Nueva mañana espléndida aunque a la luz le cuesta alcanzar mi rellano entre los grandes árboles. Hace un frío considerable pero enseguida empieza a calentar el sol.

Continúo subiendo entre bosque sin vistas y a lo largo de una amplia pista ahora en desuso y cerrada a todo tipo de tráfico vehicular (bicis incluídas, al ser un área wilderness). El ambiente ha cambiado un poco respecto al de los dos primeros días, estos bosques tienen un aire más alpino, cosa que corroboro cuando, por fin, llego a una zona despejada que me permite ver el panorama. Un pequeño descenso me lleva a una gran cuenca de altura, una especie de anfiteatro de paredes tendidas y cubiertas de bosque y con un fondo plano tapizado de pradera verde. Éste es uno de los típicos paisajes que mi mente asocia a las montañas del oeste norteamericano y me alegra ver que voy metiéndome en harina. Lo que no encaja con mis esquemas es el rebaño de vacas que pace en la pradera… sería lo más normal del mundo en Europa pero no aquí; no se ven muchas vacas en las montañas en el oeste de norteamérica.

Los paisajes que mi mente asocia a las montañas del oeste americano

Retomo el ascenso a lo largo de una vaguada amplia flanqueada por laderas de escasa pendiente y altura; análogamente a la cuenca que dejo atrás, las laderas están cubiertas de bosque pero la vaguada no, en lo que tiene pinta de ser una configuración natural aunque la presencia de más rebaños de vacas en las zonas de pradera me hace dudar… uno de los hechos diferenciales de América con respecto a Europa es que aún puedes pensar que la presencia o ausencia de bosque obedezca a causas naturales; en Europa, el bosque ha sido exterminado y plantado arbitrariamente y es díficil decir si los paisajes que cruzas son producto de mano humana o no.

El camino progresa por la zona de pradera, lo que provee un ambiente abierto y luminoso pero también me deja a merced de un sol que ahora calienta mucho. No me encuentro bien; no en el sentido de malestar físico sino más bien de ser consciente que no estoy rindiendo bien y no estoy haciéndolo a gusto. Inicialmente, se lo achaco al sol aplastante y sólo puedo esperar que el sendero se acerque un poco, sólo un poco, a la ladera y se meta entre los árboles pero, según avanza la mañana, me voy convenciendo que no es sólo el sol… me encuentro mal.

La subida es larga, lleva varias horas y me deposita en un collado donde rozo los once mil pies (3300 metros) y dejo atrás definitivamente la vaguada, sus praderas y sus vacas. Vuelvo a sumergirme en el bosque para descender por la otra vertiente, mucho más empinada, donde el sendero empieza a hacer zig-zags. El descanso de media mañana no me ha servido para sentirme mejor y tengo ahora puesta la mente en un arroyo próximo, donde debo reaprovisionar agua y espero volver a descansar un rato, a ver si espabilo.

Llego allí medio arrastrándome, sin tener claro qué me pasa pero teniendo claro que algo no va bien. La buena noticia es que, allí, llenando botellas de agua, hay otro senderista. Esa mochila no es para pasar el día y, es más, reconozco el modelo o, por lo menos, el estilo, típico de las mochilas ultraligeras para el largo recorrido. El dueño resulta ser thru-hiker en el CT, el primero que me encuentro, y que, según me cuenta, había empezado su viaje horas antes que yo. ¡Qué ilusión, mi primer compi de sendero! Se presenta como Kevin, sin alias y yo ya no sé si usar el mío o no, me sigo sintiendo raro usándolo y me cuesta imaginarme a mí mismo con él… claro que mi nombre auténtico (o “nombre urbano”) es casi más raro aún; al menos, aquí. Kevin vive en Boulder (aquí al lado) y conoce bien estas montañas pero no tanto la disciplina del largo recorrido, me cuenta que es su primer intento, aunque yo le veo bastante bien enfocado.

Termina su operación y continúa camino mientras yo me dispongo a comer, beber, cargar agua, refrescar pies y, sobre todo, descansar un rato y esperar que mi cuerpo reaccione para bien y caminar vuelva a ser un acto agradable.

Por desgracia, parece que sólo me encuentro bien cuando estoy parado. Cuando me pongo en marcha, no tardo en sentirme aún peor que antes, hasta el punto de que acepto la derrota, me olvido de intentar pasar un buen rato y me concentro en seguir avanzando, que es lo que me queda. Al menos, el terreno es en descenso continuo y resulta fácil. Parece que acabamos de cruzar un cierto bloque de montañas porque, hacia el sur, se adivinan no ya valles sino amplias llanuras. A base de descender, la ruta llega a otra zona humanizada, con varias pistas e incluso una granja, en un entorno de relieves suaves y bosque intermitente entre una mayoría de praderas de las “del oeste”.

Llanuras al frente, montañas al fondo y nubes de tormenta: típico Colorado

No sé cuál es el problema, no hay una causa aparente ni un dolor localizado; es, simplemente, malestar general sin foco concreto. ¿Será sólo cansancio o me estaré poniendo enfermo? Sólo el tiempo lo dirá pero, por el momento, estoy pasando malos ratos. Me concentro en avanzar y fijo hitos a medio plazo. El siguiente es otro arroyo, llego como puedo hasta allí y me derrumbo en la sombra más próxima. Ahí parado, me encuentro bien y, al menos, el cuerpo me pide agua y comida; tomo eso como buena señal.

Mi próximo objetivo es Kenosha Pass. Recuerdo un comentario de Swift, mientras me acompañaba al km. cero: “a partir de Kenosha Pass, casi todo es terreno alpino”. Así que, en mi mente, Kenosha Pass era el lugar donde culminaba la fase de introducción (no voy a decir “de rutina”) y empezaba lo chulo, comprometido y todo lo que me había traído hasta aquí. Ni siquiera sabía, entonces, qué tipo de lugar era Kenosha Pass pero, ahora que lo tengo cerca, ya lo he identificado: un escasamente bucólico cruce con carretera en un collado al que el CT baja y desde el que vuelve a subir. Y ahora puedo hacerme una idea física de las dimensiones y disposición del territorio, tanto del que acabo de cruzar como del que tengo por delante: durante dos días, el CT ha atravesado, en dirección oeste, las montañas que aquí llaman “Front Ranges”, algo así como las pre-cordilleras que preceden a la divisoria principal. Ahora, la ruta está enlazando estas Front Ranges con dicha divisoria principal por el itinerario más elevado posible, una estrecha franja que separa dos valles a norte y sur. Estos valles (al menos, el del sur) son más bien una enorme, extensa planicie enmarcada por montañas. Esta zona hacia el sur se llama, curiosamente, South Park y no es que sea ningún parque, es que se llama así; supongo que el nombre de la serie de dibujos animados (ambientada en Colorado) tiene algo que ver con el de este sitio. Kenosha Pass es el punto más bajo para el CT y el punto más alto para la carretera que une South Park con los territorios del norte.

Todo esto es lo que presencio según me pongo en marcha, a duras penas pero con un plan: llegar hoy a Kenosha Pass, que es el próximo lugar con agua; esto me exige un cierto esfuerzo que no sería problema en circunstancias normales pero hoy me cuesta un mundo levantarme y volver a caminar, sabiendo que ahora tendré que subir alguna que otra cuesta y que no voy a tener mucha sombra.

Lo bueno es que las vistas hacia South Park son espectaculares: una gigantesca llanura desprovista de toda vegetación que no sea herbosa, con la silueta de la divisoria principal de las Rocosas al fondo, hacia el oeste, sabiendo que esas montañas son mi próximo destino. El contraste es fuerte entre las laderas boscosas de las montañas y la planicie herbosa, perfectamente llana, y me pregunto qué evolución geológica puede dar lugar a esta configuración. South Park está a más de 2700 metros y puedo imaginar que, en invierno, hará mucho frío y la nieve cubrirá todo durante meses. En este momento, este paisaje funciona como perfecto epítome de lo que es y significa el oeste americano: los grandes espacios vacíos, la sensación de inmensidad. Sigo arrastrándome por el sendero pero el panorama me mantiene definitivamente entretenido.

Así las cosas, he hecho mi apuesta y partido del último arroyo con el agua justa para llegar a Kenosha Pass como forma de hacer la carga más llevadera y, más importante, de obligarme a llegar hasta allí por muy mal que me encuentre. Kenosha Pass es no sólo el lugar a partir del que Swift anunció que empezaba lo bueno sino también ese objetivo que me mantiene de pie en estas circunstancias en las que tanto me cuesta mantenerme de pie. Tener un objetivo, sin duda, ayuda; significa ponerle un punto final (en el futuro cercano) a esta pequeña agonía. Las similitudes fonéticas me lo ponen fácil y me entretengo jugando con el nombre y re-bautizando el collado como “Penosa” Pass; así, me obligo a sonreírme a mí mismo. Las penas, con humor, se llevan mejor.

Camino contra mis ganas de no dar un paso más y contra el tiempo, que se me echa encima pero acabo llegando a mi objetivo con aún un rato de luz por delante. Kenosha Pass es ese punto “bajo” en el camino entre las Front Ranges y la divisoria continental, tres mil metros de altitud que, aquí, en Colorado, ya no parecen gran cosa.

En el mismo collado hay un camping de estos típicamente americanos que ya conozco de muchas otras ocasiones: absolutamente básico, sin ningún servicio ni electricidad ni agua corriente, sólo el espacio para plantar la tienda junto a una mesa y un lugar para hacer fuego. No parece que haya mucha gente; de hecho, no veo a nadie. El agua que busco está aquí pero no sé dónde o en qué forma y pregunto al guarda, al que tengo que buscar dentro de su auto-caravana, al abrigo de unos mosquitos cuya presencia ya he notado… no en enjambres de los que te hacen suplicar la eutanasia pero quedarme parado significa ser acosado.

El guarda me dice que hay un pozo y me indica cómo encontrarlo. Es de estos con émbolo para succionar el agua que ya he visto en campings en alguna otra ocasión. Cojo mi agua y, sin más interacción (este sitio parece bastante desierto), retomo camino para buscar un lugar donde pasar la noche antes de que la noche llegue.

Con gusto me quedaría en el camping, con sus sitios planos, mesitas y tal que, por básico que sea, para mí, dadas las circunstancias, son todo un lujo oriental pero en el camping hay que pagar y tampoco me iba a aportar nada… yo sólo necesito plantar mi toldo, cenar, dormir y marcharme mañana al amanecer.

Retomo el CT con la idea de pararme en cuanto vea un sitio plano, lo que tiene que ser inmediatamente ya porque, un poco más adelante, el mapa me dice que hay que empezar a subir laderas; dicho y visto: el sendero rodea la valla del camping y allí mismo (por fuera), una estupenda zona llana en el bosque y ya puedo, por fin, descansar. Ha sido un día muy duro pero, al menos, compruebo que no me encuentro peor y puedo seguir confiando en que se trate sólo de cansancio y no de enfermedad; lo segundo sería catastrófico para mi viaje; lo primero, debería desaparecer solo.

Hoy ha habido nubes de tormenta pero no tan generalizadas como en días anteriores, no han llegado a cubrir el cielo y, para estas horas, han prácticamente desaparecido; el ambiente es muy apacible y monto el Siltoldo en forma de media pirámide por primera vez.

Kenosha Pass

Series Navigation<< Lost Creek WildernessHorse Gulch >>