En mitad de la noche, he oído a los ultramaratonianos levantarse y, esta vez, no les he envidiado nada. De cuando en cuando, se oye rugir el viento y la lluvia caer fuera. Cuando me levanto yo, ya de día, lo de “de día” es casi un decir: está muy oscuro y, justo en ese momento, graniza con fuerza. Creo que no necesito más y es en ese momento cuando decido que estaré feliz de romper mis moldes y quedarme un día entero en Leadville.

Mi casita en Leadville

Cathy, la co-dueña del lugar, no me puede asegurar que mi cama siga libre pero sí me asegura que me podré quedar, si quiero, aunque tenga que dormir en un sofá, lo que agradezco un montón. Una cosa es que un marrón de estos te pille en el sendero… lo capeas como puedes y sales adelante, siempre sales adelante… pero otra distinta es estar en un sitio tan confortable y agradable, mirar afuera y pensar en salir, echarte al monte y saber que esta noche vas tener que pelear duro por estar caliente en un mundo frío y mojado. El peso psicológico de tal porvenir es más de lo que estoy a la altura de sobrellevar cuando la alternativa es tan fácil.

Con la tranquilidad que da haber tomado una decisión y sentir que es la correcta, me refugio bajo el poncho y me voy a buscar mi cita más caliente: un sitio para desayunar. El desayuno americano y mi apetito son la mejor pareja. Encuentro el café Columbine, el lugar típico donde ponerme hasta arriba de la mejor comida del día. La camarera, a la vista de todo lo que he pedido, me advierte del tamaño de los pancakes (todo el plato)… yo le sonrío y le digo que no se preocupe, que lo traiga todo. Dejo los platos limpios.

El único supermercado de Leaville está a las afueras, muy lejos para ir a pie pero, como ya me sucedió varias veces en el PCT hace un par de años, en el albergue tienen una bici para estos casos así que tengo el placer, también en América, de deslizarme por el asfalto con esa sensación de libertad que sólo una bici te puede dar.

De compras

El tiempo está más revuelto que malo; lo mismo cae un chaparrón bíblico que se abren las nubes y hasta asoma el sol pero no llega hasta el punto de hacerme sentir cobarde y arrepentido de haberme quedado hoy en Leadville… enseguida se oscurece otra vez y cae otra. Salvo cuando sale el sol, hace mucho frío (3ºC llego a ver en un termómetro) y la duda sobre la posible nieve en las montañas queda despejada cuando las nubes se levantan un poco y hay visibilidad: los montes más cercanos, hacia el este, aparecen totalmente blancos. Curiosamente, los del otro lado del valle, un poco más lejanos, muestran un color roca oscuro que evidencia que la nieve no les ha alcanzado demasiado. Digo “curiosamente” porque esos son los Sawatch, entre los que destacan los que precisamente son los catorcemiles1 más altos de Colorado, los montes Massive y Elbert. Hacia allí han ido los de la ultramaratón y hacia allí tendré que ir yo así que espero que la nieve siga esquivándoles. Eso son buenas noticias.

Nubes de tormenta sobre Leadville

Me queda apetito más que de sobra para la segunda mega-cita gastronómica y esta vez localizo uno de esos encantadores pubs locales con comida básica y una extensa carta de cerveza artesana que aún no había tenido ocasión de probar en este viaje. Aparte del mal tiempo, me siento contento con la decisión de quedarme el día entero para poder disfrutar de una jornada relajada, poder comer tranquilo, hacer las compras, reempaquetarlo todo sin prisas y sumergirme un poco en ese pedazo de América rural que es una antigua villa minera a 3000 m. de altura en el valle del río Arkansas.

El pub

En el albergue, en contraste con ayer, todo está muy tranquilo; el que no está participando en la carrera como corredor, está en los puntos de control, de personal de apoyo o de espectador y tengo ocasión de charlar con calma con algunos pocos de los que quedan, cosa que agradezco también.

El comedor. Cada vaso con su nombre para usar y no tirar

Por la noche, empiezan a llegar corredores; al principio, gente que ha abandonado pero enseguida llega algún campeón que no sólo ha terminado sino que lo ha hecho en un tiempo muy inferior al máximo de 30 horas, qué brutos… ante los acontecimientos maratoniles, el centro de atención se desplaza hacia ahí y yo me quedo sin atención. Aprovecho para planificar lo que tengo por delante y empezar a preparar mi mente para lo obvio: mañana es mi turno, sí o sí.

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  1. Picos por encima de 14.000 pies (4267 metros)