Es mi primera mañana en EE.UU. y es momento de empezar a cuidarme bien pero me encuentro, una vez más, con que las cosas suelen ser más complicadas en las ciudades grandes, ¿dónde encuentro un sitio para desayunar en las zonas residenciales de Denver? Pero no desayunar un café y un bollo sino un desayuno de verdad, de esos que entran tan bien con la excusa de que luego hay que caminar muchos kilómetros. Creo que el hecho de que sea domingo no ayuda pero, después de más de media hora de recorrer calles sin tiendas, cuando ya desesperaba, paso por delante de un sitio super-cutre donde me parece que no han visto muchos turistas pero que tiene todas las cosas grasientas de comer y un ambiente de fauna local muy curioso.

Pete’s Cafe, garito en Denver

Empiezo a caminar hoy mismo pero antes tengo que pasarme por REI (el “Decathlon” de Estados Unidos) para comprar gas y recoger mis mapas. Y como REI no abre hasta las 10.00 y el centro de Denver no es muy grande, voy hasta allí caminando. A las 11.00 y en la misma puerta de REI, tengo cita a ciegas con Swift, mi Trail Angel local, que me llevará hasta el comienzo del sendero.

En REI, a la vista del taco de mapas que me llevo y la mochila a la espalda, el que me cobra me pregunta qué es lo que voy a hacer… cuando le digo que el CT, se muestra muy interesado, casi entusiasmado y ya no sé hasta qué punto es sincero o es por hacer un poco la pelota al cliente pero parece claro que el CT tiene su cierto aura en los círculos locales.

REI Denver

Contacté con Swift por la red cuando, a última hora, terminé de decidir que sería mejor idea agilizar y asegurar el acceso al sendero. En el fondo, creo que lo que más valoraba era el apoyo moral, tener alguien a quien decir adiós cuando me pusiera la mochila. No tiene ninguna utilidad pero la mente tiene estas cosas. La mía, por lo menos. Swift apareció puntual. Tenía tanto PCT como CT en su currículo así que no hacía falta explicar nada. Tuve ocasión de recopilar algo de información de primera mano, compartir un rato agradable y, como digo, alguien a quien decir adiós en el metro cero.

El día había amanecido tranquilo y despejado y enseguida había empezado a calentar el sol. El guión seguía el catón de los patrones locales con calor intenso y seco y, para cuando comienzo a caminar, más allá de mediodía, incipientes nubes de tormenta.

El piedemonte rocoso en esta zona es bastante austero: una prolonganción de las llanuras peladas que había venido viendo desde el avión; seco y marrón. Así había sido todo el trayecto desde Denver y así continuaba en las primeras colinas pero, a partir de cierta altura, aparecían árboles que prometían futuros mejores. Así, me despido de Swift y su acompañante, mis nuevos amiguitos en Colorado, y enfilo la pista que se adentra en el cañón Waterton.

Absolutamente inatractivo punto de comienzo para el Colorado Trail

Los primeros kilómetros de CT discurren por una amplia pista, casi una carretera sin asfaltar que sirve de acceso a la presa del embalse de Strontia Springs. Las crónicas suelen despreciar un tanto este tramo por “civilizado” pero tampoco me parece mal trato hacer una introducción suave, tanto física como psicológicamente. Es domingo y hay muchos ciclistas y senderistas. Toda la gente que me voy encontrando está ahí para el día salvo un pequeño grupo que baja y, a tenor del tamaño de las mochilas, vienen de hacer algo más. Desde el fondo del cañón, no se ve mucho cielo pero sí se oye el primer trueno de la tarde.

Waterton Canyon

El escenario cambia radicalmente cuando llego a la base de la presa: la pista se acaba y este es el sitio donde mucha gente se da la vuelta pero es que, además, la hora va avanzando y la gente se tendrá que volver a casa. El CT continua ya como sendero y empieza a subirse por las paredes para cruzar esta primera sección de montañas. Ya no me encuentro con apenas nadie más.

Llevaba agua más bien justa para no cargar demasiado en un momento en que la mochila estaba muy llena; la sección de pista discurría paralela al río South Platte pero prefería no tener que recoger agua de una zona tan humanizada. El caso es que uno de los datos importantes de la mini-guía (el Databook) es la disponibilidad de agua y su fiabilidad, distribuida en tres grados: cursos y fuentes permanentes, estacionales y poco fiables. En breve, tengo que pasar por un arroyo de los calificados como “estacionales” pero donde espero encontrar agua, siendo aún mitad de verano tras un invierno con mucha nieve y habida cuenta de las últimas lluvias. Mi gozo en un pozo (seco) cuando paso por el lugar y sólo veo un charco barroso en un cauce lamentablemente sin agua. Pues no empezamos bien…

Lo peor no son los 13 km que me quedan para bajar al valle y volver a cruzarme con el South Platte (y esta vez sí que tendré que coger su agua) y la sed que voy a pasar sino la sensación de cierto desamparo que te deja el que te fallen los pronósticos; sobre todo, cuando se trata de algo tan sensible como el agua. Sólo puedo esperar que esto haya sido un accidente y que ese arroyo haya tenido un mal verano.

Me queda poca agua y la tengo que racionar. Afortunadamente, el trayecto ya es todo por bosque y no hace demasiado calor, además de que las nubes se han adueñado del cielo, aunque no parece que vaya a llover, por el momento. El paisaje es bonito pero no espectacular, se trata de una zona tortuosa de montaña de escasa altura y muy intrincada.

Llego por fin al comienzo del descenso hacia el valle y ya puedo ver el río, allí abajo, pero el sendero toma un recorrido de estos desesperantes (aunque no tengas sed) con zig-zags eternos en los que no desciendes casi nada, con el doble efecto de que es largo y se hace largo.

Este tramo del valle del South Platte está aguas arriba del embalse de esta tarde pero sigue civilizado, con una amplia pista que lo recorre. El agua del río aparece transparente pero ésta es de las que no me atrevo a beber sin tratar así que, cual tortura china, tengo que esperar un rato hasta que las pastillas hayan hecho lo suyo. Uso las de cloro que, aunque no pueden con todo, necesitan sólo 10 minutos y eso ahora es importante. Normalmente, en un sitio como éste, usaría las de dióxido de cloro, más fiables pero que necesitan al menos media hora. No puedo ni pensar en esperar media hora para volver a beber y alcanzo rápidamente un acuerdo de compromiso conmigo mismo.

Ahora sí que amenaza lluvia y hasta caen unas gotas; dado que el día ha sido corto, quiero continuar un rato más, hasta que se haga de noche, pero decido, en contra de mi costumbre, parar a cenar antes; en parte por tener un rato para hidratarme bien y en parte por aprovechar el puente sobre el río para guarecerme de la inminente lluvia durante la operación. Parece que cuesta un poco acostumbrarse a la dinámica del sendero según la que, cuando llueve, te apañas con lo que lleves; aquí, tengo un hermoso puente que hace de perfecto techo.

La pega de gastar tiempo de luz en cenar es que me queda poco para seguir caminando y sé que no voy a ir muy allá pero, aún así, decido avanzar lo que pueda. Salir del estrecho valle del South Platte implica subir una buena cuesta y es eso lo que me quito de encima para mañana pero nada más; ya en penumbras, aprovecho alguno de los últimos grupos de árboles que encontraré (de aquí para arriba y adelante, está todo quemado por un gran incendio de hace unos años) para buscar un trozo plano en un pequeño balcón sobre el valle. El tiempo parece que se ha calmado y las nubes han remitido un poco pero, dado que el lugar es expuesto y que aún no conozco de primera mano los protocolos climáticos locales, monto el Siltoldo en modo “alta-protección / poco-espacio” y en un trozo ligeramente elevado, por si acaso…

Tengo que sacar la foto con flash…

Teóricamente, mi primera jornada en el CT acaba aquí pero los dioses del sendero me guardaban un regalito de bienvenida: a mitad de noche, empezó a tronar, relampaguear y luego, claro, llover. Llover a cubos, con momentos álgidos en los que los relámpagos zumbaban por encima de mi campamento y los truenos hacían vibrar el suelo. Así, nada más llegar.

Lo que me sorprendió de todo esto es que tampoco me inmuté demasiado, con lo cobardón que soy yo… más allá de comprobar que el agua no invadía mi hueco y que el Siltoldo se mantenía de pie sin problema, me limité a esperar a que remitiera la tormenta para volver a domir, casi en plan “a ver si dejan de meter ruido ya, que tengo sueño…” y es cierto que tenía sueño: 7 horas de jet-lag que sólo acababa de empezar a enjuagar.

Casi mejor así. La tormenta pasó y me faltó tiempo para caer tieso otra vez.

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