Por primera vez desde que salí de Leadville, la mañana no está despejada. Muy al contrario, este es el panorama mirando hacia el valle:

Elk Creek en penumbras

Vaya shock. En Colorado, te acostumbras a ese patrón de cielo azul por la mañana, nublado por la tarde. Es tan regular que ni se te pasa por la cabeza que pueda cambiar. Pues sí que puede. Llueve y hace frío.

Hasta ahora, no he tenido duda a la hora de afrontar cada día: caminar sin tregua. Sin prisa, pero sin tregua. Hoy, hago cuentas rápidas para ver que, en circunstancias normales, me sobra tiempo para terminar viaje así que me tomo el cambio de tiempo con calma: me quedo en la tienda esperando a que, al menos, deje de llover.

Pasa el rato y parece claro que el tiempo lluvioso ha venido para quedarse. No se va a ir. Estoy cerca de la carretera y sé que allí hay un camping (con algunos servicios) y una zona de acampada (sin ellos) así que, al menos, continuar supondría un salto con red. Aprovecho un momento que apenas llueve, recojo y salgo a caminar.

Las Rocosas nubladas

Ya me parecía a mí que el nublado de ayer tarde no era igual que el de otros días. No tengo muy claro de dónde viene el tiempo lluvioso aquí, en el centro del continente (no creo que sea una borrasca atlántica ni pacífica) pero esto no es un proceso tormentoso como el de cada día. Eso está claro.

Vuelve a llover. Llego a Molas Pass mojado y congelado. Me meto debajo de una conífera grandota y de ramaje denso y puedo descansar un rato sin prácticamente mojarme nada mientras pienso qué hacer. En el aparcamiento, me encuentro con gente mochilera que me cuenta que habían venido para el finde de 3 días pero que, con este tiempo, no merece la pena y se piran. Me ofrecen llevarme. Durango está cerca, carretera abajo. Por supuesto, no puedo aceptar. Si hay que pasar el trago, será en las montañas.

El siguiente paso es buscar la zona de acampada. No tiene ningún servicio pero sí que hay al menos una zona cubierta y los espacios para acampar están muy bien protegidos, entre árboles grandes. Podría quedarme aquí y esperar que mañana el ambiente esté más tranquilo.

El problema es que, desde Molas Pass, el sendero no es un sitio acogedor en un día como hoy; lo tiene todo: sube alto, va por laderas sin apenas nada llano y atraviesa una zona que se quemó hace muchos años y en la que el bosque no ha retornado. Sin protección y con dificultades para acampar. No es muy atractivo.

Es entonces cuando la meteo me juega una mala pasada: deja de llover e incluso, por un instante, la nubes se rompen un poco y se ve algo de luz. Es el mensaje que estaba esperando: voy a continuar.

En perspectiva, es difícil decir si fue un acierto o un error.

No tengo fotos de las siguientes horas, no estaba el horno para bollos. Fui subiendo mientras el tiempo volvía donde había estado, al gris húmedo y gélido. La lluvia no era fuerte pero sí constante y me iba mojando cada vez más hasta que me dejó mojado del todo. El terreno confirmaba los augurios: laderas peladas sin nada llano.

El único sitio apto para acampar según la guía, que había estudiado antes de salir de Molas Pass, estaba en un espolón que formaba un pequeño collado pero quedaba por debajo del sendero y podía ser difícil de identificar porque la visibilidad era escasa. Efectivamente, no lo vi. Podía haberme puesto a buscar por donde más o menos intuía que podía estar pero me apetecía menos aún que continuar, aunque fuera hacia la perdición. Así que continué.

Lo pasé mal. Fue duro, físicamente, por la humedad y el frío, y psicológicamente, por no tener claro que aquello fuera a salir bien. Sólo necesitaba un sitio mínimamente plano y algo protegido en el que poder montar el toldo, meterme dentro y no salir más. ¡Cómo eché de menos todos mis campamentos en el bosque! En este tramo, estaba todo pelado. Aquí y allá quedaba alguna mancha de bosque que se había salvado del incendio pero eran áreas pequeñas y en plena ladera.

Siempre surje algo. En uno de estos trozos de bosque, la pendiente era suave y me puse a buscar. A veces, los propios árboles, cuando la cuesta es escasa generan un mínimo espacio plano en el lado del monte que puede ser suficiente para acoger a una persona. Encontré uno de estos y lo tuve claro.

Parece un campamento más de tantos en el bosque pero fue el que más costó

La foto es de la mañana siguiente. Esa tarde-noche (era muy tarde ya) no tuve humor para fotos. Montar el toldo fue el último momento dramático en el que pensé que no lo iba a conseguir pero recuerdo vivamente la sensación de alivio, físico y psicológico, que sentí cuando, habiendo por fin izado sólo media pirámide, me metí debajo: de repente, no llovía más (encima de mí, al menos) y, en ese momento, incómodamente empapado como aún estaba, fui consciente de que sí, de que todo iba a salir bien.

Me armé de valor para quitarme el poncho y montarlo como segundo toldo para cerrar la pirámide. No tuve fuerzas ni ganas para cocinar pero me puse ropa seca y cené con la comida de mediodía. Y ya todo estuvo bien.

El Colorado Trail no iba a dejar que me marchara sin un poco de épica.

La noche fue maravillosa, como sólo puede ser cuando el descanso es el premio bien ganado tras la batalla. Estaba seco y confortable. En ese momento, lo sentí como una gran victoria.

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