El transporte público en Norteamérica no se parece nada al europeo. Las distancias, tampoco. Para volver a Denver, sólo hay un autobús que tarda 12 horas.

El Greyhound es una cosa súper cutre: autobús viejo, oficina decrépita que hace de estación improvisada y pasaje de baja clase social. Nada que me importe, mientras sea decente y me lleve. La asepsia urbana no es algo que me impresione.

Debe ser el mismo que usaban hace 30 años

El viaje no se me hace pesado en absoluto, tampoco largo; 12 horas puede parecer mucho pero a mí me ha costado 25 días. Cuando el marco de refencia es ese, el lento Greyhound parece una bala.

Voy desandando el camino y me resulta emocionante. Paso por Molas Pass, donde tan mal rato pasé hace sólo unos pocos días. Voy viendo pasar las Rocosas desde otra perspectiva y me encanta. Me siento relajado y con la cabeza llena de cosas entretenidas. Es mi rato de celebración.

Denver no me pareció especialmente atractivo y, cuando por fin llego allí, decido coger otro autobús para ir a Boulder, que está cerca y parece un sitio mucho más atractivo. Llego allí ya de noche. El resto del relato es a partir de la mañana siguiente.

El albergue en Boulder

Boulder está al pie de las montañas, tiene universidad, amplia cultura ciclista y montañera y resulta un sitio estupendo para mi último día de viaje.

La bici es medio de transporte popular

Hay autobús directo al aeropuerto de Denver que, de todas formas, no está en Denver sino en medio de las praderas por las que antaño pastaban los búfalos. Cierro el círculo iniciado un mes antes y vuelvo a casa.

De vuelta a Europa

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