio, no me lo podía creer: ¿qué son todas esas piscinas? No parecen naturales… y, por supuesto, no lo eran. Según remontaba el valle, se sucedían series de estanques escalonados donde el río estaba retenido por pequeños diques de ramas y vegetación. ¿Diques??? ¿No es esto lo que hacen los castores???

En alguno de los estanques, incluso, aparece una pequeña “isla” que, inmediatamente, me recuerda a esa ilustración de un libro que me regalaron de pequeño y que tanto me gustaba, donde aparecía una sección de esa “isla”, que no era sino la casita que fabrica el castor en medio de su estanque, con la entrada submarina y el piso por encima del nivel constante del agua… pues, no sólo eso sino que, en una ocasión, tuve la suerte y el inmenso placer de ver al simpático castor nadando en su estanque. Esto sí que moló, qué ilusión me hizo… ya había visto un castor en Terranova, años atrás, pero éste estaba aún más cerca y estaba allí, nadando en su piscina, atravesando el dique para bajar a la inferior… como en aquel libro que leía de niño. Siento la mala calidad pero todo sea por el documento:

Castor

No parece sencillo ver a los castores, a tenor de todos los diques, estanques y madrigueras con los que me crucé y que sólo pude ver a uno de los animales; supongo que hace falta pararse a contemplar y yo era esclavo de mis planes… aún así, me vine de Colorado con una imagen que no voy a olvidar.

Otros

El zorro, los pajarillos de pecho rojo, las cabras y muchos otros pasaron por mi camino, o yo por el suyo, en el Colorado Trail. Sólo un par de serpientes y, curiosamente, ambas el mismo día. Y tantos otros a los que no vi pero que estaban ahí, corriendo a esconderse o mordisqueando mis válvulas chupópteras. A todos ellos, mis disculpas por las molestias y mi agradecimiento por acogerme en su casa. No me importa sonar empalagoso; es lo que pienso.