Como esto no es un desfile de moda, no cambiamos de prenda cada temporada; el gris funciona siempre. Esto quiere decir que mucho del material viene repetido de años anteriores y no me veo re-escribiendo sobre lo bien que me llevo con la mochila Granite Gear o el porqué de un saco “sin fondo”. Hay abundante discusión sobre todo ello en los apartados análogos de 2007, 6 y 5. Centraré la discusión en las novedades, pruebas, aciertos y fracasos, las lecciones aprendidas y las conclusiones asociadas.

Sistema de acampada

Deseando estaba empezar por aquí. Quiero contar todo esto:

De siempre, la tienda ha sido un elemento muy sensible: nos protege cuando somos más vulnerables y tiene que aguantar lo que le caiga. Si hay un elemento con el que no queremos bromas y en el que necesitamos confiar, ese es la tienda de campaña.

Lo de fabricarse el material propio tiene su cierto glamur y llama la atención pero (y con razón) no levanta demasiadas pasiones cuando alguien te pregunta qué cosas son esas que te haces y le empiezas a hablar de cubremochilas y bolsas para guardar cositas… todo cambia cuando mencionas la palabra “tienda”: – ¿te has hecho una tienda??? – bueno, no del todo (¿cómo explico yo ahora que no es una tienda pero… bueno, hace lo mismo que una tienda?)

Al final, y por comodidad, que no por presunción, acabo llamándolo “tienda” por ahorrarme explicaciones que la gente no siempre quiere o necesita escuchar.

Es decir: mi “tienda” será un simple toldo rectangular de 3.30 x 1.60 m más un poncho de similar anchura (lo máximo que permite un rollo de silnylon) y 2.37 m de longitud, acoplables mediante velcro y con los bastones de caminar como garantes de la estructura o, mejor dicho, como soporte vertical; la tensión hará el resto.

Siltoldo y Poncho Porche

como mencionaba en los previos, el Siltoldo entra en la convocatoria por primera vez en una ruta larga. Era un paso más psicológico que físico: un mes en las montañas sin otra opción que acampar requiere tener fe en el sistema de acampada. Donde faltaba la fe (si faltaba, que nunca se sabe del todo), puse un poco de inconsciencia y adelante con el Siltoldo.

La idea inicial, de todas formas, era usarlo poco, aunque eso no implica nada en el asunto de la fe porque, cuando hiciera falta, tendría que funcionar. Y, en un mes, al final, pasa de casi todo.

A la postre, instalé el Siltoldo cada noche. No hubo ni una en la que lo viera lo suficientemente claro (valga el doble sentido) como para prescindir de un techo. Cosas del clima de las montañas de Colorado.

Siltoldo, él solito, en versión media pirámide

El Siltoldo funcionó muy bien y nunca llegué a echar de menos otros aparatos. Esta afirmación es contundente y significativa: significa ¡éxito! pero requiere algunas matizaciones:

  • Nada hubiera sido igual sin el Poncho Porche
  • Uno se acostumbra a trabajar con el material del que dispone y ajusta convenientemente según dicho material y las circunstancias; quiero decir con esto que, probablemente, el estilo de acampada estuvo condicionado por el material disponible

Durante un par de noches (las dos primeras), utilicé un tradicional montaje a dos aguas. Desde entonces, cambié a la media pirámide y ya no usé otra cosa. Me gusta la relativa amplitud, vistas y ventilación y la posibilidad de usar el poncho para completar la pirámide en caso de tiempo dudoso.

Y, dado que el tiempo era dudoso a menudo, acabé colocando el Poncho Porche muchas de las noches. Con él, podía construir un refugio muy satisfactorio:

  • Alta protección contra la lluvia
  • Amplio espacio interior
  • Sólido ante el viento

Lo de “alta protección” viene a cuento de que los toldos, dependiendo del tamaño, ofrecen cobertura limitada; caso típico del Siltoldo, por sí solo. No así con el combo Siltoldo – Poncho Porche, que apenas dejaba huecos. Aún así, como el poncho no es tan largo como el Siltoldo, no puedo hacer una pirámide perfecta ni cerrar del todo uno de los lados pero la abertura que queda es mínima y la poca lluvia que podía llegar a entrar no suponía mayor problema, quedaba lejos de mis “aposentos”. El velcro de unión entre las dos piezas resultó totalmente impermeable: imagino que el velcro, por sí mismo, no lo es pero estaba colocado en la arista, de forma que el agua resbalaba inmediatamente pared abajo y no se colaba ni una gota. Esto es algo que me tenía un poco preocupado… así que, por el momento, vamos bien.

La forma piramidal es muy resistente al viento y depende de un solo mástil. En mi caso, aunque formara una pirámide completa, seguía teniendo un lado débil, no completamente cerrado, con lo que era fundamental orientar bien la pirámide.

Con la pirámide completa, el espacio interior protegido era enorme y muy cómodo para una sola persona: podía estar sentado en la zona central, lo cual es todo un lujo para un refugio ultraligero con protección integral. Normalmente, con estos toldos pequeños, hay que elegir entre protección o espacio; con la adición del poncho, podía tener ambas cosas a la vez.

Como curiosidad, mi pirámide era pentagonal: el Siltoldo formaba una mitad de tres lados (planta semi-hexagonal) pero el Poncho Porche es más corto y no daba para tanto así que formaba sólo dos lados con él.

Tras varias horas de lluvia, mi pentágono seco

Hablemos del gran test, el del mal tiempo: ¿han pasado el Siltoldo y su amiguito azul por mal tiempo en este viaje? pues ¡si! Y del que asusta: nada como una buena tormenta, con rayos, truenos, granizo y manta de agua para probar tiendas. Nada como una tormenta con rayos, truenos, granizo y manta de agua ¡la primera! noche de viaje; así, sin anestesia. Y nada como otra tormenta con rayos, truenos, granizo y manta de agua acampando a 3800 metros para terminar de convencerte de que, sí, parece que aguanta.

También tienen mala leche las tormentas… la verdad es que son esa cosa que prefieres no encontrar nunca y cualquier momento va a ser malo pero esa que me cayó la primera noche fue una puñalada trapera. Creo que me salvó el jet-lag: tenía tanto sueño que me estaba quedando sopa a pesar del susto y, en cuanto empezó a amainar, volví a caer redondo.

El Siltoldo jugaba solo esa noche y menos mal que tuve la precaución de colocarlo pegado al suelo… así, en modo sarcófago, sólo puedo estar tumbado pero la protección es buena; apenas me llegaron salpicones y el conjunto aguantó sin moverse. También tuve la (otra) precaución de elegir con cuidadín el trozo de suelo sobre el que me aposentaba, de forma que no se me acumulara agua, en caso de lluvia fuerte, y menos mal… regla básica de uso de los sistemas de acampada minimalistas y, especialmente, de los que no tienen suelo propio; aunque parezca que hace bueno.

Siltoldo a dos aguas en Lost Creek Wilderness

El silnylon mojado siempre da de sí y, a la mañana siguiente, mi refugio tenía una pinta un poco calamitosa pero era más cuestión estética que práctica: acababa de responder, nada más llegar, a una de las preguntas que traía bajo el sobaco: ¿servirá el Siltoldo?

La otra tormenta que me pilló de noche tampoco llegó en un momento cualquiera: el campamento más alto de toda la ruta, 3800 metros, excelente lugar para capear tormentas… para entonces, la estructura piramidal estaba ya más que consolidada y tuvo aquí su prueba de fuego o, más bien, de agua, porque no veas la que cayó… afortunadamente, y a pesar de la altitud y la obvia ausencia de bosque, estaba en una pequeña hoya más o menos protegida, dadas las circunstancias, y me limité a contemplar cómo mi techo marcaba una zona de seguridad ¡seca! en medio de aquel batiburrillo de descarga líquida, sólida, eléctrica y sonora. Tan cerca del cielo y va el cielo y me cae encima.

Después de esto, Siltoldo, Poncho Porche y yo éramos ya uña, carne y la tierrilla que siempre queda enmedio y continué caminando por las Rocosas con la suficiencia de quien se sabe a salvo en sus horas más vulnerables.

Durante estos periodos de lluvia intensa, he padecido algunas goteras allí donde el Siltoldo está perforado por las costuras que sujetan los enganches de mitad de panel. Es el único sitio donde podría haber goteras porque el Siltoldo está hecho de una sola pieza. Precisamente por eso cuidé el sellado de esta zona pero parece que no lo suficiente. Tampoco fue ninguna tragedia; una de las cosas buenas de un refugio sin suelo es que, si hay una gotera, basta con apartarse un poco para quitarse de enmedio y dejar que caiga al terreno y se filtre por ahí. Pero tengo que re-sellar esas costuras.

A lo largo de este viaje, nunca tuve que soportar viento fuerte durante la noche; si lo hubo, me pilló en el bosque. Me queda esa duda… el Siltoldo, con o sin el poncho, no está pensado para esos ambientes tan poco acogedores de la alta montaña cuando hace malo y no es, probablemente, el lugar donde sentirse seguro en tal caso. ¿Lo elimina esto como opción en otro tipo de viaje donde el campamento expuesto es más norma que excepción? Probablemente, no pero es difícil convencerse de eso, a pesar de las buenas vibraciones.

Las tormentas eran violentas pero duraban un rato (probablemente, corto, aunque se hacía largo) ¿Qué tal una lluvia no tan fuerte pero más duradera? Pues, sí, también de eso hubo y ahí disfruté de mi mañana de “descanso”, esperando a que aquello escampara (no lo hizo) mientras me tumbaba, sentaba, me hacía un café o consultaba mapas en la perfecta comodidad de un espacio relativamente amplio y razonablemente seco; sólo quedaba la inevitable condensación en las paredes pero para eso está la balleta. Esta es una de las situaciones en las que el Siltoldo, él solo, se puede quedar un poco corto… de protección o de espacio, una de dos… pero, con el poncho, protección y espacio, lo mejor de ambos mundos. Y el inquilino, muy contento.

A la postre, estoy muy satisfecho de cómo ha funcionado el conjunto pero siempre me queda la duda de si lo volveré a llevar para una ruta larga en según qué condiciones: en Colorado, el bosque era casi siempre una opción; en lugares como, por ejemplo, Pirineos o Alpes, es mucho más habitual y, a veces, apenas evitable acampar en lugares muy expuestos, ese tipo de sitios en los que no quieres estar cuando hace mal tiempo pero, a veces, no te queda más remedio. Por otro lado, y por el momento, veo casi indivisible el combo toldo + poncho de cara al largo recorrido y, por supuesto, para hacer eficiente este sistema, necesito que el poncho sea mi ropa de lluvia, cosa que no va bien en todos los sitios y condiciones.

A pesar del balance tan positivo, queda por ver qué haré en el futuro.

Horas antes de la tormenta a 3800 m. en las montañas San Juan

Manoplas (impermeables)

Elemento demasiado simple como para que haya mucho que comentar pero no deja de ser una apuesta poco ortodoxa: unas manoplas impermeables pero no transpirables con permiso para usar por sí solas o como capa exterior en un mini-sistema de capas para las manos si las cosas se ponen muy feas. Y, en pura ortodoxia Hazlo-tú-mismo, como no es algo que exista en las tiendas, me lo hago yo, razón de más para comentar qué tal ha ido la experiencia.

En verano, no suele hacer frío suficiente como para que las manos duelan pero, a veces, la combinación de frío (relativo), agua (llueve y tal…) y tendencia a manos frías (yo), me creaba un problema: ¿me pongo las manoplas aislantes (de forro polar, que también suelo llevar) o, en su defecto, unos calcetines de repuesto? o ¿me aguanto?. Si me protejo, mis manos lo pasan mejor pero, si está lloviendo, acabaré con otra cosa mojada más así que, normalmente, me aguanto. Y es durante esos episodios de manos congeladas en los que voy pensando que tiene que haber una solución mejor. Eso sí, es importante que la solución pese muy poco porque va a estar guardada en la mochila casi todo el tiempo. Esto descarta casi cualquier opción comercial, más pensadas para condiciones invernales y, por tanto, fuera de rango estival ultraligero.

Mis manoplas tosco-artesanas han salido muy bien en cuanto a peso (muy livianas, sólo 15 gr. el par), no tan bien en cuanto a diseño: el dedo gordo no era tan simple como yo pensaba y el resultado quedó un poco… digamos, “arrugado”; pero aún funcional, o eso era de esperar.

No he tenido muchas ocasiones de usarlas pero siempre surje algo, faltaría más… técnicamente, funcionaron como esperaba y para lo que esperaba pero tampoco puedo sentirme demasiado entusiasmado por un hallazgo que no es tal. Al final, la conclusión es la misma de casi siempre: ante condiciones delicadas, lo mejor es una actitud positiva. Cuando llueve y hace frío (mala combinación; especialmente, si hay que acampar y continuar), no hay nada que te evite una cierta incomodidad. No pasa nada mientras no pase de ahí. El material ayuda y el buen material puede ayudar mucho pero hasta ahí podemos llegar con él. El resto, está en nuestra cabeza.

Las manoplas se mojan, por fuera, pero, en una zona tan expuesta como las manos (especialmente, llevando bastones), se acaban mojando por todos los sitios; por transpiración acumulada (lo menos) y porque el agua de fuera se cuela también; por donde sea pero se cuela. Aún así, mejor manos mojadas y con manoplas que manos mojadas sin ellas; al menos, evitas la acción congelante de la brisa.

Comprobado en la práctica: las manos enmanopladas se mantienen más calientes y confortables (o menos frías e “inconfortables”) que las manos desnudas. También comprobado: la complejidad añadida no siempre merece la pena. Las manoplas dificultan todo manejo manual y, si hace falta quitar y poner, ya la estamos liando… todo para que, al final, estén igual de húmedas y sólo un poco menos frías. A veces, ese poco merecerá la pena; otras, no. Y, entonces, me aguanto.

Nunca las usé con las manoplas aislantes debajo; no hizo tanto frío.

Nunatak Skaha (“el plumas”)

Maximizando el ratio aislamiento / peso. Las chaquetas de aislantes sintéticos están muy bien y da menos pena “maltratarlas” pero nada como el abrigo de la pluma. Te conviertes en un “michelín” por unos ridículos ¡270! gramos de nada. Es casi increíble y algo muy importante para una prenda que se pasa mucho rato en la mochila (más vale…)

Imprescindible abrigarse para ver puestas de sol a 3500 m

Pulóver: tal palabro existe en el diccionario (castellano), lo acabo de buscar. Dícese de la prenda que te enfundas sobre la cabeza y pasando ésta por la abertura del cuello (de la prenda); del inglés “pullover” que, a su vez, viene del phrasal verb “pull over”. Skaha es un pulóver de esos. O sea, que no lo puedo llamar “chaqueta”: no tiene apertura frontal. Hay que encasquetárselo.

La ausencia de apertura frontal es, por supuesto, para ahorrar peso. Ahora empiezan a tener algo de sentido esos 270 gr. En realidad, algo de apertura frontal sí que tiene, pero no mucha, sólo a lo largo del pecho.

Colorado parecía el lugar ideal para la pluma: seco y soleado. Al final, no ha sido mucho más seco y soleado que muchos otros sitios con peor fama pero la pluma ha funcionado igual de bien. Al menos, eso sí, contabas con la cuasi-garantía de sol y calor durante la primera mitad del día para secar algo, si hacía falta, aunque nunca la hizo.

La pluma es delicada y este pulóver (qué raro se me hace escribirlo así…), más aún, al estar hecho de nylon fino (Pertex Quantum) pero las prestaciones son abrumadoras. Me va a costar volver al mundo sintético; ahora, también para las chaquetas (vale, pulóvers… o ¿será “pulóveres”? esto ya no viene en el diccionario…).

Poncho Porche (en su función de poncho)

El poncho como ropa para la lluvia me provoca sensaciones contradictorias: por un lado, me gusta; por otro… no me gusta.

El mismo chisme azul de arriba…

Es agradable la sensación de protección al ponerse un poncho: un momento antes, estás expuesto a los elementos; un momento después, estás “guardado” bajo una barrera que deja los elementos a un lado y a ti en otro. Sin embargo, y más allá de las evidentes limitaciones del poncho (aunque, probablemente, como herencia de tales limitaciones), no consigo sentirme lo suficientemente seguro ante la previsión de según qué condiciones. La cuestión clave, entonces, es: ¿es algo preferentemente físico o mental? o, dicho de otra manera, ¿está el problema en el poncho o está en mí?

Los hechos objetivos se pueden resumir tal que así:

ProsContras
Protección integral: efecto barrera
Fácil de quitar y poner
Funciona como cubre-mochila
Ofrece abrigo psicológico
Permite implementar un sistema de ventilación eficaz
en buena parte de su superficie interna, no se mantiene en contacto físico con la ropa o piel
Dificulta la maniobrabilidad y la visibilidad
Tiene problemas con el viento
No transpira

Comentarios:

Una de las grandes pegas de la ropa para la lluvia es lo incómoda que resulta de quitar y poner, obligando al senderista a detenerse, quitarse la mochila; a veces, el calzado… y provocando que se posponga el momento de cambiar de atuendo hasta que, muchas veces, se hace demasiado tarde y estamos ya mojados, sea desde fuera, por la lluvia (a la hora de poner), o desde dentro, por el sudor (a la hora de quitar). El poncho es mucho mejor para esto: ante tiempo lluvioso se puede llevar en un lugar accesible y, si empieza a llover, en cuestión de segundos y sin alterar nada más, está puesto. Si no se están usando bastones, casi se puede uno poner el poncho sin dejar de caminar. Idem al quitarlo, con el añadido que suele ser posible mantenerlo puesto… ¡a medias! una opción muy interesante ante lluvia de viene y va: saco la cabeza por su abertura y dejo el poncho colgando detrás, apoyado en la mochila, como si fuera una capa de las de los tres mosqueteros. Si vuelve a llover, puedo devolverlo a su sitio en dos instantes y medio y, esta vez sí, sin dejar siquiera de caminar; aunque use bastones.

El tema del abrigo psicológico no es trivial: ante la lluvia, mucho del problema es mental; depende de cómo te lo tomes y, cuando afrontas varios días seguidos a merced de lo que te caiga, es sorprendentemente fácil sentirte vulnerable y agobiarte, lo que garantiza un mal rato. La lluvia continuada suele provocar esa sensación de no saber dónde meterte, de necesidad urgente de ponerte a cubierto, de dejar de sentir las gotas cayéndote encima, siquiera por un rato. Un poncho ayuda bastante con esto; sin duda, más que una combinación chaqueta – pantalón, ya que tiene un cierto efecto barrera que separa el mundo en dos: la lluvia, a un lado; tú, al otro.

Como cubre-mochila, el poncho tiene la ventaja de ser una barrera continua entre mochila y mochilero, evitando ese hueco entre mochila y espalda por el que siempre se cuela agua. Por contra, convierte a ambos entes en un conjunto necesariamente indivisible: no te puedes separar de la mochila porque el poncho no es ubicuo y se tiene que quedar con uno de los dos; y, el otro, se mojaría. Quitarte la mochila para descansar es, además de conveniente, aún posible pero manteniéndola al lado. No te puedes separar de ella para ir por agua o vaciar los intestinos, por poner algún típico ejemplo de cosas que puedes necesitar hacer aunque llueva e, idealmente, sin la mochila puesta. Siempre le puedes buscar refugio bajo una roca o un árbol tupido pero algo se mojará y, entonces, empezamos a introducir agua en el sistema.

Ante lluvia de larga duración, el poncho se ve superado. En esto, no se diferencia de otras opciones de ropa impermeable: permanecer seco es una quimera cuando llueve durante muchas horas o incluso días y, quien lo espere, se va a decepcionar. Una vez mojados por dentro, el poncho sigue consiguiendo el efecto barrera y contribuye a guardar calor pero no podemos esperar que evacúe mucha humedad (más bien cerca de ninguna) y el silnylon mojado no tiene un tacto muy agradable.

Hasta ahora, he hablado del poncho en genérico… todo ello es aplicable al Poncho Porche, que, como poncho, es bastante genérico. Como especificidades, puedo mencionar:

Con la mochila muy llena, el Poncho Porche se quedaba un poco corto por detrás; podría ser interesante hacerlo un poco más largo y aprovechar para conseguir mejor cobertura en modo porche.
La capucha goteaba por la costura: por mucho que la sellé con cuidado, es una costura que está en muy mal sitio; la alternativa es hacer una capucha con tres piezas y dos costuras, desplazadas hacia los lados, con lo que no se llevarían un impacto tan fuerte de la lluvia y, probablemente, serían menos sensibles a goteos.
El uso de bastones y el movimiento asociado provocaba que el poncho torciera su colocación, situación incomodísima en medio de la lluvia y que había que corregir, acompañando con los correspondientes juramentos.
En cualquier caso, el peor recuerdo que guardo del uso del poncho está ligado a ver esas montañas cubiertas de nubes, sentir la seguridad de que va a hacer mal tiempo y pensar que preferiría tener una chaqueta. No sé… a lo mejor, de haber tenido una chaqueta, hubiera echado de menos las ventajas del poncho. De nuevo, acudimos al factor de la disposición mental y el ánimo con el que se afronta el mal tiempo. También debo recordar que esa sensación fue especialmente fuerte en Escocia (donde estrené el Poncho Porche) que quizá es uno de los peores sitios para un poncho: viento, crestas expuestas, monte a través… en Colorado, al menos, tenía un buen sendero que seguir y no necesitaba sentirme tan ágil y allí me sentí más confiado en el poncho.

En definitiva, no tengo una opinión clara sobre el uso de un poncho para la lluvia. Soy consciente de que depende mucho de terreno y condiciones pero eso es una mala cosa en el largo recorrido, donde el terreno y las condiciones suelen variar y se necesita un equipo polivalente. La sinergia con el toldo, sin duda, será un factor a favor en posibles usos en el futuro.

Poncho en las alturas rocosas. Empezó a nevar pocos minutos después

Suelo: lámina Polycro

Suelo que necesita un sistema de acampada sin suelo; vuelve a “jugar” la lámina Polycro, que no sé lo que es pero, para entendernos, es una lámina de plástico fino tipo papel de fumar de la que uno no esperaría que aguante entera más de dos minutos.

A pesar de su aparente fragilidad, la lámina en cuestión, con el debido cuidado en el manejo, aguanta bastante bien y lo que me retrae un tanto de usarla es su falta de rigidez, consecuencia directa y obvia de su poco peso, que la hace un poco engorrosa de manejar. Esto ya lo sabía y es un pequeño precio que pagaba sin problemas en este viaje a cambio de un buen número de gramos sobre su equivalente en nylon.

En la anteúltima noche en el sendero, al desdoblar el plástico, debí tirar de donde no procedía o captar alguna pequeña muesca… ziiiip! la lámina, prácticamente partida en dos.

Lógicamente, como es un simple plástico, no es anti-desgarro, así que el desgarro en cuestión sólo paró cuando mi cerebro, lento él, se dio cuenta de lo que pasaba y dio orden de dejar de tirar. Me quedé con 1/3 de mi suelo por un lado y los otros 2/3 por otro, aún unidos por un corto istmo. No pasaba nada, por varias razones: sólo quedaban 2 noches; aún era utilizable; y, a fin de cuentas, tenía el suelo de silnylon de la funda de vivac; pero tomo nota del toque de atención: por muy resistente que sea el Polycro en relación a su peso, es importante recordar que aún es frágil y hay que tratarlo con cuidado.

Mi idea es volver al silnylon o a un plástico más grueso en el futuro, salvo cuando, por la razón que sea, persiga ligereza máxima. Es algo que ya pensaba antes del accidente, en cualquier caso.

Zapatillas: Salomon Solaris II

no eran un elemento nuevo pero precisamente las incluyo por comentar lo que puede significar irse por ahí un mes con unas zapatillas que ya han visto mucho mundo. Lo que sigue, en cualquier caso, entra dentro del campo de la anécdota. Leer sólo si muy aburrido:

El cuerpo de la zapatilla estaba ya un poco roto pero, ¿y qué? eso no es catastrófico. ¿Qué tal la suela? Pues parece que bien… pues adelante con ellas. Ese era el punto de partida.

Bueno, pues la suela no estaba tan bien. Tenía, efectivamente, buena pinta y aún la tiene. No cabe duda que es una suela muy resistente a la abrasión pero no tanto a la flexión: con la goma de las protuberancias del relieve aún en relativo buen estado, la base de la suela empezó a romperse en la zona de flexión de la zapatilla.

El primer síntoma notorio fue un hundimiento de la parte interior bajo la base de la parte delantera del pie (donde apoyamos). Me costó menos de un día de caminar así para empezar a desarrollar un principio de ampolla. Rápidamente, rellené el hueco para volver a pisar sobre superficie sin socavones y el pie respondió bien, no llegando a formarse la ampolla y desapareciendo la irritación. El elemento de relleno improvisado fue un guijarro del tamaño justo, colocado bajo la plantilla. Nada como la vida en el sendero y la urgencia de encontrar soluciones como para estimular la imaginación.

La cosa no quedó ahí según la suela continuó el colapso en la zona, necesitando más relleno para lo que, a partir de entonces, usé toallas de papel convenientemente dobladas, que se adaptaban al tamaño y forma del hueco. La zapatilla izquierda siguió a la derecha aunque ésta, como primera en empezar, fue la estrella del fenómeno, con un visible agujero en la suela por el que, por fortuna, no llegaba a colarse el guijarro, aunque asomaba. Nunca dudé que las zapatillas llegarían al final. Bueno, lo dudé un poco pero ¡no mucho! como prueba el hecho de que, en Salida (pueblo a lo largo de la ruta, a pesar de que el nombre sugiera otra cosa), ni siquiera me planteé comprar otras en la última tienda de montaña que iba a encontrar en el viaje.

En resumen: no se puede uno fiar de las apariencias pero no hay (casi) nada que no tenga solución.

El retorno del forro polar

Nunca llegué a usarlo durante la actividad salvo quizá esos primeros minutos de la mañana, para quitar el susto. No hizo el frío suficiente. Dado que ésta era la principal razón para llevarlo (aislamiento y transpiración en actividad intensa), habría sido técnicamente prescindible, llevando en su lugar la más tradicional segunda camiseta. Aún así, el potencial para situaciones en que se necesite de verdad está siempre ahí en un entorno de alta montaña (y, a veces, en el de no tan alta), incluso en verano, así que creo que es un movimiento en dirección correcta y espero seguir llevándolo en el futuro.

Sí le di mucho uso para complementar el saco a la hora de dormir, salvando al plumas de un trabajo poco agradable en la mayoría de noches.